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Unas pequeñas grandes diferencias
Halliwell tenía entonces
veinticinco años, estaba imponente con su arrogancia y su calva. Orton tenía
dieciocho años, era un chaval inexperto que nunca había pasado más de dos
semanas fuera de Leicester.
Halliwell le pareció la encarnación de todas las promesas.
Poseía todo aquello que Orton
envidiaba y de lo que carecía: piso propio, coche, una biblioteca, una
educación. y también sabía de literatura. Halliwell rezumaba el tipo de
idealismo romántico que vertió .en The Protagonist, su obra sobre Edmund
Kean: «Éste es el fin a que se ha encaminado mi ser: la aclamación del
mundo exclusivamente».
Halliwell predicaba el evangelio
del Arte, al menos hasta que se convirtió en víctima. «Era un artista
-escribió Halliwell en The Protagonist de Kean-. Si por la naturaleza de su
trabajo un hombre ha de vivir más intensamente que otros, ¿no habremos de
perdonarle extravagancias que censuraríamos en otros?» Orton se convirtió
en acólito de Halliwell. «Cuando localicé a Orton en la cola de la cantina
de la academia, yo llevaba allí unas tres semanas -recuerda Frank Whitby, que
había conocido a Orton y a su madre el curso anterior en una prueba para la
Old Vic Theatre School-.
Me acerqué a él y le recordé dónde nos habíamos
conocido y le felicité por haber ingresado en la RADA. Miró rápidamente por
encima del hombro y allí, mirándome con malevolencia, estaba Kenneth
Halliwell. En un curso, Joe había cambiado la posesividad materna por algo
que a la postre sería mortífero.»
La posesividad de Halliwell y su
deseo de control eran consecuencia de los abandonos traumáticos de su
infancia.
Su madre había muerto en 1937
(cuando él tenía once años) por la picadura de una avispa en un dedo cuando
preparaba el desayuno. Hasta entonces, según J. P. Howarth, que fue inquilino
de los Halliwell durante 1933-1937, Kenneth había sido un «niño de mamá»;
su madre no consentía que su taciturno esposo tocara al chico. «Le mimaba.
Nunca se había roto entre ellos esa unión especial.» Al morir su madre,
Halliwell se volvió «introvertido y era muy difícil hablar con él».
Él y su padre no tenían mucho que
decirse. Vivían bajo el mismo techo como dos extraños. En esta atmósfera de
tristeza, Halliwell estudió de firme y con éxito y consiguió diplomas de
historia antigua, latín, griego y alemán en la escuela superior.
Luego, en 1949, una mañana,
Halliwell bajó las escaleras y encontró a su padre muerto con la cabeza
metida en el horno de gas. Con una discreción típica en él, no había
dejado ninguna nota. Después de un rechazo tan abrumador, Halliwell, cuya
madre había esperado grandes cosas de él, se refugió en fantasías
presuntuosas. Su madre había querido que fuera médico. Su padre riñó con
él por su decisión de no seguir la vía académica.
Pero él deseaba ardientemente
seguir el camino de la gloria, un camino que no le llevaría a ninguna parte.
«"Tenso" es lo primero
que se te ocurre para definir a Halliwell -dice Charles Marowitz, que dirigió
el primer montaje que se estrenó en Londres de Lool-. Estaba organizando su
imagen pública tan enérgicamente, con tal fuerza, que nunca le vi tranquilo.
No podía relajarse nunca.»
Halliwell era serio, incluso de
adolescente. Según se deduce de los comentarios de sus profesores cuando
empezó a estudiar en la academia de arte dramático, la tensión de su
actitud defensiva era ya patente en la tensión de su cuerpo, de su voz y de
su personalidad. En el escenario era todo transpiración y nada de inspiración.
Lo que se percibía en su interpretación no era firmeza sino timidez.
«Creo que un poco más de divino
descontento con su propio trabajo no le vendría mal...»
