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Hay poetas que abren pozos de meditación, que nos sumergen en las
ideas. Su poesía palpa la penumbra para alcanzar, reflexión adentro, la
luz del ser o de la muerte, del recuerdo o de la nada. Hay otros, en
cambio, que permanecen en la superficie, como los nenúfares, captando el
polen de las palabras, la transparente polvareda del pensamiento: la luz
se adhiere a ellos sin lucha, por su sola presencia, por la sólida
porosidad de sus sentidos. De esta segunda clase es Frank O'Hara. De esta
segunda clase es su libro Poemas a la hora de comer.
O'Hara, nacido en Baltimore
(Maryland) en 1926 y muerto 40 años más
tarde en accidente de automóvil, fue un hombre polifacético, de múltiples
inquietudes intelectuales, que se pueden resumir en dos intereses
esenciales: la literatura y las artes visuales. En cuanto a la primera, no
sólo escribió poesía, sino también teatro, traducciones de autores
franceses y alemanes, y ensayo; en cuanto a las segundas, participó en
revistas artísticas y proyectos cinematográficos, y trabajó muchos años
como conservador del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Esta simbiosis
en una misma pluma de los lenguajes de la poesía escrita y de la poesía
vista -por otra parte, nada infrecuente en el arte contemporáneo, como
acreditan Joan Brossa en la literatura catalana o Eugenio Padorno en la
castellana- se revela especialmente fértil en el caso de O'Hara. Su
conocimento de la plástica de vanguardia, así como de las técnicas y
ritmos narrativos del cine, inclinaron su lírica hacia el ojo, hacia la
percepción directa, cromática, luminosa, de los hechos de su entorno y de
su yo, en toda la fragmentación y miltiplicidad que habían avanzado ya,
artísticamente, el surrealismo y el dadaísmo. La mirada de O'Hara se
vuelve, pues, en sus versos, una cámara en constante movimento, que enfoca
la realidad con voluntad documental, poéticamente científica, pero que
también investiga su propio interior, sus sueños y recuerdos, las dudas y
la oscuridad que lo acosan. El resultado de este mirar es una poesía
mosaico, donde la realidad se vuelca de forma nítida, pero discontinua y
plural, rota por la subjetividad que, en su mismo aprehenderla, la
reelabora, y mezclada con una interioridad de la que brota el deseo y el
miedo. El nenúfar de O'Hara es una gran retina que se nutre del mundo, de
un mundo sustancialmente urbano, personificado en la Nueva York activa y
lúcida de los años 50 y 60. La metrópolis es, en la sensibilidad de
O'Hara, el correlato objetivo que fue la Naturaleza para la Antigüedad
clásica; es decir, el diagrama del cosmos, la corporeización del latido
universal. Nueva York representa, en efecto, el lugar donde florece la
amistad y la locura, la membrana donde todas las vibraciones -incluso las
espirituales, como dice un espléndido verso de Poemas a la hora de
comer- hallan eco, la síntesis de las relaciones entre los hombres,
las palabras y las cosas. Frente a la estética beat californiana,
más movil -recordemos On the road, de Jack Kerouac-, más dispersa
quizá, más grandilocuente, el denominado grupo de los poetas de Nueva
York -integrado, además de por O'Hara, por John Ashbery, Kenneth Koch,
Barbara Guest, James Schuyler, entre otros- ve en su ciudad el continente
idóneo de todas las realidades. Ambas corrientes -los beat de
Ginsberg y Ferlingheti, y los neoyorquinos encabezados por Ashbery y
O'Hara- dialogan, pero también polemizan. Comparten rasgos estéticos, muy
especialmente la influencia de Whitman, pero discrepan en la concepción
del mundo -y, en consecuencia, del verso-. Mantienen sinceros lazos de
amistad (la última composición de Poemas a la hora de comer está
dedicada a la salud de Allen Ginsberg), pero difieren en las músicas y en
los propósitos: unos, como O'Hara, buscan recrear -y trascender- la
realidad inmediata, sumergirse en la cotidianeidad y, por medio de esta
inmersión, alejarse de ella y hacerla renacer, voluptuosa y dorada, en una
nueva significación; los otros prefieren el discurso incisivo, la
manipulación dolorosamente verbal de las cosas, romper los conceptos con
una palabra fresca y salvaje, vibrátil y muscular.
