1933  -  1967

 

 

 

APUNTES  BIOGRÁFICOS

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Unas pequeñas grandes diferencias

Halliwell tenía entonces veinticinco años, estaba imponente con su arrogancia y su calva. Orton tenía dieciocho años, era un chaval inexperto que nunca había pasado más de dos semanas fuera de Leicester. Halliwell le pareció la encarnación de todas las promesas.

Poseía todo aquello que Orton envidiaba y de lo que carecía: piso propio, coche, una biblioteca, una educación. y también sabía de literatura. Halliwell rezumaba el tipo de idealismo romántico que vertió .en The Protagonist, su obra sobre Edmund Kean: «Éste es el fin a que se ha encaminado mi ser: la aclamación del mundo exclusivamente».

Halliwell predicaba el evangelio del Arte, al menos hasta que se convirtió en víctima. «Era un artista -escribió Halliwell en The Protagonist de Kean-. Si por la naturaleza de su trabajo un hombre ha de vivir más intensamente que otros, ¿no habremos de perdonarle extravagancias que censuraríamos en otros?» Orton se convirtió en acólito de Halliwell. «Cuando localicé a Orton en la cola de la cantina de la academia, yo llevaba allí unas tres semanas -recuerda Frank Whitby, que había conocido a Orton y a su madre el curso anterior en una prueba para la Old Vic Theatre School-. 

Me acerqué a él y le recordé dónde nos habíamos conocido y le felicité por haber ingresado en la RADA. Miró rápidamente por encima del hombro y allí, mirándome con malevolencia, estaba Kenneth Halliwell. En un curso, Joe había cambiado la posesividad materna por algo que a la postre sería mortífero.»

La posesividad de Halliwell y su deseo de control eran consecuencia de los abandonos traumáticos de su infancia.

Su madre había muerto en 1937 (cuando él tenía once años) por la picadura de una avispa en un dedo cuando preparaba el desayuno. Hasta entonces, según J. P. Howarth, que fue inquilino de los Halliwell durante 1933-1937, Kenneth había sido un «niño de mamá»; su madre no consentía que su taciturno esposo tocara al chico. «Le mimaba. Nunca se había roto entre ellos esa unión especial.» Al morir su madre, Halliwell se volvió «introvertido y era muy difícil hablar con él».

Él y su padre no tenían mucho que decirse. Vivían bajo el mismo techo como dos extraños. En esta atmósfera de tristeza, Halliwell estudió de firme y con éxito y consiguió diplomas de historia antigua, latín, griego y alemán en la escuela superior.

Luego, en 1949, una mañana, Halliwell bajó las escaleras y encontró a su padre muerto con la cabeza metida en el horno de gas. Con una discreción típica en él, no había dejado ninguna nota. Después de un rechazo tan abrumador, Halliwell, cuya madre había esperado grandes cosas de él, se refugió en fantasías presuntuosas. Su madre había querido que fuera médico. Su padre riñó con él por su decisión de no seguir la vía académica.

Pero él deseaba ardientemente seguir el camino de la gloria, un camino que no le llevaría a ninguna parte.

«"Tenso" es lo primero que se te ocurre para definir a Halliwell -dice Charles Marowitz, que dirigió el primer montaje que se estrenó en Londres de Lool-. Estaba organizando su imagen pública tan enérgicamente, con tal fuerza, que nunca le vi tranquilo. No podía relajarse nunca.»

Halliwell era serio, incluso de adolescente. Según se deduce de los comentarios de sus profesores cuando empezó a estudiar en la academia de arte dramático, la tensión de su actitud defensiva era ya patente en la tensión de su cuerpo, de su voz y de su personalidad. En el escenario era todo transpiración y nada de inspiración. Lo que se percibía en su interpretación no era firmeza sino timidez.

«Creo que un poco más de divino descontento con su propio trabajo no le vendría mal...»

