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A Joaquín Romero
Entre todas las flores, señoras y señores, es el lirio
morado la que mas me alucina. Andando una mañana solo por
Palestina, algo de mi conciencia con morados colores tomó forma
de flor y careció de espinas.
El aire con un pétalo tocaba las
colinas que inaugura la piedra de los alrededores.
Ser flor
es ser un poco de colores con brisa. Sueño de cada flor la mañana
revisa con los dedos mojados y los pómulos duros de ponerse en
la cara la humedad de tos muros,
El reino vegetal es un país
lejano aun cuando nosotros creámoslo a la mano. Difícil es
llegar a esbeltas latitudes; mejor que doña Brújula, los jóvenes
laúdes. Las palabras con ritmo —camino del poema— se adhieren a
la intacta sospecha de una yema. Algo en mi sangre viaja con voz de
clorofila. Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano siento la
conexión y lo que se destila en el alma cuando alguien está junto a
un hermano. Hace poco, en Tabasco, la gran ceiba de Atasta me
entregó cinco rumbos de su existencia. Izó las más altas banderas
que en su memoria vasta el viento de los siglos inútilmente
ajó.
Estar árbol a veces, es quedarse mirando (sin dejar de
crecer) el agua humanidad y llenarse de pájaros para poder,
cantando, reflejar en las ondas quietud y soledad.
Ser flor
es ser un poco de colores con brisa; la vida de una flor cabe en
una sonrisa. Las orquídeas penumbras mueren de una mirada mal
puesta de los hombres que no saben ver nada. En los nidos de
orquídeas la noche pone un huevo y al otro día nace color de color
nuevo. La orquídea es una flor de origen submarino. Una vez a
unos hongos, allá por Tepoztlán, los hallé recordando la historia y
el destino de esas flores que anidan tan distantes del
mar.
Cuando el nopal florece hay un ligero aumento de luz.
Por fuerza hidráulica el nopal multiplica su imagen. Y entre
espinas con que se da tormento, momento colibrí a la flor
califica.
El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto
por la muerte y el amor a las flores. Antes de que nosotros
"habláramos castilla" hubo un día del mes consagrado a la
muerte; había extraña guerra que llamaron florida y en sangre
los altares chorreaban buena suerte.
También el calendario
registra un día flor. Día Xóchitl, Xochipilli se desnudó al
amor de las flores. Sus piernas, sus hombros, sus
rodillas tienen flores. Sus dedos en hueco, tienen
flores frescas a cada hora. En su máscara brilla la sonrisa
profunda de todos los amores.
(Por las calles aún vemos
cargadas de alcatraces a esas jóvenes indias en que Diego
Rivera halló a través de siglos los eternos enlaces de un pueblo
en pie que siembra la misma primavera.)
A sangre y flor el
pueblo mexicano ha vivido. Vive de sangre y flor su recuerdo y su
olvido. (Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda en mi
lecho de piedra de agua clara y redonda.)
Si está herido de
rosas un jardín, los gorriones le romperán con vidrio sonoros
corazones de gorriones de vidrio, y el rosal más
herido deshojará una rosa allá por los rincones, donde los
nomeolvides en silencio han sufrido.
Nada nos hiere tanto como
hallar una flor sepultada en las páginas de un libro. La
lectura calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor humedece
la flor de una antigua ternura.
(Como ustedes han visto,
señoras y señores, hay tristeza también en esto de las
flores.)
Claro que en el clarísimo jardín de abril y
mayo todo se ve de frente y nada de soslayo. Es uno tan jardín
entonces que la tierra mueve gozosamente la negrura que
encierra, y el alma vegetal que hay en la vida humana crea el
cielo y las nubes que inventan la mañana.
Estos mayos y abriles
se alargan hasta octubre. Todo el Valle de México de colores se
cubre y hay en su poesía de otoñal primavera un largo
sentimiento de esperanza que espera. Siempre por esos días salgo al
campo. (Yo siempre salgo al campo.) La lluvia y el hombre como
siempre hacen temblar el campo. Ese último jardín, en el valle
de octubre, tiene un profundo fin.
Yo quisiera decirle otra
frase a la orquídea; esa frase sería una frase lapídea; mas
tengo ya las manos tan silvestres que en vano saldrían las palabras
perfectas de mi mano.
Que la última flor de esta prosa con
flores séala un pensamiento. (De pensar lo que siento al sentir
lo que piensan las flores, los colores de la cara poética los
desvanece el viento que oculta en jacarandas las palabras
mejores.)
Quiero que nadie sepa que estoy enamorado. De esto
entienden y escuchan solamente las flores. A decir me acompañe
cualquier lirio morado: señoras y señores, aquí hemos
terminado.
Al Doctor
Atl
De aquel hondo tumulto de rocas primitivas, abriéndose paso
entre sombras incendiadas, arrancándose harapos de los gritos de
nadie, huyendo de los altos desórdenes de abajo, con el cuchillo
de la luz entre los dientes, y así sonriente y límpida, brotó el
agua.
Y era la desnudez corriendo sola surgida de su clara
multitud, que aflojó las amarras de sus piernas brillantes y en
el primer remanso puso la cara azul.
El agua, con el agua a la
cintura, dejaba a sus adioses nuevas piedras de olvido, y era
como el rumor de una escultura que tapó con las manos sus aéreos
oídos.
Agua de las primeras aguas, tan remota, que al
recordarla tiemblan los helechos cuando la mano de la orilla
frota la soledad de los antiguos trechos.
