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-La mayor
parte de los intelectuales argentinos exiliados volvieron al país tras la
caída de la dictadura militar. ¿Por qué usted no volvió?
-Cuando todos estaban en el exilio
ninguno se interesó por mi suerte, nunca. Sobreviví con mis medios. Quizá
fue demasiado fuerte el rechazo que sentí. Sobre el eco de mi obra le diré
una cosa y no me va a creer. Desde hace dos años "El beso de la mujer
araña" circula libremente y sin embargo no salió ni siquiera un
comentario. Con Alfonsín la censura no existe más, pero no se escribió una
sola línea para un libro que ha suscitado tantas reacciones, positivas y
negativas en tantos países del mundo.
-Después de Italia y París se fue a Nueva
York. Ahora vive en Río
de Janeiro en vez de Buenos Aires. ¿Por qué abandonó Nueva York, el centro
del mundo?
-Soy afortunado, no tengo
necesidad de vivir en una ciudad, de ir a la oficina. Mi trabajo lo puedo
hacer donde sea. Y Nueva York tiene esos inviernos tremendos, esos veranos
ardientes, y en un determinado momento, me pareció que no era muy sano. Me
fui también por la llegada de Reagan; yo no creía que el pueblo americano
llegara al punto de elegir a Reagan, que tenía en sus espaldas el caso
Angela Davis, porque él era el gobernador de California cuando aquello
sucedió. Y poco a poco sentí que, incluso, el clima cambiaba. Yo, por
ejemplo, había vivido en Estados Unidos durante todo el período del
movimiento hippie, que había sido una cosa muy grande, muy importante, y
ver cómo se moría en un espectáculo que no podía soportar. Para mí, Europa
y Estados Unidos son, de todas formas, lugares para volver, pero para mi
vida cotidiana necesito una realidad sudamericana. En Brasil hay una
tolerancia que yo no había encontrado nunca, distinta de la de Nueva York,
donde podés andar desnudo y ninguno dice nada, pero porque de alguna
manera nadie te ve ni te observa. La mirada carioca es otra cosa, no es
critica pero jamás es indiferente.
-¿Qué piensa el autor de
"El beso de la mujer araña" de esta versión cinematográfica y
americana?
-Cuando la vi solo, en la cabina
de montaje, antes de que saliera sobre la pantalla, estaba muy preocupado,
me parecía muy distinta del libro... Y ya me había preocupado antes, por
la elección de los protagonistas. No los veía en sus papeles, eran muy
distintos físicamente. El actor Raúl Julia, demasiado viejo para Valentín,
que es un chico de 26 años, y William Hurt, con un físico demasiado
definido. A Molina me lo imaginaba al borde de los 40 años, con poco
cabello, ni lindo ni feo... En la novela, Molina es un personaje gris, que
no asume su cuerpo. Y en la cabina se me confirmaban todos mis temores.
Pero cuando después la vi con el público fue una sorpresa enorme. Sentí
que quien había realizado la película había alcanzado a comunicar mucho de
lo que yo había querido decir con el libro. Por otros caminos, pero lo
había hecho. Así es que puedo decir: ésta no es mi película, es la
película de Babenco. pero yo estoy satisfecho.
-De todas maneras ni la CBS ni Héctor
Babenco, el director de la
película, pidieron su colaboración para el guión -en el que usted tiene la
experiencia de "Boquitas pintadas" y de "Recuerdo de Tijuana"- ni para la
dirección. ¿Por qué? ¿Para tener mayor control sobre el texto y sobre la
película?
-Yo tuve un control mínimo, esto
es cierto, pero había vendido los derechos y por lo tanto no debo
lamentarme de nada. La dirección, en realidad, me la habían casi ofrecido,
pero yo no la quise. No me gusta el trabajo de dirección, me parece
demasiado autoritario. Para el guión, en cambio, no es que no haya
querido, yo lo habría hecho, pero desde el principio habían decidido que
tenía que hacerlo un norteamericano. Yo conozco bien el inglés, escribí
inclusive un libro en inglés, pero quizás ellos no se confiaban lo
suficiente.
-¿Cómo cree usted que se expresa el tema de la
homosexualidad en la
película?
-Me parece que la película puede
ser una metáfora de lo que yo pienso de la homosexualidad. Para mí, la
homosexualidad no existe, es una proyección de la mente reaccionaria.
Quiero decir: hay personas que realizan actos homosexuales, pero sería
necesario entender que el sexo no tiene trascendencia, no tiene peso
moral. El sexo es como comer, beber, dormir, forma parte de la vida
vegetativa y por esto es que no me parece que la identidad deba pasar a
través de la sexualidad. La idea de dar un peso moral al sexo es un crimen
cometido hace muchos siglos, se dice que fue un patriarca el que concibió
esta monstruosidad para controlar a las mujeres.
-¿Entonces usted tampoco cree en la identidad gay, en la cultura
gay?
-Yo admiro mucho a los movimientos
de liberación gay pero creo en la integración y pienso que hay que hacer
una propuesta más radical: negar el sexo como signo de identidad. Yo he
tenido conflictos muy graves con la cultura gay, pero creo que es un hecho
necesario porque estamos en un estado de transición. Por otra parte, mi
crítica más amarga es que en Estados Unidos a las minorías se las calma así, formando un ghetto. Y es el ghetto lo que a mí
no me parece bien. Cuando la película se presentó en Cannes suscitó
polémicas irritadas entre algunos críticos sudamericanos molestos por lo
que definían como una imagen sin matices del joven revolucionario. En la
película, en efecto, Molina es asesinado por los compañeros de Valentín y
ese gesto parece una verdadera crueldad, una prueba de falta de humanidad.
También en el libro Molina es asesinado por los revolucionarios, pero es
él el que lo pide antes de que la policía descubra la cita, porque sabe
que si lo meten preso no va a tener la fuerza de no hablar y así es que
prefiere morir. quedar limpio a los ojos de la persona amada, en un
sentido romántico y muy femenino ¿no? Porque antes que nada, para él está
el rol que se ha elegido en la vida. Por lo demás, toda la novela es una
reflexión sobre los roles; los dos personajes están oprimidos, prisioneros
de los roles, y lo interesante es que en un cierto momento logran huir de
los personajes que se han impuesto. Pero no es que superen todos los
límites; Molina queda como la heroína romántica que elige la muerte bella,
el sacrificio por el hombre amado.
-¿Y la dureza, el aplanamiento del personaje de
Valentín?
-Sí, en el libro y en las
versiones teatrales Valentín tiene más matices, en el film es menos
conflictivo y también menos contradictorio. Quizás esta graduación es la
que funcionó para el público norteamericano, la otra en cambio no los
habría convencido. Quiero decir... un público reaccionario encuentra, por
ejemplo, simpático a este Valentín, porque queda golpeado por su
generosidad, por el hecho de que él sea capaz de hacer un sacrificio como
hacer el amor con el otro, contra todos sus prejuicios sexuales. En
resumen, yo no siento mía la película pero veo que funciona, y con eso me
quedo en paz.
-Usted una vez escribió que su elección de la literatura, respecto
del espacio cinematográfico, se debía también a una posibilidad de
"realismo" que el cine no permite...
-Cuando elijo una historia
realista me encuentro mucho mejor con la literatura porque siento el
realismo muy ligado al método analítico de trabajo, que permite la
acumulación de detalles. En el cine, en cambio, me siento mucho más a
gusto en las narraciones fantásticas, alegóricas. Para mí, la fantasía es
síntesis, como el cine, como los sueños nocturnos, verdaderos modelos de
síntesis donde en un minuto pasa delante nuestro una historia entera. El
realismo cinematográfico, en cambio, me da un poco de miedo, tengo miedo
de quedar encerrado en un realismo fotográfico.
Entrevista de Giovanna Pajetta a Manuel Puig aparecida
en Crisis, abril de 1986. ©
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