|
EMILIO PRADOS EN SU
CENTENARIO
- por Patricio Hernández
- Universidad Pública de
Navarra
Transcurridas más de
tres décadas desde la muerte del poeta malagueño Emilio
Prados, acaecida en la ciudad de México el 24 de abril
de 1962, parece que ya ha llegado la hora de que se
conozca el papel fundamental que éste desempeñó y de
que su figura sea objeto de una buena biografía, pues
aunque en nuestras historias literarias se le suele citar
como un autor secundario, su labor personal incidió en
la mayoría de los poetas de su grupo generacional, y su
escritura se adelantó a todas las tendencias que
jalonaron la lírica española del nuestro siglo. Estuvo
en la avanzadilla de la poesía pura, del surrealismo, de
la poesía social de los años treinta y de la poesía
nostálgica del exilio, y, finalmente, se dedicó a
componer una poesía reflexiva, de lucha con el propio
lenguaje, para que su palabra lograra transfigurarse y,
de este modo, ayudar al ser humano a evolucionar y a
reconocer su verdadera esencia.
Prados, pues, estuvo en el
centro de la formación de su grupo generacional en los primeros
años veinte en la Residencia de Estudiantes, más tarde lo
encontramos dirigiendo Litoral y publicando los primeros
libros de la joven literatura con un carácter verdaderamente
altruista. También aparece como el animador principal de un
"atelier" surrealista malagueño y conversando en
Torremolinos con Dalí sobre las posibilidades de constituir un
grupo surrealista netamente español. Más tarde, en nuestra
Guerra Civil, fue el recopilador de los poemas de Homenaje al
poeta Federico García Lorca, contra su muerte y del Romancero
general de la guerra de España que editó Antonio Rodríguez Moñino. Y ya en el exilio, se dedicó a promocionar a los
grandes autores de literatura española en la editorial Séneca,
o colaboró, junto con Xavier Villaurrutia, Juan Gil Albert y
Octavio Paz, en la selección de la controvertida antología Laurel,
que tanta importancia tuvo en el mundo americano, pero también
apoyó o dio ánimos a otros autores exiliados, con los que
proyectó en 1944 una tercera época de la revista Litoral.
Lo cierto es que su personalidad es toda una lección de
humanidad y su figura, secundariamente, nos permite conocer mejor
las vicisitudes por las que atravesó nuestra lírica
contemporánea.
La pasión que según su
condiscípulo de colegio, Vicente Aleixandre, caracterizaba a
Prados, le hacía concebir un tipo de literatura nuevo,
distanciado respecto al de generaciones pasadas. De ahí que
cuando determina dedicarse por entero a la poesía, tras una
crisis de su enfermedad pulmonar que lo tiene recluido durante
varios meses en el sanatorio suizo de Davos Platz, considere
necesario ampliar su bagaje cultural y su formación filosófica,
y por tanto se matricule, en 1922, en la universidad alemana de Friburgo, donde profesa Husserl y estudia Martin
Heidegger.
Cuando al año siguiente regrese a la Residencia y proponga a sus
compañeros una poesía de corte filosófico, en la línea de la
que hicieron los autores presocráticos, y de marcada influencia
oriental, no va a encontrar un auditorio receptivo, pues los
poetas de su entorno seguían más interesados en el juego
lúdico que propugnaban los movimientos vanguardistas de la
década anterior.
Si este hecho sucede
en la primavera de 1923, dos años más tarde lo
encontramos ya plenamente dedicado en Málaga a componer
y favorecer la difusión de una nueva poesía. Se ha
asociado con Manuel Altolaguirre y ha montado su pequeña
imprenta, Sur y, poco después, la revista Litoral,
con la que ayuda a sus compañeros de la joven literatura
a darse a conocer. Pero también ha empezado a escribir
una serie de libros que constituyen todavía ensayos de
un arte que se pretende nuevo y que aún no sabe muy bien
cómo orientarse. Todos sus primeros libros de esta
época, de ahí su gran valor, son verdaderos intentos
por generar ese arte nuevo.
