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Posesión luminosa
Igual que este viento,
quiero
figura de mi calor
ser y, despacio, entrar
donde descanse tu cuerpo
del verano; irme acercando
hasta él sin que me vea;
llegar,, como un pulso abierto
latiendo en el aire: ser
figura del pensamiento
mío de ti, en su presencia;
abierta carne del viento,
estancia de amor en alma.
Tú -blando marfil de
sueño,
nieve de carne, quietud
de palma, luna en silencio-,
sentada, dormida en medio
de tu cuarto. Y yo ir entrando
igual que un agua serena,
inundarte todo el cuerpo
hasta cubrirte y, entero
quedarme ya así por dentro,
como el aire en un farol,
viéndose temblar, luciendo,
brillar en medio de mí,
encendiéndose en mi cuerpo,
iluminando mi carne
toda ya carne de viento.
Aparente quietud
Aparente quietud ante tus ojos, aquí, esta herida —no hay ajenos
límites—, hoy es el fiel de tu equilibrio estable. La herida es
tuya, el cuerpo en que está abierta es tuyo, aun yerto y lívido. Ven,
toca, baja, más cerca. ¿Acaso ves tu origen entrando por tus ojos
a esta parte contraria de la vida? ¿Qué has hallado? ¿Algo que no
sea tuyo en permanencia? Tira tu daga. Tira tus sentidos. Dentro
de ti te engendra lo que has dado, fue tuyo y siempre es acción
continua. Esta herida es testigo: nadie ha muerto.
( De Signos del ser.)
Vega en Calma
(Cártama, 3 de agosto)
Cielo
gris.
Suelo
rojo...
De
un olivo a otro
vuela
el tordo.
(En
la tarde hay un sapo
de
ceniza y de oro.)
Suelo
gris.
Cielo
rojo...
Quedó
la luna enredada
en
el olivar.
¡Quedó
la luna olvidada!
( De Tiempo)
Alba
rápida
¡Pronto,
de prisa, mi reino,
que
seme escapa, que huye,
que
se me va por las fuentes!
¡Qué
luces, qué cuchilladas
sobre
sus torres enciende!
Los
brazos de mi corona,
¡qué
ramas al cielo tienden!
¡Qué
silencios tumba el alma!
¡Qué
puertas cruza la Muerte!
¡Pronto,
que el reino se escapa!
¡Que
se derrumban mis sienes!
¡Qué
remolino en mis ojos!
¡Qué
galopar en mi frente!
¡Qué
caballos de blancura
mi
sangre en el cielo vierte!
Ya
van por el viento, suben,
saltan
por la luz, se pierden
sobre
las aguas...
Ya vuelven
redondos,
limpios, desnudos...
¡Qué
primavera de nieve!
Sujetadme
el cuerpo, ¡pronto!
¡que
se me va, ¡que se pierde
su
reino entre mis caballos!
¡que
lo arrastran!, ¡que lo hieren!
¡que
lo hacen pedazos, vivo,
bajo
sus cascos celestes!
¡Pronto,
que el reino acaba!
¡Ya
se le tronchan las fuentes!
¡Ay,
limpias yeguas del aire!
¡Ay,
banderas de mi frente!
¡Qué
galopar en mis ojos!
Ligero,
el mundo amanece...
(De Cuerpo perseguido.)
Canción.
No
es lo que está roto, no,
el
agua que el vaso tiene:
lo
que está roto es el vaso
y,
el agua, al suelo se vierte.
No
es lo que está roto, no,
la
luz que sujeta al día:
lo
que está roto es el tiempo
y
en la sombra se desliza.
No
es lo que está roto, no,
la
sangre que te levanta:
lo
que está roto es tu cuerpo
y
en el sueño te derramas.
No
es lo que está roto, no,
la
caja del pensamiento:
lo
que está roto es la idea
que
la lleva a lo soberbio.
No
es lo que está roto dios,
ni
el campo que Él ha creado:
lo
que está roto es el hombre
que
no ve a Dios en su campo.
( De Llanto en la sangre.)
Dormido
en la hierba.
Todos
vienen a darme consejo.
Yo
estoy dormido junto a un pozo.
Todos
se acercan y me dicen:
-
La vida se te va,
y
tú te tiendes en la hierba,
bajo
la luz más tenue del crepúsculo,
atento
solamente
a
mirar cómo nace
el
temblor del lucero
o
el pequeño rumor
del
agua, entre los árboles.
Y
tú te tiendes sobre la hierba:
cuando
ya tus cabellos
comienzan
a sentir
más
cerca y fríos que nunca,
la
caricia y el beso
de
la mano constante
y
sueño de la luna.
Y
tú tiendes sobre la hierba:
cuando
apenas si puedes
sentir
en tu costado
el
húmedo calor
del
grano que germina
y
el amargo crujir
de
la rosa ya muerta.
Y
tú te tiendes sobre la hierba:
cuando
apenas si el viento
contiene
su rigor,
al
mirar en ruina
los
muros de tu espalda,
y,
el sol, ni se detiene
a
levantar tu sangre del silencio.
Todos
se acercan y me dicen:
-
La vida se te va,
Tú,
vienes de la orilla
donde
crece el romero y la alhucema
entre
la nieve y el jazmín, eternos,
y,
es un mar todo espumas
lo
que aquí te ha traído
por
que nos hables...
Y
tú te duermes sobre la hierba.
Todos
se acercan para decirme:
-
Tú duermes en la tierra
y
tu corazón sangra
y
sangra, gota a gota
ya
sin dolor, encima de tu sueño,
como
en lo más oculto
del
jardín, en la noche,
ya
sin olor, se muere la violeta.
Todos
vienen a darme consejo,
Yo
estoy dormido junto a un pozo.
Sólo,
si algún amigo
se
acerca, y, sin pregunta
me
da un abrazo entre las sombras:
lo
llevo hasta asomarnos
al
borde, juntos, del abismo,
y,
en sus profundas aguas,
ver
llorar a la luna y su reflejo,
que
más tarde ha de hundirse
como
piedra de oro,
bajo
el otoño frío de la muerte.
( De Jardín secreto.)
...
Un
acorde de nubes,
suspende
sobre el cielo
al
rumor intocado
de
la voz que termina.
Todo
el azul, presenta
su
belleza, ante el fuego
que
va a nacer...
(¿Contemplo
a
Dios?..
¡Vuelvo a mi alma!
( De Río natural.)
Me
asomé
Me asomé, lejos, a un abismo...
(Sobre
el espejo que perdí he nacido.)
Clavé mis manos en mis ojos...
(Manando
estoy en mí desde mi rostro.)
Tiré mi cuerpo, hueco, al aire...
(Abren
su voz los ojos de mi sangre.)
Se coaguló mi llanto en sombra...
(Carne
es la luz y el nácar de mi boca.)
Dentro de mí se hundió mi lengua...
(siembro
en mi cielo el cuerpo de una estrella.)
Se pudrió el tiempo en que habitaba...
(Brota
en mi espejo un cielo de dos caras.)
Huyó mi cuerpo por mi cuerpo...
(Bebo
en el agua limpia de mi espejo.)
¡A mi existencia uno mi vida!
(Espejo
sin cristal es mi alegría.)
(De Circuncisión del sueño.)
-
Ay, tierra, tierra: ¿quieto y en mí me pierdo?
¿en
ti no quedo?..
- Cállate, amor:
desnudo
te hundes, te alzas, y eres centro
de
historia, y luz que un pájaro en mí bebe.
-
¡Tente, vida!
(De La piedra escrita.)
El
cuerpo en el alba
Ahora
sí que ya os miro
cielo, tierra, sol, piedra,
como si viera mi propia carne.
Ya sólo me faltabais en ella
para verme completo,
hombre entero en el mundo
y padre sin semilla
de la presencia hermosa del futuro.
Antes, el alma vi nacer
y acudí a salvarla,
fiel tutor perseguido y doloroso,
pero siempre seguro
de mi mano y su aviso.
Ayudé a la hermosura
y a su felicidad,
aunque nunca dudé que traicionaba
al maestro, al discípulo,
más, si aquel daba forma
en su libertad
al pensamiento de lo bello.
Y así vistió su ropa
mi hueso madurado,
tan lleno de dolor y de negrura
como noche nublada
sin perfume de flor,
sin lluvia y sin silencio...
Solo el cumplir mi paso,
aunque por suelo tan arisco,
me daba luz y fuerza en el vivir.
Mas hoy me abrís los brazos,
cielo, tierra, sol, piedra,
igual que presentí de niño
que iba a ser la verdad bajo lo eterno.
Hoy siento que mi lengua
confunde su saliva
con la gota más tierna del rocío
y prolonga sus tactos
fuera de mí, en la hierba
o en la obscura raíz secreta y húmeda.
Miro mi pensamiento
llegarme lento como un agua,
no sé desde qué lluvia o lago
o profundas arenas
de fuentes que palpitan
bajo mi corazón ya sostenido por la roca del monte.
Hoy sí, mi piel existe,
mas no ya como límite
que antes me perseguía,
sino también como vosotros mismos,
cielo hermoso y azul,
tierra tendida...
Ya soy Todo: Unidad
de un cuerpo verdadero.
De ese cuerpo que Dios llamo su cuerpo
y hoy empieza a asentirse
a, sin muerte ni vida, como rosa en presencia constante
De su verbo acabado y en olvido
De lo que antes pensó aun sin llamarlo
Y temió ser: Demonio de la Nada.
Invitación
a la muerte
Ven,
méteme mano
por la honda vena oscura de mi
carne.
Dentro, se cuajará tu brazo
con mi sombra;
se hará piedra de noche,
seca raíz de sangre...
Coagulada la fuente de mi pecho,
para pedir ayuda
subirá a mi garganta.
¡Niégasela si es vida!
¡Clávame más tu brazo!...
¡Crúzamelo!
¡Atraviésame!
Aunque me cueste el árbol de mi
cuerpo,
condúceme a ti, muerte
(De
Memoria de
poesía)
Media noche
(Málaga, 6 de enero)
Duerme la calma en el puerto bajo su colcha de laca, mientras
la luna en el cielo clava sus anclas doradas.
¡Corazón, rema!
Rincón de la
sangre
Tan chico el almoraduj y... ¡cómo huele! Tan chico.
De noche, bajo el lucero, tan chico el almoraduj y, ¡cómo
huele!
Y... cuando en la tarde llueve, ¡cómo huele!
Y cuando levanta el sol, tan chico el almoraduj ¡cómo huele!
Y, ahora, que del sueño vivo ¡cómo huele, tan chico, el
almoraduj! ¡Cómo duele!... tan chico el almoraduj Tan chico.
Sueño
Te llamé. Me llamaste. Brotamos como ríos. Alzáronse en el
cielo los nombres confundidos.
Te llamé. Me llamaste. Brotamos como ríos. Nuestros cuerpos
quedaron frente a frente, vacíos.
Te llamé. Me llamaste. Brotamos como ríos. Entre nuestros dos
cuerpos, ¡qué inolvidable abismo!
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