«No parece convencido de que actuar sea expresar emoción. El resultado es un enfoque absolutamente mental, que da a su interpretación un aire severo, casi estirado.. .» «Un estudiante extrañamente terco y rígido...»  «Buen trabajo aunque demasiado encajonado, en realidad.. .»

Halliwell era mayor que la mayoría de los estudiantes y su aire altanero mantenía a los demás a distancia. lo que a Orton le pareció autoridad intelectual, para los demás estudiantes era desafortunada inseguridad. «Era un hombrecillo muy afectado -decía Margaret Whitmg, que ganó la medalla Bancroft a la mejor intérprete de su curso-. Tenía delirios de grandeza. Estaba siempre en su pequeño mundo de fantasía creadora. y era muy egoísta y muy engreído.

Sólo hablaba de sí mismo, de su ego, de sus ambiciones. Era un grandísimo ególatra.» «El temperamento artístico -escribió Chesterton- es una enfermedad que afecta a los aficionados.» Las pataletas de Halliwell, su engreimiento, sus comentarios fatuos sobre el arte y sobre los otros actores ejemplificaban a la perfección el punto de vista de Chesterton: «Hay muchas tragedias reales del temperamento artístico, tragedias de vanidad, violencia o miedo. Pero la gran tragedia del temperamento artístico es no poder crear arte».

Muy consciente de sus escasos recursos, Orton vio a Halliwell como maestro, padre y amigo. Y Halliwell, un huérfano, encontró en Orton alguien dispuesto a compartir su vida y sus sueños de gloria. Orton era animoso y encantador; y, tal como escribieron en The Boy Hairdresser reconstruyendo los orígenes de su relación, Orton «le hacía sentirse joven». Le hizo sentirse también poderoso, fuerte: «necesitaba protección». Tal como se le describe en The Boy Hairdresser, Orton estaba «a medio educar, a medio hacer, a medio formar». y la tarea de instruir a Orton proporcionó a ambos un vínculo de unión y una misión que cumplir.

«Nunca me consideré una persona corriente», dijo Orton. Orton sacó esta idea de su madre Elsie, que consideraba a «su John» el más inteligente y dotado de sus hijos. Se negó a admitir la vulgaridad de su vida o de sus hijos, buscaba siempre signos de posición social. Deseaba lo mejor, pero la vida la había estafado. Su familia carecía de dinero, de educación, de proyectos. Cuando Orton suspendió el examen escolar a los once años, Elsie empeñó su anillo de matrimonio y él fue el único chico de los 1.500 de su condición de Leicester que asistió a un colegio de pago. Y, como era de esperar, Elsie eligió el colegio Clark, que tenía un programa comercial y no el curso académico que ella hubiera querido.

Orton ridiculizó en sus obras de teatro la pretenciosidad de su madre; pero a su vez se esforzó por satisfacer las ambiciones generales que ella le había inculcado. A los quince años, antes de aparecer en una obra, Orton había dedicado su vida, según escribió en su diario de adolescente, al teatro: «Parecía un niño con una gran carencia afectiva -decía Joanne Runswick, directora de una de las primeras representaciones teatrales de aficionados de Orton-. Yo procuraba atraerle porque era muy retraído y estaba siempre aislado. Era muy suyo». 

Mientras estaba en la academia de arte, Orton volvió a ver a Joanne Runswick, estimulado ya por la ambición de escribir de Halliwell. «Me dijo que quería escribir obras de teatro -recuerda Joanne-. Yo deseaba que lo lograra, que tuviera éxito, pero me preocupaba un poco. Le obsesionaba la idea de triunfar, de llegar a ser  alguien.»

Lo mismo le pasaba a Elsie, que acompañó a Orton a su audici6n en la Old Vic Theatre School en 1950  «Cuando Orton pasó a interpretar las piezas que tenía preparadas, ella se puso a hablar conmigo -dice Frank Whitby-. No paraba de hablar de él. Con aquel acento tan fuerte, al que yo no estaba acostumbrado, y su indumentaria pasada de moda, parecía y hablaba como un personaje de una comedia de Ealing. Recuerdo sus continuas inflexiones al final de cada frase. Esa «caída mortal" sin duda me produjo un efecto deprimente...»

Aunque Orton iba a casa dos semanas durante los veranos, Elsie sólo empezó a escribirle cuando triunfó. «Te sorprenderá tener noticias de tu madre -le escribía después de las críticas de Entertaining Mr. Sloane a finales de mayo de 1964-. Ante todo estoy muy contenta por ti,  lloro un poco pensando que al final lo has conseguido... Dios te bendiga John has tenido tus problemas ahora mira adelante y ya no mires atrás.»

Elsie estaba sorprendida por la fama de su hijo y se apresuró a aprovecharse de ello. «Me produce gran placer presumir de uno de mis hijos mi jefe me pregunta si te relacionas conmigo desde entonces me trata muy bien no hago nada mal...» Endeudada siempre, Hélice solía recurrir a Orton para que la sacara del apuro. Él pagaba y ella hacía la comedia de velar por los intereses económicos de su hijo. «No puedo creer que hace meses estuvieras pelado y ahora estés mejor que todos los de la familia por las dos ramas... muchos quieren que les preste tu libro pero no se lo dejaré, que lo compren.»

Elsie esperaba impaciente ver a su hijo en la televisión y le enviaba los recortes de prensa del Leicester Mercury. «La gente quiere saber -le escribía el 10 de septiembre de 1964- por qué no mencionas nunca a tus padres.»

 

Y a pesar de todo, su hogar era con Halliwell.

La razón era muy simple: El hogar de Orton estaba con Halliwell. Nada tenía que ver su familia con el brillante talento que la prensa alababa. Orton no sólo ocultaba a su familia en las entrevistas de prensa, sino que la excluy6 de su testamento: nombró a Hal1iwell su único heredero. 

Orton vivía con Halliwell desde 1951, pero su familia no le conoció hasta 1964, cuando sustituyó a Orton, preocupado por la idea de que su madre pudiera reconocer su pretenciosidad ridiculizada en el escenario; les acompañó a ver la obra. «Ken nos pareció a todos muy majo», le diría después Elsie a su hijo en una carta.

«Si aunáramos nuestros esfuerzos, nos ayudaríamos mutuamente», dice el portavoz de Halliwell en The Boy Hairdresser.

Al principio, Orton aportó entusiasmo y atención. Halliwell ejercía un control casi absoluto sobre su relación. Halliwey cocinaba y se encargaba de comprar la comida.

Y más aún, según recuerda Lawrence Griffin, que compartió su primer piso en el 161 de West End Lane: «Halliwell indicaba a Orton lo que tenía que ponerse, lo que tenía que leer, dónde debía ir». Y Orton pagaba esta generosidad con su fidelidad. Halliwell, que le llamaba «mi gatito», le ataba muy corto. «A Kenneth Halliwell no le gustaba que John saliera -dice Griffin-. Era evidente que tenía celos. John no se molestaba. Era cómodo. Era una base a la que regresar.

Era un bromista, como Sloane.» Griffin no fue el único conocido de Orton que advirtió la conexión. «Joe era Sloane -dice Peter Willes-. Cruel, no inmoral sino amoral, y pragmático.» Orton adoptaba siempre la solución más fácil; y, como Sloane, acabaría viéndose en una situación con la que nunca había contado.

«Estaban convencidos de que iban a ser grandes actores -dice Griffin-. Yo a veces me sentía fuera de lugar porque ellos prácticamente me convencieron de que eran buenísimos. Se consideraban muy especiales.» Pero cuando sus sueños de ser actores se vinieron abajo, Orton y Halliwell decidieron dedicarse a escribir. Refugiados en su vivienda y en sus sueños de éxito literario, empezaron a escribir y a hacer un estudio de la literatura.

Al cabo de un tiempo, su régimen de lectura y escritura se convirtió en hábito; y Orton «ya no hablaba de escapar. El estudio ocupó el lugar de la libertad; consagrado al aprendizaje, los días, los meses y los años se sucedieron de forma rápida e instructiva». Los personajes de ficción de Orton «se deslizaban hacia lo que ellos consideraban libertad». No la encontraron; Orton y Halliwell, tampoco. Para ellos, la libertad era el éxito; y el éxito les esquivaba siempre. No les publicaban nada.

 

La experiencia carcelaria

Su hostilidad (que adoptó la forma de la destrucción de libros) les llevaría a una celda de verdad, no imaginaria. En 1962, les condenaron a seis meses de prisión en cárceles diferentes. Era la primera vez que Orton pasaba tanto tiempo separado de Halliwell. En las vacaciones de verano, Orton nunca había pasado más de quince días fuera. Según su hermana Leonie siempre daba la misma excusa: «Tengo que volver con Ken». Y Ken fue siempre también la razón de que no fuera a casa de sus padres por Navidad. «No puedo dejar solo a Ken.»

Solo en la cárcel, Halliwell se hundió en la depresi6n; y poco después de quedar libre intentó suicidarse. Pero en la cárcel Orton aprendió algo de sí mismo que aportaría a sus escritos soltura y osadía: «Antes siempre había sido vagamente consciente de que había algo podrido en algún sitio. Esta vaga noción cristalizó en la cárcel. La vieja zorra, la sociedad, se alzó de verdad las faldas y el hedor era absolutamente fétido».

En el caso de Orton, la cárcel fue una experiencia liberadora. «Estar en el talego dio soltura a mi escritura -dijo al Leicester Mercury-. Dejé de preocuparme y de pronto todo funcionaba.»

Orton había superado el sufrimiento. Ya no tenía nada que perder. Su risa se hizo peligrosa. Había hallado al fin la forma de «enfurecer correctamente».

«Yo no escribo fantasías -dijo Orton-. La gente cree que sí, pero no es cierto.» Sus diarios lo confirman. El mundo cómico de Orton, con sus monstruos de poder y decoro, era el mismo mundo real que le rodeaba. Él olía su ignominia de necia pretensión en las conversaciones de la gente en la calle; y vivía la realidad del impulso de la farsa. «Mi vida está adquiriendo un ritmo que no soportaría ningún miembro de la familia real», escribe cuando el «plan de tráfico» de sus relaciones con los muchachos marroquíes llegan a adquirir complicaciones de farsa. La objeción de Orton a la farsa tradicional era que «se basaba aún en los prejuicios de hacía medio siglo, especialmente en los prejuicios sexuales. Pero ahora hay que admitir, por ejemplo, que la gente tiene relaciones sexuales fuera del matrimonio.. .».

Orton practicaba la libertad sin trabas dentro y fuera del escenario.

Pero no era sólo la rapacidad de sus farsas lo que reflejaba la vida de Orton. La farsa se rige por la ley del impulso: a determinada velocidad, todo se desintegra. A determinada velocidad, el pánico sucede a la razón y los personajes se ven lanzados fuera de la culpabilidad, más allá de su propia interrelación. Eso mismo les sucedió a Orton y a Halliwell. El impulso de la fama impidió a Orton advertir debidamente la desintegración de Halliwell. De cualquier modo, seguramente ninguno de los dos poseía los recursos internos necesarios para afrontar los drásticos cambios de su relación. Las persistentes quejas psicosomáticas de Halliwell (la opresión en el pecho, el estreñimiento) reflejan su sensación de estar atrapado.

Orton, por otra parte, estaba experimentando la violenta acometida de su nueva libertad. «Kenneth m. deprimido -escribe el 10  de marzo, E. considerando la posibilidad de escribir una pieza cómica con seudónimo--. Yo me sentía dichoso.» Orton no estaba dispuesto a ceder lo más mínimo ante las señales de desesperación de Halliwell.