Quizás el alejamiento de su
grupo generacional en los primeros años veinte pueda
relacionarse con las vicisitudes que rodearon a su primer libro,
paradójicamente el último publicado. Me refiero a Mosaico,
que ha contado con dos ediciones simultáneas, la de Francisco
Chica, en el Centro Cultural de la Generación del 27 de Málaga,
y la de Christopher Maurer en la editorial Calambur de Madrid.
Ambas se dieron a conocer en el Congreso Internacional dedicado a
Prados que se celebró en Málaga el pasado mes de marzo. El
manuscrito de Mosaico se encontraba entre los papeles de
Juan Ramón Jiménez, depositados en la Biblioteca Nacional, y
constituía un ejercicio de búsqueda de un nuevo género
literario que aproximara la poesía a la música, la plástica y
el arte escénico. Y aunque Prados se formó, en 1916, de la mano
de Juan Ramón en la Residencia de Estudiantes, cuando contaba 17
años de edad, Juan Ramón no se decidió, por las circunstancias
que fueran, a publicar ninguna parte del Mosaico en los
pliegos de su revista Sí, a diferencia de lo ocurrido con
otras muestras poéticas de Dámaso Alonso, Salinas o Alberti.
Mosaico se asocia con
otros libros primeros de Prados - Coloquio
de los Tres Reyes de Oriente y sus 6 Estampas para un rompecabezas , con los que se inaugura un
nuevo género vanguardista. Y ellos guardan bastantes afinidades
con los diálogos lorquianos: La doncella, el marinero y el
estudiante y el más conocido de El paseo de Buster Keaton.
En todos ellos se muestra el interés de Prados por hacer
confluir, al igual que en su proyectada revista Litoral,
música, plástica y verso, en un nuevo arte mucho más rico por
su sentido integrador. En esa empresa no estaba sólo Prados,
pues como vemos le acompaña Lorca, lo que prueba la comunidad de
intereses y afinidades que entre estos dos autores se dio en los
primeros años veinte. Es más, el diálogo lorquiano La
doncella, el marinero y el estudiante tiene una acotación
final referida a Manuel Altolaguirre y a Emilio Prados
"enharinados por el miedo del mar"; no obstante, la
referencia a estos dos poetas malagueños va más allá de la
simple acotación final, pues todo el diálogo representa el
esfuerzo de un estudiante y un marinero, es decir de Altolaguirre
y Prados, por seducir a una doncella, la minerva o imprenta
recién adquirida, y evitar su caída en el abismo desde la letra
zeta.
Ahora sabemos, por la reciente
aparición de Mosaico, que Prados optó por desgajar de
este su primer libro conocido los textos en prosa y las
acotaciones, y publicar en 1925 únicamente los veinte poemas en
verso de Mosaico, bajo el título Tiempo, cuyo
subtítulo hasta el momento nos resultaba enigmático pues de
manera innecesaria señalaba: veinte poemas en verso.
Evidentemente faltaban los otros poemas en prosa, incluidas las
acotaciones escénicas y musicales de su Mosaico. Los
motivos por los que Prados actuó de esa manera habría que
buscarlos en la inseguridad que siempre provoca el ensayo de un
nuevo género, lo que se hizo más patente por el silencio de
Juan Ramón Jiménez y la ausencia de publicación en su revista Sí.
Todo parece indicar que las mismas razones fueron las que le
indujeron a dejar de publicar los otros libros precursores de su
escritura surrealista. En concreto, el Coloquio de los Tres
Reyes de Oriente y las 6 Estampas para un rompecabezas.
Otro hecho también determinó sus reservas a dar a conocer los
nuevos textos que iba componiendo por esas fechas. Ahora sabemos
que cuando, en 1926, quiso acercarse a las formas de la poesía
pura para expresar sus "seguimientos y ausencias" de
una peculiar visión de la realidad que continuamente le
asaltaba, no supo encontrar el molde adecuado, pues las formas de
su libro Vuelta - seguimientos y ausencias no se avenían
con su temperamento, ni con su mundo intuido, tal como lo vio
Gerardo Diego al reseñar este libro en 1927. Javier Díez de
Revenga ha puesto de manifiesto que esta reseña negativa
provocó un acto de homenaje a favor de Prados en Verso y
Prosa, pero aún así, este homenaje no animó al poeta a dar
a conocer los dos excelentes libros escritos a continuación: El
misterio del agua y Cuerpo perseguido, en los que
consigue acomodar el molde formal a las necesidades expresivas de
su mundo interior.
