1871 -  1922


 

OCHENTA AÑOS SIN PROUST 

por Rubén Loza Aguerrebere

 


El 18 de noviembre de 1922, a las cuatro de la tarde, murió Marcel Proust. Tenía cincuenta y dos años. 

Con  los últimos suspiros y "su voz dulce", había dado a Jacques Riviere las recomendaciones para la edición de Albertine desaparecida. Desde octubre, Marcel venía alimentándose solamente con café con leche, mermelada de ciruelas y un poco de miel. Diariamente le pedía a su chofer, Albaret, que le trajera una botella de cerveza del Hotel Ritz. Eso era todo. Y crispado sobre su lapicera, escribía y escribía, diariamente.

Maurice Martin du Gard (primo del novelista y Premio Nobel literario Roger Martin du Gard, el autor de aquella formidable y olvidada novela río llamada Los Thibault) cuenta, en su espléndido y voluminoso libro Les Memorables que él, precisamente, fue uno de los primeros en llegar a la casa del escritor, no bien se enteró de la triste noticia de su muerte. Al entrar en casa de Proust, se cruzó en la escalera de con Reynaldo Hahn y Lucien Daudet; ambos bajaban lentamente, lívidos los rostros, del quinto piso.

Albaret, el chofer, le abrió la puerta del dormitorio y le dijo, con tristeza, "El señor ha terminado su camino". Allí estaba Jacques Rivière, quien había contemplado por última vez el rostro de Proust. Fue, precisamente, quien le contó a Maurice Martin du Gard que Dunoyer de Segozanc acababa de terminar un admirable dibujo del escritor fallecido.

Luego, Martin du Gard dio un breve paseo lento por el cuarto sencillo y casi desnudo de Proust. Vio, cuenta, sobre la chimenea, unos cuadernos; sobre la mesa, la pluma del escritor; más allá, varios libros y un montón de hojas sueltas y unos cuadernos.

Muerto, Proust tenía —escribe Martin du Gard— el rostro ennoblecido con los cabellos estirados y el bigote arreglado en punta. A los pies de la cama había un enorme ramo de violetas.

En la capilla de Saint Pierre de Chaillot se realizaron las exequias. Barrès estaba allí, con el sombrero volcado ligeramente sobre los ojos. También estaban presentes, entre otros, duques, príncipes, embajadores, los miembros del Jockey con sus monóculos, y, agrega Martin du Gard, "los grandes pederastas parisinos".

La ausencia de André Gide no pasó inadvertida para nadie.

El largo cortejo marchó, luego, lentemente por Champs Elysées. Martin du Gard se integró a un grupo, con Jean Cocteau, George de Lauris, Edmond Jaloux y Raymond Radiguet, y tomaron un taxi hacia Père Lachaise, donde se reunirían, poco después, con Claude Ferval, viejo amigo de Proust, con quien conversaron sobre los primeros escritos del escritor que acababa de morir, mientras aguardaban el cortejo. Que tardó muchísimo en llegar al nicho, ubicado en la parte alta del cementerio. Allí esperaba la familia. Las cosas sucedían despacio, triste y melancólicamente.

Tres horas después, cuando todo había terminado, nuestro narrador, es decir, Martin du Gard, se marchó junto a Jean Giraudoux; delante de ambos, cabizbajos, se alejaban, mudos, Maurice Rostand y Léon Daudet.

Martin du Gard y sus amigos se alejaron, silenciosos, agobiados por el día que les caía encima, neblinoso y gris. Poco después, miraron hacia atrás; fue una última mirada hacia aquel ámbito de piedras grises donde quedaba, solo para siempre, el autor de En busca del tiempo perdido, cubierto de flores. Parpadearon apenados. Y adiós.


 

 

 

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO