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La
poética silenciada de Virgilio Piñera1
por
Teresa Cristofani Barreto (Univ. de Sao Pablo)
En
el capítulo X de Paradiso2 , cuando la pareja de orugas
formada por la apasionada Lucía y el constreñido Fronesis decide ir a un
apartamento prestado para finalmente poner en práctica el ejercicio
sexual tan aguardado por la mujer pero tan retrasado por el hombre, se
asiste a una clara subversión del modelo clásico del embate amoroso. No
hay miradas roncas que acarician, o demoras que seducen, o aun voluntad
del cuerpo ofrecido de la mujer, vehementemente rechazado en su desnudez.
El pretendido amante deja claro, en medio a un texto siempre a punto de
poner velos que enturbian cualquier foco de luz más aclarador sobre el
mismo objeto, que su deseo no estriba en absoluto en aquella serpiente
entregada que tiene a su lado.
Representando mal su papel de oruga-amorosa, Fronesis no consigue ver en
el sexo de la mujer —que Roland Barthes denomina «el verdadero arcano
de la fruición»3 — sino horror
y abyección. Nauseado, le
parece ver allí «una reducción llorosa de la cara de Lucía; otras
veces un informe rostro fetal, deshecho, lleno de cortadas, con
costurones, causándole la impresión de que la cara deshecha y llorosa se
burlaba de sus indecisiones.»4 Impedido de alcanzar el «secreto
transfigurativo»5 de aquella que es oruga y serpiente, el
falso amante sin embargo insiste en la consumación del acto. Fronesis se
vale de un artificio para por lo menos alejar lo que hay de más
amenazador en aquel cuerpo: corta de la camiseta de la mujer "una
circunferencia, y en el centro corta otro agujero del tamaño del canal
penetrante (...). Tapa el sexo con la lana circulizada."6
Sólo de esa manera logra realizar el acto sexual. Sólo de esa manera
logra «alejar el cuerpo de la momentánea enemiga»7 , dueña
de una aterradora "rueda dentada"8 para otorgarle «a
ese momento una expresión de voluptuosidad verbal.»9 Todo
terminado, «en el suelo el más pequeño círculo recortado, del tamaño
de la pequeña entrada de la gruta, se mantiene tenaz en su
insignificancia. Era un pequeño círculo de lana que había abierto una
ruta, pero que ahora se mostraba sombrío como un parche para tapar un
ojo. Un parche que había traído claridad a lo oscuro, pero que topaba
con su mancha por la que se ve la luz del éxtasis.»10
Esos amantes, envueltos por el mismo tejido en que proliferan altos y
bajos relieves bordados en sutiles matices que ocultan el hilo delicado de
que se compone, están dimensionados, ambos, por el mismo Señor Barroco
que los nutre, en festines de palabras, de metonimias, artificios, tropos,
metáforas, polisemias y gongorismos. El engañoso amante, por su parte,
reniega su destino de personaje erotizado por el estilo que le da aliento
y lo niega a la humillada enamorada. Lo que a primera vista podría
parecer un juego pautado por la volupia, en el cual el esconder y el
retrasar incitan a la seducción, de manera a erotizar lo narrado es —y
ello queda evidente— la más profunda subversión de la praxis amorosa.
En lugar de asistir a la proyección del acto de narrar sobre la cosa
narrada, fusionados en un tejido armonioso, el lector del décimo capítulo
de Paradiso asiste, eso sí, al juego del libertino, que tiene, «en sus
placeres, esta manía de querer esconder escrupulosamente el cuerpo de la
mujer»11 y que da, con esto, un paso diverso con relación al
juego erótico.
Insisto en el término erótico a propósito: se trata de citación,
aunque indirecta, del clásico ensayo de Severo Sarduy, «El barroco y el
neobarroco», publicado a comienzos de los años setenta, pero todavía
pleno en su vigor12. Ahí Sarduy establece lo que hay de más
peculiar a la estética barroca: el erotismo mismo. Según el autor, puede
entenderse el barroco como una parodia del lenguaje comunicativo, una vez
que el significado —objeto original y pragmático de la comunicación—
queda escamoteado, cuando no perdido, en medio a la proliferación de
artificios que lo envuelve. Con ello, el objetivo de ese lenguaje paródico
se hace el propio lenguaje paródico, en un tautológico juego de dobleces
y espejos en el cual se trata de producir nuevos artificios, alejándose más
y más el significado a comunicarse. Pues esa actividad lúdica que tiene
por finalidad reproducir el propio juego corre paralela al erotismo, en el
cual se pierde de vista el significado primero de todo y cualquier acto
sexual, la reproducción de la especie. Acá, el significado original
queda igualmente escamoteado bajo las variaciones del juego amoroso, cuyo
objetivo pasa a ser, entonces, el mismo juego amoroso. Lo retórico, en
este caso, adquiere el significado de su anagrama: lo erótico.
Desde luego, la liturgia duramente desempeñada por Fronesis tiene un
objetivo muy claro: realizarse, a toda costa, pero realizarse cuanto
antes, de modo a dispensar todos los ritos de proliferación de los
artificios que puedan retrasar su remate. La manera encontrada por el
amante para dar cuenta de tales condiciones es renunciar al erotismo para,
tal cual «un lingüista que respeta el signo»13 , desviarse
de aquel «lugar de un horror»14 , haciéndolo interdicto. Así,
cuando la mujer se desnuda, el hombre le dice, parodiando al moralista: «—
Tápate eso, cochina.»15 Y al percibir la inminencia del
embate con el enemigo, lo oculta con el círculo de lana, tomando, como
observa Barthes con respecto al libertino, el camino opuesto al de la
pornografía adolescente, que ve en el cuerpo femenino desnudo la extrema
audacia.
Fronesis, al interdecir el sexo de Lucía, la envilece, negándole su
peculiaridad sexual. Al mismo tiempo, sin embargo, hace persistir este
sentido, deliberadamente neutralizado. Aunque el narrador, discreto, no
hace cualquier referencia a tal práctica, el libertino, al eludir el sexo
de la mujer, optaría, entonces, por su contrario, igual para ambos sexos.
De todos modos, el espacio paradigmático, arcano verdadero de la fruición,
aunque eludido, es innegablemente aludido acá en su ausencia.
El lector de ese episodio, transformado en voyeur opinativo —al fin y al
cabo, ¿dónde estriban los límites entre lo erótico y lo libidinoso?—
no logra, sin embargo, librarse de una circunstancia engendrada en las
letras. Eso porque, tanto el libertinaje como el erotismo tienen sus
correspondientes en el texto. Barthes, repito, ve en el libertino un «lingüista
que respeta el signo» y añade que «el libertinaje aparece como hecho de
lenguaje."16 Resta, por otra parte, identificar tanto a
este presunto lingüista libidinoso como el lenguaje libidinoso que él
operaría. En tesis, y en oposición al lenguaje erótico, el lenguaje
libidinoso trataría de interdecir su verdadero arcano de la fruición,
optando por su contrario, idéntico en cualquiera de sus realizaciones.
Pero mantendría, gracias a la elisión, la alusión al arcano. Reducidos
a una ecuación, estos términos se establecen en la siguiente proporción
matemática: el erotismo, lenguaje que parodia el significado primero de
cualquier acto sexual —la procriación— está para el barroco,
lenguaje que parodia el significado primero de cualquier acto verbal —la
comunicación— así como el libidinaje —lenguaje que hace idénticos
los sexos a través de la interdicción del verdadero arcano de la fruición—
está para un lenguaje que, en lugar de «estremecer el sentido del mundo»17
—en la bonita expresión creada por el mismo Barthes para traducir lo
literario— lo refuerza con el lenguaje del sentido común, su contrario.
Si «sólo lo difícil es estimulante; sólo la resistencia que nos reta,
es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento»18
, el término que nos falta acá es la otra cara para esta constatación
de Lezama Lima. O, dicho de otra forma, la otra cara del Maestro. O la
cara del Otro Maestro. Porque la literatura cubana tuvo el privilegio de
contar, concomitantemente, con dos «Maestros»: Lezama Lima y Virgilio Piñera.
No se trata simplemente de un epíteto respetuoso otorgado por los
admiradores de uno y otro. Se trata, en realidad, de un juego de
alteridades jugado por un poeta que escribe como hablan las lavanderas19
, que produce «una poesía exclusivamente de la boca como la saliva»20
. Llega casi a interdecir lo que estaría por decirse para enfrentar al
Otro, el poeta casi ilegible en su erudición que nos reta, difícil y
estimulante. Piñera lleva a las últimas consecuencias la inversión de
la frase lezamiana, corriendo el riesgo de retar los propios límites de
lo literario.
Desde luego, en el mismo año de 1942, cuando escribe el poema «La isla
en peso», en el cual declara su preferencia por la poesía que escurre
como saliva de la boca del poeta, Virgilio Piñera hace una severa
constatación respecto de la propia obra: descubre que Lezama Lima es su
gran fantasma. La confesión aparece sólo en 1959, en artículo publicado
en Lunes de Revolución21. Ahí Piñera se declara «el poeta
menos lezamiano de mi generación lezamiana». Y reclama entonces de verse
ante la necesidad de probar su «condición de eterno insumiso». Escribe
cartas, pero, principalmente, escribe el mencionado poema "La isla en
peso", que clasifica de «el antilezamismo en persona»22.
Y si he empleado acá la palabra confesión, a pesar del conocido mal
humor de Piñera hacia lo que denominaba «catoliquerías», él sigue en
la misma línea al realizar, en el mismo artículo, su mea culpa
literario. Afirma que hubo un tiempo, es verdad, cuando era un recién
llegado de la provincia, en que «desconocía por entero esos nombres que
ahora tanto se esgrimen para poner a la poesía en su lugar, es decir
desconocía (no tengo reparo en confesarlo) a Breton, Apollinaire, Peret,
etc, etc, y claro está, pues como Lezama era lo único que tenía a mano,
pues le eché mano.» Escribió entonces los versos expresamente
lezamianos de «La destrucción del danzante». Fueron versos «expresamente
lezamianos» en un poema «lezamiano de pies a cabeza»23.
Aún en aquel año de 1942, Piñera escribe otro poema en el que deja
evidenciar una clara filiación estilística que, personalmente, veo como
tributaria de Lezama, a pesar de delinearse como su contrario. Se titula
«La hiena» y dice, entre otras estrofas:
Esa manera de la hiena
despide un olor especial;
no es un capítulo del mal
esa manera de la hiena.
Su pestilencia desconoce,
—ese tema de la literatura—
la cantidad de su fragancia
reconstruye su boca pura.
Si la hiena se estimula
con la víscera nauseabunda,
su instrumento no disimula:
sabed que un estilo funda.
El estilo de la carroña,
o la indiferencia glacial.
¿Se vio sonreír a este animal?
Esto lo sabe la carroña.24
Piñera desnuda aquí un «estilo de la carroña», también referido como
«indiferencia glacial». Pues Bajtín asegura que «el estilo es, por lo
menos, dos hombres,»25 y Lisa Block de Behar percibe cómo, en
Lautréamont, «la veneración engendra lo contrario: su reverencia
ambivalente es un plagio doblemente depredador ya que no usurpa las
glorias ajenas para lisonjearse con ellas (el plagio es —a pesar del
fraude— una especie de reconocimiento admirativo de las cualidades de
otro), como si fueran propias, sino para escarnio y devastación:
contrefaire pour contredire, podría afirmarse; un detractor siempre, que
dice las verdades más célebres para desdecirlas, para decirlas mal o
maldecirlas.»26
Puestos en confrontación, esos «dos hombres» de que se compone el
estilo de Virgilio Piñera estarán reunidos en su pieza teatral El flaco
y el gordo, de 1959. Ahí la inversión del nombre original de la pareja cómica
indica el tono agrio del espectáculo, así como hace referencia a los
tipos físicos que representan a él mismo, Piñera, y a su fantasma,
Lezama. Un flaco y un gordo están reunidos sin razón visible en un mismo
cuarto de hospital para curarse de fracturas sin importancia. El primero
debe someterse a la comida sin atractivos que se le sirve, mientras el
gordo es insaciable devorador de palabras y golosinas, tan excitantes para
él como una película pornográfica. Cuando baja el telón, entre la
primera y la segunda escenas, se escucha cantar tres veces la siguiente
cuarteta:
Aunque el mundo sea redondo Y Juan no se llame Paco, Es indudable que al
Gordo Siempre se lo come el Flaco.27
La escena dos empieza con el Flaco "convertido en Gordo28,
sentado a la mesa chupando golosamente una tibia humana.