Y el agua crece y
habla y participa. Sácala del torrente animador, tiempo que la
tormenta fertiliza; el agua pide espacio agricultor.
Pudrió
el tiempo los años que en las selvas pululan. Yo era un gran árbol
tropical. En mi cabeza tuve pájaros, sobre mis piernas un
jaguar.
Junto a mí tramaba la noche el complot de la
soledad. Por mi estatura derrumbaba el cielo la casa grande de
la tempestad. En mí se han amado las fuerzas de origen: el fuego
y el aire, la tierra y el mar.
Y éste es el canto del
Usumacinta que viene de muy allá y al que acompañan, desde hace
siglos, dando la vida, el Lakantún y el Lakanjá. Ay, las
hermosas palabras, que sí se van, que no se irán!
¿En
dónde está mi corazón atravesado por una flecha? La garza blanca
vuela, vuela como una fecha sobre un campo de
concentración.
Porque el árbol de la vida, sangra. Y la
noche herida, sangra. Y el camino de la partida, sangra. Y
el águila de la caída, sangra. Y la ventaja del amanecer,
cedida, sangra.
¿De quién es este cuello ahorcado? Oid la
gritería a media noche. Todo lo que en mí ya solamente palpo es
la sombra que me esconde.
Empieza a llover en el tablado de
la tempestad y la anchura del agua abandonada disminuye la nave
de su seguridad.
Es la gran noche errónea. Nada y nadie la
ocupan. Tropiezan los relámpagos los escombros del cielo. La
gran boa del viento se estranguló en la ceiba que defiende
energúmena, su cantidad de tiempo.
Se canta el canto del
Usumacinta, que viene de tan allá, y al que acompañan, dando la
vida el Lakantún y el Lakanjá.
En una jornada de millones de
años partió el gran río la serranía en dos. Y en remolinos de
sombrío júbilo creó el festival de su frutal furor.
Los
manteles de su mesa son más anchos que el horizonte. Pedid, y no
acabaréis. En el cielo de toda su noche, una alegría planetaria
nos hace languidecer.
Ésta es la parte del mundo en que el
piso se sigue construyendo. Los que allí nacimos tenemos una idea
propia de lo que es el alma y de lo que es el cuerpo.
Se me
vuelven tiendas de campo los pulmones, cuando pienso en este río
tropical, y así en mi sangre se pudre la vida de tanto ser
energía en soledad antigua o en presente caudal.
Cuando me
llega el ruido de hachazos de la palabra Izankanak, me abunda el
alma hasta salirme a los ojos y oigo el plumaje golpe de un águila
herida por el huracán. Un mundo vegetal que trabaja cien horas
diarias, me ha visto pasar en pos de la noche y del
alba.
Reconoció en mis ojos el poderoso espejo; reconoció en
mi boca fidelidad madura. Vio en mis manos la caña que aflautó el
aire húmedo y le mostré mi pecho en que se oye la
lluvia.
Mirando el río de aquellos días que el sol
engríe, al verde fuego de las orillas robé volumen y entre las
luces de lo que ríe, lo que sonríe, es un jacinto que boga al sueño
de otro perfume.
El pájaro turquesa se engarzó en la
penumbra de un retoño y entre verdes azules canta y
brilla mientras la hembra gris calla de gozo.
Mirando el río
de aquellas tardes junté las manos para beberlo. Por mi garganta
pasaba un ave, pasaba el cielo.
Mirando el río di poca
sombra: todo era mío.
Todas pintadas, jamás extintas, son
estas aguas, río de monos, Usumacinta. En tu grandeza con
esplendores reconfortaste savia y tristeza.
Te descubrí, y
en ese instante tras un diamante solté un rubí. de asombro
existo, preclara cosa sangre dichosa de haberte
visto.
Robé a tu geografía su riqueza continua de solemne
alegría. El que tumbe así el árbol de que estoy hecho va a
encontrar tus rumores entre mi pecho. Y es un cantar a
cántaros, y es la nube de pájaros y es tu lodo
botánico.
En las sombras históricas de tu destino cien
ciudades murieron en tu camino. Atadas de pies y manos están
esas ciudades. Entre una jauría de árboles desmanes se moduló la
sílaba final de esas edades.
Los hombres de un tiempo del
río la frente se hacían en talud; y el resplandor terrestre de
sus avíos les dio una honda gracia de juventud. Sonreían con las
manos como alguien que ha podido tocar la luz. Ay, las hermosas
palabras, que sí se irán, que no se irán! Lo que acontece ya
en mi memoria cunde en mis labios, con Uaxaktún, con Yaxchilán.
Después fueron los paisajes sumergidos y el
sagrado maíz se pudrió. Y en las ciudades desalojadas, el
reinado de las orquídeas se inició. Así, cuando llueve socavando
sobre el Usumacinta, aun en la corteza de los viejos árboles se
encoge el terror. El hombre abandonado que ahora lo
puebla fulgurará otra vez poderoso entre la muerte y el
amor.
Eres el agua grande de mi tierra. La tremenda dinámica
del ocio tropical. El hombre en ti es ahora la piedra que
habla entre el reino animal y el reino vegetal. Por el hueco de
un árbol podrido pasa el verde silencio del quetzal. Es una rama
póstuma. Es la inocencia deslumbrante que nada tiene que
declarar.
La sapientísima serpiente, lo llevó un día sobre
su frente cenital. ¿En dónde está mi corazón partido en dos por
una flecha? La garza blanca vuela, vuela como una fecha sobre un
campo de concentración.
¡Ay, las hermosas palabras, que sí
se van..., que no se irán deste canto del Usumacinta, que
brotó de tan acá, y al que acompañan, dando la vida, desde hace
siglos, el Lakantún y el Lakanjá.
Porque de el fondo del
río he sacado mi mano y la he puesto a cantar.
A JoeI Santiago
Talle y sabor, palmeras y tamarindos, dénselo al
río talle y sabor; dánzalo, río, líbalo.
Palmeras y
tamarindos, dicen las voces anaranjadas del mediodía que el
sol madura. Por mi garganta verde-limones gotas adulan sabor
dorado que tiene estrías. Es la saliva del tamarindo que en
lides ácidas es amarilla.
Hay una sombra de
tamarindos adormecida.
El río escurre su vidrio
tibio y en sus orillas de vidriería varó el jacinto su balsa
verde jardín de ojeras en que una gota de alcohol se quema al
fuego soplo del mediodía. Una palmera: acción al vértice que
impulse curvas a todos lados. Lo vertical girado en círculos que
alcen columna, y arcos y flechas a cielo surjan.
Una
palmera suspende el ramo del mediodía y lo hechicera. Talle
sin túnica, cuello sonoro, palma palmera.
Los palmerales
junto a los ríos en grupos firmes su vida templan.
Una
palmera es un objeto sin nombre; algo que el mediodía sostiene y
llena. ¡Con cuánto acento yo lo dijera si yo
pudiera!
Palmeras y tamarindos viven al río junto a
jacintos.
Se redondea la luz, y suda la luz desnuda del
mediodía.
Arde la esfera frutal del trópico.
La
banderola de un airecillo promueve frotes sobre la copa de un
tamarindo.
El sol, al centro de cuanto vive, se
paraliza. En un momento, no queda nada.
Y en otro
instante, todo reinicia, y el tiempo brota por todas partes en
un tremendo trajín de vida.
Talle que cumple goce
perfecto: tú eres, palmera, paisaje esbelto.
Sabor de
luces baja a la tierra: árbol entero te saborea.
Algo
en mi sangre se dice dueño...
Palmeras y tamarindos: aquí
los traje, y aquí los tengo.
POEMAS
INÉDITOS
Salir a verte sin que nadie sepa
que tu belleza sólo me redime.
Tu alegría es minero de palabras
que me ordena las pula y las apile.
Toda tu lozanía
es el regalo de las frutas vivas
que en cerámica fuerza da tu vida.
Cuando tu mano al saludar me toca,
en la frugalidad dese momento
tengo todo el placer de tu persona.
En tu risa la piña paladea
un aire naranjal y en dos aromas
tu adolescencia tropical vocea.
Eres el agua nueva que se baña
en la muelle espiral de mi remanso
que saltea las sombras de las cañas.
Caña y piña en un orbe anaranjado
crucen el nombre junto al agua en vidrio
que en la mesa del sueño he dejado.
Toda la lozanía
que en octavos de tono paz intensa
cifro en sangre poema y poesía.
México, 31 de julio de 1931
¡Oh soledad, engaño de mi engaño,
si el alma que yo adoro está aquí, mía,
bárbara, incomparable poesía
de morir por la vida todo un año!
Yo que todo creí pavor y daño
soy la máquina enérgica del día
que integra el árbol y a la voz alía
el suave no decir de voz extraño.
Todo lo soy, los cielos y la tierra
en cuyo fuego el aire sólo encierra
el elemento de mis ojos: nada
que no sea la aurora, la figura
de un orbe nuevo, órbita iniciada
en mi abismo, en el ser y en tu dulzura.
Junio otra vez nos junta y nos separa.
Y el goce de mirarte y de saberte
tan dulce, tan amargo está en mi mente
que el alma tengo en medio de la cara.
Yo sentí que en mis ojos tu preclara
persona se bañó. Sentí quererte
como si yo volviera de la muerte
que un bárbaro tumulto me dejara.
Hoy más que nunca lo imposible espigo
y hoy más que nunca siento que contigo
la poesía retornó a su juego.
Junio que hace ya tiempo te trajera
quemó en mis manos esta flor de fuego
como si fuego solamente fuera.
Budapest, noviembre de 1937
El agua está en mi tierra,
como el cielo, por todas partes.
Pienso en ti en todas direcciones.
Flota el día
en el agua profunda del recuerdo.
Los pequeños naufragios
que me causa tu ausencia
los ve el cielo en el agua de mis ojos.
Mis ojos que son tuyos, para ti,
contados como cuentos en la esquina
delante de las niñas de tus ojos.
Cada día
es una vida muerta que se llevan
estas tardes ausentes. Esta noche
viendo el reló y oyendo mis latidos,
quisiera hacer del tiempo
un árbol de mi tierra cuya sombra
construida a toda prisa todo el día
incita a estar, y de esa siesta
ya nunca se regresa.
Pero pienso ser agua para estar en la tierra
y ofrecerle mis fuegos a tus aires.
Villahermosa, Tabasco,
16 de octubre de 1969
Siempre tus ojos tristes como el día
que parece acabar sin una queja.
Tus ojos tristes sin saber por qué,
tus ojos como flores en mis manos.
De todas las penumbras,
ninguna
me deja solo como ésa
que está en tus ojos, como ésa
que se quedó en los míos.
Villahermosa, Tabasco,
15 de octubre de 1969
Tú eres más que mis ojos…
Tú eres más mis ojos
porque ves lo que en mis ojos llevo de tu vida.
Y así camino ciego de mí mismo iluminado por mis ojos que arden con el fuego
de ti.
