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Virgilio
Piñera: una poética para los años 80
por Damaris
Calderón
América es tierra propicia para las utopías. Dentro de éstas, un
espacio privilegiado lo han tenido las islas. Según Mañach, nuestra
conciencia del destino insular se remonta al siglo XIX y se fija en tres
imágenes históricas: separatismo, reformismo y autonomismo. Desde
entonces, puede decirse que un mismo signo, la insularidad, se potencia de
valores contrarios: un discurso de lo insular como negación y otro como
afirmación, la isla como emblema del paraíso. Una diferencia precoz entre
lo peninsular y lo criollo, lo insular que despunta, es el poema atribuido
a Silvestre de Balboa, "Espejo de paciencia", de 1608, un ingenuo poema
épico cuya relectura no puede dejar de provocarnos una impresión de
parodia (aunque ésa no fuera, desde luego, la intención del
autor).
A partir de entonces, hemos
padecido en nuestra literatura la dualidad de esos discursos: la
afirmación y la negación de "lo cubano". Mientras algunos autores se
encargaban de señalar las fallas o vicios del carácter nacional (pienso en
Mi tío el empleado, de Ramón Meza, en Jesús Castellanos con La
manigua sentimental, en Carlos Loveira con Juan Criollo, por
sólo mencionar algunos ejemplos), otros han insistido en reescribir aquel
(fallido) poema épico de Luaces: "Cuba: poema mitológico". Creo que
quienes con más ahínco y fervor se han dedicado a la reescritura de Cuba
como poema mitológico son los miembros del grupo Orígenes. También
incorporada a ellos, aparece una figura que se encargará de tachar,
corregir, enmendar, borronear, parodiar y desacralizar ese poema. Me
refiero, por supuesto, a Virgilio Piñera.
En los años ochenta irrumpe
una hornada de creadores que se distinguen por el carácter explosivo de
sus obras, por un espíritu contestatario, de revisión de los valores y
cánones preestablecidos (literarios y extraliterarios), de reacción contra
un discurso oficial que margina polémicas aristas de la realidad, por
cuyos intersticios asoma otro discurso denotativo de otra realidad (o de
otra visión de la realidad). Sería posible listar algunas de las
características más significativas de esta promoción de los ochenta: la
réplica, la parodia, la ironía, la revisión de la épica, la aparición de
un discurso gay, la desmitificación del arcadismo social, geográfico,
poético, la desconfianza hacia la palabra que no siempre puede aprehender
realidades más vastas y asimismo hacia las propias realidades incapaces de
satisfacer todas las expectativas y aspiraciones generadas en torno a
ellas. Esta desconfianza hacia la palabra también se da hacia los símbolos
y emblemas tradicionales: la palma, el paisaje, la
patria.
La generación de los
ochenta posee además una fuerte voluntad de mantener una integridad ética,
de lanzarse al ruedo social pero sin aceptar un compromiso que socave esa
integridad; una voluntad, en suma, de "nombrar las cosas por sus nombres"
(muy distinto del eliseano modo) y un rechazo a la paz del satisfecho, a
la conformidad, a la mansedumbre. Como recurso para manifestar y
aprehender las contradicciones de su tiempo, esta literatura conlleva un
fuerte valor ideológico—entendida la ideología como dialógica. A mi
juicio, otro de los rasgos más importantes que distinguen a esta promoción
es el cambio de signo de la insularidad (ahora pensada con carácter
negativo). "La poesía va iluminando el país —señala Cintio Vitier en su
libro Lo cubano en la poesía— (...) no hay una esencia inmóvil y
preestablecida, nombrada lo cubano que podamos definir con independencia
de sus manifestaciones sucesivas y generalmente problemáticas." (1)
Para
nadie es un secreto la importancia, durante mucho tiempo soslayada y ahora
realzada hasta la apoteosis—ejemplo de ello es este Coloquio—, del grupo
Orígenes en la literatura cubana. Se ha insistido hasta la saciedad en la
influencia de José Lezama Lima (figura cimera y aglutinadora) en nuestra
literatura, entre sus coetáneos y las generaciones posteriores, así como
la influencia de Eliseo Diego en las jóvenes promociones a partir de un
lenguaje coloquial, que se alejaba del hermetismo inicial origenista y
buscaba el pequeño suceso, la anécdota, el detalle nimio, para dotarlo de
una trascendencia y un carácter de fábula. Así, de una escritura que
alcanzaba hidalguía estética y ética, que aunaba la raíz patria y lo
foráneo con encomiable ecumenismo, puede decirse que, en la literatura
cubana, de nada se nutre tanto la generación de los ochenta como de lo
aportado por el grupo Orígenes. Pero se sabe que todo fervor engendra un
parricidio. Por ello, partiendo de los aportes origenistas, de su
deslumbrante proyecto de una teleología insular —la epopeya y la falla
mayor de este grupo—, comienza a darse en esa misma promoción la revisión
de un país erigido en lo mitológico, en el carácter fabulador, en lo
paradisíaco como categoría o valor emblemático de lo cubano. La clave para
esta revisión: Virgilio Piñera.
