El 18 de noviembre de 1922, a las cuatro de la
tarde, murió Marcel Proust. Tenía cincuenta y dos años.
Con los últimos suspiros y "su
voz dulce", había dado a Jacques Riviere las recomendaciones
para la edición de Albertine desaparecida. Desde
octubre, Marcel venía alimentándose solamente con café con
leche, mermelada de ciruelas y un poco de miel. Diariamente le
pedía a su chofer, Albaret, que le trajera una botella de
cerveza del Hotel Ritz. Eso era todo. Y crispado sobre su
lapicera, escribía y escribía, diariamente.
Maurice Martin du Gard (primo del novelista y Premio Nobel
literario Roger Martin du Gard, el autor de aquella formidable
y olvidada novela río llamada Los Thibault) cuenta, en
su espléndido y voluminoso libro Les Memorables que él,
precisamente, fue uno de los primeros en llegar a la casa del
escritor, no bien se enteró de la triste noticia de su muerte.
Al entrar en casa de Proust, se cruzó en la escalera de con
Reynaldo Hahn y Lucien Daudet; ambos bajaban lentamente,
lívidos los rostros, del quinto piso.
Albaret, el
chofer, le abrió la puerta del dormitorio y le dijo, con
tristeza, "El señor ha terminado su camino". Allí estaba
Jacques Rivière, quien había contemplado por última vez el
rostro de Proust. Fue, precisamente, quien le contó a Maurice
Martin du Gard que Dunoyer de Segozanc acababa de terminar un
admirable dibujo del escritor fallecido.
Luego, Martin
du Gard dio un breve paseo lento por el cuarto sencillo y casi
desnudo de Proust. Vio, cuenta, sobre la chimenea, unos
cuadernos; sobre la mesa, la pluma del escritor; más allá,
varios libros y un montón de hojas sueltas y unos
cuadernos.
Muerto, Proust tenía —escribe Martin du
Gard— el rostro ennoblecido con los cabellos estirados y el
bigote arreglado en punta. A los pies de la cama había un
enorme ramo de violetas.
En la capilla de Saint Pierre
de Chaillot se realizaron las exequias. Barrès estaba allí,
con el sombrero volcado ligeramente sobre los ojos. También
estaban presentes, entre otros, duques, príncipes,
embajadores, los miembros del Jockey con sus monóculos, y,
agrega Martin du Gard, "los grandes pederastas
parisinos".
La ausencia de André Gide no pasó
inadvertida para nadie.
El largo cortejo marchó, luego,
lentemente por Champs Elysées. Martin du Gard se integró a un
grupo, con Jean Cocteau, George de Lauris, Edmond Jaloux y
Raymond Radiguet, y tomaron un taxi hacia Père Lachaise, donde
se reunirían, poco después, con Claude Ferval, viejo amigo de
Proust, con quien conversaron sobre los primeros escritos del
escritor que acababa de morir, mientras aguardaban el cortejo.
Que tardó muchísimo en llegar al nicho, ubicado en la parte
alta del cementerio. Allí esperaba la familia. Las cosas
sucedían despacio, triste y melancólicamente.
Tres
horas después, cuando todo había terminado, nuestro narrador,
es decir, Martin du Gard, se marchó junto a Jean Giraudoux;
delante de ambos, cabizbajos, se alejaban, mudos, Maurice
Rostand y Léon Daudet.
Martin du Gard y sus amigos se
alejaron, silenciosos, agobiados por el día que les caía
encima, neblinoso y gris. Poco después, miraron hacia atrás;
fue una última mirada hacia aquel ámbito de piedras grises
donde quedaba, solo para siempre, el autor de En busca del
tiempo perdido, cubierto de flores. Parpadearon apenados.
Y adiós.
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