«No parece convencido de que
actuar sea expresar emoción. El resultado es un enfoque absolutamente mental,
que da a su interpretación un aire severo, casi estirado.. .» «Un
estudiante extrañamente terco y rígido...»
«Buen trabajo aunque demasiado encajonado, en realidad.. .»
Halliwell era mayor que la mayoría
de los estudiantes y su aire altanero mantenía a los demás a distancia. lo
que a Orton le pareció autoridad intelectual, para los demás estudiantes era
desafortunada inseguridad. «Era un hombrecillo muy afectado -decía Margaret
Whitmg, que ganó la medalla Bancroft a la mejor intérprete de su curso-. Tenía
delirios de grandeza. Estaba siempre en su pequeño mundo de fantasía
creadora. y era muy egoísta y muy engreído.
Sólo hablaba de sí mismo, de su
ego, de sus ambiciones. Era un grandísimo ególatra.» «El temperamento artístico
-escribió Chesterton- es una enfermedad que afecta a los aficionados.» Las
pataletas de Halliwell, su engreimiento, sus comentarios fatuos sobre el arte
y sobre los otros actores ejemplificaban a la perfección el punto de vista de
Chesterton: «Hay muchas tragedias reales del temperamento artístico,
tragedias de vanidad, violencia o miedo. Pero la gran tragedia del
temperamento artístico es no poder crear arte».
Muy consciente de sus escasos
recursos, Orton vio a Halliwell como maestro, padre y amigo. Y Halliwell, un
huérfano, encontró en Orton alguien dispuesto a compartir su vida y sus sueños
de gloria. Orton era animoso y encantador; y, tal como escribieron en The Boy
Hairdresser reconstruyendo los orígenes de su relación, Orton «le hacía
sentirse joven». Le hizo sentirse también poderoso, fuerte: «necesitaba
protección». Tal como se le describe en The Boy Hairdresser, Orton estaba «a
medio educar, a medio hacer, a medio formar». y la tarea de instruir a Orton
proporcionó a ambos un vínculo de unión y una misión que cumplir.
«Nunca me consideré una persona
corriente», dijo Orton. Orton sacó esta idea de su madre Elsie, que
consideraba a «su John» el más inteligente y dotado de sus hijos. Se negó
a admitir la vulgaridad de su vida o de sus hijos, buscaba siempre signos de
posición social. Deseaba lo mejor, pero la vida la había estafado. Su
familia carecía de dinero, de educación, de proyectos. Cuando Orton suspendió
el examen escolar a los once años, Elsie empeñó su anillo de matrimonio y
él fue el único chico de los 1.500 de su condición de Leicester que asistió
a un colegio de pago. Y, como era de esperar, Elsie eligió el colegio Clark,
que tenía un programa comercial y no el curso académico que ella hubiera
querido.
Orton ridiculizó en sus obras de
teatro la pretenciosidad de su madre; pero a su vez se esforzó por satisfacer
las ambiciones generales que ella le había inculcado. A los quince años,
antes de aparecer en una obra, Orton había dedicado su vida, según escribió
en su diario de adolescente, al teatro: «Parecía un niño con una gran
carencia afectiva -decía Joanne Runswick, directora de una de las primeras
representaciones teatrales de aficionados de Orton-. Yo procuraba atraerle
porque era muy retraído y estaba siempre
aislado. Era muy suyo».
Mientras
estaba en la academia de arte, Orton volvió a ver a Joanne Runswick,
estimulado ya por la ambición de escribir de Halliwell. «Me dijo que quería
escribir obras de teatro -recuerda Joanne-. Yo deseaba que lo lograra, que
tuviera éxito, pero me preocupaba un poco. Le obsesionaba la idea de
triunfar, de llegar a ser alguien.»
Lo mismo le pasaba a Elsie, que
acompañó a Orton a su audici6n en la Old Vic Theatre School en 1950
«Cuando Orton pasó a interpretar las piezas que tenía preparadas,
ella se puso a hablar conmigo -dice Frank Whitby-. No paraba de hablar de él.
Con aquel acento tan fuerte, al que yo no estaba acostumbrado, y su
indumentaria pasada de moda, parecía y hablaba como un personaje de una
comedia de Ealing. Recuerdo sus continuas inflexiones al final de cada frase.
Esa «caída mortal" sin duda me produjo un efecto deprimente...»
Aunque Orton iba a casa dos semanas
durante los veranos, Elsie sólo empezó a escribirle cuando triunfó. «Te
sorprenderá tener noticias de tu madre -le escribía después de las críticas
de Entertaining Mr. Sloane a finales de mayo de 1964-. Ante todo estoy muy
contenta por ti, lloro un poco
pensando que al final lo has conseguido... Dios te bendiga John has tenido tus
problemas ahora mira adelante y ya no mires atrás.»
Elsie estaba sorprendida por la
fama de su hijo y se apresuró a aprovecharse de ello. «Me produce gran
placer presumir de uno de mis hijos mi jefe me pregunta si te relacionas
conmigo desde entonces me trata muy bien no hago nada mal...» Endeudada
siempre, Hélice solía recurrir a Orton para que la sacara del apuro. Él
pagaba y ella hacía la comedia de velar por los intereses económicos de su
hijo. «No puedo creer que hace meses estuvieras pelado y ahora estés mejor
que todos los de la familia por las dos ramas... muchos quieren que les preste
tu libro pero no se lo dejaré, que lo compren.»
Elsie esperaba impaciente ver a su
hijo en la televisión y le enviaba los recortes de prensa del Leicester
Mercury. «La gente quiere saber -le escribía el 10 de septiembre de 1964-
por qué no mencionas nunca a tus padres.»
Y a pesar de todo, su hogar era con
Halliwell.
La razón era muy simple: El hogar
de Orton estaba con Halliwell. Nada tenía que ver su familia con el brillante
talento que la prensa alababa. Orton no sólo ocultaba a su familia en las
entrevistas de prensa, sino que la excluy6 de su testamento: nombró a
Hal1iwell su único heredero.
Orton vivía con Halliwell desde 1951, pero su
familia no le conoció hasta 1964, cuando sustituyó a Orton, preocupado por
la idea de que su madre pudiera reconocer su pretenciosidad ridiculizada en el
escenario; les acompañó a ver la obra. «Ken nos pareció a todos muy majo»,
le diría después Elsie a su hijo en una carta.
«Si aunáramos nuestros esfuerzos,
nos ayudaríamos mutuamente», dice el portavoz de Halliwell en The Boy
Hairdresser.
Al principio, Orton aportó
entusiasmo y atención. Halliwell ejercía un control casi absoluto sobre su
relación. Halliwey cocinaba y se encargaba de comprar la comida.
Y más aún, según recuerda
Lawrence Griffin, que compartió su primer piso en el 161 de West End Lane: «Halliwell
indicaba a Orton lo que tenía que ponerse, lo que tenía que leer, dónde debía
ir». Y Orton pagaba esta generosidad con su fidelidad. Halliwell, que le
llamaba «mi gatito», le ataba muy corto. «A Kenneth Halliwell no le gustaba
que John saliera -dice Griffin-. Era evidente que tenía celos. John no se
molestaba. Era cómodo. Era una base a la que regresar.
Era un bromista, como Sloane.»
Griffin no fue el único conocido de Orton que advirtió la conexión. «Joe
era Sloane -dice Peter Willes-. Cruel, no inmoral sino amoral, y pragmático.»
Orton adoptaba siempre la solución más fácil; y, como Sloane, acabaría viéndose
en una situación con la que nunca había contado.
«Estaban convencidos de que iban a
ser grandes actores -dice Griffin-. Yo a veces me sentía fuera de lugar
porque ellos prácticamente me convencieron de que eran buenísimos. Se
consideraban muy especiales.» Pero cuando sus sueños de ser actores se
vinieron abajo, Orton y Halliwell decidieron dedicarse a escribir. Refugiados
en su vivienda y en sus sueños de éxito literario, empezaron a escribir y a
hacer un estudio de la literatura.
