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Pertenece
Carlos Pellicer a la nueva familia internacional que tiene por patria el
continente y por estirpe la gente toda de habla española. El intercambio
universal iniciado por la Federación de Estudiantes dio origen a esta
generación de jóvenes que han hecho vida filial en cuatro o cinco países
de América, dejando en cada una lazos y afectos que el tiempo vuelve más
firmes.
Así empieza el
prólogo que José Vasconcelos puso a Piedra de sacrificios (1924) de Carlos
Pellicer. A los veintiún años el poeta tabasqueño, enviado por el gobierno de
Venustiano Carranza, llega a Bogotá hacia fines de 1918 y se quedará hasta
febrero de 1920 antes de trasladarse a Caracas. En Colombia, país que lo
conquistará, Pellicer se destacará en sus estudios pero sobre todo dirigirá
toda su energía a la creación de una Federación de Estudiantes en Bogotá. En
poco tiempo su cultura, su pasión, su encanto personal le ganarán el
reconocimiento del mundo intelectual colombiano y en particular el de los jóvenes
Germán Pardo García y Germán Arciniegas, cuya amistad se mantendrá firme
durante casi seis décadas. La correspondencia inédita entre Arciniegas y
Pellicer que se conserva —la cual va desde 1920 hasta 1974— nos permite
seguir de cerca la trayectoria de esa larga y fructífera relación.1
La primera
carta de Arciniegas procede de la bahía de Santa Marta el 26 de enero de 1920
cuando Pellicer todavía se encontraba en Bogotá. El contacto con el mar lo
llena de entusiasmo y le recuerda los poemas marinos de su amigo, poemas que le
parecen tener orígenes griegos. A diferencia de Pellicer, aunque también le
exalta el paisaje americano, no logra expresar en verso sus emociones. El
verdadero diálogo epistolar entre ambos escritores empezará con el traslado de
Pellicer a Venezuela unos meses más tarde. Desde Caracas (“linda ciudad española”)
Pellicer le manda sus primeras impresiones el 12 de abril. Queda impresionado
por la belleza de la ciudad y de las caraqueñas, por la pintura venezolana, por
el movimiento estudiantil, por el clima y sus carreteras. La hospitalidad
venezolana lo emociona pero al mismo tiempo le duele estar separado de su
“divina Bogotá” y de sus mejores amigos. José Juan Tablada, quien había
pasado varios meses en Caracas (luego de coincidir con Pellicer en Colombia),
había dado a conocer a su joven compatriota y por eso éste fue especialmente
bien recibido en Venezuela.
Lo que une a
Pellicer y a Arciniegas es su fe en la juventud latinoamericana, en la
solidaridad y en la justicia. Arciniegas anhela la unidad latinoamericana y
rechaza categóricamente la intervención de Estados Unidos. Constantemente los
asuntos de la Asamblea de Estudiantes se convierten en el tema principal de
estas cartas. A Arciniegas le entusiasma el éxito que va teniendo esta
organización que él y Pellicer habían fundado en 1919. En particular le atrae
la idea de intercambios estudiantiles y no deja de pensar en numerosos
proyectos, entre ellos una revista de alta calidad titulada Nihil, la
cual no verá la luz. También quiere que en Venezuela Pellicer —a quien
considera como colombiano y no extranjero— fomente el intercambio de
estudiantes entre ambos países. Además, cuenta con Pellicer para conocer lo
nuevo de la literatura venezolana.
Con enorme
interés Pellicer lee las cartas de su amigo y con él da rienda suelta a sus
sentimientos como en el caso del asesinato de Carranza, el cual le produce un
dolor infinito. Desde un principio se establece un auténtico diálogo basado en
intereses comunes, en particular la juventud estudiantil. Pellicer se siente
orgulloso de haber conseguido, junto con Arciniegas, la organización de los
estudiantes de Bogotá. Sabe que su compañero colombiano alcanzará un alto
puesto en la vida intelectual de Colombia y de América Latina debido al
“poder de su talento y la fuerza de su actividad”. A los diecinueve años
Arciniegas ya revela una profunda preocupación por lo americano y una verdadera
fe en su porvenir, incluso en el de México, pese a los trágicos sucesos de
esos días. Ama el país de Pellicer y cree firmemente en su grandeza. El
optimismo es una actitud vital compartida por los dos amigos. Seguramente esta
afinidad de carácter propició la amistad que los uniría toda la vida. También
sienten una parecida admiración por Simón Bolívar, símbolo de energía y
genio.