Si en El misterio del agua
consigue presentarnos la lucha de los cuerpos de la naturaleza
por integrarse en la totalidad del Ser del Universo, en su
segundo libro, mucho más abismal, nos muestra la lucha por dar
alcance a su propio cuerpo, no el mortal, sino el que intuye y se
le presenta multiplicado en reflejos, tras una experiencia que le
proporciona la visión de un tiempo y espacios nuevos que él
consideró como superadores de toda dualidad, y que situaba entre
el ser y el no-ser o existencia y no-existencia. Y es
precisamente esta temática expuesta en Cuerpo perseguido,
la que aparece de modo relevante en su prosa surrealista y muy
especialmente en los textos que titula Retratos, los
cuales no dejan de ser una baraja múltiple de imágenes de sí
mismo.
Para conocer todos estos textos
tuvimos que esperar algunos años. Sus Retratos
surrealistas no se publicaron completos hasta 1990; aunque El
misterio del agua apareció en la Antología que de la
obra de Prados hizo Losada en 1954, no conocimos una versión
más completa de este libro hasta 1987, año en que José Sanchís-Banús nos facilitó una edición diferente, publicada
por la editorial Pre-textos de Valencia. Por lo que hace a Cuerpo
perseguido, uno de sus mejores libros, las dificultades de
edición han resultado mucho más complejas. Al finalizar la
Guerra Civil un manuscrito del libro se encontraba en la
editorial de José Bergamín, Cruz y Raya, en espera de una
posible publicación, mientras que otro manuscrito lo conservaba
José Luis Cano en Madrid, junto con las hojas de un "diario
íntimo" que le había dado Prados, escrito entre 1919 y
1921, cuyo valor se puede apreciar a través de las dos ediciones
póstumas existentes del mismo.1 A partir del
manuscrito de Cuerpo perseguido, depositado en Cruz y
Raya, Prados publica, en 1940, una antología de su poesía,
titulada Memoria del olvido, en la editorial Séneca que
dirige Bergamín en México y donde Prados trabaja como director
tipográfico. Pero cuando algunos años más tarde la editorial
Losada de Buenos Aires le pide una antología de toda su obra
poética, la comprendida entre 1923 y 1953, Prados opta por
incluir una nueva versión de Cuerpo perseguido, en la que
introduce variaciones significativas y una nueva organización
del libro. Hasta tal punto quedó contento con esta versión de
la Antología de Losada, que le comunica a José Sanchis-Banús que esa edición es la que desea que prevalezca,
como si ya Prados previera que en el futuro pudieran darse otras
versiones distintas, algo que realmente ocurrió en dos de sus
ediciones póstumas. Aun reconociendo y aceptando la bondad de
los editores de Poesías completas, nos parece que al no
darse a conocer el libro en el momento de su escritura, pierde
valor el argumento de anterioridad histórica, sobre todo si
tenemos en cuenta que entre las dos ediciones publicadas durante
el exilio sólo mediaron catorce años, y que la versión más
divulgada y conocida fue la de la Antología de Losada,
pues de ella se hizo una tirada de 10.000 ejemplares, la mayor
que ha tenido una obra de Prados, y muy superior a la Memoria
del olvido de Séneca, que probablemente no superó los 500.
Por mi parte contribuí a mantener el texto de la edición de
Losada, tal como deseaba el poeta, cuando en 1990 la familia de
Prados me ofreció la preparación de una antología de su obra
en Litoral, que fue publicada bajo el título de La
ausencia luminosa.
En los textos de Prados solemos
encontrar dos ideas complementarias que tienen mucho que ver con
las circunstancias que históricamente han rodeado su obra y su
legado documental. Una de estas ideas era común entre el
círculo de amigos de la Residencia de Estudiantes en los años
veinte, pues aparece reiterada tanto en Dalí como en Lorca, y
procedía de las sentencias atribuibles a Heráclito, en las que
éste filósofo presocrático habría manifestado que a la
Naturaleza le place ocultarse. La otra idea complementaria la
encontramos representada en el mito marino de Proteo, el cual,
según la leyenda, tenía poderes de adivinación: conocía el
pasado, presente y futuro, y no se dejaba atrapar. Ese punto de
transición del mediodía en que Proteo podía ser atrapado,
Prados lo situaba simbólicamente entre el sueño y la vigilia, o
entre el ser y el no-ser de las múltiples apariencias de este
ser mítico.
Emilio Prados vinculaba estas
dos ideas con la necesidad de atrapar mediante la palabra
poética un mundo de apariencias que continuamente se nos escapa.
Pero muy bien podrían atribuirse al juego de ocultamiento que
han seguido sus papeles y obra póstuma, lo que ha dificultado su
conocimiento. Y sólo aquellos que han luchado - tal como establece el mito de
Proteo - con las
circunstancias adversas han podido llegar a desvelar y conocer
los textos de Prados, ya se trate de su propia obra creativa o de
sus notas manuscritas y epistolario.
Cuando en los primeros años
ochenta me acerqué a la obra de Emilio Prados, tuve que recurrir
a la ayuda inestimable que me prestaron entonces sus amigos y
familiares para poder fijar su obra y llegar a conocerla.
Necesité contrastar y verificar las distintas versiones que me
daban de los sucesos vividos por Prados y de las vicisitudes no
aclaradas que rodeaban a sus papeles y libros inéditos
anteriores a la Guerra Civil. Se trataba de dilucidar cómo se
habían salvado las carpetas de borradores y libros no publicados
por Prados, anteriores a la contienda. Y la cuestión no era
baladí, pues sabíamos por la interesante e intensa
correspondencia que mantuvo con José Sanchis-Banús, entre 1959
y 1962, cuya copia nos facilitó este profesor de la Sorbona, que
entre esas carpetas podrían encontrarse los cuatro primeros
libros de Prados todavía inéditos, todos sus textos
surrealistas de los años veinte y treinta apenas conocidos, así
como algunos libros de poesía social que no llegaron a
publicarse. Sabíamos por una carta dirigida por el poeta a José Sanchis-Banús el 15 de octubre de 1959 que Bernabé
Fernández-Canivell había logrado rescatar los manuscritos de
Prados, pues la caída de Málaga en enero de 1937 no le
permitía a nuestro poeta regresar a su ciudad, tras su salida a
finales de agosto de 1936. Pero por los motivos que fueran,
Bernabé Fernández-Canivell no me confirmó la versión de
Prados, y negó que fuera él el que recogiera los papeles de su
amigo y cruzara el Estrecho de Gibraltar con ellos para
posteriormente llevárselos a Barcelona.
A pesar de confirmarme su no
intervención en el traslado de los papeles, Bernabé Fernández-Canivell poseía diversas carpetas de Prados que le
habían sido entregadas por el poeta al comienzo de la Guerra
Civil. Y lo más llamativo era que las conservaba impecablemente,
sin darles apenas importancia y sin mencionar su existencia en la
correspondencia que ambos amigos se dirigieron entre Málaga y
México, durante el resto de los años que Prados vivió en el
exilio provocado por la Guerra Civil. Algunas de esas carpetas le
fueron entregadas al doctor Miguel Prados, cuando en 1969 éste
se interesó por hacer una edición de la poesía de su hermano
Emilio. De este modo la edición de las Poesías completas
que realizó Aguilar de México entre 1975 y 1976 incluye tres
libros de los años treinta que proceden de manuscritos
facilitados por Bernabé Fernández-Canivell. Se trata de Andando,
andando por el mundo, La voz cautiva y La tierra
que no alienta, poemarios todos ellos de marcado carácter
social. Ésos no eran los únicos manuscritos que conservaba
Fernández-Canivell, pues poseía otras cuatro carpetas y un
sobre que completaban los tres libros de los años treinta
rescatados parcialmente en Poesías completas e incluían
también dibujos y textos surrealistas. En concreto doce dibujos
fechados el 7 de julio de 1930 que aparecían en la carpeta
tercera. Y en la carpeta segunda, diecinueve poemas inéditos que
correspondían a un libro de título desconocido. La carencia de
puntuación, su abundante imaginería surrealista, así como la
presencia también en la carpeta de otros cinco textos en prosa
surrealista, nos indicaban que eran textos anteriores a los
libros de poesía social, muy próximos a los dibujos de julio de
1930. También descubrimos seis poemas fechados en enero y