Tú eres más que mi oído porque escuchas lo que en mi oído llevo de tu voz. Y así camino
sordo de mí mismo lleno de las ternuras de tu
acento. ¡La sola voz de ti!
Tú eres más que mi olfato porque hueles lo que mi olfato lleva de tu olor. Y así voy
ignorando el propio aroma, emanando tus ámbitos
perfumes, pronto huerto de ti.
Tú eres más que mi lengua porque gustas lo que en mi lengua llevo de ti sólo, y así voy
insensible a mis sabores saboreando el deleite de los
tuyos, sólo sabor de ti.
Tú eres más que mi tacto porque en mí tu caricia acaricias y desbordas. Y así toco en
mi cuerpo la delicia de tus manos quemadas por las
mías.
Yo solamente soy el vivo espejo de tus
sentidos. La fidelidad del lago en la garganta del
volcán.
En una de esas tardesEn una de esas tardes
sin más pintura que la de mis ojos, te desnudé y el viaje de mis manos y mis
labios llenó todo tu cuerpo de rocío.
Aquel mundo amanecido por la tarde, con tantos episodios sin historias, fue
silenciosamente abanderado y seguido por pueblos de
ansiedades.
Entre tu ombligo y sus alrededores sonreían los ojos de mis labios y tu
cadera, esfera en dos mitades, alegró los momentos de agonía en que mi vida
huyó para tu vida.
Estamos tan presentes, que el pasado
no cuenta sin ser visto. No somos lo escondido;
en el torrente de la vida estamos.
Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí toda el agua que va rumbo a tus cántaros. Tu
nombre, tu alegría… Nadie lo sabe; ni tú misma a solas.
Soneto
Adolfo, si en tus ojos o en los
míos
anda la luz
buscándome, te
ruego
que escondas en la sombra de tu
fuego
las soledades de nuestros
navíos.
En el mar de los ojos hay
plantíos
de peces luminosos que en el
ciego
recinto vertical le ponen
fuego
a cuanta sombra viene con sus
bríos.
Tú que pintas miradas que no has
visto
y ellas te ven,
enciclate y
rodea
de luces numerosas lo
imprevisto.
Pinceles que a los ojos abren
paso
te dan
–sin que lo busques – una
idea
del agua sostenida, sin el
vaso...
A Ramón Galguera Noverola
Cedro y caoba, la tarde baja de garza en garza y
ahonda al río, ligeramente, lo que se canta.
Cedro y
caoba viven pareja del paraíso cuya manzana mi sangre
moja.
Al pie del cedro, húmedo aroma. Por su
paloma torcaz y cielo, subió una rama sonoramente
dodecaedro.
Franjas tardías queman el cielo de una
caoba. Aire jilguero, y entre sus brazos, la tarde
toma.
¡Ay tarde sola que te desgajas cedro y
caoba!
Sin que se quiera, vuela una garza, con tal
belleza, que tal semeja que así volara por vez
primera.
Respira el cielo mantas azules para la garza que
sigue el vuelo.
Tanto su tiempo la tarde extiende, que en
dos azules uno despide y el otro vuelve.
Azul en
sombra lucero tiene.
Azul en luces sus luces
vence.
Hora del mundo que el alma toma, en
soledades cedro y caoba.
Cedro y caoba, ¡pareja
sola!
En mi garganta, collar recuerdos junta sus perlas
para cerrarla.
(Si hay una queja no hay una
lágrima.)
La tarde cae ya entre un reguero de
estrella-tardes.
De alguna herida se oye la
sangre.
Tengo las manos sobre mi pecho. Cruza una
garza, y el viento sale.
¿Salió de un cedro? ¿De una
caoba?
Viento que rozas: ¿Por qué rosales llenos de
espinas pasaste ahora? No aspirarte sería talar el
bosque-cedro y caoba.
Tálamo sólo —caoba y cedro—. Un
rumor de silencio brota del pecho.
Y un olor de
caobas bajo los cedros abre noches fluviales habitadas de
luces y de luceros.
|
Haz que tenga piedad
de Ti, Dios mío,
Haz que tenga piedad
de Ti, Dios mío, huérfano de mi amor, callas y esperas. En
cautas y andrajosas primaveras me viste arder buscando un
atavío.
Vuelve donde a las rosas el rocío conduce al
festival de sus vidrieras. Llaga que en tu costado
reverberas, no tiene en mí ni un leve escalofrío.
Del
bosque entero harás carpintería, que yo estaré impasible a tus
labores encerrado en mi cruenta alfarería.
El grano busca
en otro sembradío. Yo no tengo que darte, ni unas flores. Haz
que tenga piedad de Ti, Dios
mío.
Deseos
Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color. Todo lo
que yo toque se llenará de sol. En las tardes sutiles de otras tierras pasaré
con mis ruidos de vidrio tornasol. Déjame un solo
instante dejar de ser grito y color. Déjame un solo instante cambiar de clima el
corazón, beber la penumbra de una cosa desierta,
inclinarme en silencio sobre un remoto balcón,
ahondarme en el manto de pliegues finos, dispersarme en la orilla de una suave devoción, acariciar dulcemente las cabelleras lacias y
escribir con un lápiz muy fino mi meditación. !Oh,
dejar de ser un solo instante el Ayudante de Campo del
sol! !Trópico, para qué me diste las manos llenas de color!
Horas de junioVuelvo a ti, soledad, agua
vacía, agua de mis imágenes, tan muerta,
nube de mis palabras, tan desierta, noche de la indecible poesía.
