1899 - 1977

 

 El diálogo epistolar entre Carlos Pellicer y Germán Arciniegas

 por Serge I. Zaïtzeff (University of Calgary, Canadá)

 


 

 

Pertenece Carlos Pellicer a la nueva familia internacional que tiene por patria el continente y por estirpe la gente toda de habla española. El intercambio universal iniciado por la Federación de Estudiantes dio origen a esta generación de jóvenes que han hecho vida filial en cuatro o cinco países de América, dejando en cada una lazos y afectos que el tiempo vuelve más firmes.

Así empieza el prólogo que José Vasconcelos puso a Piedra de sacrificios (1924) de Carlos Pellicer. A los veintiún años el poeta tabasqueño, enviado por el gobierno de Venustiano Carranza, llega a Bogotá hacia fines de 1918 y se quedará hasta febrero de 1920 antes de trasladarse a Caracas. En Colombia, país que lo conquistará, Pellicer se destacará en sus estudios pero sobre todo dirigirá toda su energía a la creación de una Federación de Estudiantes en Bogotá. En poco tiempo su cultura, su pasión, su encanto personal le ganarán el reconocimiento del mundo intelectual colombiano y en particular el de los jóvenes Germán Pardo García y Germán Arciniegas, cuya amistad se mantendrá firme durante casi seis décadas. La correspondencia inédita entre Arciniegas y Pellicer que se conserva —la cual va desde 1920 hasta 1974— nos permite seguir de cerca la trayectoria de esa larga y fructífera relación.1

La primera carta de Arciniegas procede de la bahía de Santa Marta el 26 de enero de 1920 cuando Pellicer todavía se encontraba en Bogotá. El contacto con el mar lo llena de entusiasmo y le recuerda los poemas marinos de su amigo, poemas que le parecen tener orígenes griegos. A diferencia de Pellicer, aunque también le exalta el paisaje americano, no logra expresar en verso sus emociones. El verdadero diálogo epistolar entre ambos escritores empezará con el traslado de Pellicer a Venezuela unos meses más tarde. Desde Caracas (“linda ciudad española”) Pellicer le manda sus primeras impresiones el 12 de abril. Queda impresionado por la belleza de la ciudad y de las caraqueñas, por la pintura venezolana, por el movimiento estudiantil, por el clima y sus carreteras. La hospitalidad venezolana lo emociona pero al mismo tiempo le duele estar separado de su “divina Bogotá” y de sus mejores amigos. José Juan Tablada, quien había pasado varios meses en Caracas (luego de coincidir con Pellicer en Colombia), había dado a conocer a su joven compatriota y por eso éste fue especialmente bien recibido en Venezuela.

Lo que une a Pellicer y a Arciniegas es su fe en la juventud latinoamericana, en la solidaridad y en la justicia. Arciniegas anhela la unidad latinoamericana y rechaza categóricamente la intervención de Estados Unidos. Constantemente los asuntos de la Asamblea de Estudiantes se convierten en el tema principal de estas cartas. A Arciniegas le entusiasma el éxito que va teniendo esta organización que él y Pellicer habían fundado en 1919. En particular le atrae la idea de intercambios estudiantiles y no deja de pensar en numerosos proyectos, entre ellos una revista de alta calidad titulada Nihil, la cual no verá la luz. También quiere que en Venezuela Pellicer —a quien considera como colombiano y no extranjero— fomente el intercambio de estudiantes entre ambos países. Además, cuenta con Pellicer para conocer lo nuevo de la literatura venezolana.

Con enorme interés Pellicer lee las cartas de su amigo y con él da rienda suelta a sus sentimientos como en el caso del asesinato de Carranza, el cual le produce un dolor infinito. Desde un principio se establece un auténtico diálogo basado en intereses comunes, en particular la juventud estudiantil. Pellicer se siente orgulloso de haber conseguido, junto con Arciniegas, la organización de los estudiantes de Bogotá. Sabe que su compañero colombiano alcanzará un alto puesto en la vida intelectual de Colombia y de América Latina debido al “poder de su talento y la fuerza de su actividad”. A los diecinueve años Arciniegas ya revela una profunda preocupación por lo americano y una verdadera fe en su porvenir, incluso en el de México, pese a los trágicos sucesos de esos días. Ama el país de Pellicer y cree firmemente en su grandeza. El optimismo es una actitud vital compartida por los dos amigos. Seguramente esta afinidad de carácter propició la amistad que los uniría toda la vida. También sienten una parecida admiración por Simón Bolívar, símbolo de energía y genio.

En septiembre de 1920 Pellicer regresa a México pero seguirá estrechamente vinculado a su “amada” Colombia por las cartas detalladas de su compañero, quien lo tendrá al tanto de todo lo que pasa en su vida, en la Asamblea y en el país. Le participa su entusiasmo por el poeta venezolano Enrique Planchart, “revelación” seguramente debida a Pellicer. Y siempre aparece la satisfacción de Arciniegas al presenciar la creciente importancia de la Asamblea. La causa estudiantil lo ocupa de tal manera que decide “colgar la lira” y así abandona el oficio de poeta, el cual había resultado en un solo libro firmado con el pseudónimo de León Gaseyra (apellido que usa en sus cartas hasta 1921). Arciniegas se interesa por la poesía de su país y le manda a Pellicer versos de Le Gris (León de Greiff) y de Rafael Vázquez. Todo lo que les pasa a sus amigos colombianos despierta el interés de Pellicer: la locura de Arcila, la muerte de Mesa Micholls, el gusto por las drogas de Amórtegui y de Aldacoa y la poesía del “casi siempre admirable” de Greiff, mientras que la de Vázquez, a pesar de ciertos defectos, le parece valiosa y digna de estimación. Desde México, Pellicer le corresponde con sus propios versos aunque duda que lo satisfagan. Lo cierto es que las marinas pellicerianas afectan profundamente a Arciniegas, quien se va apasionando por toda la poesía latinoamericana. Dice: “Sentí un derroche de olas que estrujó mi espíritu”. Con el fin de estar enterado de lo que sucede en aquella “República elegante” Pellicer espera recibir el periódico El Tiempo y la revista Cromos.

A partir de 1921 Arciniegas funda y dirige la “gran” revista estudiantil Universidad y solicita la colaboración de Pellicer. El número inicial de 1 000 ejemplares se agotó enseguida, lo cual le dio mucha satisfacción a Arciniegas. Éste no deja de informarle a su amigo de la vida cultural de Bogotá: exposiciones y actividad literaria. Sobre Guillermo Valencia, por ejemplo, asevera que “se está sepultando. Ya infeliz, nos está haciendo poemas pésimos”, aunque un poco más tarde su vigorosa prosa lo vuelve a conmover. Entre los poetas predilectos de Arciniegas se destaca León de Greiff por ser “el primer artista de la generación joven, y que brillará en día no lejano, con mucha ventaja, entre los poetas del continente”. Asimismo sus comentarios sobre pintura revelan una aguda sensibilidad artística. En las cartas de Arciniegas de ese periodo se presencia la intensa efervescencia de la vida cultural bogotana y se siente el inmenso entusiasmo con el cual el joven colombiano contribuye a ella. Siempre quiere involucrar a sus amigos mexicanos en sus diversos proyectos, sobre todo en la revista Universidad, la cual no sólo es “algo muy bueno” sino que tendrá, como lo pronostica, larga vida. Arciniegas afirma en julio de 1921 que la revista “empieza a ser cauce de una corriente poderosa de cultura y de renovación”. Todo lo apasiona: la literatura, el arte y también la política de su país y de América Latina. Así se indigna por los sucesos tiránicos que manchan la imagen del Perú en 1921, pero al mismo tiempo admira las interesantes exposiciones que se realizan en Bogotá, como la de Félix María Otálora quien —según el director de Universidad— “será una revelación augural: tiene audacias de color y un sentido feliz de la composición. No sé cómo decirle la iluminación de esos desnudos, de matiz suave, discreto y personalísimo”. Arciniegas hace todo lo posible para promover a los artistas colombianos mediante exposiciones y charlas. Tiene grandes planes de divulgación cultural (aun el de fundar una editorial) porque —como se lo confiesa a Pellicer— “aquí se sueña recio; yo no quiero por ningún motivo soñar barato. De catedral para arriba, y al diablo los obstructores”.

Con el fin de fomentar la cultura mexicana en Colombia, Pellicer hace llegar a la Asamblea libros de literatura (de Genaro Estrada a sor Juana Inés de la Cruz) así como de arte e historia. A la vez comenta las cualidades del poema “La tristeza de Goethe” de Guillermo Valencia, quien “ha sido capaz de repetir su bizarrería y esplendidez técnicas”. Aunque no se nota ninguna evolución en la poesía del colombiano, ésta no deja de seducir al joven Pellicer. Al tabasqueño le fascina todo lo colombiano y siempre le urge tener noticias de ese país al cual quisiera poder volver.

A Arciniegas le impresiona el dinamismo y también la creatividad de la juventud mexicana y sobre todo le entusiasma la labor ejemplar de José Vasconcelos, con quien comparte las mismas ideas americanistas. En 1921 el joven ensayista aplaude el proyecto de Vasconcelos, con quien comparte las mismas ideas americanistas. En 1921 el joven ensayista aplaude el proyecto de Vasconcelos de crear una liga de intelectuales exclusivamente hispanoamericanos. Un par de años más tarde Arciniegas lamenta el hecho de que en Colombia no haya una figura comparable a la de Vasconcelos.2

Hay ratos en este epistolario en que se impone una nota íntima por encima de las preocupaciones más bien profesionales. El 29 de marzo de 1922 Pellicer le revela a su amigo su enorme alegría al pasar mes y medio en Tabasco cerca de su gran amor, Esperanza Nieto. Allí conoce “los más dulces momentos” de su vida y se declara “más enamorado que nunca, y con unos deseos locos de casarme, los que, por supuesto, se han ido desvaneciendo poco a poco”. Por lo visto Pellicer experimenta graves “tempestades interiores” pero su nueva colaboración con Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública es causa de mucha felicidad. De hecho, su trabajo como subjefe del Departamento de Bellas Artes corresponde a su marcado interés por las artes. También su afición a los aviones lo llena de ilusiones al querer ingresar ese mismo año en la Escuela Nacional de Aviación, carrera que desgraciadamente no podrá realizar. Con todo, sigue escribiendo y está a punto de terminar otro libro que aparecerá publicado dos años más tarde con el título de 6, 7 poemas. Así caracteriza la colección de poemas: “Son docenas de cosas absolutamente discutibles desde cualquier punto de vista menos del de la sinceridad”. Al recibir un ejemplar de este poemario Arciniegas enseguida lo comentará en El Tiempo de Bogotá y expresará toda su admiración por ese poeta de la luz, del sol y del mar.

Del viaje que hizo Pellicer al Brasil y a otros países sudamericanos en 1922, en la comitiva de Vasconcelos, se conserva una carta de sumo interés escrita luego de haber estado en Lima, ciudad que le pareció atractiva y placentera con sus calles angostas y sus casas de singular belleza. Con cierto humor se refiere a Pizarro, quien “está bien, gracias. Un poco fregado en su momia”; o de Santa Rosa de Lima dice que “no quedan más de tres omóplatos, un abanico para ir a los toros y el fonógrafo”. Lo que aborrece, en cambio, es la política vergonzosa del Perú por haberse vendido a los extranjeros, especialmente al “Habitante de la Casa Blanca, lugar —según Pellicer— de ignominia, mal gusto e infamia”. Esta situación provoca la indignación del poeta, la cual será compartida por Arciniegas. De su largo viaje por el continente desde Trinidad hasta Chile se destacan en el recuerdo de Pellicer Río de Janeiro —“la ciudad más bella de América”—, el Iguazú, los Andes, el “infinitesimal” Lugones y el gran Vasconcelos, “el hombre de América”. La espléndida presencia mexicana en el centenario de la Independencia del Brasil en Río deja una honda impresión en el tabasqueño. La belleza natural de Río lo subyuga pero también le fascina la “gigantesca ciudad, bella y rica y presuntuosa” de Buenos Aires, capital de América del Sur. 

