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Jugaré con las casas de Curazao..." También Martí lo había hecho un poco ("Eso
es Curazao: una caja de casas de juguete..."), preludiando el impresionismo
criollo que hará decir a Pellicer: "Por la tarde vendrá Claude Monet/ a comer
cosas azules y eléctricas", con la electricidad del amarillo martiano
transmitido por hilo directo. Si de algo sirven las antologías es de tarjetas de
presentación. En mi adolescencia la de Onís lo fue de tantos para siempre, y en
especial de un Pellicer que llegaba en un aeroplano del año de mi nacimiento a
la bahía de Río de Janeiro, con los colores puestos de cabeza, sin que se
derramaran en su inversa geometría. Lo geométrico y lo colorista formaban
triángulo con otra cosa que no estaba en el Mariano Brull afín, aunque todo
nonato y blanco, de "Me voy a la mar de junio". Esa otra cosa fue la que vio en
seguida Onís, que entonces estaba de castellano flechero como él solo, y dijo:
"Su corazón está en sus ojos", con lo cual volvíamos a ese Martí de él y de
Gabriela, pareja impar, que americanamente nos revelaba el trópico de la
calentura espiritual y del gozoso cántaro de las imágenes, roto por el doble
rayo indígena cristiano.
Ojos del corazón para los colores, las inspiradas geometrías y las imágenes
rotas, invulnerables, del corazón: ahí estaba la clave inicial, iniciática, de
Carlos Pellicer, visualizador atípico de una modernidad que no renegaba de las
sombras tutelares. Entre ellas, junto a Bolívar y Martí, el resonante Darío, a
cuyo centenario en Varadero acudió, ya maduro, en 1967, y allí propuso, con
Manuel Pedro González y Ángel Rama, la creación de una Sala dedicada a Martí en
la Biblioteca Nacional, Sala de la que Fina y yo fuimos fundadores y
responsables durante diez años.
Así entraba en nuestra vida, como hacen siempre
los poetas, por modo inesperado e indirecto, inclinándola graciosamente hacia su
verdadero centro, mientras en una mesita del Hotel Nacional nos hablábamos de
San Juan de la Cruz, conspirativamente velados por algún ángel, como del miembro
más querido de una íntima familia tan inalcanzable como incesantemente
asistidora. Lo que estaba detrás de sus poemas, de pronto atravesados por una
felicidad como el vitral por la mancha de oro de la luz, se nos revelaba en aquélla
aliviadora hospitalidad de los supuestos, de lo que no teníamos que
explicar, de lo que dejaba el encuentro en pura verificación ya casi
innecesaria, por lo mismo tan preciosa, inolvidable. Cuántas sedes se saciaban,
cuántos minuciosos desencuentros, cotidianidad de soledades olvidadas de tan
sufridas, se deshacían en aquel dichoso encuentro ocasional que parecía eterno,
y lo fue. La eternidad, en este tiempo nuestro, aparece sólo en el pasado.
Después veremos.
Y a esta edad en que ya uno ha vivido la mayor parte de su muerte y algunos
instantes de su posible eternidad, recuerdo otro de éstos que también le debo a
Carlos Pellicer, y fue el de su honrosísima asistencia a una lectura que hice en
el antiguo Lyceum de La Habana, en aquel mismo año de gracia, Darío mediante,
del '67. Y no lo digo sólo por su asistencia, que ya era tanto para mí, sino por
su real atención rarísima siempre la atención en este mundo que se
tensó con aquel modo suyo de eléctrica escultura cuando lo tocaba siquiera fuese
una gota del licor ansiado, y fue con motivo de un soneto, "Último epitalamio",
del que después me dijo algo que turbadamente recibí, para atesorarlo en mi
oscuro, como uno de los pocos elogios que me han llegado.
Llegado, quiero decir,
al punto de donde nace, no la vanidad, sino el silencio, por así decirlo,
personal. Elogio único verdadero, el que llega a ese silencio, lo reconoce, lo
alimenta, lo consuela en su infinita menesterosidad que sin embargo ninguna otra
cosa necesita. Llegó el elogio desmemoriado de toda literatura, levantando por
las orejas, con el pulgar y el índice, el conejo asustado, escapando ya por una
fresca hierba feliz no obstante su luctuosa atmósfera, y ahora quiero devolverlo
a la memoria del hechizado sonetista de Hora de junio, con honda
gratitud:
Pero si al cabo vienes, despojada
de tus flores nupciales, a la hora
en que el mundo hasta el fondo
se desdora
y la ceniza cubre a la mirada:
Pero si entonces, con la boca helada
del ocaso postrero que devora
toda ilusión, fatal coronadora,
al oído me dices: soy la nada,
te daré gracias por dejarme verte
y abrazarte desnuda, y por ser mía
siquiera en el instante de perderte;
y dormiré en el tálamo que hacía
mi corazón, soñando que la muerte
es tu último velo, poesía.