Elementos de la obra de
Virgilio (el nuestro, que no el de las Eglogas) que nos permiten
situarlo como un antecedente para la poética de los años ochenta: la
ironía, el tratamiento (a veces levemente esbozado, otras más explícito)
del tema gay, la subversión del mito clásico, la revisión de la épica y el
empleo de la parodia (en Electra Garrigó, por ejemplo), el
conversacionalismo, el prosaísmo, el carácter narrativo de su poesía
(borrándose en ocasiones las fronteras genéricas), la vertiente metafísica
y la incidencia en lo histórico inmediato, la incredulidad, la encarnación
del vacío, la poética de la negación, el carácter agresivo y polémico de
su obra, "la rabia amarilla" que vemos aparecer en sus versos y la
desmitificación de lo cubano como emblema de lo paradisíaco. Aunque creo
que esta desmitificación puede apreciarse en el conjunto de la obra de
Virgilio, me ceñiré aquí a la poesía, y en particular a su formidable
poema "La isla en peso" de 1943.
En
1937 Lezama lanza en su famoso Coloquio con Juan Ramón Jiménez el
mito del insularismo, aquel que, según él, nos faltaba. En 1939 le
escribía a Cintio Vitier: "Ya va siendo hora de que todos nos empeñemos en
una Teología Insular, en algo de veras grande y nutridor." Luego, en el
número 21 de Orígenes sugería: "Un país frustrado en lo esencial
político puede alcanzar virtudes por otros cotos de mayor realeza. (2)" En 1957 Cintio Vitier imparte en el Lyceum de
La Habana un curso (luego recogido en Lo cubano en la poesía),
donde se hace cargo de las propuestas de Lezama y erige un país en un
proyecto moral mitológico-poético, fijándose para ello en aquellas figuras
y momentos principales que mejor podrían indicar la presencia de lo
específicamente cubano a través de lo que más genuinamente nos expresaba
en el devenir histórico—aunque en ese momento pensaba que "la poesía nos
cura de la historia" y "definía" o interpretaba lo cubano como una
sustancia eglógica, arcádica, dando cuerpo a un mito que, desde el
Diario de navegación de Cristóbal Colón, nos incluía dentro de la
utopía de las islas.
La condición insular,
durante mucho tiempo entendida en la poesía cubana como paradisíaca, se
carga en "La isla en peso" de Piñera de un valor semántico negativo y los
elementos tradicionales, emblemáticos de "lo cubano" adquieren en su
cópula tropical, en su fusión ardorosa, un carácter de pesadilla que
alucina y desgarra a las criaturas de la Isla.
Lo primero que salta a la
vista en el poema es "la maldita circunstancia del agua por todas partes".
Este poema polemiza así, desde el primer verso, con toda aquella
literatura "arcádica" basada en la condición insular, la condición de
levedad, ingravidez, dulzura y bonanza atribuidas a la criatura y el
paisaje insulares. Tal es el tono que se respira, por ejemplo, en
Juegos de agua y en el poema CXXIV de Poemas sin nombre, de
Dulce María Loynaz, del que cito: Isla mía, qué bella eres y qué dulce!
Tu cielo es un cielo vivo, todavía con un color de ángel, con un envés de
estrellas (...) Descanso de gaviotas y petreles, avemaría de navegantes,
antena de América: hay en ti la ternura de las cosas pequeñas y el señorío
de las grandes cosas (...) Eres deliciosa como la fruta de tus árboles,
como la palabra de tu Apóstol. Hueles a pomarrosa y a jazmín (...) Cuando
te pintan en los mapas, a contraluz sobre ese cielo intenso de litografía,
pareces una fina iguana de oro, un manjuarí dormido a flor de
agua.
Así,
la imagen de Dulce María no pasa de la pincelada paisajística, bucólica,
idílica, con aires de litografía, de grabado de Romañach. En "La isla en
peso", en cambio, el agua se siente como una presencia tentacular,
agobiante, como un cerco, y las palabras y metáforas elegidas para denotar
la condición insular son siempre (o casi siempre) de índole negativa,
rayanas en lo sórdido. Así, las imágenes acentúan el carácter de
pesadilla, de monotonía circular que reproduce la aniquilante ondulación
del agua: "El agua me rodea como un cáncer/.../ Me acostumbro al hedor
del puerto/ me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,/
noche a noche al soldado de guardia". Y está la pérdida de ese "aura"
o aliento paradisíaco: "En otro tiempo yo vivía adánicamente". Hay
en el sujeto de "La isla... " un deseo de vivir secamente, sin el peso del
agua: "Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones, /
devolviéndome al país sin el agua y vivir
secamente".
Es interesante señalar cómo
Virgilio emplea, subvirtiéndolos, los mismos elementos que se han
utilizado tradicionalmente como portadores de la sensibilidad tropical. De
ese modo, por ejemplo, el tacto, el olfato, los frutos emblemáticos de "lo
insular paradisíaco", adquieren ahora valor negativo, en una especie de
pesadilla donde los elementos de la sensibilidad ardorosa atribuida al
trópico parten de la imagen carnavalesca de un Landaluze para derivar en
la dolorosa irrealidad de los esperpentos goyescos: "La música detenida
en las caderas,/.../ las negras bailando con vasos de ron en las
cabezas/.../ Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para
desangrarlo/.../ Esta noche he llorado al conocer a una anciana que ha
vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes". Y luego,
contrastando con la "Oda a la piña" de Zequeira, donde la piña es emblema
de lo cubano, "la pompa de (la) patria", Virgilio establece la
siguiente, marcada diferencia: "el perfume de la piña puede detener un
pájaro. Los once mulatos se disputaban el fruto, / los once mulatos
fálicos murieron en la orilla de la playa".
Más adelante, en contraste
con aquellos animales fabulosos de Lezama, aquellos "entretejidos
antílopes de nieve corpulenta", Virgilio comenta: "En este país
donde no hay animales salvajes/.../ pienso en el desconocido son del
areíto/ desaparecido para toda la eternidad". La adjetivación realza
lo siniestro y funeral de la visión: "la roca fúnebre/ el bello aire se
aleja de los palmares./ Una mano en el tres puede traer todo el siniestro
color de los caimitos/.../ ¿Quién puede reír sobre esta roca de los
sacrificios de los gallos?/ ¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves
chocan?/ Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,/ los cuerpos
dominados por la luz,/ ante el asesinato de la piel /.../ encima de las
aguas estáticas/ los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan
hacia el mar. Es la confusión, es el terror, en la abundancia".
Esa
abundancia del barroco tropical adquiere en Virgilio un carácter de
asfixia: "los siniestros manglares como un cinturón canceroso, dan la
vuelta a la isla/ los manglares y la fétida arena/ aprietan los riñones de
los moradores de la isla". Y luego la necesidad de romper con los
límites circulares de la asfixia insular y su imposibilidad: "¡Nadie
puede salir, nadie puede salir!" Es interesante notar el contraste
entre la visión de Lezama en "Noche insular, jardines invisibles", donde
la luz es grata, delicadeza suma y "nacer aquí es una fiesta
innombrable", con la condición fatídica que entraña el nacimiento y la
condición insular para el sujeto poético de "La isla ... " de Piñera. En
ella, cada hombre carga con el peso de la isla como una especie de Sísifo
tropical, en una suerte de antropofagia donde isla y hombre se devoran
mutuamente hasta formar una masa compacta en los siniestros arrecifes:
"Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,/ cada hombre devorando
frutos, las piedras y el excremento nutridor. Cada hombre mordiendo el
sitio dejado por su sombra /.../ Cada hombre en el rencoroso trabajo de
recortar/ los bordes de la isla más bella del
mundo".