Desparramados por el suelo, delante de la mesa, se ven los huesos de un
esqueleto. El Flaco tiene bajo su pie derecho la calavera de dicho
esqueleto. Sobre la mesa se verán los pedazos de yeso y vendajes del
brazo del Gordo." En clara devoración antropófaga, el Flaco se
nutre del Gordo para transformarse en otro Gordo, o sea, fundar el estilo
de glacial indiferencia de la carroña.
Desdiciendo o maldiciendo ciertas verdades, el estilo de Virgilio Piñera
hará que reverberen carroñas e indiferencias glaciales a lo largo de su
obra. Dicho de otra manera, el Maestro Piñera dará inicio a su labor
literaria inspirándose claramente en el erotismo lezamiano para, pasados
pocos años, someterlo a un proceso de enfriamiento —o, quien sabe, de
frigidez— hasta depurarlo en el significativo título Cuentos fríos, de
1956. Mejor diciendo, Piñera concretamente elude de su obra esos
barroquismos erotizantes, ya sea a través de un procedimiento estilístico,
ya sea a través de una acción de deliberada ocultación. Dicho poema
lezamiano, «La destrucción del danzante», publicado en 1943 en la
revista Clavileño, es seguramente uno de los poemas referidos por el
autor en la apertura de La vida entera, donde afirma: «Recojo aquí la
poesía escrita entre 1941 y 1967. La de años anteriores (1935-1940) o se
ha perdido o la desaparecí yo mismo.»29
Así, Piñera, tal cual un Sade que mantiene su léxico sexual en la «denotación
pura» y que por la «crudeza del lenguaje establece un discurso exterior
al sentido, frustrando cualquier interpretación»30 , informa,
ya en la apertura de sus Cuentos fríos:
Como la época es de temperaturas muy altas, creo que no vendrán mal
estos Cuentos fríos. El lector verá, tan pronto se enfrente con ellos,
que la frialdad es aparente, que el calor es mucho, que el autor está
bien metido en el horno y que, como sus semejantes, su cuerpo y su alma
arden lindamente en el infierno que él mismo se ha creado.
Son fríos estos cuentos porque se limitan a exponer los puros
hechos.(...)31
Sin embargo, son fríos esos cuentos no sólo porque, como desea el
Maestro, «se limitan a exponer los puros hechos». Son fríos porque han
sido enfriados, porque se rehúsan a probar del erotismo retórico, es
decir, son indiferentes, frígidos. Más aún, su frialdad anda paralela
al aturdimiento. Fríos los cuentos, aturdido el lector. Los métodos de
éste, sus reglas, preceptos, instrumentos, fórmulas ya no son
suficientes para leer textos cuya capa aparente se adhiere con tal
vehemencia a la capa profunda que prácticamente no resta cualquier
espacio de acción a ese incansable interpretador.
El lector, entonces, acostumbrado a las dificultades estimuladoras y a las
resistencias que lo retan, las cuales suscitan su potencia de
conocimiento, se siente traicionado por un narrador que no sólo rechaza
su oficio narrativo, callándose deliberadamente, sino que también
mantiene la cosa narrada en el universo de la denotación pura, eludiendo
gran parte de la tradición literaria32. El resultado es la
perplejidad de un lector que, de pronto, se descubre impotente frente a
una praxis de lectura que se le escapa de las manos y de un texto que no
se deja capturar por los métodos de análisis hasta entonces plenamente
satisfactorios.