Por ti la misma sangre —tuya y mía— corre el alma de nadie siempre abierta. Por ti
la angustia es sombra de la puerta que no se abre de
noche ni de día.
Sigo la infancia en tu prisión, y el juego que alterna muertes y resurrecciones de una
imagen a otra vive ciego.
Claman el viento, el sol y el mar del viaje. Yo devoro mis propios corazones y juego con los
ojos del paisaje.
Junio me dio la voz, la silenciosa música de callar un sentimiento. Junio se lleva
ahora como el viento y el alma inútilmente fue
gozosa.
Al año de morir todos los días los
frutos de mi voz dijeron tanto y tan calladamente, que
unos días
vivieron a la sombra de aquel canto. (Aquí la voz se quiebra y el espanto de tanta
soledad llena los días.)
Hoy hace un año, Junio, que nos viste, desconocidos, juntos, un instante. Llévame a
ese momento de diamante que tú en un año has vuelto
perla triste.
Álzame hasta la nube que ya existe, líbrame de las nubes, adelante. Haz que la nube
sea el buen instante que hoy cumple un año, Junio, que
me diste.
Yo pasaré la noche junto al cielo para
escoger la nube, la primera nube que salga del sueño,
del cielo,
del mar, del pensamiento, de la hora, de la única hora que me espera ¡Nube de mis
palabras, protectora!
Ay de mi corazón que nadie quiso tomar entre mis manos desoladas.
Tú viniste a mirar sus llamaradas y le miraste arder claro y
sumiso.
(El pie profundo sobre el negro piso sangró de luces todas las
jornadas. Ante los pies geográficos, calladas, tus puertas
invisibles, Paraíso.)
Tú que echaste a las brasas otro leño recoge las cenizas y al
pequeño corazón que te mueve junta y deja.
Alguna vez suspirarás, alguna noche de soledad oirás mi queja
tuya hasta el corazón como ninguna.
A Ignacio Medina
INVITAR al paisaje a que venga a mi mano, invitarlo a
dudar de sí mismo, darle a beber el sueño del abismo en la
mano espiral del cielo humano.
Que al soltar los amarres de
los ríos la montaña a sus mármoles apele y en la cumbre el
suspiro que se hiele tenga el valor frutal de dos
estíos.
Convencer a la nube del riesgo de la altura y de
la aurora, que no es el agua baja la que sube sino la plenitud
de cada hora.
Atraer a la sombra al seno de rosales
jardineros. (Suma el amor la resta de lo que amor se nombra y
da a comer la sobra a un palomar de ceros.)
¡Si el mar
quisiera abandonar sus perlas y salir de la concha...! Si por
no derramarlas o beberlas —copa y copo de espumas— las
olvida.
Quién sabe si la piedra que en cualquier recodo es
maravilla quiera participar de exacta
exedra, taza-fuente-jardín-amor-orilla.
Y si aquel buen
camino que va, viene y está, se inutiliza por el inexplicable
desatino de una cascada que lo magnetiza.
¿Podrán venir
los árboles con toda su escuela abecedaria de gorjeos? (Siento
que se aglomeran mis deseos como el pueblo a las puertas de una
boda.)
El río allá es un niño y aquí un hombre que negras
hojas junta en un remanso. Todo el mundo le llama por su
nombre y le pasa la mano como a un perro manso.
¿En qué
estación han de querer mis huéspedes descender? ¿En otoño o
primavera? ¿O esperarán que el tono de los céspedes sea el
ángel que anuncie la manzana primera?
De todas las ventanas,
que una sola sea fiel y se abra sin que nadie la abra. Que se
deje cortar como amapola entre tantas espigas, la
palabra.
Y cuando los invitados ya estén aquí —en mí—, la
cortesía única y sola por los cuatro lados, será dejarlos
solos, y en signo de alegría enseñar los diez dedos que no fueron
tocados sino por la sola poesía.
RECINTO
I
ANTES que otro poema —del mar, de la tierra o del
cielo— venga a ceñir mi voz, a tu esperada persona
limitándome, corono más alto que la excelsa geografía de
nuestro amor, el reino ilimitado.
Y a ti, por ti y en ti vivo
y adoro. Y el silencioso beso que en tus manos tan dulcemente
dejo, arrincona mi voz al sentirme tan cerca de tu
vida.
Antes que otro poema me engarce en sus
retóricas, yo me inclino a beber el agua fuente de tu amor en
tus manos, que no apagan mi sed de ti, porque tus dulces
manos me dejan en los labios las arenas de una divina
sed. Y así eres el desierto por el cuádruple horizonte de las
ansias que suscitas en mí; por el oasis que hay en tu corazón
para mi viaje que en ti, por ti y a ti voy alineando, con la
alegría del paisaje nido que voltea cuadernos de
sembrados...
Antes que otro poema tome la ciudadela a
fuego ritmo, yo te digo, callando, lo que el alma en los ojos
dice sólo. La mirada desnuda, sin historia, ya estés junto, ya
lejos, ya tan cerca o tan lejos, que no pueda por tan lejos o
cerca reprimirse y apoderarse en luz de un orbe lágrima, allá;
aquí, presente, ausente, por ti, a ti y en ti, oh ser
amado, adorada persona por quien —secretamente— así he
cantado.
II
Que se cierre esa puerta que no me deja estar a solas con
tus besos. Que se cierre esa puerta por donde campos, sol y
rosas quieren vernos. Esa puerta por donde la cal azul de los
pilares entra a mirar como niños maliciosos la timidez de
nuestras dos caricias que no se dan porque la puerta,
abierta...