Los elementos tipificadores
de "lo cubano" son, en suma, plasmados con otro valor, de contrición, de
doble, férreo aislamiento: "Cada palma derramándose insolentemente/.../
¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?". La "iguana de oro" de
Dulce María se convierte ahora en "la tristísima iguana (que) salta (...)
Pero la claridad avanza, invade perversamente/.../ Son las doce del día./
Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste". Sin duda, esta
última es una afirmación insólita en la poesía cubana.
Como
bien señala Retamar en su libro La poesía contemporánea en Cuba:
"Frente a la circunstancia histórica, Piñera es el único de estos poetas
(origenistas) que ofrece una directa crítica en su obra (...) El deseo de
hallar la sustancia, el sentido de nuestra vida histórica, lleva a Piñera
a creer hallarla precisamente en una ausencia de sustancia, en un
intrascendentalismo esencial". Y en el mismo texto dice Retamar: "Piñera,
poseído de hondo descreimiento, ofrece en su poética dos visiones
esenciales: una hacia lo metafísico, otra hacia lo histórico inmediato
(...) y en ambas halla, como centro de su irónica, dura poesía, el vacío
como respuesta trascendente e histórica." A mi juicio, estos son los
rasgos que acercan a Virgilio Piñera a la hornada de los 80, que también
tendrá proyecciones hacia lo metafísico y hacia lo histórico inmediato,
siempre con un carácter problematizador y tocando (o encarnando) ese vacío
que sintió (y padeció) Piñera. Como muestra del cambio de signo que se
produce en la poesía de los 80, cito algunos ejemplos que me parecen
característicos. La isla que todavía Eliseo Diego sentía "rodeada de
Dios por todas partes", no aparece ya para los poetas de los 80 como
cifra de lo paradisíaco. A los límites que propone una isla, el poeta se
va volviendo "isla dentro de su propia isla": "Nadie ha de dudar que la
vigilia, el polvo acumulado y la ciudad/ nos van volviendo islas en sus
tardes de otoño, acorralándonos./ Nadie ha de dudar entonces que estoy
muerto" ("El peso de la isla", de Nelson Simón).
También puede apreciarse el
carácter problemático que entraña el peso de la isla en una serie de
creadores que cito a continuación: "En las volátiles noches de
invierno/ que la naturaleza convalida con magnanimidad/ el cubano se
entrena para la diversión o para la amnesia/... / En las pesadas
coreografías de un verano/ que la naturaleza autoriza/... / enumera con
los dedos las bajas, ejerce/ la infracción/ lleva las manos a los
bolsillos, jura y compromete;/ se diagnostica entonces que El Cubano
inventa./ Asistimos al territorio improbable/ donde el cubano y El Cubano
conversan viril,/ pastosamente/ allí conoceremos en qué travesías, en qué
extraños parajes/ en qué trueques/ hemos contraído tanto ingenio"
(Omar Pérez, "Contribuciones a una idea rudimentaria de nación" (3).
"Porque uno ha sido
cazado en otoños de naufragio/ y carga el peso del mar/.../ Siempre
tendremos que viajar, que romper nuestra llamada/.../ Pueblos de mí mismo,
isla de mi hambre/ aún por aplacar, escucha, te abandono" ("Dejar la
isla", de Norge Espinosa).
"A veces pesan mucho los
hombres. Es entonces cuando me siento en una de esas piedras y miro
largamente al mar./ Así, ¿quién podría decir si soy un hombre sentado en
una piedra o una piedra sentada en un hombre?, ¿quién podría decirme si
soy lo que queda, nata sucia cuando se aparta la leche,/ otro de los
expoliados de este tiempo?" ("Elogio de las piedras", de Juan Carlos
Flores)
La desmitificación de lo
insular también aparece en textos de Teresa Melo, María Elena Hernández,
Reynaldo García Blanco, Sigfredo Ariel, entre otros:
"Cercados por las aguas
las piernas de quienes no pudieron caminar por las aguas/.../Vamos siendo
nuestra propia isla. Podría no haber nada más allá de las aguas/ podrían
mentir los libros y los noticieros/ y nunca lo sabríamos." ("Cercados
por las aguas", de Teresa Melo)
"El camino es largo y no
duele/... / Tu oquedad es vacía árida y sangro por la nariz./ Silencio,
¿quieres sangrar en silencio?/ No abonarás los suelos ni cortarás las
yerbas / Ni los frutos ácidos de la tierra más fermosa" ("Mapa
turístico del país", de María Elena Hernández).
De "Elogio para los que
buscan un cuarto alquilado", de Reynaldo García Blanco: "Yo suponía un
país/ donde un hombre a quien todos hubieran creído/ adecuado para el
imperio de no haber sido el emperador/ saliera de esa catarsis/ de esos
queribles cuidadores del zoológico/ que no saben la noria del tigre/ Yo
suponía/ que en mi casa no faltaba el petróleo (...) / Yo digo ser feliz/
y pierdo sinceridad al decirlo."
O "Mapa del país", de
Sigfredo Ariel, que frente a aquella naturaleza descrita por nuestros
poetas del siglo pasado (y de este siglo aún), pasando por el siboneyismo,
el tojosismo y otros tantos ismos idealizantes, frente a aquellas imágenes
como "el plátano sonante", "la fragante piña" como emblemas de una
sustancia arcádica nombrada lo cubano, son contrastadas ahora con la
simplicidad de la pobreza imperante: "Los pocos ríos amontonan las
ingrávidas frutas/ —pomarrosas sin gusto, mamoncillos formales—/ y los
arcos que levanta el marabú (...) Esto nos dieron:/ cascarones de
frutas"
De
"festín para existencialistas (...) Retórica, pulpa, abundancia podrida,
lepra del ser, testimonio falseado de la isla", calificó Vitier
incomprensiblemente a "La isla en peso" de Virgilio Piñera en Lo cubano
en la poesía. A mi juicio, la incomprensión de Vitier —en otros
momentos crítico tan sagaz— data de que el poema de Virgilio se aparta de
la visión mitológica de la Isla y de las diez especies codificadas por
Cintio como características de lo cubano. Para Vitier, "esas diez
especies, categorías o esencias de lo cubano reveladas en nuestra poesía
pueden nombrarse así: Arcadismo, Ingravidez, Intrascendencia, Lejanía,
Cariño, Despego, Frío, Vacío, Memoria, Ornamento". "La isla en peso"
mostraba otra visión de la nación, otro rostro del país y no dejaba de
poseer una fuerte carga de futuridad, como se ha visto en su poder
fecundador en los poetas de los 80, los que no sólo continuamos desde aquí
sosteniendo la isla en peso sino también soportando el peso de la isla
rodeados "por la maldita circunstancia del agua por todas
partes".
Al escribir estas páginas
no puedo dejar de pensar, como tantas otras veces, en la imagen martiana:
"Cuba, cual viuda, pasa", y repetirme que cada generación tiene la
obligación de soñar, de redescubrir un país, el suyo. Hay sueños que se
dan por afirmación y otros por negación, como las pesadillas. Cada
generación, dentro de su sueño, construye su discurso. Frente a la
frustración republicana, al descalabro de la revolución del treinta que se
"fue a bolina", el discurso del grupo origenista fue afirmativo. A la
pérdida de un país "frustrado en lo esencial político", Orígenes
erigió otro país hecho de tradición y memoria, de fábula y ensueño, basado
en lo mitológico, poético, moral.