Así, en la primavera de 1945 la revista Orígenes publica una nota de
Cintio Vitier sobre el libro Poesía y prosa, de Piñera. Ahí Vitier,
lector atónito, afirma que la criatura destinada a expresar ese
alucinante infierno cuya esencia consiste en ser todo superficie, tendrá
que aparecernos incesantemente disfrazada de tantas desesperaciones ajenas
como le sea imperioso utilizar. Pero aunque no lo sepa o no lo quiera
estará sirviendo de catarsis a la realidad, estará expulsando por su voz
ese veneno del vacío que amenaza el corazón de nuestra vida.
Con esto queremos decir que el fenómeno así manifestado es tanto de carácter
individual como social e histórico, y que justamente en esa coyuntura
confiamos para atribuir a estas páginas una significación moral e
incluso religiosa que ha de perdurar cuando ya su cuerpo estético, en
parte híbrido y vicioso, haya caído.
Concluye mencionando una «desconcertante hazaña», realizada por el
libro: la de haber enfrentado al «demonio de la más absoluta y estéril
antipoesía»33.
Elegante, Piñera publica en la misma Orígenes, en el número siguiente,
una respuesta un tanto oblicua, pero tenaz. Virgilio Piñera crea una parábola,
basado en la literatura, velando lo que afirma. Invoca a un escritor célebre
para, a través de su obra, hablar de sus propias indisposiciones hacia
lectores ávidos de interpretaciones, catarsis, moralidades y espíritus
religiosos. Discurre sobre la literatura de Kafka —a propósito,
escritor mencionado por Vitier en su nota— para mostrar cómo ella
sostiene en sí misma un gran secreto. He ahí su secreto, según Piñera:
Todo el mundo reconoce que uno de los pilares esenciales del arte de Kafka
es su lúcido olvido del individuo (aisladamente considerado) y su énfasis
absoluto sobre lo objetivo del mundo. Pero con la virtud erigen el error:
al practicar la disección de su obra le atribuyen todos los supuestos
subjetivos imaginables y olvidan su única razón objetiva, esto es, la
razón literaria, la invención literaria. (...) (Hace falta, entonces,)
demostrar que en el campo de lo estrictamente literario el único móvil
del artista es producir, a través de una expresión nueva, ese
imponderable que espera todo lector y que se llama «la sorpresa literaria».
(...) Una invención estrictamente literaria, producto de una enfermedad
que se llama literatura, como la de la seda del gusano o la de la perla de
la ostra. (...)
Sería interesante si pudiera ser escuchada la reacción de un lector de
Kafka para el año 2045. De cierto que a este lector no se le vería
aplastado por las ineludibles cargas de actualidad, es decir, por los
conflictos del siglo, que toda obra sobrelleva como «obra muerta», como
«peso muerto», y que nosotros, personas del siglo, tenemos que comprobar
y sufrir al leerla. Ese lector de dentro de un siglo estará en mejores
condiciones estéticas que nosotros para la recepción de la obra, como
que recibirá íntegra su médula, esto es, la invención literaria, y
tendrá oportunidad de comprobar —placer supremo— que Kafka es sólo
un literato, un creador de imágenes, de juguetes de imaginación; y todavía
más, se verá acometido del mismo delicioso temblor de que se viera el
pobre Kafka acometido cuando «dio en el clavo» al crear —recrear— a
Gregorio Samsa bajo especie de enorme insecto (nada más que de enorme
insecto, sin trascenderlo, como harían los críticos, a una alegoría de
la crisis de la juventud alemana de la primera guerra mundial o a un
anhelo feroz de salvar las contradicciones de la personalidad) o al
encontrar esos juguetes metafóricos que son, o los corredores
interminables y cambiantes de la mansión de Klara (América) o las «chiquillas
guardianes» del cuarto del pintor (El Proceso).
