Del libro "Confidencias Secretas"  
(Lineas sobre el encuentro con Alain Philippe, el ultimo gran amor de Roger Peyrefitte)

 

"Nos conocimos durante el rodaje de la película de Jean Delannoy, Las amistades particulares...

 Llegué cuando estaban grabando la escena del dormitorio. Me fijé en seguida en uno de los jóvenes actores, cuyo rostro era bellísimo, que no paraba de mirarme. Y cada vez que su mirada se cruzaba con la mía, mi corazón latía más fuerte.

Un día, después de la comida, vi como el chico se acercaba a mi mesa, con un ejemplar de Las Amistades Particulares en las manos:

       - ¿Puedo pedirle, Maestro, que me dedique éste libro?
       - Con mucho gusto. ¿Cómo se llama Ud. ?
       - Alain-Philippe Malagnac.

Tenía doce años y medio - la edad más bella, según  Montherlant. No era esta la primera vez que uno de los interpretes de la película me pedía un autógrafo. Pero este era distinto a los demás. Tenía la edad del joven Alejandro, y su mirada, en este lugar en el que todo estaba concebido para recrear el espíritu y la historia de mi novela, me obsesionaba.
 

......      
      

Durante un tiempo, no pasó nada más. Pero, por suerte, yo tenía un aliado en el equipo de rodaje [Jorge] que jugó un papel de primer orden, hecho por el que le estaré eternamente agradecido.

Jorge tenía trato con los chicos y me sirvió de portavoz. Entró en contacto con Alain-Philippe y le habló de mí:

       - A Roger Peyrefitte le encantaría conocerte y seguir en relación contigo.

Un día, la Providencia también me sirvió de ayuda... Iban a rodar una escena en la capilla. Abrí una puerta que daba al comedor y allí, deambulando en medio la gran sala desierta para hacer tiempo, estaba él.

 Alain-Philippe iba vestido de monaguillo...

Paseamos juntos los dos. Pero estaba intranquilo ya que, en cualquier momento, alguien del equipo podía irrumpir y no quería que nos encontrasen en una actitud sospechosa, hecho que me hubiese disgustado profundamente y que podía haberle perjudicado a él. Intenté, con pocas palabras, esbozarle una estrategia para el futuro:

         - Eres muy joven... No te dejes seducir por ciertas vulgaridades a  las que  algunos podrían incitarte...

Él me escuchaba como si fuese un oráculo. En esta sala había un tresillo austero, digno de una  sacristía. Nos sentamos en él, un rato, los dos. Cogí su mano entre  las mías:

       - Si eres capaz  de interesarte por mí, serás mío para toda la vida.

Me sorprendía a mí mismo el verme capaz de hablarle de cosas tan serias a un chico tan joven, pero siempre me he dejado llevar por mi instinto.  Aquella caricia y aquellas palabras habían sellado nuestro destino para siempre.

Salió corriendo para rodar su escena: en la película, aparece encabezando una fila de monaguillos, en actitud de recogimiento... pero eran mis palabras las que retumbaban en todo su ser.

Soy eminentemente novelesco, más aún que novelista. Creo en el amor, creo en la belleza, creo en la juventud: todo esto lo veía representado, tal vez sin que él fuera consciente de ello, en este chico. Yo tenía cincuenta y siete años y, hasta ahora, la mayoría de los jóvenes que se habían fijado en mí lo habían hecho por interés...
  

Pero ahora, un niño, de unos doce años y medio, acababa de descubrirme, a través de una de mis novelas. Por primera vez, tenía la visión de un chico joven que me había leído, que tenía la misma edad que el héroe de mi novela, y que se asimilaba perfectamente a él. Era como si hubiese salido de mí mismo, como si le hubiese dado la vida de nuevo, al igual que su padre y su madre.

Después de este encuentro furtivo, solo tenía un deseo: volver a verle y estar más tiempo con él. Jorge volvió a serme de una gran ayuda.

Por la mañana, los chicos venían de París al lugar del rodaje con un autobús,  y volvían a París, por la noche, con el mismo medio de transporte. Jorge se encargó de avisar a Alain-Philippe:

         - Haz como si “perdieras” el autobús... Así podremos volver con Roger Peyrefitte y cenaremos juntos por el camino.

Llegado el momento, y con gran discreción, Alain y uno de sus compañeros se quedaron rezagados... y el autobús se fue sin ellos.

         - Pero ¿qué hacéis aquí todavía?, exclamó una de las responsable.

Jorge intervino, oportunamente:

         - Conozco al padre de uno de los chicos.  Somos vecinos.  Los llevaremos con nosotros a París.

Cenamos en un restaurante a orillas de la carretera. Allí pusimos las primeras amarras de esta  amistad tan perfecta, nacida de un libro y de una película, y que no ha dejado de enriquecerse, con el tiempo, con nuevos sentimientos más profundos y definitivos... No me equivoqué con él.

Después del rodaje de la película, estuvimos escribiéndonos durante un tiempo. Mis cartas eran muy prudentes, como siempre que escribía a un chico joven que vivía con sus padres. Sus cartas eran extraordinarias por su  sensibilidad y por la calidad de su alma.

En aquella época, escribí un libro en el que hablaba de nuestra relación.

Después de su publicación, recibo una carta de Alain-Philippe, muy confuso. Sus padres se habían enterado de que mantenía una correspondencia conmigo. Su madre le había enseñado una revista en la que se hacia un resumen de mi novela. Días después, había comprado el libro y se lo había ofrecido a su hijo, tras haberlo ojeado, con estas palabras:

       - Acabo de leer un libro muy bonito.

Su hermana se había limitado a darle un beso, sin decirle nada.

Pero estamos en 1967, Alain-Philippe tiene ahora 16 años y termina brillantemente sus estudios secundarios. Se plantea entonces   el problema de su futuro:  ¿que preferirá: estudiar una carrera universitaria o lanzar  sus fuerzas vivas, a mi lado,  en la vida activa?

Afortunadamente, se decide por lo que yo más anhelaba: ser mi colaborador... algo más que un colaborador.

¿Cómo podría yo explicar  tanta connivencia entre los dos?

 Alain-Philippe tiene, al igual que yo, una visión estética de la vida, el amor por la elegancia, tanto en su estilo, como en sus modales o en su concepción de la existencia. Se le ha calificado como "el  arbitro de la elegancia y del buen gusto”.

Por esto, por todo este conjunto de cualidades, ha llegado a ser, para mí, y para siempre, un hijo, mi hijo...

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ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO