En
1957 el poeta y crítico cubano Cintio Vitier escribió un grueso libro: "Lo
Cubano en la poesía". El libro había nacido de una vehemencia moral: pues
era un estudio acerca de las relaciones entre poesía y
patria.
La tesis del autor, según
sus propias palabras, puede resumirse así:
-
La
poesía va iluminando al país;
-
lo
cubano se revela, por ella, en grados cada vez más distintos y
luminosos;
-
primero fue la peculiaridad de la naturaleza de la
isla;
-
muy pronto, junto con la naturaleza, aparece el carácter: el
sabor de lo vernáculo, las costumbres...;
-
luego empiezan a oírse las voces del alma;
-
y
finalmente, y sólo en momentos excepcionales, se llega a vislumbrar el
reino del espíritu: del espíritu como sacrificio y creación.
El libro acomete su larga
empresa de crear el Canon Poeticus Cubensis: y lo logra. Casi lo
logra. Y lo hace ejerciendo la exclusión: en la décimo cuarta lección, al
referirse a uno de los poetas estudiados, dice que éste no había sabido
captar "el gnomon o número invisible de la forma"; que sólo había sabido
captar "las destrucciones"; y que había convertido a Cuba en "una caótica,
telúrica y atroz Antilla cualquiera para festín de existencialistas". Se
refería a Virgilio Piñera.
Todo
hombre grande está condenado a lanzar su anzuelo en aguas que no ve. Y si
las aguas son oscuras, la grandeza del hombre grande se
multiplica.
Lezama era un escritor tan
pero tan grande que cuando lanzaba el anzuelo traía de todo: vasijas
griegas, numerología, manatíes atolondrados, Eras Imaginarias, sillones
de mimbre, cerveceros bávaros, puestas de sol, gatos térmicos, francesas
zarandeadas por chinos chillones... Y también: la
Patria.
Pero la Patria siempre le
quedó chiquita a Lezama; y esa fue su suerte. (En el fondo, Lezama
aspiraba más a la Matria que a la Patria.) Lezama tenía algo de dómine:
todo hombre grande tiene algo de dómine. Lezama trató de organizar la idea
de Patria , de edificar su propio constructo patriótico, el lugarcito donde
todos queremos morir-- según su Sistema Poético.
Entonces organizó el
fenómeno (grupo y revista y estado-del-alma) Orígenes. Allí se escribieron
grandes páginas literarias. Y se pergeñaron, también, tesis como las de
Cintio Vitier.
No hay
mejor enemigo para un poeta que sus propios poetas contemporáneos. Tal vez
"la angustia de las influencias " no se viva de forma tan angustiosa en
relación con el pasado que con el presente. Se puede soportar con ganancia
estoica una influencia que se sostenga en el tiempo. Se dirá que es en
nombre de la Literatura o de cualquier otro ardid platónico. Pero el peso
de un contemporáneo se lleva con ingratitud masoquista. Y este tipo de
influencias tiene más la impronta de una batalla que se celebra en el
caótico paréntesis de la vida que en los majestuosos órdenes de la
Cultura. Lezama y Virgilio. El Gordo y el Flaco. El escritor y el anti-escritor. El hombre de letras y el bufón de barrio. El primero: un
tonel jadeante que gozaba con el viaje de la sala a la cocina. El segundo:
un aguilucho feo que picoteaba lo que se encontraba a su paso. Lezama
amaba citar a los griegos. Virgilio hacía el elogio de los tuertos. Lezama
escribió una novela enorme, barroca, descomunal en sus propósitos.
Virgilio cuentos muy breves, casi sin énfasis literario (entre ellos dos o
tres de los mejores cuentos cortos que se han escrito en América). Se
odiaron en público y en silencio. Fueron grandes amigos. Y cada uno se
dejó influir ladina, secretamente por el otro. No creo que Lezama, al
final de su vida, hubiera podido escribir estos versos sin Virgilio:
Cuando el negro come melocotón /tiene los ojos
azules.
Y Virgilio rozó el
"gnomon"
lezamiano en fragmentos así: vi a Casal/arañar un cuerpo liso,
bruñido./ Arañándolo con tal vehemencia/ que sus uñas se rompían,/ y a mi
pregunta ansiosa respondió/ que adentro estaba el
poema.
Cuando Lezama murió, Piñera
quedó sin su Enemigo. Entonces escribió: Por un plazo que no puedo
señalar/ me llevas la ventaja de tu muerte:/ lo mismo que en la vida, fue
tu suerte/ llegar primero. Yo, en segundo lugar.
Si un
prosista escribe poemas siempre se sospecha de él. La sospecha tiene su
fundamento: que la prosa no es poesía. Y este fundamento --por otra parte
banal--, es precisamente lo que hace que un prosista escriba poesía en vez
de prosa.( Decía Valéry que el poeta es aquel que multiplica todo lo que
separa al verso de la prosa. Pero el movimiento contrario no carece de
misterio.) Y que la escriba bien, tan bien como la prosa, como es el caso
de Lezama, Goethe y Jorge Luis Borges. Pero de los tres mencionados
pudiera decirse lo mismo: que poseían, en general, una mente poética. Una
mente que se servía del lenguaje, en cualquier caso, para propósitos
sublimes. Que tras el mundo más o menos organizado de su prosa se alzaba
una abstracción mayor.