En Tánger, convencido de que ya no podía conseguir la  aprobación de Orton, cometió el error de hacerse pasar por su Píndaro: «Hola», nos gritó a modo de saludo un chaval guapísimo de unos dieciséis años. Le conocía del año anterior (aunque nunca me había acostado con él). A Kenneth le apetecía. Hablamos unos cinco minutos y al fin dije: «Ven a tomar el té esta tarde a nuestro apartamento». Estaba deseándolo. Quedamos en vernos en el Windmill de la playa. Cuando se fue, Kenneth dijo: «¿Qué te parece? ¿Lo hice bien, eh?». Me quedé pasmado. «Lo arreglé yo -le dije-. Tú habrías seguido hablando del tiempo por los siglos de los siglos.» K. no me contestó.

Siguió intentando que Halliwell expusiera sus collages. y en la última semana de su vida, mientras Halliwell se sumía en su última y fatídica depresi6n, le pidió que le acompañara a Leicester, sugerencia extraña, ya que Halliwell no había  visitado nunca a la familia de Orton y volvería a sentirse un simple accesorio. Los diarios demuestran que ni siquiera las veladas amenazas de violencia de Halliwell conseguían que Orton prestara la debida atención a la angustia de aquél.

Orton escribe el 9 de marzo: «Kenneth dijo: "Te estás volviendo un auténtico abusón, ¿sabes? Más vale que tengas cuidado. i Recibirás tu merecido!". Me fui a dormir».

«Sabes, desde que has triunfado eres una persona completamente distinta», le dice Halliwell a Orton en los diarios. y era cierto. Orton era más seguro, tenía más confianza en sí mismo. Y Halliwell, tal como ambos escribieran en The Boy Hairdresser, «le prefería debatiéndose en la vacilación, sólo seguro en un sentido conspiratorio».

Pero ahora la conspiración de Orton para el jolgorio era con el público. Se hizo más osado; y, para Halliwell, más amenazador. «Discusi6n sobre una máquina de fotos -escribe Orton el 26 de julio-. Kenneth dice que es tirar el dinero. Yo quiero comprar una. Riqueza ostentosa, supongo.» Ahora Orton tenía su propio dinero, y, con él, libertad para hacer lo que le apeteciera. Su antigua organización no encajaba con la nueva vida de Orton. Su vivienda no era más grande de lo que había sido en tiempos su refugio.

A Orton cada vez le atraía más el mundo en el que había otras personas que le escuchaban y se reían con él. «Cuando te haya enseñado un poco -dice el doctor Von Pregnant de Head lo Toe-, sabrás tanto como yo.» Y había llegado aquel día. Halliwell había creado el «amigo perfecto» y ahora se encontraba con que el mundo rendía a su obra una admiración que él jamás conseguiría. En The Boy Hairdresser, ambos habían imaginado que el «encanto [de Orton] resultaba siniestro». Y así era, desde el punto de vista de Halliwell.

Orton se burlaba de los intentos de Halliwell de destacar (la corbata de Eton, el traje de explorador); se burlaba de su pasividad sexual y, todavía más ofensivamente, despreciaba su papel «de esposa»: Kenneth tiene los nervios a flor de piel. Fiebre del heno. Discusión esta mañana. Temblaba de rabia. por mi grosería cuando le dije si pensaba pasarse todo el día delante del espejo. Me contestó: «¡Estaba lavando tus malditos calzoncillos! ¡Por eso estaba en el lavabo!». Daba tales gritos que le dije: «Por favor, tampoco hace falta que todos los vecinos se enteren de que eres una reina». «Sabes que tengo fiebre del heno y me provocas adrede», dijo él. «Me marcho -le dije-. No aguanto más.» «Pues vete -me dijo él-. No te quiero en casa...»

 

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TEXTO extraído de "Joe Orton, DIARIO"  Editorial Grijalbo, (Barcelona) Editado por John Lahr. 1988

 

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