Tengo ante mí ahora dos libros de Carlos Pellicer: su Poesía
seleccionada y estudiada por José Prats Sariol, en edición Casa de las
Américas, y sus Cartas desde Italia, presentadas por Clara Bargellini,
regalo que Fina y yo tanto agradecemos al sobrino homónimo del poeta. La
contrastación, o mejor el contrapunteo de estos dos libros, nos rinde una verdad
diamantina: Nadie quizás amó más y mejor que Pellicer, americanisísimamente, su
Renacimiento, y sin embargo he aquí que su patria secular, no telúrica, estuvo
en el siglo de Dante y San Francisco. En el estudio de los magnos fundadores de
la cultura cubana, Félix Varela y José de la Luz y Caballero, descubrimos esa
raíz medieval que resucita impetuosa en Paradiso.
Pellicer, como su mayor
maestro, Darío, es otro resucitador americano de una medievalidad tiempo medio, de la mediación dantesca y franciscana, que lanza sus semillas hacía
una modernidad otra, la del más profundo modernismo o vida nueva de
Martí, Darío, Vallejo, Gabriela, sin olvidar al que unió las dos orillas en su
estación total, el infinito Juan Ramón Jiménez, modernidad sofocada y
hasta hoy fallida por el aluvión de la bachillería más letrada que poética,
subproducto del modelo norteamericano de la modernidad y su consecuente pasmo,
posmoetcétera.
El denominador común de esta creciente desgracia, el nihilismo
crítico, nada tiene que ver desde luego con las profundas ingenuidades
bolivarianas y martianas de Pellicer, cuya poesía, no obstante los aires de
fresca vanguardia que siempre la recorren, tenía que ir quedando al margen de la
línea central de los eternos experimentadores, de los eternos incrédulos, de los
eternos desolados y adoradores del viejo mito circular del eterno retorno.
Al margen fueron quedando los versos felices, irregulares y anunciadores de
Pellicer, y la razón de ello, si queremos ir al fondo de las cosas, hay que
buscarla en la carta que el 23 de octubre de 1927 escribió desde Asís a su amigo
Guillermo Dávila. Allí se nos habla mucho de sensualidad, pero no de esa
sexualidad desangelada y más bien pornográfica que se fue poniendo de moda, sino
de los sentimientos glorificados en el "Cántico de las criaturas" y que, por
otra parte, "son el abismo verdaderamente". Y se nos dice que "hay que volverlos
cumbre para dar el salto y emprender el gran camino". Pero el salto de que se
nos habla, después lo comprenderemos, no es tan místico que excluya la historia,
implica más bien una mística de la historia.
Y por eso es originadísima la
naturalidad con la que Pellicer, recontando sus pasiones, pasa del frate de Asís
al Libertador de América, incluyendo enseguida en su propia teología poética, al
estilo de Dante, su silenciosa Beatriz: "No, no he venido a Asís por Cimabue ni
por los demás: estoy aquí por mí, únicamente por mí. El frate ha sido siempre
una de mis grandes pasiones... Recuerdo que fui varias veces al Tequendama,
solo, y que frente a la estupenda catarata me ponía a gritar: Bolívar! Bolívar!
Bolívar!, a grandes gritos para que nadie lo oyera... He pasado mi juventud
entre dos grandes pasiones y un amor: Esperanza y Bolívar." Qué Eros metafórico
tan omnicomprensivo de lo más nutricio.
La catolicidad de Pellicer, siempre
entre el abismo sensual del pecado y la cumbre sensual del espíritu, patente en
esta desnuda carta de juventud, le permitirá integrar las charreteras solares
del Libertador con el pardo sayal del poverello de Asís, los mitos y
héroes mexicanos Quetzalcóatl, Cuauthémoc con la pavura dantesca y el
esplendor artístico de Italia. Le permitirá sobre todo entender, por el
cristianismo raigal de su catolicidad, que la belleza suma es la justicia, que
hay que tomar partido por los pobres, que hay que ser bueno, o querer serlo, y
que ningún poema de letra vale más que este querer:
Vamos a ser muy hombres,
es decir, buenos...
Con estas sencillas observaciones intento hacer algo que quizás no aprueben
todos los admiradores y estudiosos de su obra: sacarlo del estricto gremio de
los letrados, amenidad de algún aséptico campus, higiénico golf de
un simposio infinito, para dejarlo en el sitio que por derecho le corresponde:
el de un gran espíritu latinoamericano, indoamericano, hispanoamericano cosmopolita
y universal, a quien todo lo demás poemas, viajes, cátedras,
museos heredados o creados por sus ojos se le dio por añadidura.
Y cuando
digo un gran espíritu lo digo en el sentido clásico de la sabiduría y en el
sentido cristiano del renunciamiento, al que él mismo alude con osada humildad
cuando nos habla en su carta de "emprender el gran camino" y de su búsqueda de
un confesor que le quisiera oír en Asís su vida, y finalmente confiesa: "En
Jerusalén (a donde fue porque era "el sitio que Él escogió para estar") decidí
renunciar a la gloria, pues has de saber que detrás de mi pasión bolivariana, se
escondía una ambición de gloria como pocas gentes han soñado." En sus años
juveniles, esa pasión fue encantadora: "La aviación y la literatura creí
reunirlas alguna vez en un trono de gloria", lo que nada tenía, según advierte,
de dannunziano, y sí mucho, inauditamente, de bolivariano.