Por razones serenas pasamos largo tiempo a
puerta abierta. Y arriesgado es besarse y oprimirse las manos,
ni siquiera mirarse demasiado, ni siquiera callar en buena
lid...
Pero en la noche la puerta se echa encima de sí
misma y se cierra tan ciega y claramente, que nos sentimos ya,
tú y yo, en campo abierto escogiendo caricias como
joyas ocultas en las noches con jardines puestos en las
rodillas de los montes, pero solos, tú y yo.
La mórbida
penumbra enlaza nuestros cuerpos y saquea mi ternura
tesoro, la fuerza de mis brazos que te agobian tan dulcemente,
el gran beso insaciable que se bebe a sí mismo y en su espacio
redime lo pequeño de ilímites distancias...
Dichosa puerta
que nos acompañas, cerrada, en nuestra dicha. Tu
obstrucción es la liberación de estas dos cárceles; la
escapatoria de las dos pisadas idénticas que saltan a la
nube de la que se regresa en la mañana.
III
Yo acaricio el paisaje, oh adorada persona que oíste mis
poemas y que ahora tu cabeza reclinas en mi brazo.
Hornea
el mediodía sus colores, labrados panes para el ojo que
comulga con ruedas de molino.
10, 15, 20, 30, las
parcelas opinan sobre el verde, sin agriarse; y los poblados,
vida y ropa limpia sacan al sol. Caminos campesinos suben sin
rumbo fijo, a holgar, al cerro.
Los árboles conversan junto
al río, de nidos en proyecto, de otros en abandono, de la nube
servida como helado en el remanso próximo, del equipaje de las
piedras que acaso nadie ha dejado en la orilla, de la avispa
hipodérmica, del aguacero y la joven vereda, de las ranas
deletreadas en su propia escuela, del verso como prosa y del
viento de anoche que barrió las estrellas. El río escucha siempre
caminando. El río que se conduce a sí mismo, cómo y
cuándo...
Detrás de un cerro grande va estallando una nube
lentamente. Su sorpresa es como nuestra dicha: ¡tan
primera! Lo inaugural que en nuestro amor es clave de toda
plenitud. El aire tiembla a nuestros pies. Yo tengo tu cabeza
en mi pecho. Todo cuaja la transparencia enorme de un
silencio panorámico, terso, apoyado en el pálido deliro de
besar tus mejillas en silencio.
IV
Vida, ten piedad de nuestra inmensa dicha. De este amor
cuya órbita concilia la estatuaria fugaz de día y noche. Este
amor cuyos juegos son desnudo espejo reflector de aguas
intactas. Oh, persona sedienta que del brote de una mirada
suspendiste el aire del poema, la música riachuelo que te
ciñe del fino torso a los serenos ojos para robarse el fuego
de tu cuerpo y entibiar las rodillas del remanso. Vida, ten
piedad del amor en cuyo orden somos los capiteles
coronados. Este amor que ascendimos y doblamos para ocultar lo
oculto que ocultamos. Tenso viso de seda del horizonte labio
de la ausencia, brilla. Salgo a mirar el valle y en un
monte pongo los ojos donde tú a esas horas pasas junto a
recuerdos y rocío entre el mudo clamor de egregias rosas y los
activos brazos del estío.
V
Si junto a ti las horas se apresuran a quedarse en nosotros
para siempre, hoy que tu dulce ausencia me encarcela, la
dispersión del tiempo en mis talones y en mis oídos y en mis ojos
siento. Ya no sé caminar sino hacia ti, ni escuchar otra voz
que aquella noble voz que del vaho borde de la dicha vuela
para decirme las palabras que azogaron el agua del
poema.
¡Decir tu nombre entre palabras vivas sin que nadie
lo escuche! Y escucharlo yo solo desde el fino silencio del
papel, en la penumbra que va dejando el lápiz, en las
últimas presencias silenciosas del poema.
VI
Con cuánta luz camino junto a la noche a fuego de los
días. Otros soles no dieron sino ocasos, sino puertas sin
dueño, soledades. En ti está la destreza de mis actos y la
sabiduría de las voces del buen nombrar; lo claro del
acento que nos conduce al vértice del ámbito que gobierna las
cosas. Gracias a ti soy yo quien me descubre a mí mismo,
después de haber pasado el serpentino límite que Dios puso a
su gran izquierda. Sólo tú has sabido decirme y
escucharme. Sólo tu voz es ave de la mía, sólo en tu corazón
hallé la gloria de la batalla antigua. ¡Ten piedad de
nuestro amor y cuídalo, oh vida!
VII
El paisaje decía: "¿Quién iba a sospechar, después de
tanto ir y venir por cuatro mares —sueños—... que en un valle
pintado por el niño sin nombre, yo sirviera para el de ojos
errantes, teatro amor? Toda su geografía del paisaje vino a
quedar en un rincón inédito, en un lugar cualquiera de la
Mancha de cuyo nombre..."
Y el paisaje cintilaba los
Bósforos, las tardes florentinas, la palma Río Janeiro, la
grande hora de Delfos y el bazar de las tierras de España y las
etcéteras, y enrollaba los mapas...
Porque sólo tengo
los ojos dioses del paisaje echados a los pies del valle
poco, inédito tal vez... Y ágil escondo el lugarcillo esbelto
cuya diáfana desnudez aligera sus contornos, sus posturas
aéreas, sus pueblos de bolsillo, y sus luces audaces. Y el
paisaje con su risa de siglos, mi memoria invadía. Las puertas
de las horas cerráronse y quedó ya solo, dentro de la errante
mirada, el valle poco —grande con su dueño— seguro al corazón
como una espada.