Piñera carecía de
sublimación lírica. Por eso no podía ver "el gnomon", el "número invisible
de la forma".
Tampoco poseía ese oído
especial con el que se han escrito los mejores (y los peores) versos en
español.
Un feo aguilucho
desafinaría horriblemente en medio de la magnificencia del idioma español.
En cualquier caso graznaría, graznaría como un cuervo.
Y eso fue lo que hizo el
aguilucho: graznar.
Cuando
en 1961 en un salón de la Biblioteca Nacional de Cuba un militar le dijo a
la intelligentsia cubana lo que podía o no escribir se hizo
silencio.
Alguien se levantó y dijo
que tenía miedo. No era un intelectual. Nunca le había interesado ser un
intelectual. Si hubiera sido un intelectual hubiera tenido palabras para
erigir su miedo en nombre de alguna redención.
Dijo. O
graznó:
— Tengo
miedo.
Y sí que tenía miedo. ¡Cómo
temblaba el pájaro de cuentas! Y cuando dijo que tenía miedo, él, tan
poquita cosa para aquellos nuevos tiempos, se fue derrumbando, despacio,
muy despacito, y no volvió a abrir el pico en lo que le quedó de
vida.
Para
exponer su miedo, Lezama hubiera apelado a la civilitas o al
credo qui absurdum. Lezama no era tampoco un intelectual en el
sentido bélico del término pero hubiera razonado como un intelectual, al
menos como un intelectual de la Edad Media. Supongo que la ciudad, la
polis, tenía para él algo de ludus sacra. Pero Lezama no iba
a ese tipo de reuniones. Era demasiado gordo como para moverse al compás
de las aceleraciones históricas en la ciudad. Y además, demasiado astuto
para cometer errores de mala ubicuidad.
Piñera,
ligero-como-una-pluma, se movía a toda velocidad. Pero era la velocidad
del eterno desplazado. No tenía esa prestancia tan francesa o
latinoamericana (Sartre, Octavio Paz, García Márquez) como para querer
colocarse en la vorágine de la historia. La historia nunca acepta tratos
con hombres tan ligeros, a no ser para llevárselos por carambola, por pura
equivocación, en alguno de sus remolinos. Virgilio era un chismoso como
Lezama; pero ejercía la maledicencia de otra manera. Lo que veía y oía era
materia directa para su espíritu, qué digo para su espíritu, para su
carne. Lezama era un guasón, un gordo asmático y burlón y seguro que le
preguntó a Piñera al día siguiente de la monserga en la Biblioteca
Nacional:
— Querido, (jadea) dicen,
(jadea) que lo vieron, (jadea) en el foro, (jadea), defenestrado (jadea)
manu militari (jadea).
Y Piñera seguro que le
contestó:
— Sí,
Lezama. Y me cagué en
los pantalones.
Lo que
veía y oía era materia directa para su carne. Pero no era un escritor
"realista" (en el sentido más estrecho del término). Su cuento "En el
insomnio" aparenta haber sido escrito desde alguna "voluntad de
realidad": El
hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como
es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro.
Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de
la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no
puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño
paseo a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y
que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a
levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla
mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un
revolver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no
ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.
Un escritor "realista"
hubiera podido escribir todo el cuento excepto las últimas dos
líneas.
Líneas que, por otra parte,
no asegurarían la inclusión de Virgilio bajo las nominaciones del
"absurdo" o de "lo fantástico", como han hecho en general los críticos al
referirse a su obra. No creo, tampoco, que esas dos últimas líneas sean
producto de alguna "voluntad de estilo": Piñera no era precisamente un
estilista en el sentido burgués del término.
Si Piñera hubiera sido un
escritor "realista" la "escuela realista cubana" lo hubiera utilizado sin
dilación. Pero los narradores "realistas" cubanos de estos últimos treinta
años nunca han dicho estar influidos por Piñera. Y cuando lo han dicho, ha
sido para confundirse todavía más ellos mismos.
Los escritores "realistas"
cubanos introdujeron en su estilo mecánico la realidad investida de
Historia que se celebraba afuera: suponían que empleando las frases cortas
de Hemingway, o dilapidando a los rudos cosacos de Babel en sus murumacas
narrativas, la historia les daría el espaldarazo redentor. Y este fue su
error: hacer de la realidad una extensión de la
Historia.
En manos de un escritor
"realista", a un cojo o a un manco de Piñera no creo que le falte la misma
pierna o la misma mano. Respecto a la poesía, cualquier ingenuo pudiera
pensar que eso se logra cortando la prosa como si fueran versos. Los
versos de Piñera dan la idea de que pueden ser escritos por todos. Son los
versos más democráticos del mundo. Parecen los versos de un niño. Pero de
un niño malvado. Pero de un niño esencialmente malvado.
Virgilio Piñera murió en 1979. Murió pobre. Se lo merecía. Había
nacido y había vivido en la pobreza y nada hace suponer que la pobreza no
fuera su umwelt natural. Apenas se le volvió a publicar mientras vivió. Su
miedo le permitió seguir escribiendo pues aseguran que dejó unas veinte
cajas de manuscritos. Apenas modificó su estilo. Un estilo menor,
irregular, inconfundible. Algo así como un estilo patriótico si la patria
nunca hubiera tenido nombre.
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El poeta, ensayista y
narrador Rolando Sánchez-Mejías (Holguín, 1959) es uno de los más
destacados escritores cubanos actuales.
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