Por eso
recuerda José Vasconcelos su gran amigo, que también intentó, aunque tal
vez lo errara, "el gran camino", y también quedó bastante fuera del festival de
los scholars, en el importante prólogo a Piedra de
sacrificios: "Desde la nave aérea ha visto Pellicer su América, y también la
ha escudriñado con la planta del pie..." ¿No la vio también así Bolívar desde la
cresta de los Andes? Después de empeños como los de Teresa por ir a tierra de
moros, en los que novelescamente intervinieron la Mistral y Alfonso Reyes, en
Palestina se verificó su "renuncia a la gloria avionística", de la que nos dice
este vanguardista de verdad, de la verdad, no dilletante futurista de
ella, y sin perder la sonrisa de Villahermosa:
Dolor, desencanto, desilusión. Pero la renuncia estaba hecha. Mi madre me
escribió una larga carta bañada en lágrimas de gozo. Yo empecé a hacerme
fuerte. Segundo viaje a Palestina: renuncia de dos cosas más que no te confío
porque no valen la pena de ser contadas. Viaje a Asís. A los 3 días de estar
aquí, en plena soledad del campo, me puse a conversar con el frate y a
decirle: Ten la amabilidad de ayudarme.
De seguro lo ayudó, a juzgar por su transparencia en aquella mesita del Hotel
Nacional, año '67, y por los trasluces de una irreprimible alegría que es el
halo de todos sus versos, donde es posible encontrar "el papelito de la
mariposa" y el poema-cabra de Peñíscola, pero también la reverberante alameda de
sonetos, el humildoso río del romance, las figuras geométricas de su prosa en
verso, la muerte de Apolo consolada por la estrella de Quetzalcóatl, la cantata
cubista del trópico, "muy moderno y muy antiguo", "toda la lira" tremolando otra
vez a cada golpe del agua o del aire o del fuego de una auténtica catolicidad
poética. La poesía, sin embargo, no vive sólo ni principalmente de agraciadas
retóricas ni confluencias culturales, como tampoco, es bien sabido, de
proclamaciones patrióticas, filosóficas, políticas, ni siquiera líricas, sino de
vuelos rasantes de la realidad, que nos dejaron demudados. Así los triunfos de
junio en Pellicer, un junio de alas alisadas en que "el día tiene algo de la
noche", y sobre todo, para mí, los claros de intemperie en que la palabra deja
su orla, su espuma, su compás o lo que sea, a los pies de algo que la alza y que
la besa con los labios de la realidad, de la memoria:
Barrio de San Román con su tranvía
cuadrúpedo y la casa con un pie
casi en el agua negra de arrecifes.
Éramos de otra parte. Vi a mi abuela
de esbelta sangre maya hacer su baño
de mar, casi a la entrada de la aurora.
En el monosilábico astillero
la madera engullía cada clavo
como si la escuchara el mundo entero.
Con cuánta desnudez sudaba el día
su claridad. El agua, el aire, el sueño,
sólo un fulgor de gran pescadería.
"Sólo un fulgor de gran pescadería." ¿Estamos en Matanzas o en Campeche?
Cuando escribo estas líneas todavía no conozco del paisaje tabasqueño de
Pellicer nada más que sus versos, y pienso especialmente ahora en sus "Esquemas
para una oda tropical", en la espléndida edición de Samuel Gordon. Nada menos
que sus versos, quise decir, en los que parecen resonar siempre aquellas
palabras del prólogo de Vasconcelos: "su pensamiento que se le vuelve paisaje...
Leyendo estos versos he pensado en una religión nueva que alguna vez soñé
predicar: la religión del paisaje... Describir un paisaje es un sacrilegio
semejante al de los teólogos que discuten los atributos de lo divino, pero
Pellicer, como buen místico, crea sus paisajes y nos deja para siempre en la
memoria sus tardes de los pueblos... Patriotismo insustituible del paisaje
sublime..." Ingenua idea fundamental de la cultura hispanoamericana. En La
Edad de Oro Martí la resume para los niños con entera sencillez: "que el
hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, y hace
y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que la de la tierra en que
vive..." No está de moda, sin embargo, hablar de la tierra; mucho menos,
pellicerianamente, "de los estados de ánimo del bosque". Si acaso un poco de
ecología para sazonar la llegada del Apocalipsis por televisión,
video-clip abominable, el anti-bosque de la posmodernidad, con ligero
perfume nazi. Cuánta falta nos hace el antídoto de Carlos Pellicer: "Tabasco y
el cacao: bebemos Xokol-ja,/ en todos los poblados del planeta".
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