febrero de 1936, que titulaba "Estancias". Esas seis
estancias tardías reflejaban asimismo una mayor madurez
compositiva dentro de su escritura surrealista.2
Conviene resaltar la
importancia en sí de esos materiales rescatados. Los doce
dibujos son los únicos que conocemos de la actividad plástica
de Prados que en su propio "atelier" malagueño llevó
a cabo asociada con el surrealismo. Muestran figuras cerradas en
tensión amorosa que podemos asociar y vincular con la tensión
que se da cita en los cuerpos de su poemario Cuerpo perseguido,
escrito dos años antes. Los diecinueve poemas inéditos forman
una unidad estructural que asociamos con un proyectado libro
surrealista que no llegó a publicar. Por su correspondencia
sabemos algo de ese libro, pues los poemas están escritos sin
respetar ningún tipo de normas gramaticales. Sus oraciones
aparecen desconectadas entre sí, lo que nos da la impresión de
frases automáticas ensartadas en una estructura versal. Algunas
de ellas expresan ideas que podemos entender como premonitorias
de lo que más tarde le sucedería al propio poeta. Por tanto,
esos diecinueve poemas conformarían el libro al que alude Prados
en su carta a Sanchis-Banús del mes de noviembre de 1959, en la
que recuerda que ese "libro es el que más sentí perder. En
él había poemas que realmente al recordarlos me ponen los pelos
de punta. Ten en cuenta que estaban escritos antes de La voz
cautiva, y en él puedo decir - y tú sé
que me crees que describía, no tanto lo que
después fue la salida de Málaga, sino la salida de España.
Cuando detrás de mí escuchaba las explosiones y veía los
puentes rotos y la gente enloquecida y derramada, como
rebaño sin pastor, huyendo... Pues bien, lo que más me
aterraba entonces era ver la premonición, casi al
detalle, de aquel libro".3
Lo cierto es que ese libro no
estaba perdido, lo tenía su amigo malagueño Bernabé Fernández-Canivell, y en uno de sus poemas, el único que posee
título, "Volumen", parece hablar de la derrota del
ejército republicano, la caída de la joven república
española, su exilio y la vuelta a un tipo de poesía
emancipadora del sueño, de carácter metafísico. En cuanto a la
importancia de sus Seis estancias, señalan la fidelidad
de Prados a la escritura surrealista, incluso más allá de los
primeros años treinta, en los que se creía que había dado un
salto evolutivo hacia una poesía de tipo social y comprometida
de la que dio buenas muestras, a partir de 1934, con motivo de la
revolución de octubre en Asturias y, posteriormente, durante
nuestra contienda civil. No parece pues que en su recorrido hacia
una poesía más determinada por las circunstancias de la
sociedad española de su tiempo, abandonara del todo su escritura
surrealista y especialmente su imaginería, aquella que le
permitía abordar directamente su problemática personal o
metafísica, una visión muy peculiar de sí mismo que le
asaltaba desde los terrores nocturnos que padeció en su primera
infancia.
Hoy sabemos que los textos que
conservaba Bernabé Fernández-Canivell constituían sólo una
parte de los textos surrealistas que Prados escribió entre 1925
y 1936, pues otra buena parte la consiguió según él en
Barcelona de manos de su amigo malagueño, y posteriormente pudo
sacarla del país a través de la embajada de México en París.
Lo curioso es que, a pesar de obrar en poder de Prados, nuestro
poeta no los incluyera en ninguna de las dos selecciones que hizo
de su obra en 1953 y 1959. Sólo la conocimos cuando Carlos
Blanco Aguinaga, tras la muerte del poeta, catalogó todos sus
papeles,4 pero aún así pasó inadvertida, por lo que
la crítica no valoró la aportación de Emilio Prados al
surrealismo español, ni tuvo conocimiento de su escritura hasta
que logré reunirla en 1990 bajo el título Textos
surrealistas, edición que fue publicada y divulgada por el
Centro Cultural de la Generación del 27.