Y concluye, ansioso por que toda la gente relea su literatura menos
ansiosa por otros significados:
En Kafka ficción e invención adquieren proporciones infinitas, de modo
tal que las cargas de actualidad se hacen también ficción e invención.
He ahí todo su secreto.34
Es en «La carne», uno de sus más bien acabados cuentos35 ,
donde Virgilio Piñera acaba comprobando, a unos cuantos happy few, la
tesis de que la buena literatura, la bien creada, la que propicia el
placer supremo de la fruición, continuará siendo siempre esa misma buena
literatura. No importa si los móviles que han impulsado al escritor
tengan sus pies hincados en la realidad y que su obra sea, a principio, sátira
social, política o económica. Cuando se vayan todas las bases reales,
cuando todos los lectores sepan, después de siglos, que ese libelo en
nada resultó, en ese momento la buena literatura perdurará por sus
propias cualidades de invención. Pero es justamente con «La carne» que
el Maestro Virgilio Piñera se callará la propia boca, como hace siempre
callar a su narrador y personajes. Callará el Maestro para que se oiga,
aunque en voz baja, lo que dice el narrador.
Y destruida la denuncia, resta el decir literario, señoreado por el
silencio imperioso. Así, el propio Piñera afirma que «La carne» no es
otra cosa que la protesta por los envíos de nuestras reses a Estados
Unidos en la Segunda Guerra Mundial, pero es, conjuntamente, una protesta
sin eficacia inmediata. (...) Huyendo de la literatura panfletaria (teníamos
una idea muy errada del panfleto, lo igualábamos al pasquín electoral)
fundamentábamos nuestra protesta en una literatura que llamaría,
forzando un tanto el término, «abstraída», es decir una literatura que
eludía los primeros planos de la cruda realidad para darla pasada por un
tamiz diez veces más fino.36
O sea, por el tamiz depurador, tamiz que trasmuta cosas en palabras;
palabras dichas en palabras obscenamente interdictas. Palabras diez veces
adelgazadas, que jamás ampliarán sus horizontes en proficuas
posibilidades polisémicas o simbólicas. Palabras silenciosas, palabras
enjutas y parsimoniosas. Aun escasas. Condensadas en cortas emisiones, que
rechazan hasta mismo el acto de narrar.
Porque, aunque Virgilio Piñera y su fantasma Lezama Lima solieron
frecuentar los mismos cotos de caza limitados por el perímetro
homosexual, su orientación literaria se ha confirmado en los opuestos. El
barroquismo de Lezama es erótico, ya que reproduce, casi a lo infinito,
el placer por el juego retórico, que a su vez parodia la palabra
comunicativa, como la generación de descendencia es parodiada por el
juego erótico. El dicho interdicto de Virgilio Piñera es libertino.
Aprecia lo que Lezama Lima rechaza, elude al propio Lezama y hace de él
su espacio paradigmático, para siempre fantasmal.
NOTAS:
1
Texto presentado en el Coloquio Internacional «40 Años de Ciclón»,
realizado en la ciudad de La Habana en junio de 1996 por la Unión
Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. Publicado en Unión -
Revista de Literatura y Arte. Ano VIII, no 25, octubre-diciembre 1996, pp.
16-21. Publicado también como «Virgilio Piñera, o magro devorador de
Lezama Lima» en la Revista USP N. 30, jun/jul/ago/1996, pp. 266-272.
2 José Lezama Lima, Paradiso. Madrid, Alianza/Era, 1983, pp. 290-345.
3 Roland Barthes, «Sade II», en Sade, Fourier, Loiola. Traducción de
Maria de Santa Cruz. Lisboa, Edições 70, 1979, pp. 121-166, p. 123.
4 Lezama Lima, obra citada, p. 307.
5 Ídem, ibídem, p. 308.
6 Ídem, ibídem, p. 308.
7 Ídem, ibídem, p. 308.
8 Ídem, ibídem, p. 308.
9 Ídem, ibídem, p. 308.
10 Ídem, ibídem, p. 308.
11 Roland Barthes, obra citada, p. 123.
12 Severo Sarduy, «El barroco y el neobarroco» en América Latina en su
literatura. Org. de César Fernández Moreno. México, UNESCO/Siglo XXI,
1972, pp. 167-184.
13 Roland Barthes, obra citada, p. 124.
14 Ídem, ibídem, p. 123.
15 Lezama Lima, obra citada, p. 307.
16 Roland Barthes, obra citada, p. 135.
17 Definición de literatura para Roland Barthes, en Sur Racine. Apud
Affonso Ávila, O lúdico e as projeções do mundo barroco. São Paulo,
Perspectiva, 1971, p. 40.
18 Lezama Lima, «Mitos y cansancio clásico» en Confluencias. La Habana,
Letras Cubanas, 1988, pp. 213-228, p. 213.
19 Pablo Armando Fernández cuenta que Guillermo Cabrera Infante, además
de no admirar a Virgilio Piñera, «en una oportunidad me mostró un artículo
de Piñera en el cual, según él, había no sé cuántos lugares comunes.
Calificaba la literatura de Virgilio como literatura de lavandera.» Cf.
«Virgilio Piñera en persona», org. de Carlos Espinosa Rodríguez, en
Quimera N. 98, pp. 38-47, p. 43. 20 Virgilio Piñera, «La isla en peso»,
en La vida entera. La Habana, UNEAC, Colección Contemporáneos, 1969, pp.
25-42, p. 39.
21 Ídem, "Cada cosa en su lugar", en Lunes de Revolución, 2,
N. 39, 14/dic/1959, pp. 11-12, p. 11. "La poesía de Lezama es en
definitiva un gran fantasma": Piñera afirma que tal constatación __
hecha por Padilla en 1959, en el artículo "La poesía en su
lugar", publicado en respuesta a otro de Virgilio Piñera sobre
Lezama Lima, "Veinte años atrás" __ él propio, Virgilio Piñera,
ya había hecho en 1942.
22 Ídem, ibídem, p. 11.
23 Ídem, ibídem, p. 11.
24 Ídem, «La hiena», en La vida entera, pp. 21-22. El poema, que no está
citado integralmente, forma parte de "Los desastres", al lado de
"La murena" y "La ostra".
25 Mijail Bajtín, apud Lisa Block de Behar, «Le style, c'est, au moins,
deux hommes» en Una retórica del silencio __ funciones del lector y
procedimientos de la lectura literaria. Original francés, sin referencia
al traductor. México, Siglo XXI, 1984., pp. 172-176, p. 175.
26 Lisa Block de Behar, obra citada, p. 175.
27 Virgilio Piñera, El flaco y el Gordo, en Teatro completo, pp. 244-273,
p. 269.
28 Ídem, ibídem.
29 Ídem, obra citada, p. 7. El poema «La destrucción del danzante»
sale en la revista Clavileño N. 6-7, ene/feb/1943 y no vuelve a
reeditarse.
30 Roland Barthes, obra citada, pp. 132, 133.
31 Virgilio Piñera, Cuentos fríos. Buenos Aires, Losada, 1956, p. 19.
32 Sobre la opción deliberada del narrador de Piñera por el no narrar,
ver mi artículo «Los cuentos fríos de Virgilio Piñera», en revista
Hispamérica año XXIV, N. 71, 1995, pp. 23-33 y mi libro A libélula, a
pitonisa __ Revolução, homossexualismo e literatura em Virgilio Piñera.
São Paulo, Fapesp/Iluminuras, 1996.
33 Cintio Vitier, «Notas — Virgilio Piñera: Poesía y prosa, La
Habana, 1944.», en Orígenes año 2, N. 5, primavera/1945, pp. 47-50, pp.
49 y 50.
34 Virgilio Piñera, «El secreto de Kafka» en Orígenes N. 8,
invierno/1945, pp. 42, 43 y 45. La silepsis de número que se verifica
muestra el lenguaje del día a día del autor.
35 Ídem, en Cuentos fríos, pp.13-16.
36 Ídem, «Notas sobre la vieja y la nueva generación» en La Gaceta de
Cuba, 1o /may/1962, pp. 2-3, p.2.
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