Al cabo de un tiempo, su régimen
de lectura y escritura se convirtió en hábito; y Orton «ya no hablaba de
escapar. El estudio ocupó el lugar de la libertad; consagrado al aprendizaje,
los días, los meses y los años se sucedieron de forma rápida e instructiva».
Los personajes de ficción de Orton «se deslizaban hacia lo que ellos
consideraban libertad». No la encontraron; Orton y Halliwell, tampoco. Para
ellos, la libertad era el éxito; y el éxito les esquivaba siempre. No les
publicaban nada.
La experiencia carcelaria
Su hostilidad (que adoptó la forma
de la destrucción de libros) les llevaría a una celda de verdad, no
imaginaria. En 1962, les condenaron a seis meses de prisión en cárceles
diferentes. Era la primera vez que Orton pasaba tanto tiempo separado de
Halliwell. En las vacaciones de verano, Orton nunca había pasado más de
quince días fuera. Según su hermana Leonie siempre daba la misma excusa: «Tengo
que volver con Ken». Y Ken fue siempre también la razón de que no fuera a
casa de sus padres por Navidad. «No puedo dejar solo a Ken.»
Solo en la cárcel, Halliwell se
hundió en la depresi6n; y poco después de quedar libre intentó suicidarse.
Pero en la cárcel Orton aprendió algo de sí mismo que aportaría a sus
escritos soltura y osadía: «Antes siempre había sido vagamente consciente
de que había algo podrido en algún sitio. Esta vaga noción cristalizó en
la cárcel. La vieja zorra, la sociedad, se alzó de verdad las faldas y el
hedor era absolutamente fétido».
En el caso de Orton, la cárcel fue
una experiencia liberadora. «Estar en el talego dio soltura a mi escritura
-dijo al Leicester Mercury-. Dejé de preocuparme y de pronto todo funcionaba.»
Orton había superado el
sufrimiento. Ya no tenía nada que perder. Su risa se hizo peligrosa. Había
hallado al fin la forma de «enfurecer correctamente».
«Yo no escribo fantasías -dijo
Orton-. La gente cree que sí, pero no es cierto.» Sus diarios lo confirman.
El mundo cómico de Orton, con sus monstruos de poder y decoro, era el mismo
mundo real que le rodeaba. Él olía su ignominia de necia pretensión en las
conversaciones de la gente en la calle; y vivía la realidad del impulso de la
farsa. «Mi vida está adquiriendo un ritmo que no soportaría ningún miembro
de la familia real», escribe cuando el «plan de tráfico» de sus relaciones
con los muchachos marroquíes llegan a adquirir complicaciones de farsa. La
objeción de Orton a la farsa tradicional era que «se basaba aún en los
prejuicios de hacía medio siglo, especialmente en los prejuicios sexuales.
Pero ahora hay que admitir, por ejemplo, que la gente tiene relaciones
sexuales fuera del matrimonio.. .».
Orton practicaba la libertad sin
trabas dentro y fuera del escenario.
Pero no era sólo la rapacidad de
sus farsas lo que reflejaba la vida de Orton. La farsa se rige por la ley del
impulso: a determinada velocidad, todo se desintegra. A determinada velocidad,
el pánico sucede a la razón y los personajes se ven lanzados fuera de la
culpabilidad, más allá de su propia interrelación. Eso mismo les sucedió a
Orton y a Halliwell. El impulso de la fama impidió a Orton advertir
debidamente la desintegración de Halliwell. De cualquier modo, seguramente
ninguno de los dos poseía los recursos internos necesarios para afrontar los
drásticos cambios de su relación. Las persistentes quejas psicosomáticas de
Halliwell (la opresión en el pecho, el estreñimiento) reflejan su sensación
de estar atrapado.
Orton, por otra parte, estaba
experimentando la violenta acometida de su nueva libertad. «Kenneth m.
deprimido -escribe el 10 de
marzo, E. considerando la posibilidad de escribir una pieza cómica con seudónimo--.
