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Encontrar un poema desconocido de
Pellicer. ¿No suena desmesurado? ¿No parece el sueño delirante de un
devoto de los Contemporáneos? ¿Una quimera producida por el funesto "afán
de novedades" en el que todos estamos más o menos comprometidos? Pero
añadir que tal hallazgo ha tenido lugar no revisando manuscritos ni
carpetas polvosas en sótanos llenos de papeles o en olvidadas gavetas de
una biblioteca, sino espigando en las ediciones que todo mundo conoce,
esto suena todavía más extraño, por no decir que inverosímil. Pero así es.
Al repasar los hermosos poemas de Hora de junio (1937), caí
en cuenta que Pellicer había escrito un complejo y también atrevido poema
de amor homosexual compuesto por un collar de quince sonetos que culminan
con una evocación nada eufemística del abrazo carnal de unos amantes que
comparten "todo su ser desnudo y fuerte" en una noche de arrebato recreada
por el poeta desde el prisma de la nostalgia ("Llévame a ese momento de
diamante/ que tú en un año has vuelto perla triste"), pero que había
logrado sustraerlo de la atención de los lectores utilizando hábilmente un
procedimiento de edición cinematográfica, esto es, rompiendo la unidad del
relato al interrumpir la secuencia de los sonetos intercalando otros
poemas de muy diversa índole que disimulan la presencia de la trama
amorosa. ¿Un poema desconocido, dije?
Tengo que matizar de inmediato. Sí y
no. Los sonetos de Hora de junio son, de hecho, una de las
composiciones más difundidas de Pellicer, y han sido incluidos, cuando
menos algunos de ellos, en varias antologías de poesía mexicana del siglo
XX. Tan famosos resultan que incluso Silvestre Revueltas musicalizó los
primeros tres de la serie. Aquí está el quid del asunto: lo que se
conoce, una parte, tres sonetos a lo más, impide que se conozca el todo.
Es el caso típico de los árboles que no dejan ver el bosque. Constituye
una paradoja que uno de los poemas más conocidos de Pellicer sea a la vez
uno de los que menos se ha leído.
¿Por qué disimuló Pellicer este extenso
poema de 210 versos? Es obvio que lo hizo para evadir la censura de la
época. Lo que me sorprende es el éxito de tan sencillo procedimiento. Sin
quitar ni una coma, sin eludir una sola imagen escabrosa, Pellicer se
salió con la suya, y consiguió dar a las prensas un texto que de otro modo
pudo haber suscitado la guillotina literaria.
El tema del amor homosexual,
presente ya en algunos textos de Porfirio Barba Jacob, si bien de manera
muy sublimada y apelando al estereotipo del amor platónico, adquirió su
primera expresión directa y severa cuando menos entre nosotros con la
publicación de Nuevo amor (1933) de Salvador Novo. Este libro –pese
a un lastre culpígeno, del que no logra desprenderse– constituye un hito
histórico. Y provoca (supongo) nuevos intentos de emulación.
Los colegas
Villaurrutia y Pellicer, ¿por qué se iban a quedar rezagados? Muy pronto,
hacia 1936, el cauto y siempre mesurado Villaurrutia da a las prensas un
Nocturno de los ángeles, poema en el que asume de modo más que
franco y jubiloso su condición homosexual, resultado sin duda de un viaje
iniciático por Estados Unidos, y de su intensa inmersión en la atmósfera
de los bares gay de la ciudad de Los Ángeles, como él mismo cuenta en
cartas que le dirige a su amigo Salvador Novo. Los sonetos de Hora de
junio, de Pellicer, publicados apenas un año después, forman a mi modo
de ver el eslabón más alto de la cadena.
No sólo son más abiertos y más
explícitos en su temática gay, sino que desde el punto de vista artístico
son un producto más ambicioso. Se trata de una composición unitaria
integrada por una ristra de quince extraordinarios sonetos. Pellicer era
un gran sonetista, pero se olvida que muy pocos alcanzan su calibre. Para
encontrar un artista de su talla uno se ve obligado a remontarse a Manuel
José Othón, en particular a "En el desierto. Idilio salvaje" y a su "Noche
rústica de Walpurgis".
Ahora bien, ¿cómo saber que los quince sonetos de
Pellicer, y que éste acomodó en grupos de tres en tres, son como sostengo
un solo poema, y que no se trata por el contrario de poemas "sueltos", que
no tienen ninguna relación entre sí? Me parece que habría dos pruebas en
favor de la tesis de que forman una sola composición. Primero, en el
aspecto del contenido: todos ellos se orientan, en una gradación que va de
menos a más, a evocar ese episodio de arrebato amoroso que el paso del
tiempo ha vuelto irrecuperable. La culminación de la historia (obsérvese
que en este caso el clímax textual y el erótico son uno y el mismo) reside
en los tercetos del soneto penúltimo: "Y buscándose en ambos nuestra
suerte/ fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte/ que al fin su espacio
halló propio y profundo.// Salgo de ti y estoy en tu tristeza,/ sales de
mí y estás en tu belleza./ Las estrellas nos ven: ya hay otro
mundo."
Me impresiona el descaro
pelliceriano. La
fluidez y la exactitud de sus imágenes. Creo que ni Novo ni Villaurrutia
se atrevieron a tanto. Para que no quede duda que se trata del encuentro
de dos varones, la sintaxis insiste: lo que fluye es una "fuerza fuerte".
El mundo cambia cuando dos se besan, sintetizaría Paz en Piedra de
sol. Pero ya lo había dicho antes Pellicer, y de manera mucho más
explícita.
La segunda prueba es de naturaleza formal.
Tiene que ver con las reiteraciones, las citas internas y la recurrencia
de ciertas imágenes. A menudo, el poema de Pellicer retoma o modifica
ligeramente versos con los que el lector ya se había encontrado antes.
Estas repeticiones internas denotan la unidad del texto, y sugieren que
éste se atiene cuando menos en parte al conocido esquema de tema y
variaciones.
Los dos últimos tercetos del quinto soneto, por ejemplo, no
son sino una reiteración levemente modificada de las dos primeras
cuartetas del soneto con que se abre la colección. Como quien dice,
Pellicer se está glosando a sí mismo, y lo hace con plena conciencia del
asunto. La noche de la indecible poesía, del primer soneto, se
transmuta de este modo en la ¡noche de la implacable poesía! del
soneto quinto. Me parece que es tiempo ya de levantar el velo y de
recuperar esta obra maestra de la poesía amorosa que le debemos a Carlos
Pellicer.
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