VIII
Tú eres más que mis ojos porque ves lo que en mis ojos
llevo de tu vida. Y así camino ciego de mí mismo iluminado por
mis ojos que arden con el fuego de ti.
Tú eres más que mi
oído porque escuchas lo que en mi oído llevo de tu voz. Y así
camino sordo de mí mismo lleno de las ternuras de tu
acento. ¡La sola voz de ti!
Tú eres más que mi olfato
porque hueles lo que mi olfato lleva de tu olor. Y así voy
ignorando el propio aroma, emanando tus ámbitos
perfumes, pronto huerto de ti.
Tú eres más que mi lengua
porque gustas lo que en mi lengua llevo de ti sólo, y así voy
insensible a mis sabores saboreando el deleite de los
tuyos, sólo sabor de ti.
Tú eres más que mi tacto porque
en mí tu caricia acaricias y desbordas. Y así toco en mi
cuerpo la delicia de tus manos quemadas por las mías.
Yo
solamente soy el vivo espejo de tus sentidos. La fidelidad del
lago en la garganta del volcán.
IX
Yo leía poemas y tú estabas tan cerca de mi voz que
poesía era nuestra unidad y el verso apenas la pulsación
remota de la carne. Yo leía poemas de tu amor y la belleza de
los infinitos instantes, la imperante sutileza del tiempo
coronado, las imágenes cogidas de camino con el aire de tu voz
junto a mí, nos fueron envolviendo en la espiral de una
indecible y alta y flor ternura en cuyas ondas últimas
—primera—, tembló tu llanto humilde y silencioso y la pausa
fue así. —¡Con qué dulzura besé tu rostro y te junté a mi
pecho! Nunca mis labios fueron tan sumisos, nunca mi corazón
fue más eterno, nunca mi vida fue más justa y clara. Y
estuvimos así, sin una sola palabra que apedreara aquel
silencio. Escuchando los dos la propia música cuya embriaguez
domina sin un solo ademán que algo destruya, en una piedra
excelsa de quietud cuya espaciosa solidez afirma el luminoso
vuelo, las inmóviles quietudes que en las pausas del amor una
lágrima sola cambia el cielo de los ojos del valle y una
nube pone sordina al coro del paisaje y el alma va cayendo en
el abismo del deleite sin fin.
Cuando vuelva a leerte esos
poemas ¿me eclipsarás de nuevo con tu lágrima?
X
Ya nada tengo yo que sea mío: mi voz y mi silencio son ya
tuyos y los dones sutiles y la gloria de la resurrecci6n de la
ceniza por las derrotas de otros días. La nube que me das
en el agua de tu mano es la sed que he deseado en todo
estío, la abrasadora desnudez de junio, el sueño que dejaba
pensativas mis manos en la frente del horizonte... Gracias por
los cielos de indiferencia y tierras de amargura que tanto y
mucho fueron. Gracias por las desesperaciones,
soledades. Ahora me gobiernas por las manos que saben oprimir
las claras mías. Por la voz que me nombra con el nombre sin
nombre... Por las ávidas miradas que el inefable modo sólo
tienen. Al fin tengo tu voz por el acento de saber responder a
quien me llama y me dice tu nombre mientras en los pinares se
oye el viento y el sol quiere ser negro entre las
ramas.
XI
La primera tristeza ha llegado. Tus ojos fueron
indiferentes a los míos. Tus manos no estrecharon mis
manos. Yo te besé y tu rostro era la piedra seca de las
alturas vírgenes. Tus labios encerraron en su prisión inútil mi
primera amargura. En vano tu cabeza puse en mi hombro y en
vano besé tus ojos. Eras el oasis cruel que envenenó sus aguas
y enloqueció a la sed. Y se fue levantando del horizonte
una nube. Su tez morena voló a color. De nuevo fue
oscureciendo el tono de los días de antes. Yo abandoné tu rostro
y mis manos ausentaron las tuyas. Mi voz se hizo silencio. Era
el silencio horrible de los frutos podridos. Oí que en mi
garganta tropezó la derrota con las piedras fatales. Yo me
cubrí los ojos para no ver mis lágrimas que huían hacia
mí. Luego tú me besaste, dijiste algo. Yo oía llorar mis
propias lágrimas en el primer silencio de la primer tristeza. El
alma de ese día llegó de lejos —tu alma— y se quedó en mi
pecho.
XII
En el silencio de la casa, tú, y en mi voz la presencia de
tu nombre besado entre la nube de la ausencia manzana aérea de
las soledades.
Todo a puertas cerradas, la quietud de
esperarte es vanguardia de heroísmo, vigilando el ejército de
abrazos y el gran plan de la dicha.
Ya no sé caminar sino
hacia ti, por el camino suave de mirarte poner los labios
junto a mis preguntas —sencilla, eterna flor de preguntarte— y
escucharte así en mí ¡y a sangre y fuego rechazar, luminoso, las
penumbras...!
Manzana aérea de las soledades, bocado
silencioso de la ausencia, palabra en viaje, ropa del
invierno que hará la desnudez de las praderas.
Tú en el
silencio de la casa. Yo en tus labios de ausencia, aquí tan
cerca que entre los dos la ronda de palabras se funde en la
mejor que da el poema.
XIII
Tu amor es el erario inagotable que costea el país de los
poemas. Viajes a la garganta de los pájaros, claridad, y
castillos en el aire.
