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CUENTO INÉDITO
SIN TÍTULO La situación era ésta: el hombre
llevó la mano a su ojo derecho y depositólo en la mesa de noche. El
encargado me había colocado una frazada en los brazos y yo, desnudo y
acostado llevé las manos a mi vientre que comenzaba a rechinar
siniestramente.
Mi amigo mostraba una cara coloreada
de ceniza; con las piernas cruzadas trazaba los primeros compases de la
teoría de la condenación.
El hombre llevó la mano a su boca y
extrajo una fría dentadura del arco superior, con tonalidades de leche
acidulada.
– Esto conduce por lo menos, al
precinto… – decía mi amigo con tal tremulación que mis tripas avivaron el
ronquido iniciado, a causa del ojo en la mesa y de los dientes sobre la
frazada. Pero estábamos allí, transformados ya en esa composición mural
que un pintor concibiera, tomando a grandes animales, a pájaros imposibles
y obligándoles a defecar violentamente sobre la lisura de aquellas cuatro
paredes.
Mi amigo comenzó a penetrar por la
cuenca que el ojo del hombre sobre la mesa descubría. – Es desolado
buscarte en esta lobreguez que no permite ni el inocente acompañamiento de
mi propia sombra; siempre pensé que te conjurabas contra la luz y a causa
de ella; como posees la maldita cualidad de estar hecho de luminosa
sustancia debes ir a la purificación por el infierno; es un grave caso y
una quiebra del principio religioso.
Como el vientre amenazaba ruidos más
imprudentes largué uno de los cordones de la faja: cuando sepultaron a mi
tía virgen uno de los cabos del ataúd quebróse y por vez primera mi pobre
tía mostró, dentro de su casa silenciosa, las piernas a un aire encerrado
definitivamente con ella.
– ¿Qué te pasa, – dijo el hombre (y
él si podía permitir a su aire que se escapase merced a la oquedad formada
por su maxilar superior) – ¿Qué te pasa?
Allá lejos se escuchaba la voz de mi
amigo viajando por la cuenca del ojo que estaba sobre la mesa de noche: –
Yo creo que está clavado en un poste de la tercera calle; ese nefasto
hombre tiene un pegamento tan seguro y Silvio está constituido por tan
débiles, delgadas láminas que una hoja no autorizaría a predicar mayor
concepción de ligereza…
El hombre mostraba su excitación
bestial en esa mortífera línea que la tráquea ostenta y donde es declarado
todo el pecado de lujuria; casi no podía tragar y cuando decía: – ¿Qué te
pasa…?, parecía que levísimos trocitos de su tráquea me daban en la cara,
en el vientre, en los muslos. Me imaginé el momento remoto en que la madre
del hombre alumbrara a este portador de pegamentos y le dije: – Sí, ahora
procure Usted fijar bien los dientes al arco superior; aquí está el ojo,
sobre la mesa de noche; ¿tiene ahí ese pegamento maravilloso? Vamos a
colocar el ojo en la cuenca; – pero mi amigo gritó: –¡Asesinos, estoy
explorando esta mina, ¿no véis que Silvio se ha extraviado en
ella…?
El hombre continuó su silencioso
trabajo de proyectar sobre mi cara, sobre mis muslos, sobre mi vientre
trocitos de tráquea resecada. –¿Qué te pasa?. Contestaban mis tripas con
el ruido de todos los pasos sumados de mi infancia. – Vamos, decía el
hombre, estoy listo, – y tomó de la frazada el arco de helada dentadura y
lo puso junto al ojo que estaba en la mesa de noche – Vamos. Yo respondí
con aquella suma de mis pasos infantiles; me contestaron trocitos de
tráquea resecada. Entonces el hombre tapó con un dedo el otro ojo que no
estaba en la mesa de noche y la oscuridad fue completa. Súbitamente algo
estalló y el espacio de frazada poblóse de menudos cuerpecillos
blanquecinos, más bien cerosos; era la tráquea del hombre. Pude saltar de
la cama con mayor rapidez que la suya porque él perdió el equilibrio a
causa de mi amigo que metido en la cuenca del ojo gravitaba con mayor peso
sobre su hemisferio derecho que sobre el izquierdo. Comenzaron a caer
rosas sin olor y de las paredes surgían gigantescos anos de pájaros
desconocidos; entonces el pintor colocaba sobre aquellos embudos
gelatinosos una rosa.
Mi amigo aseguraba que el torrente
de sangre era tan caudaloso que amenazaba las altas riberas de la cuenca
del ojo que estaba sobre la mesa de noche. – Estás perdido, – dijo – y se
tapaba la cara con ambas manos. Lo que más le atormentaba era la ausencia
de belleza y por ella transfiguraba su rostro a fin de ofrecer alguna
claridad entre tinieblas.
Me puse una butaca prostituida por
armadura. El hombre portaba una brocha de pegador de pasquines y me
conminaba a reunirme con los grandes pájaros de las paredes. Retrocedí,
pero la puerta lateral comenzó a ondular como un espinazo descoyuntado.
Todo el río de sangre afluyó a mis ojos. Dos de las vértebras de aquel
espinazo de madera se entreabrieron y una voz que el viento encerrado
conducía gritó unas palabras que no pude clasificar. Mi amigo se arrodilló
en la cuenca del ojo y comenzó a recitar las postrimerías.
La voz seguía gritando; ahora el
viento la conducía más distinta: – ¿Quién está gritando…? ¿Quién está
gritando…? Mi tía saltó de su ataúd y mientras bailaba sobre el cabo
caído, decíame: – Cuando naciste tu madre tuvo una hemorragia horrorosa;
ahora la sangre vuelve; yo siempre dije que la habían taponeado muy mal… –
Comencé la búsqueda de mi madre; era necesario contener la salida de la
sangre. De la cuenca fluía la voz de mi amigo desenvolviendo los motivos
de las postrimerías. Su última palabra fue pronunciada cuando un golpe
violentísimo arrancó las rosas que tapaban los gelatinosos anos de los
pájaros gigantescos haciéndolas caer sordamente sobre mi cuerpo en una
larga procesión que vigilaban millares de trocitos de tráquea
resecada.
Virgilio
Piñera Llera, 1940
NOTA:
este cuento ha sido rescatado merced a la labor investigadora y
recopilatoria de la Dra. Teresa Cristófani Barreto (Universidad de
Sao Paulo /Brasil) en el acervo familiar de Virgilio Piñera
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