Yo me sentía dichoso.» Orton no estaba dispuesto a ceder lo más mínimo
ante las señales de desesperación de Halliwell.
En Tánger, convencido de que ya no
podía conseguir la aprobación
de Orton, cometió el error de hacerse pasar por su Píndaro: «Hola», nos
gritó a modo de saludo un chaval guapísimo de unos dieciséis años. Le
conocía del año anterior (aunque nunca me había acostado con él). A
Kenneth le apetecía. Hablamos unos cinco minutos y al fin dije: «Ven
a tomar el té esta tarde a nuestro
apartamento». Estaba deseándolo. Quedamos en vernos en el Windmill de la
playa. Cuando se fue, Kenneth dijo: «¿Qué te parece? ¿Lo hice bien, eh?».
Me quedé pasmado. «Lo arreglé yo -le dije-. Tú habrías seguido hablando
del tiempo por los siglos de los siglos.» K. no me contestó.
Siguió intentando que Halliwell
expusiera sus collages. y en la última semana de su vida, mientras Halliwell
se sumía en su última y fatídica depresi6n, le pidió que le acompañara
a Leicester, sugerencia extraña,
ya que Halliwell no había visitado
nunca a la familia de Orton y volvería a sentirse un simple accesorio. Los
diarios demuestran que ni siquiera las veladas amenazas de violencia
de Halliwell conseguían que Orton prestara la debida atención a la angustia
de aquél.
Orton escribe el 9 de marzo: «Kenneth
dijo: "Te estás volviendo un auténtico abusón, ¿sabes? Más vale que
tengas cuidado. i Recibirás tu merecido!". Me fui a dormir».
«Sabes, desde que has triunfado
eres una persona completamente distinta», le dice Halliwell a Orton en los
diarios. y era cierto. Orton era más seguro, tenía más confianza
en sí mismo. Y Halliwell, tal como
ambos escribieran en The Boy Hairdresser, «le prefería debatiéndose en la
vacilación, sólo seguro en un sentido conspiratorio».
Pero ahora la conspiración de
Orton para el jolgorio era con el público. Se hizo más osado; y, para
Halliwell, más amenazador. «Discusi6n sobre una máquina de fotos -escribe
Orton el 26 de julio-. Kenneth dice que es tirar el dinero. Yo quiero comprar
una. Riqueza ostentosa, supongo.» Ahora Orton tenía su propio dinero, y, con
él, libertad para hacer lo que le apeteciera. Su antigua organización no
encajaba con la nueva vida de Orton. Su vivienda no era más grande de lo que
había sido en tiempos su refugio.
A Orton cada vez le atraía más el
mundo en el que había otras personas que le escuchaban y se reían con él.
«Cuando te haya enseñado un poco -dice el doctor Von Pregnant de Head lo
Toe-, sabrás tanto como yo.» Y había llegado aquel día. Halliwell había
creado el «amigo perfecto» y ahora se encontraba con que el mundo rendía a
su obra una admiración que él jamás conseguiría. En The Boy Hairdresser,
ambos habían imaginado que el «encanto [de Orton] resultaba siniestro». Y
así era, desde el punto de vista de Halliwell.
Orton
se burlaba de los intentos de Halliwell de destacar (la corbata de Eton, el
traje de explorador); se burlaba de su pasividad sexual y, todavía más
ofensivamente, despreciaba su papel «de esposa»: Kenneth tiene los nervios a
flor de piel. Fiebre del heno. Discusión esta mañana. Temblaba de rabia. por
mi grosería cuando le dije si pensaba pasarse todo el día delante del
espejo. Me contestó: «¡Estaba lavando tus malditos calzoncillos! ¡Por eso
estaba en el lavabo!». Daba tales gritos que le dije: «Por favor, tampoco
hace falta que todos los vecinos se enteren de que eres una reina». «Sabes
que tengo fiebre del heno y me provocas adrede», dijo él. «Me marcho -le
dije-. No aguanto más.» «Pues vete -me dijo él-. No te quiero en casa...»
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