Luego de las búsquedas
esteticistas de Boti y Poveda, de la poesía pura y los efímeros destellos
de la vanguardia cubana, frente a la contingencia que se mostraba poco
propicia para un contacto fecundante, Orígenes eligió la
trascendencia, la Palabra como piedra de fundación (concepción de fuerte
resonancia bíblica, dada en la primacía del Verbo) y la poesía, al decir
de la figura regente de Lezama Lima, como anticipo de la Resurrección, la
imagen como realidad del mundo invisible. De ese modo, ellos aunaron en su
escritura lo foráneo y lo cósmico, la arena cubana con el polvo lunar,
dotando a nuestra literatura de uno de los movimientos más sólidos de
nuestra cultura con figuras que, incorporadas a una resonancia coral,
pueden mostrar individualmente obras notables.
Luego del triunfo
revolucionario de 1959 —con sus radicales, vertiginosos y no siempre
resueltos procesos de transformación— su concepción de una "nueva
estética", una "nueva ética", "una nueva sociedad", "nuevos" modos de
pensar y vivir, luego del silencio vergonzoso del quinquenio gris de
nuestra literatura (4), del fenómeno de
Mariel, 1980, de la emigración
y/o los intentos de emigración que se suceden hasta la fecha, del derrumbe
del entonces llamado bloque socialista (que demostró no ser tan compacto)
y sus resonancias en el ámbito nacional, la poesía de la generación de los
ochenta no puede inscribirse en modo alguno en un discurso afirmativo. La
réplica, el espíritu polémico-contestatario, su fuerte vocación ética, son
los rasgos que la distinguen, así como la reacción contra el mito de la
insularidad esgrimido por Lezama Lima y sostenido por Vitier en Lo
cubano en la poesía. Para los poetas de los ochenta, el insularismo no
genera un sentimiento de lontananza y la isla no posee esa sustancia
eglógica que percibía Vitier en Lo cubano...
Nada
hay tan difícil como reconocer, como redescubrir el rostro de la Patria.
El sueño de Orígenes fue un despertar en el momento republicano en
que sus integrantes se dieron a la luz. Horadar la corteza origenista
significa buscar bajo lo mitológico el verdadero, mutable rostro del país
que siempre ha de escapar, y siempre ha de necesitar ser develado. Hoy,
Cuba sigue siendo tan secreta como la percibió María Zambrano: "En medio
de la vida de Cuba, tan despierta, Cuba secreta aún yace en su silencio.(5)" La ferocidad del discurso de los ochenta no
hace otra cosa que manifestar la búsqueda de esa Cuba que, al decir de
Lezama, "existirá mientras vivamos y luego reaparecerá en formas
impalpables tal vez, pero duras y resistentes como la arena mojada(6)".
1. Cintio
Vitier, Lo cubano en la poesía,
Universidad Central de Las Villas, La Habana, 1958 - Ed. Letras Cubanas,
1970.
2. José Lezama Lima, Imagen y posibilidad,
Ed.
Letras Cubanas, La Habana, 1981.
3. Cf. el poema de Omar Pérez completo en el dossier de
joven poesía de Cuba, Diario de Poesía Nº 44, diciembre de 1997.
Allí también hay poemas de Juan Carlos Flores, Sigfredo Ariel y María
Elena Hernández, nombrados seguidamente por Damaris Calderón, así como de
la propia autora del ensayo. (N. de la R.)
4. Se refiere al quinquenio 1974-1979. La expresión fue
acuñada por el ensayista Ambrosio Fornet (N. de la R.)
5. María Zambrano, "La Cuba secreta", en Orígenes
Nª20, 1948.
6. José Lezama Lima, "Carta a María Zambrano", 31 de
diciembre de 1975, en Cartas 1939-1976, Ed. Orígenes, Madrid,
1979.
* * * * *
*
Damaris Calderón nació en
La Habana en 1967; sus últimos libros, Guijarros y Duro de
roer, se publicaron en Santiago de Chile, donde actualmente reside. En
1994, viviendo todavía en La Habana, dio una conferencia en el coloquio
internacional celebrado en esa ciudad con motivo del cincuentenario de la
revista Orígenes; el texto de la misma se reproduce aquí con
ligeras adaptaciones hechas por la autora

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