En septiembre
de 1920 Pellicer regresa a México pero seguirá estrechamente vinculado a su
“amada” Colombia por las cartas detalladas de su compañero, quien lo tendrá
al tanto de todo lo que pasa en su vida, en la Asamblea y en el país. Le
participa su entusiasmo por el poeta venezolano Enrique Planchart, “revelación”
seguramente debida a Pellicer. Y siempre aparece la satisfacción de Arciniegas
al presenciar la creciente importancia de la Asamblea. La causa estudiantil lo
ocupa de tal manera que decide “colgar la lira” y así abandona el oficio de
poeta, el cual había resultado en un solo libro firmado con el pseudónimo de
León Gaseyra (apellido que usa en sus cartas hasta 1921). Arciniegas se
interesa por la poesía de su país y le manda a Pellicer versos de Le Gris (León
de Greiff) y de Rafael Vázquez. Todo lo que les pasa a sus amigos colombianos
despierta el interés de Pellicer: la locura de Arcila, la muerte de Mesa
Micholls, el gusto por las drogas de Amórtegui y de Aldacoa y la poesía del
“casi siempre admirable” de Greiff, mientras que la de Vázquez, a pesar de
ciertos defectos, le parece valiosa y digna de estimación. Desde México,
Pellicer le corresponde con sus propios versos aunque duda que lo satisfagan. Lo
cierto es que las marinas pellicerianas afectan profundamente a Arciniegas,
quien se va apasionando por toda la poesía latinoamericana. Dice: “Sentí un
derroche de olas que estrujó mi espíritu”. Con el fin de estar enterado de
lo que sucede en aquella “República elegante” Pellicer espera recibir el
periódico El Tiempo y la revista Cromos.
A partir de
1921 Arciniegas funda y dirige la “gran” revista estudiantil Universidad
y solicita la colaboración de Pellicer. El número inicial de 1 000 ejemplares
se agotó enseguida, lo cual le dio mucha satisfacción a Arciniegas. Éste no
deja de informarle a su amigo de la vida cultural de Bogotá: exposiciones y
actividad literaria. Sobre Guillermo Valencia, por ejemplo, asevera que “se
está sepultando. Ya infeliz, nos está haciendo poemas pésimos”, aunque un
poco más tarde su vigorosa prosa lo vuelve a conmover. Entre los poetas
predilectos de Arciniegas se destaca León de Greiff por ser “el primer
artista de la generación joven, y que brillará en día no lejano, con mucha
ventaja, entre los poetas del continente”. Asimismo sus comentarios sobre
pintura revelan una aguda sensibilidad artística. En las cartas de Arciniegas
de ese periodo se presencia la intensa efervescencia de la vida cultural
bogotana y se siente el inmenso entusiasmo con el cual el joven colombiano
contribuye a ella. Siempre quiere involucrar a sus amigos mexicanos en sus
diversos proyectos, sobre todo en la revista Universidad, la cual no sólo
es “algo muy bueno” sino que tendrá, como lo pronostica, larga vida.
Arciniegas afirma en julio de 1921 que la revista “empieza a ser cauce de una
corriente poderosa de cultura y de renovación”. Todo lo apasiona: la
literatura, el arte y también la política de su país y de América Latina. Así
se indigna por los sucesos tiránicos que manchan la imagen del Perú en 1921,
pero al mismo tiempo admira las interesantes exposiciones que se realizan en
Bogotá, como la de Félix María Otálora quien —según el director de Universidad—
“será una revelación augural: tiene audacias de color y un sentido feliz de
la composición. No sé cómo decirle la iluminación de esos desnudos, de matiz
suave, discreto y personalísimo”. Arciniegas hace todo lo posible para
promover a los artistas colombianos mediante exposiciones y charlas. Tiene
grandes planes de divulgación cultural (aun el de fundar una editorial) porque
—como se lo confiesa a Pellicer— “aquí se sueña recio; yo no quiero por
ningún motivo soñar barato. De catedral para arriba, y al diablo los
obstructores”.
Con el fin de
fomentar la cultura mexicana en Colombia, Pellicer hace llegar a la Asamblea
libros de literatura (de Genaro Estrada a sor Juana Inés de la Cruz) así como
de arte e historia. A la vez comenta las cualidades del poema “La tristeza de
Goethe” de Guillermo Valencia, quien “ha sido capaz de repetir su bizarrería
y esplendidez técnicas”. Aunque no se nota ninguna evolución en la poesía
del colombiano, ésta no deja de seducir al joven Pellicer. Al tabasqueño le
fascina todo lo colombiano y siempre le urge tener noticias de ese país al cual
quisiera poder volver.