Fiel a jurarse en sí, la ausencia
espía mi pena de horizonte y de ventana. Regresan por los
montes de mañana las voces claras de tu lejanía.
Hoy te
mando mi voz. El mudo espacio escultóricamente se
arrincona, Sólo en los ojos queda sangre. Ciñe la casa una
cadena de palomas.
Ya no sé caminar sino hacia ti. Tu
ausencia da a mi pie pausas veloces. Y el pie de nube extiende la
extensión toda oído de piedra y toda voces.
XIV
Cuando mis fuertes brazos te reciban, las voces de la
ausencia, dulcemente contarán nuestros ocios —dos caminos sin
nadie, con los dos— el nunca y siempre.
Y la pareja de
palabras lía a profunda unidad. Y tanta cifra se reduce a la
orilla del encuentro con azoro de ser la poesía.
Ya no sé
caminar sino hacia ti. La rosa de caminos de tu
ausencia alerta en mí el aroma del retorno y la palabra oculta
de su ciencia. Oigo mi nombre en ti, soy tu
presencia.
XV
FIN DEL NOMBRE AMADO
Un soneto de amor que nunca
diga de quién y cómo y cuándo, y agua dé a quien viene por
noticia y en sí lea clave caudal que sin la voz
consiga.
Que en cada verso pierda y gane y siga ritmo a la
cifra en luz que el agua arquea, y suba al esplendor que así
desea música lengua y tacto a flor de espiga.
Ya la línea
sandalia del terceto abre camino al alma del objeto que adoro
y cuyo nombre dicen todos.
Nadie sabe el valor de su
grandeza, pero al decirlo de inconscientes modos me
transfiguran, pues me dan belleza.
XVI
¿Qué harás? ¿En qué momento tus ojos pensarán en mis
caricias? ¿Y frente a cuáles cosas, de repente, dejarás, en
silencio, una sonrisa? Y si en la calle hallas mi boca triste
en otra gente, ¿la seguirás? ¿Qué harás si en los comercios
—semejanzas— algo de mí encuentras?
¿Qué harás?
¿Y
si en el campo un grupo de palmeras o un grupo de palomas o uno
de figuras vieras? (Las estrofas brillan en sus aventuras de
desnudas imágenes primeras.)
¿Y si al pasar frente a la casa
abierta, alguien adentro grita: ¿¡Carlos!? ¿Habrá en tu
corazón el buen latido? ¿Cómo será el acento de tu
paso?
Tu carta trae el perfume predilecto. Yo la beso y la
aspiro. En el rápido drama de un suspiro la alcoba se encamina
hacia otro aspecto. ¿Qué harás?
Los versos tienen ya los
ojos fijos. La actitud se prolonga. De las manos caen papel y
lápiz. Infinito es el recuerdo. Se oyen en el campo las cosas
de la noche. —Una vez te hallé en el tranvía y no me
viste. —Atravesando un bosque ambos lloramos. —Hay dos sitios
malditos en la ciudad. ¿Me diste tu dirección la noche del
infierno? —...y yo creí morirme mirándote llorar. Yo
soy... Y me sacude el viento. ¿Qué harás?
XVII
Las palabras emigran y en la huida los plurales
abandonan las eses y queda así un rumor de viento
manso, de despueses y adioses, de la actitud actriz que en
nuestras manos nos convence de ausencias.
Las palabras
emigran y abandonan el buen surco del verso que ya
estaba sembrado y las estrofas revestidas de oro y las
imágenes frescas aún en el espejo igual de donde tan difícil
es sacarlas. En todas las ventanas cuelga el ojo su fuego
simultáneo sobre cuatro horizontes silenciosos, llenos aún de
huellas de la huida de las palabras que te prefirieron porque
tú eres la causa de su suerte, tú, poema, mejor que
poesía.
XVIII
¿Dónde pondré el oído que no escuche mi propia voz
llamarte? ¿Y dónde no escuchar este silencio que te aleja
espaciosamente triste?
Yo camino las horas
presenciadas por los dos, en nosotros. Sé del fruto maduro de
las voces en campos de septiembre.
Sé de la noche esbelta
y tan desnuda que nuestros cuerpos eran uno solo. Sé del
silencio ante la gente oscura, de callar este amor que es de otro
modo.
Mientras llueve la ausencia yo liberto la esclavitud
de carne y sola el alma cuelga en los aires su águila
amorosa que las nubes pacíficas igualan.
XIX
Hoy que has vuelto, los dos hemos callado, y sólo nuestros
ojos pensamientos alumbraron la dulce oscuridad de estar
juntos y no decirse nada.
Sólo las manos se estrecharon
tanto como rompiendo el hierro de la ausencia. ¡Si una nube
eclipsara nuestras vidas!
Deja en mi corazón las voces
nuevas, el asalto clarísimo, presente, de tu persona sobre los
paisajes que hay en mí para el aire de tu vida.
XX
Amor, toma mi vida, pues soy tuyo desde ayer más que ayer
y más que siempre, La voz tendida hacia tus voces mueve los
instantes de flor a hacerse fruto.
Ya el aire nuevo su cantar
se puso, ya caminos por ágil intemperie con la desnuda
invitación nos tiende las manos del encuentro que ambas
juro.
Amor, toma mi vida y dame el ansia tuya, de ti y
eterna; ven y cambia mi voz que pasa, en corazón sin
tiempo.
Manos de ayer, de hoy y de mañana libren a la
cadena de los sueños de herrumbre realidad que, mucha,
mata.
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