Estilísticamente, la subversiva recreación de la realidad que practica
O'Hara se expresa en formas de dicción igualmente rupturistas: su sintaxis
es deliberadamente anómala, omite a menudo signos de puntuación, se
inventa palabras o las toma prestadas de otros idiomas, incopora a los
poemas titulares de prensa o fragmentos de conversaciones oídas en la
calle o en un bar. Siempre con la consciencia permeable, alerta, sólo
aparentemente pasiva, como el nenúfar, O'Hara no desprecia nada para la
construcción de sus textos. Las técnicas que utiliza incomodan, sin duda,
al lector; alguien podría incluso considerarlas ancladas en un
hippismo expresivo para el que ha pasado, demasiado
perceptiblemente, el tiempo. Sin embargo, es indiscutible que resultan
coherentes con la sustancia descrita, que vehiculan, con sintonía
perfecta, el entusiasmo vital que en todo momento despliega O'Hara, al
mismo tiempo que la irracionalidad y la personalidad poliédrica propias
del hombre moderno. El simultaneísmo heredado de los cubistas; el flujo
irreductible pero caótico del pensamiento; la memoria, eje del tiempo, con
sus normas invisibles: todo se manifiesta en la poesía de sentidos
inciertos y de formas abrutas de Frank O'Hara. Porque, frente a otras
concepciones literarias, como el New Criticism, que reivindicaba el
poema como icono verbal y expresión hermética de la subjetividad, O'Hara y
los poetas de Nueva York creen en el yo lírico, abierto y pragmático, en
la inmediatez del placer estéticos, en una referencialidad no velada por
la orfebrería lingüística. Así pues, los Poemas a la hora de comer
se muestran como productos técnicamente finísimos, pero, en apariencia,
verbalmente descuidados, sin cincel, hasta malsonantes. Con este tacto
áspero, O'Hara pretende portenciar el acceso al verso, la comunicación no
con el lector, sino con la persona, la carnalización del sonido y de los
sentimientos. La ironía, otra herramienta esencial en la obra de O'Hara,
impide una solemnidad que hace imposible la genuina comunión entre quien
escribe y quien lee.
Hay que subrayar, finalmente, tres características más de la poesía de
O'Hara en general y de los Poemas a la hora de comer en particular:
en primer lugar, la fuerte presencia de la cultura en sus versos. Estas
referencias culturales, provenientes del mundo del arte, enriquecen el
coloquialismo del autor. No resultan extrañas, ni epidérmicas, ni buscan
demostrar nada, sino que reflejan un aspecto singular de su personalidad y
dilatan el poema en la polisemia del conocimiento. Su discurso poético es
suficientemente dúctil como para aceptar una intertextualidad -alguien ha
apuntado, incluso, un venecianismo- ágil y equilibrada.
Por otra parte, es evidente el cosmopolitismo de las composiciones de
O'Hara: no sólo por el carácter urbano de su poesía, sino por la atención
que el escritor presta al viaje como forma de crecimiento personal, como
camino para que el yo se expanda. Lo dinámico, que caracteriza tantas
piezas de Poemas a la hora de comer, gana así más vuelo, aunque
sigue siendo, en esencia, lo mismo que el deambular por la ciudad a la
hora de comer: un fuego vital, una forma de recrear la emoción del
tránsito y del descubrimiento. O'Hara, bien en su vagar por Nueva York,
bien en sus recorridos -reales o imaginarios- por otros países reconstruye
con admirable frescura esta sensación de parto, de deslumbramiento, que
experimentamos cuando miramos los objetos con ojos nuevos y desnudos.
El erotismo es, en último lugar, la fuerza subyacente más importante de
Poemas a la hora de comer. Un erotismo que, a pesar del puritanismo
inherente a la cultura estadounidense -aún más feroz cuando, como en el
caso de Frank O'Hara, encara la homosexualidad-, no tiene miedo de
manifestarse directa, incluso escatalógicamente, con un léxico de la calle
y una contundencia amorosa muy saludable. A veces O'Hara opta por la
exposición vívida del eros. Otras, prefiere el juego de palabras, el doble
sentido que lo disimule y, así, lo potencie. El clamor del deseo
atraviesa, en cualquier caso, los poemas del libro. La sensualidad de
Poemas a la hora de comer no proviene, pues, únicamente de su
concepción visual, de su tono tangible y oreado, sino también de este
impulso amoroso, de ese entusiasmo por lo unitivo y lo carnal.
La poesía de Frank O'Hara y estos Poemas a la hora de comer
constituyen, en fin, una buena muestra de lo que dio de sí la vanguardia
estética de la costa este de los Estados Unidos hace cuatro décadas: una
síntesis de denuncia y reconstrucción, de irracionalismo y realidad, de
formas palpitantes y coloristas, que se articulan como una flor sacudida
por el viento y por la ondulación que produce en el agua la piedra que
alguien arroja, visitada ocasionalmente por los insectos y los sapos, o
incluso por un cuerpo que cae, sometida a la lluvia y a los atardeceres.
Sí, como un nenúfar, pero un nenúfar que camina y hace el amor, que
transcribe el abismo de las calles en una humilde pero trascendente
sucesión de incertezas.
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