A Arciniegas le
impresiona el dinamismo y también la creatividad de la juventud mexicana y
sobre todo le entusiasma la labor ejemplar de José Vasconcelos, con quien
comparte las mismas ideas americanistas. En 1921 el joven ensayista aplaude el
proyecto de Vasconcelos, con quien comparte las mismas ideas americanistas. En
1921 el joven ensayista aplaude el proyecto de Vasconcelos de crear una liga de
intelectuales exclusivamente hispanoamericanos. Un par de años más tarde
Arciniegas lamenta el hecho de que en Colombia no haya una figura comparable a
la de Vasconcelos.2
Hay ratos en
este epistolario en que se impone una nota íntima por encima de las
preocupaciones más bien profesionales. El 29 de marzo de 1922 Pellicer le
revela a su amigo su enorme alegría al pasar mes y medio en Tabasco cerca de su
gran amor, Esperanza Nieto. Allí conoce “los más dulces momentos” de su
vida y se declara “más enamorado que nunca, y con unos deseos locos de
casarme, los que, por supuesto, se han ido desvaneciendo poco a poco”. Por lo
visto Pellicer experimenta graves “tempestades interiores” pero su nueva
colaboración con Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública es causa
de mucha felicidad. De hecho, su trabajo como subjefe del Departamento de Bellas
Artes corresponde a su marcado interés por las artes. También su afición a
los aviones lo llena de ilusiones al querer ingresar ese mismo año en la
Escuela Nacional de Aviación, carrera que desgraciadamente no podrá realizar.
Con todo, sigue escribiendo y está a punto de terminar otro libro que aparecerá
publicado dos años más tarde con el título de 6, 7 poemas. Así
caracteriza la colección de poemas: “Son docenas de cosas absolutamente
discutibles desde cualquier punto de vista menos del de la sinceridad”. Al
recibir un ejemplar de este poemario Arciniegas enseguida lo comentará en El
Tiempo de Bogotá y expresará toda su admiración por ese poeta de la luz,
del sol y del mar.
Del viaje que
hizo Pellicer al Brasil y a otros países sudamericanos en 1922, en la comitiva
de Vasconcelos, se conserva una carta de sumo interés escrita luego de haber
estado en Lima, ciudad que le pareció atractiva y placentera con sus calles
angostas y sus casas de singular belleza. Con cierto humor se refiere a Pizarro,
quien “está bien, gracias. Un poco fregado en su momia”; o de Santa Rosa de
Lima dice que “no quedan más de tres omóplatos, un abanico para ir a los
toros y el fonógrafo”. Lo que aborrece, en cambio, es la política vergonzosa
del Perú por haberse vendido a los extranjeros, especialmente al “Habitante
de la Casa Blanca, lugar —según Pellicer— de ignominia, mal gusto e
infamia”. Esta situación provoca la indignación del poeta, la cual será
compartida por Arciniegas. De su largo viaje por el continente desde Trinidad
hasta Chile se destacan en el recuerdo de Pellicer Río de Janeiro —“la
ciudad más bella de América”—, el Iguazú, los Andes, el
“infinitesimal” Lugones y el gran Vasconcelos, “el hombre de América”.
La espléndida presencia mexicana en el centenario de la Independencia del
Brasil en Río deja una honda impresión en el tabasqueño. La belleza natural
de Río lo subyuga pero también le fascina la “gigantesca ciudad, bella y
rica y presuntuosa” de Buenos Aires, capital de América del Sur.
En cuanto al
Uruguay, lamenta su política proestadounidense, aunque reconoce que Montevideo,
donde pasó diez días, es “una ciudad preciosa, preciosa”. En Chile
Vasconcelos fue cálidamente recibido por los estudiantes, y en la Universidad
leyó un admirable discurso muy del gusto de Pellicer (y seguramente de
Arciniegas). Este segundo viaje de Pellicer a América del Sur resultó ser
—como él mismo lo describe— un “vértigo maravilloso” que le inspiró Piedra
de sacrificios. Poemas iberoamericanos, volumen prologado por Vasconcelos,
el “más enérgico pensador de nuestra raza después del Libertador” (según
el propio Pellicer). El tabasqueño concuerda plenamente con el pensamiento
americanista del “Maestro de la juventud” tal como se manifiesta, por
ejemplo, en la carta que dirigió a los jóvenes de Colombia en 1923. Al año
siguiente la situación política de México se deteriora y renuncia Vasconcelos
a su cargo ministerial. Hay que notar que Pellicer conoce muy bien a ese hombre
apasionado, sencillo y trágico. Como le dice a Arciniegas: “Su franqueza es
brutal, su bondad inmensa, su simpatía innata”. Y sigue con esta confesión:
“¡Ah, mi queridísimo Germán! Yo le aseguro que estoy junto al genio, que
nunca he estado más cerca del genio que como ahora cerca de Vasconcelos”.
Toda la labor vasconceliana en la Secretaría de Educación Pública le parece
insuperable y está convencido de que el destino del autor de Estudios indostánicos
es único en América. Claramente Pellicer se siente atraído por su fuerza, su
energía, su pasión. También admira en alto grado a Víctor Raúl Haya de la
Torre (el “joven más distinguido de Nuestra América”) por su cultura y
entusiasmo. Ve en este peruano talentoso y simpático el porvenir del
continente.
Después de
1924 el presente epistolario se vuelve algo esporádico, con prolongadas pausas
causadas quizás por los numerosos viajes de ambos amigos. Así, durante los años
que Pellicer pasa en Europa entre 1925 y 1929, no se conserva ninguna carta, ni
siquiera una postal. En 1930 la situación política de Colombia viene a ser el
tema predilecto de Arciniegas en sus escasas cartas. Se le ve aún más
preocupado por el futuro de América luego de haber conocido la realidad
contradictoria de Estados Unidos y de darse cuenta de que la juventud
latinoamericana no está suficientemente preparada para hacer su papel. Por su
parte, a Pellicer le duelen los cuartelazos que se suceden en algunas de las repúblicas
sudamericanas y odia el imperialismo norteamericano. En ese año “de vergüenza
y de luto” Pellicer se refugia en el amor, en la poesía y en el paisaje
(“lo mejor que hay en el mundo”) mientras Arciniegas vive en Nueva York
antes de marcharse a Londres, donde escribirá su primer libro ensayístico, El
estudiante de la mesa redonda,3
el cual se publicará en Madrid gracias a la ayuda de Vasconcelos, como si éste
fuera su “apoderado intelectual”. En junio de 1932 Arciniegas regresa a
Colombia, país en crisis, con el objeto de trabajar en su mejoramiento.
Pasan los años
pero no disminuye la amistad, aunque siguen faltando cartas para entender la
trayectoria completa de los dos escritores. En 1938 Arciniegas pide la
colaboración de Pellicer en su nueva Revista de las Indias y luego se
interrumpe la correspondencia que tenemos hasta 1945, cuando Pellicer le informa
a don Germán que está instalando el Museo de Tepoztlán, el primero de muchos.
Al año siguiente Pellicer siente la mayor alegría al regresar a Colombia para
acompañar los restos de Barba Jacob. Su reencuentro con su país favorito fue
un verdadero sueño para él. Dice: “En ninguna otra parte tengo las raíces
tan hondamente echadas como en Colombia”. A su vez Arciniegas, ahora
secretario de Educación, hace planes para viajar a México (viaje que no se
realizará sino hasta 1949). Cabe observar que los cargos oficiales de cada uno
no cambian para nada el tono fraternal de las cartas y aun llegan a tutearse. Se
ve la confianza que nace de la verdadera amistad. Entre amigos se permite el
trato deliberadamente burlón, como cuanto Pellicer se mofa de su compañero,
quien en vez de visitar México se dirige otra vez a Nueva York:
Ojalá se case Ud. Con la
Estatua de la Libertad. ¡Buen provecho! Hágase ciudadano norteamericano
[…] ¿Y qué le ve Ud. a esa aldea multiplicadísima? ¡Y nosotros que le
íbamos a regalar a Ud. el Popocatépetl para que lo colocara Ud.
graciosamente en el patio de su casa! ¡La bujía y el patio!
¡Ay, señor, el pasado literario de Ud.! Y no le insulto porque se me acabó
el papel.
¡A la chingada todo el mundo!
Lo cierto es
que Arciniegas volverá a esa metrópoli para dictar clases en Columbia
University durante el año escolar 1947-1948. Por fin el soñado viaje de
Arciniegas se hará realidad a principios de 1949. El 5 de febrero le confiesa a
su otro gran amigo Alfonso Reyes: “Me voy tan enamorado de México —aunque
parezca una exageración— como cuando lo vi casi la primera vez en su Visión
de Anáhuac”.4
Más tarde, en 1957, Arciniegas piensa en su amigo tabasqueño para prologar poéticamente
una nueva edición de su libro de 1932 —un ensayo que “es un poco el cuento
de nuestra época”. Considera imprescindible la colaboración de Pellicer en
esa obra que concierne a los dos puesto que “no hay otro que pueda levantar el
telón con la gracia del tabasqueño”.
Aunque ambos
escritores son viajeros activos, pocas veces tienen el placer de reanudar el diálogo
de viva voz. Incluso cuando en 1959 Pellicer hace un prolongado viaje de casi
cinco meses a Colombia (y otros países sudamericanos), Arciniegas se encuentra
de embajador en Roma. A partir de 1963, ahora en París, Arciniegas dirige la
revista Cuadernos, para cuyo éxito pide la participación del
“miserable Carlos Pellicer” quien, de hecho, empezará a colaborar ya en
1964. Hacia finales de ese mismo año Pellicer regresa a su amada Italia y pasa
por París en febrero de 1965, donde disfruta enormemente de la compañía de su
amigo. De vuelta a México, luego de dos semanas en Londres, Pellicer extraña
mucho a Arciniegas y le confía que “la lluvia no lava la tristeza de no estar
contigo”. Ambos, sin embargo, esperan verse de nuevo para hacer un viaje
juntos a Grecia. No obstante, Arciniegas pasará a Caracas como embajador de
Colombia, donde se quedará varios años hasta 1970. Allá publicará sonetos de
Pellicer en la prensa caraqueña. Luego vivirá nuevamente en París y el
epistolario se cerrará abruptamente en 1974 con unas líneas desde Washington,
las cuales aluden a una próxima visita a México en abril de ese año. Este
epistolario da testimonio de una gran amistad que une a dos hombres que sueñan
con el mismo ideal americanista y creen en el porvenir de este continente. Desde
la juventud los dos se entregan con fervor a la causa estudiantil y luchan por
estrechar los lazos entre los diversos países latinoamericanos. En cierto modo
Arciniegas y Pellicer ejemplifican lo que anhelan para todos los
latinoamericanos, o sea la solidaridad a través del conocimiento mutuo. El
colombiano admira y ama a México mientras que Colombia representa para Pellicer
su otra patria. Más aún, toda la realidad americana les fascina y les duele.
En su prosa Arciniegas explorará a fondo ese rico mosaico y en la poesía
Pellicer cantará la grandiosidad de la naturaleza de América. El ensayista y
el poeta se complementan en su acercamiento a “Nuestra América”; la expresión
martiana que Arciniegas hace suya, o “América mía", palabras empleadas
por Pellicer en el poema que le dedica a su amigo colombiano. Los dos son el
anverso y el reverso de la misma medalla.5
1
Agradezco profundamente la generosidad y confianza de Carlos Pellicer López,
quien me proporcionó todo este material epistolar con el fin de preparar una
edición.
2 Todas las citas subsiguientes proceden de esta
correspondencia. En ese mismo año Arciniegas publicó varios artículos sobre
Vasconcelos en la prensa bogotana. Véase Claude Fell, José Vasconcelos: los años
del águila (1920-1925), México, UNAM, 1989, p. 731.
3 Cabe notar que el último capítulo de esta
obra (“La loma") está dedicado "A Carlos Pellicer, a los veintiuno,
a los Pétalos Mustios".
4 En James W. Robb, "Alfonso Reyes y Germán
Arciniegas: corresponsales e hispanoamericanistas afines", en Imágenes de
América en Alfonso Reyes y en Germán Arciniegas, Bogotá, Instituto Colombiano
de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, 1990, p. 80. Sobre las relaciones
entre Pellicer y Reyes véase nuestra edición de su Correspondencia 1925-1959,
México, El Equilibrista/CONACULTA, 1997.
5 Poema 9, Piedra de sacrificios, en Carlos
Pellicer, Poesía completa, edición de Luis Mario Schneider y Carlos Pellicer López,
México, CONACULTA/UNAM/El Equilibrista, 1986, volumen I, p. 83.
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