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Muerte y suicidio bajo la niebla
del delirio
«Llamaron del Daily Press y me
dijeron: "¿Te has enterado de lo de Joe Orton?" -dice Peter WiIles,
recordando cómo se enteró de la muerte de Joe-. Supuse que a Joe le había
ido mal en las casetas de King's Cross. Lo primero que se me ocurrió fue
llamar a su casa. Lo hice.
Contestó la policía. Así me
enteré de que Halliwelle había matado.» Orton era un sibarita del fiasco; y
su muerte parecía una imitación macabra de sus propias obras de teatro.
(Hasta Peggy Ramsay, aterrorizada
por la idea de tener que identificar los cadáveres, hizo una entrada absurda:
entró en la habitación caminando de espaldas.) Nadie suponía a Halliwell
capaz (y Orton no, desde luego) de semejante acto de voluntad.
Orton desdeñaba hacía mucho las
amenazas de Halliwell simplemente como un indicio más de su fanfarronería
impotente. «"Cuando volvamos a Londres se acabó -le grita Halliwell a
Orton en su amarga pelea del 27 de junio, unos días antes de marcharse de Tánger-.
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Halliwell
en primer plano, y Orton tumbado el fondo, en una playa de TángerER |
¡Éste es el final!" Lo había
oído tantas veces...» «Me extraña que no digas: "Me voy con mi mamá"...
y sigui6 dale que te pego hasta que apague la luz Dio un portazo y se fue a la
cama"
Cuando no escribía Jon siempre
encontraba la forma de no estar en casa. Pero Kenneth Williams y también
Peter Willes estaban convencidos de que nunca dejaría a Halliwell.
Dice el último: «Kenneth creía
que estaba perdiendo a Joe, pero eso nunca sucedería». En cierto sentido,
según demuestran los diarios, Orton ya se había separado imaginariamente de
Halliwell. Era evidente que no podía seguir mucho tiempo viviendo en aquella
agobiante atmósfera de desesperación y envidia que Halliwell había creado
en torno suyo.
Pero
Halliwell constituía también todo el entorno creativo de la vida adulta de
Orton. Como tantos famosos del mundo de la literatura con compañeros
silenciosos y desdichados, Orton había persistido tanto tiempo en la relación
no sólo por lealtad al compañero sino también porque la relación
beneficiaba su obra. Halliwell no sólo era el redactor de Orton y su caja de
resonancia. Era también su tema. De sus torturadas y melodramáticas
discusiones, Orton sacaría What the Butler Saw. Orton estaba dispuesto a
sobornar a Halliwell con una casa. Le animaba a interesarse por otras personas
y otras cosas. La única forma de cambiar a Halliwell era conseguir que su
situación cambiara. Pero lo único que quería Halliwell era recuperar a
Orton y su viejo. Y eso era imposible.
«Los acontecimientos siguen un
curso y son acumulativos», escribieron ambos en The Boy Hairdresser. De su
agenda de mediados de agosto se deduce fácilmente el curso que seguirían sus
destinos.
El día de su muerte, un ch6fer debía
llevar a Orton a los Twickenham Studios para hablar con Richard Lester sobre
Up Against Your Ears. Y Halliwell tenía hora, al día siguiente, para visitar
a un psiquiatra, un verdadero psiquiatra, del St. Bernard's Hospital. Cuando
el doctor Ismay llamó al psiquiatra, Halliwell le dijo que estaba tomándose
el asunto demasiado en serio.
Pero a primera hora del 9 de
agosto, la perspectiva de la existencia que le aguardaba enloqueció a
Halliwell. Y destrozó el cerebro que tan ferozmente se había burlado del
mundo; y acto seguido, se quitó la vida. Halliwell imitó el arte de ambos en
el asesinato. <iDetrás, el mal; nada delante; y en el presente, dolor.»
La muerte les igualaba de nuevo, unió a Halliwell y a Orton definitivamente
para siempre. En la anarquía de sus farsas, Orton se vengó por la amargura
de su desengaño y sus deseos. Halliwell hacía ahora otro tanto.
Al mundo le queda la risa siempre
viva de Orton y el último legado del triste reino feroz del yo del que
procede: sus diarios.
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