En cuanto al Uruguay, lamenta su política proestadounidense, aunque reconoce que Montevideo, donde pasó diez días, es “una ciudad preciosa, preciosa”. En Chile Vasconcelos fue cálidamente recibido por los estudiantes, y en la Universidad leyó un admirable discurso muy del gusto de Pellicer (y seguramente de Arciniegas). Este segundo viaje de Pellicer a América del Sur resultó ser —como él mismo lo describe— un “vértigo maravilloso” que le inspiró Piedra de sacrificios. Poemas iberoamericanos, volumen prologado por Vasconcelos, el “más enérgico pensador de nuestra raza después del Libertador” (según el propio Pellicer). El tabasqueño concuerda plenamente con el pensamiento americanista del “Maestro de la juventud” tal como se manifiesta, por ejemplo, en la carta que dirigió a los jóvenes de Colombia en 1923. Al año siguiente la situación política de México se deteriora y renuncia Vasconcelos a su cargo ministerial. Hay que notar que Pellicer conoce muy bien a ese hombre apasionado, sencillo y trágico. Como le dice a Arciniegas: “Su franqueza es brutal, su bondad inmensa, su simpatía innata”. Y sigue con esta confesión: “¡Ah, mi queridísimo Germán! Yo le aseguro que estoy junto al genio, que nunca he estado más cerca del genio que como ahora cerca de Vasconcelos”. Toda la labor vasconceliana en la Secretaría de Educación Pública le parece insuperable y está convencido de que el destino del autor de Estudios indostánicos es único en América. Claramente Pellicer se siente atraído por su fuerza, su energía, su pasión. También admira en alto grado a Víctor Raúl Haya de la Torre (el “joven más distinguido de Nuestra América”) por su cultura y entusiasmo. Ve en este peruano talentoso y simpático el porvenir del continente.

Después de 1924 el presente epistolario se vuelve algo esporádico, con prolongadas pausas causadas quizás por los numerosos viajes de ambos amigos. Así, durante los años que Pellicer pasa en Europa entre 1925 y 1929, no se conserva ninguna carta, ni siquiera una postal. En 1930 la situación política de Colombia viene a ser el tema predilecto de Arciniegas en sus escasas cartas. Se le ve aún más preocupado por el futuro de América luego de haber conocido la realidad contradictoria de Estados Unidos y de darse cuenta de que la juventud latinoamericana no está suficientemente preparada para hacer su papel. Por su parte, a Pellicer le duelen los cuartelazos que se suceden en algunas de las repúblicas sudamericanas y odia el imperialismo norteamericano. En ese año “de vergüenza y de luto” Pellicer se refugia en el amor, en la poesía y en el paisaje (“lo mejor que hay en el mundo”) mientras Arciniegas vive en Nueva York antes de marcharse a Londres, donde escribirá su primer libro ensayístico, El estudiante de la mesa redonda,3 el cual se publicará en Madrid gracias a la ayuda de Vasconcelos, como si éste fuera su “apoderado intelectual”. En junio de 1932 Arciniegas regresa a Colombia, país en crisis, con el objeto de trabajar en su mejoramiento.

Pasan los años pero no disminuye la amistad, aunque siguen faltando cartas para entender la trayectoria completa de los dos escritores. En 1938 Arciniegas pide la colaboración de Pellicer en su nueva Revista de las Indias y luego se interrumpe la correspondencia que tenemos hasta 1945, cuando Pellicer le informa a don Germán que está instalando el Museo de Tepoztlán, el primero de muchos. Al año siguiente Pellicer siente la mayor alegría al regresar a Colombia para acompañar los restos de Barba Jacob. Su reencuentro con su país favorito fue un verdadero sueño para él. Dice: “En ninguna otra parte tengo las raíces tan hondamente echadas como en Colombia”. A su vez Arciniegas, ahora secretario de Educación, hace planes para viajar a México (viaje que no se realizará sino hasta 1949). Cabe observar que los cargos oficiales de cada uno no cambian para nada el tono fraternal de las cartas y aun llegan a tutearse. Se ve la confianza que nace de la verdadera amistad. Entre amigos se permite el trato deliberadamente burlón, como cuanto Pellicer se mofa de su compañero, quien en vez de visitar México se dirige otra vez a Nueva York:

Ojalá se case Ud. Con la Estatua de la Libertad. ¡Buen provecho! Hágase ciudadano norteamericano […] ¿Y qué le ve Ud. a esa aldea multiplicadísima? ¡Y nosotros que le íbamos a regalar a Ud. el Popocatépetl para que lo colocara Ud. graciosamente en el patio de su casa! ¡La bujía y el patio!
¡Ay, señor, el pasado literario de Ud.! Y no le insulto porque se me acabó el papel.
¡A la chingada todo el mundo!

