|
Una vida breve de
Proust, indicada especialmente para aquellos
lectores que deseen adentrarse en la vida de uno de los grandes genios del
siglo XX pero sin tener que buscar la iluminación entre innumerables
detalles triviales.
Nos encontramos ante una biografía ideal para
todas aquellas personas no demasiado aficionadas al género biográfico pero
que al mismo tiempo no son capaces de leer en el vacío, es decir, de
emprender la lectura de una obra sin tener algunos referentes mínimos
acerca de su autor. Desde mi punto de vista, una de las nada desdeñables
ventajas de leer a un escritor muerto es la imposibilidad de encontrarte
con una declaración suya en el periódico del día siguiente, por lo que la
obsesión de la mayor parte de los biógrafos por descubrir detalles tan
insignificantes que no te interesarían aunque tratasen de la vida de tu
mejor amigo, de relacionarlo con cada acontecimiento social que se produjo
a lo largo de su vida y sobre todo de descubrir las secretas obsesiones
que le condujeron a utilizar el artículo indeterminado, en lugar del
determinado en aquel párrafo tan significativo, suelen resultarme bastante
pesadas.
Esto resulta especialmente válido en el caso de Marcel Proust que
inició la redacción de su monumental obra precisamente como un alegato en
forma de diálogo contra el método biográfico de Saint-Beuve, que
consideraba que la obra de un escritor sólo podía ser juzgada a la luz de
su vida, lo que contrariaba sobremanera a Proust, quizás porque
externamente su vida era la de un diletante, obsesivamente interesado por
las costumbres de la gran sociedad en una época en la que Europa se
convulsionaba, en el que el sistema de clases imperante se tambaleaba y en
el que una gran parte del mundo que conocía estaba llamado a sucumbir en
la Primera Guerra Mundial (en el año 1918, mientras una parte de sus
amigos morían en el frente Proust llegó a dar hasta tres cenas semanales
en el Ritz, mientras cruzaba de punta a cabo París para obtener algún
nimio detalle acerca de cualquier acontecimiento social acaecido dos
décadas antes).
Sin embargo, dado que cualquiera que se proponga leer a Proust debe
estar dispuesto a dedicar una gran parte de su tiempo a introducirse en su
peculiar forma de ver el mundo y precisamente porque en su obra se juega
constantemente con la supuestamente objetiva realidad, la percepción
subjetiva de dicha realidad y su transformación individual a través de la
memoria, resulta casi inevitable cierta curiosidad por la persona que
estaba detrás de la asombrosa recreación social que desfila ante nuestros
ojos.
Es evidente que Edmund White ha sentido la fascinación que emana de la
obra Proustiana y ha querido trasladarnos esta fascinación, sin abrumarnos
con todo el peso de los conocimientos e interpretaciones que sobre él se
han ido acumulando con el paso de tiempo. Esta no es por tanto una
exhaustiva biografía de Proust ( cuenta tan sólo con 159 páginas, esto es
aproximadamente el 4% del espacio que el propio Proust utiliza en su obra
para narrar los mismos acontecimientos) y todos aquellos que no compartan
la opinión del primer párrafo de esta reseña probablemente la encuentren
del todo insuficiente, ya que es claro que White no ha pretendido explicar
nada, sino que se ha limitado a narrar someramente los acontecimientos
vitales más importantes de la vida del escritor y a plantear ciertas
curiosidades que no dejan de sorprender conociendo su obra.
Por ejemplo, el origen judío de su familia materna: Tanto su abuela
materna, como su propia madre juegan un papel crucial en la vida del
narrador de En busca del tiempo perdido y en la del propio
Marcel por lo que resultan como mínimo chocantes las continuas alusiones
(no precisamente favorecedoras) al judaísmo que se vierten en la obra.
Algo similar ocurre con la homosexualidad, otro de los temas claves de
la obra proustiana, ya que una gran parte de los personajes que la pueblan
o bien son claramente homosexuales o bien manifiestan dicha tendencia o al
menos tienen alguna experiencia homosexual en el transcurso de su vida;
una de las pocas excepciones la constituye precisamente el narrador de
En busca del tiempo perdido. Marcel era, sin embargo y sin
ningún género de dudas, homosexual él mismo y utilizó a hombres reales de
los que estuvo enamorado para crear algunos de sus personajes femeninos,
como en el caso de Albertine, o en la bandada de muchachas que inspiran
las páginas de A la sombra de las muchachas en flor.
Precisamente, una de las cuestiones que más ha preocupado a los
biógrafos de Proust es la búsqueda de los modelos reales en los que el
escritor se inspiró para crear a sus diferentes personajes. Existen otros
muchos temas, como su relación con la enfermedad, las conversaciones con
su criada Celeste, inspiradora de la Francisca de Combray, su concepto de
la amistad... Edmund White se complace en abrirnos muchas puertas que a
nosotros corresponde cerrar, es nuestra elección hacerlo a través de los
numerosos estudios y biografías publicadas o conformarnos con la
información que el propio Proust quiso comunicarnos por medio de su obra.
En todo caso el libro contiene un pequeño apéndice con una selección tanto
de las mejores ediciones de En busca del tiempo perdido, como
de las biografías y ensayos sobre su autor (en dicha selección figura por
cierto la divertidísima "Cómo cambiar tu vida con Proust"
de
Alain de Botton).
* * * * * * *
|