Creemos que Prados tuvo cierta
prevención a la hora de hablar del surrealismo español, por
todo lo que significaba este movimiento de revolucionario y
provocador, pero también porque no era bien visto entre los
poetas mayores del grupo generacional quienes llegaban a opinar
que el surrealismo no incidió en la literatura española, si
bien estaba en el aire. El surrealismo despertaba más recelos
por su filosofía que por la estética que propugnaba entre los
jóvenes de los años veinte. Las palabras de Jorge Guillén son
clarificadoras al respecto cuando nos dice: "Los jóvenes de
entonces se echaban, en efecto, al campo, y a campo traviesa
desbandaban su imaginación. Así también los españoles. (Pero
no atendieron al superrealista cuando señalaba en el horizonte
la locura, la gnosis los poderes ocultos del
mago.)"5
Sabemos que la vinculación del
surrealismo con la locura preocupaba a Prados gracias a una carta
del 13 de octubre de 1958 a Sanchis-Banús,6 en la que
señala que gracias al surrealismo entró "en contacto con
una serie de realidades que anteriormente se consideraron siempre
motivo de burla amistosa de ¡este loco!". Pero
también vemos en la misma carta que, a pesar de los muchos años
transcurridos, Prados conserva todavía cierta prevención sobre
la valoración negativa que se hacía del surrealismo, dentro de
su grupo generacional y en el contexto cultural español. Lo
observamos claramente cuando le pide a Sanchis-Banús que no dé
a conocer los nombres de Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, por
si su mención como miembros de una pretendida fracción
española del movimiento vanguardista francés pudiera
afectarles. Y dado que en dicha carta se ha manifestado
abiertamente sobre su visión del surrealismo y sobre las
posturas de sus compañeros de generación, formula la siguiente
petición a su destinatario en un post scriptum: "Le
agradeceré que lo que le digo en esta carta, quede entre los
dos, o si le fuera algo útil, no diga mi nombre, a lo menos por
ahora. ¡Gracias!" Tal prevención se ve confirmada en su
siguiente carta, escrita el 21 de octubre,7 cuando al
tratar sobre sus deseos de no aparecer en la primera Antología
de Diego, de 1932, le dice al profesor Sanchis-Banús: "No
quise figurar en la Antología de Gerardo porque mi moral
(de entonces) me lo impedía. Yo creía en un verdadero cambio
que deberíamos al surrealisme. Así se lo dije a
Vicente y a Luis (cuyos nombres le pedí que no incluyera,
únicamente por si ello le perjudicaba a alguno). Pero la verdad
es que después de acordar, los tres no tomar parte en
dicha antología, me quedé solo y triste, con mi verdad o mi
mentira".
A través de estos testimonios,
resulta evidente que Prados se consideraba un autor surrealista
en los años veinte y treinta, pero durante el exilio evitó
darse a conocer como tal o divulgar los textos que había escrito
siguiendo las pautas de ese movimiento, lo que impidió un
correcto conocimiento de las diversas tendencias que operaron en
el seno de la Generación del 27. Pero también de la influencia
temprana del surrealismo en los autores malagueños, tanto en
Prados como en su colega José María Hinojosa, autor este
último del primer texto surrealista publicado en España, en
1926, y conocido como La flor de Californía. Debemos
anotar que esa falta de conocimiento de sus textos surrealistas
también se debió al interés de Prados por mantener inédita su
obra, precisamente en unos años decisivos, los que van de 1927 a
1936. Todo ello a causa de su carácter, extremadamente sensible
a las críticas adversas que recibió de sus compañeros, lo que
unido a sus fuertes principios éticos, procedentes de su
formación en la Institución Libre de Enseñanza, determinó una
posición de firmeza que lo mantuvo alejado de los cenáculos y
tertulias literarias de su grupo generacional.
Emilio Prados intenta en dos
ocasiones hacer recapitulación de toda su obra, una en 1953 con
motivo de la publicación de la Antología de Losada, y
otra en 1959, cuando se lo proponen Gerardo Diego y Manuel Altolaguirre. En esta ocasión no lo mueve la urgencia de una
petición editorial, sino más bien el deseo de asegurar la
transmisión correcta de toda su obra, y evitar, tal como le dijo
Gerardo Diego, que "los eruditos" hicieran después lo
que les pareciera.8 No quería que con su obra
sucediera lo que ya había ocurrido con la de otros poetas que
morían en el exilio, sin que nadie se ocupara de ordenar y
publicar sus manuscritos. Contaba además con la experiencia
negativa de los papeles póstumos de su amigo malagueño José
Moreno Villa, de los que por necesidad se encargó Prados en
1955, sin conseguir editar el último libro de aquél, Voz en
vuelo a su cuna, a pesar de ofrecérselo a un amigo común,
Bernabé Fernández-Canivell.
Podemos, por tanto, afirmar que
la proyectada selección de la obra de Prados de 1959 estaba
abocada al fracaso, pues no obedecía a ninguna necesidad
editorial, como sí lo fue la selección para Losada. Y muy
especialmente al ser pensada como una selección total y
definitiva, ya que a ningún ser mortal le está concedido el don
de cerrar su obra completa, salvo que renuncie a su ser de poeta
a partir de determinada edad. Pero esta renuncia en Prados no era
de ningún modo viable, pues la escritura tiraba de él como una
necesidad que ineludiblemente debía atender, en cualquier
momento en que se presentara. Y de hecho así ocurrió, pues
mientras revisaba carpetas antiguas con poemas desechados y
escritos en 1939, le asaltó la idea de enlazar la visión
primera del nuevo continente desde el camarote del barco que lo
trasladó desde Francia a Nueva York, con la imagen ahora
ensanchada por la experiencia vital de sus años de exilio. Por
tanto gran parte del nuevo libro de 1959 que conocemos como La
piedra escrita se compone de la evocación de paisajes
recordados, tomando como fiel de equilibro entre ellos el momento
de su llegada al nuevo mundo. Este libro contó con una edición
crítica, muy cuidada, a cargo del profesor José Sanchis-Banús,
que fue publicada por Clásicos Castalia en 1979. Ojalá Sanchis-Banús hubiera completado su tarea con la edición
crítica de los dos últimos libros de Prados que junto con La
piedra escrita componen su trilogía última, pero la muerte
temprana de este profesor, en mayo de 1987, se lo impidió. Ante
esta carencia, hemos querido dedicarnos a completar el trabajo de Sanchis-Banús durante estos últimos meses. Como primera labor,
hemos contrastado las dos ediciones conocidas, tanto de Signos
del Ser como de Cita sin límites, los dos libros
últimos de Prados, con los borradores que se conservan entre sus
papeles, actualmente depositados en la Residencia de
Estudiantes. Al contrastar los textos, nos hemos encontrado con
algunas sorpresas que conviene señalar para una vez más incidir
en la necesidad de una correcta edición de nuestros autores
clásicos, aunque sean cronológicamente cercanos.
De Signos del ser
sabemos que salió de la imprenta de Papeles de Son Armadans,
en Palma de Mallorca, el mismo día de la muerte del poeta, el 24
de abril de 1962, y así figura en su colofón, y no precisamente
buscando la oportunidad de su coincidencia, tal como en su día
ya señaló Camilo José Cela.9 Prados, por tanto, no
tuvo ocasión de corregir el libro, ni de anotar las erratas en
ninguno de los ejemplares que le envió la editorial. Pero si
comparamos la copia del texto mecanografiado, cuyo original
Prados presumiblemente envió a Palma de Mallorca para su
edición, veremos que contiene algunas erratas, y tres de ellas,
significativas, afectan al último poema, importante por su
posición de cierre dentro del libro. Cuando posteriormente se
editaron sus Poesías completas, los editores tomaron
directamente el texto de Papeles de Son Armadans sin
salvar las erratas e introduciendo variantes de puntuación
significativas, con lo que el texto aún se alejaba mucho más de
su original.
No obstante, los problemas de
edición son más graves en el caso de su último libro, Cita
sin límites, que se editó por primera vez en Málaga en
1965, bajo el título de Últimos poemas, pues se trataba
de una selección aleatoria que hizo Carlos Blanco Aguinaga de
las carpetas que contenían los borradores de Cita sin
límites. Su editor reconocía que el libro que presentaba
constituía una parte provisional del material trabajado, por lo
que: "no los hubiera jamás publicado Emilio Prados en su
presente forma, que no es forma, sino arbitraria selección en la
que no hacemos más que mantener el orden casi estrictamente
cronológico de lo que, en las tres carpetas que dejó, iba a ser
su libro". Por tanto, el libro se presentó con una
estructura que no era la prevista, y con un orden y unos poemas
que tampoco eran los del último borrador, el más completo, que
manejaba Prados en los últimos meses de vida. La selección de Últimos
poemas podía haber convenido a la selección de Carlos
Blanco, pero no era la apropiada cuando se le da el título de Cita
sin límites a esa misma selección en Poesías completas,
en donde se mantiene la estructura de la edición anterior,
incorporando tres nuevos poemas e introduciendo variables que
afectan a la puntuación. De este modo ha llegado hasta nosotros
un libro al que le faltan dieciocho poemas que siguen todavía
inéditos, le sobran otros tantos no valorados por Prados y
carece de su estructura, prevista en tres partes, y de sus
correspondientes títulos. El libro además es fundamental, y no
sólo por ser el último testimonio poético de Emilio Prados,
sino porque además se constituye en un diario personal por el
que conocemos los últimos acontecimientos de su vida, y expresa
sus vínculos afectivos con los poetas malagueños que admira, a
través de las figuras de José Moreno Villa y Pablo Ruiz Picasso, a los que homenajea en su último poema, "Trozo de
piel". Este poema constituye un buen cierre de toda su obra,
pues nos traslada en sentido circular, próxima ya la muerte del
poeta, a la visión que se le presenta de su infancia, en aquella
Málaga de principios de siglo que hace ahora cien años lo vio
nacer. Este centenario, al menos, va a permitir divulgar mejor
una obra que conviene rescatar de su injustificado olvido.
NOTAS
- 1. Emilio prados, Diario
íntimo, ed. José Luis Cano, Publicaciones de la
Librería anticuaria "El Guadalhorce",
Colección Juan Such, núm. XV, Málaga, 1966. Reedición
a cargo de Manuel Salinas, Centro cultural de la
Generación del 27, Málaga, 1998.
- 2. Di oportuna
noticia de estos textos descubiertos en casa de Bernabé
Fernández-Canivell, en mi estudio Emilio Prados: la
memoria del olvido, así como en el artículo "Seis
estancias de Emilio Prados" que apareció como
primicia por la revista Insula, en noviembre de
1989. Patricio HernÁndez, Emilio Prados: la memoria
del olvido, Prensas universitarias, Zaragoza, 1988,
dos vol., y "Seis estancias de Emilio Prados", Insula,
núm. 515, monográfico dedicado a Domingo Pérez Minik
(1905-1989) "Surrealismo español Cuando los
surrealistas tenían razón", noviembre de
1989, 19-21.
- 3. En Emilio
Prados: la memoria del olvido, op. cit., pp. 452-453.
- 4. Ver la obra de
Carlos Blanco Aguinaga, Lista de los papeles de Emilio
Prados, Baltimore, Maryland, The John Hopkins Press,
1967. Los papeles fueron depositados en la Biblioteca del
Congreso de los Estados Unidos de América y catalogados
con la referencia LC Negative Microfilm No. 10526.
Actualmente están depositados en la Residencia de
Estudiantes de Madrid.
- 5. Jorge Guillén,
"El estímulo superrealista" en Homenaje
universitario a Dámaso Alonso, Curso 1968-69.
Madrid, Gredos, 1970, p. 206.
- 6. En Emilio
Prados: la memoria del olvido, op. cit., pp. 425-427.
- 7. Ib., p.
428.
- 8. Carta del 21 de
noviembre de 1959, en Emilio Prados; la memoria del
olvido, op. cit., pp. 451-452.
- 9. Camilo José
Cela, "Carta truncada a un poeta, en el cielo de
Méjico" en Papeles de Son Armadans, núm.
74, mayo de 1962. Recogida en "Cartas entre Emilio
Prados y Camilo José Cela", ed. de Antonio Carreira, en El extramundi y Los papeles de Iria
Flavia, V, 1996, pp. 162-163.
|