Lo cierto es que Arciniegas volverá a esa metrópoli para dictar clases en Columbia University durante el año escolar 1947-1948. Por fin el soñado viaje de Arciniegas se hará realidad a principios de 1949. El 5 de febrero le confiesa a su otro gran amigo Alfonso Reyes: “Me voy tan enamorado de México —aunque parezca una exageración— como cuando lo vi casi la primera vez en su Visión de Anáhuac”.4 Más tarde, en 1957, Arciniegas piensa en su amigo tabasqueño para prologar poéticamente una nueva edición de su libro de 1932 —un ensayo que “es un poco el cuento de nuestra época”. Considera imprescindible la colaboración de Pellicer en esa obra que concierne a los dos puesto que “no hay otro que pueda levantar el telón con la gracia del tabasqueño”.

Aunque ambos escritores son viajeros activos, pocas veces tienen el placer de reanudar el diálogo de viva voz. Incluso cuando en 1959 Pellicer hace un prolongado viaje de casi cinco meses a Colombia (y otros países sudamericanos), Arciniegas se encuentra de embajador en Roma. A partir de 1963, ahora en París, Arciniegas dirige la revista Cuadernos, para cuyo éxito pide la participación del “miserable Carlos Pellicer” quien, de hecho, empezará a colaborar ya en 1964. Hacia finales de ese mismo año Pellicer regresa a su amada Italia y pasa por París en febrero de 1965, donde disfruta enormemente de la compañía de su amigo. De vuelta a México, luego de dos semanas en Londres, Pellicer extraña mucho a Arciniegas y le confía que “la lluvia no lava la tristeza de no estar contigo”. Ambos, sin embargo, esperan verse de nuevo para hacer un viaje juntos a Grecia. No obstante, Arciniegas pasará a Caracas como embajador de Colombia, donde se quedará varios años hasta 1970. Allá publicará sonetos de Pellicer en la prensa caraqueña. Luego vivirá nuevamente en París y el epistolario se cerrará abruptamente en 1974 con unas líneas desde Washington, las cuales aluden a una próxima visita a México en abril de ese año. Este epistolario da testimonio de una gran amistad que une a dos hombres que sueñan con el mismo ideal americanista y creen en el porvenir de este continente. Desde la juventud los dos se entregan con fervor a la causa estudiantil y luchan por estrechar los lazos entre los diversos países latinoamericanos. En cierto modo Arciniegas y Pellicer ejemplifican lo que anhelan para todos los latinoamericanos, o sea la solidaridad a través del conocimiento mutuo. El colombiano admira y ama a México mientras que Colombia representa para Pellicer su otra patria. Más aún, toda la realidad americana les fascina y les duele. En su prosa Arciniegas explorará a fondo ese rico mosaico y en la poesía Pellicer cantará la grandiosidad de la naturaleza de América. El ensayista y el poeta se complementan en su acercamiento a “Nuestra América”; la expresión martiana que Arciniegas hace suya, o “América mía", palabras empleadas por Pellicer en el poema que le dedica a su amigo colombiano. Los dos son el anverso y el reverso de la misma medalla.5

1 Agradezco profundamente la generosidad y confianza de Carlos Pellicer López, quien me proporcionó todo este material epistolar con el fin de preparar una edición.
2 Todas las citas subsiguientes proceden de esta correspondencia. En ese mismo año Arciniegas publicó varios artículos sobre Vasconcelos en la prensa bogotana. Véase Claude Fell, José Vasconcelos: los años del águila (1920-1925), México, UNAM, 1989, p. 731.
3 Cabe notar que el último capítulo de esta obra (“La loma") está dedicado "A Carlos Pellicer, a los veintiuno, a los Pétalos Mustios".
4 En James W. Robb, "Alfonso Reyes y Germán Arciniegas: corresponsales e hispanoamericanistas afines", en Imágenes de América en Alfonso Reyes y en Germán Arciniegas, Bogotá, Instituto Colombiano de Estudios Latinoamericanos y del Caribe, 1990, p. 80. Sobre las relaciones entre Pellicer y Reyes véase nuestra edición de su Correspondencia 1925-1959, México, El Equilibrista/CONACULTA, 1997.
5 Poema 9, Piedra de sacrificios, en Carlos Pellicer, Poesía completa, edición de Luis Mario Schneider y Carlos Pellicer López, México, CONACULTA/UNAM/El Equilibrista, 1986, volumen I, p. 83.

 

 


 

Tomado de Cuadernos Americanos, Nueva época, número 82 (julio-agosto de 2000), año XIV, México, UNAM, pp. 40-48.

 

 



 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO