1933  -  1967

 

 

 

APUNTES  AUTOBIOGRÁFICOS

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Los proscritos siempre se lamentan

«Pensaba, hacía planes, esperaba y, esperando, se hundía en los sueños», escribía Orton, resumiendo su vida antes del éxito con una precisión que repetiría en Head to Toe y en The Boy Hairdresser (1960). Y ahora que los sueños se habían hecho realidad, seguía sin poder librarse de sus presentimientos. La felicidad era lo bastante rara en la vida de Orton y Halliwell como para que tuvieran mucha fe en ella.

En su diario de Tánger escribió: Kenneth y yo hablamos de lo felices que nos sentíamos los dos. Tendríamos que pagar por ello. O caería sobre nosotros alguna desgracia, porque quizá seamos demasiado felices. Ser jóvenes, bien parecidos, famosos, estar sanos, ser relativamente ricos y felices quizá vaya contra natura... No espero golpes fatales?!

«Los proscritos siempre se lamentan», escribió Wilde para su epitafio, y la furiosa hilaridad de Orton encierra siempre un sentimiento de pérdida. «No soy partidaria del dolor privado -dice Fay en Lool, ridiculizando los ritos mortuorios-. Demuestra tus emociones en público o no las demuestres.»

Orton transforma el dolor en agresión; y .la tristeza nunca está muy por lejos del ingenio mortífero que demostró en el escenario y fuera de él. «Joe tenía unos ojos  absolutamente negros e inexpresivos -dice Peter Willes-. Eran casi ojos de muerto. Lo achaco a la desdicha.»

Orton poseía un largo historial de rechazos. En Head lo Toe representaba su condición de perdido en un mundo extraño, prisionero en un país que le confunde y en el cual su supervivencia es incierta. «Siento una gran necesidad de conocimiento», dice Gombold, portavoz de Orton en la ficción. Y más adelante: «Experimentó todas las etapas de la desesperación por las que pasan los presos».

Orton estaba atrapado en las privaciones de su origen de clase obrera de Leicester, primero de cuatro hijos de una familia en la que no hubo nunca dinero ni atención suficientes. Suspendió el examen escolar a los once años; fracasó como actor de la

Real Academia de Arte Dramático;  fracasó como escritor durante una década; no logró ser a los ojos de la sociedad un ciudadano responsable, ni siquiera normal. Se reía incluso de las mismas causas de su humillación: sus crédulos padres, la culpabilidad sexual, los  estereotipos sociales, los dobles vínculos de autoridad que despreciaban su identidad.

«Había sufrido inmensamente por la grosería general sobre la homosexualidad -dice la novelista Penelope Gilliatt -. Estaba furioso. Vivió gran parte de su vida en un estado de cólera fría, irónica y prodigiosa.»

Los diarios de Orton rezuman ira. «No tiene ninguna gracia», dice Orton en un pasaje del diario de Tánger, en mayo de 1967, tras aguantar con firmeza la mirada recriminatoria de una pareja heterosexual con un osado alarde provocativo. «<Él quería que le follara sobre una piel de leopardo que tenemos en casa, pero, la verdad, temo que el semen estropee el dibujo de la piel de leopardo.»

Orton desplegaba en el escenario su ingenio para conseguir el mismo fin: marcar las distancias entre él y todo lo que le oprimía. «Si pudieras encerrar al enemigo en la habitación y dispararle frases... », escribía Orton en 1961.

En 1967, sus andanadas estaban desarmando al público; y el enemigo estaba dentro. «Cuando Joe me envió Sloane, se refería a ella como «nuestra obra" -dice Peggy Ramsay-. La primera vez no trajo a Kenneth. Pero en su segunda visita, me dijo: «¿Puedo ir con mi amigo? ". Y luego siempre le acompañaba Kenneth.» Orton dedicó Entertaining Mr. Sloane a Halliwell; en aquel entonces el propio Halliwell hablaba de «un genio como nosotros».

Ésta fue siempre la pauta durante 1965 y 1966. Orton escribía a Halliwell desde Nueva York, nervioso por la acogida de Sloane en Broadway: «No espero el éxito, pero nunca lo esperamos, ¿verdad?».

Y cuando se estrenó el primer montaje de Loot, las cartas de Orton a Halliwell revelaban una dependencia y una preocupación que no se advierte en absoluto en los diarios. «La obra es un desastre -le decía en una carta del 9 de febrero de 1965, hablando de la primera audición de la obra en Cambridge-.

Truscott apenas provocó risas. El público parecía recibir las partes más extraordinarias con una seriedad mortal... Tendré que hacer algún arreglo. No podré volver el miércoles. ¿Me llamarás por teléfono? Es todo espantoso. He tenido dos discusiones de proporciones de ataque de nervios. Le he dicho a [Peter] Wood que yo no soy un escritor comercial y quizá ahora comprenda por qué es imposible que llegue a ser un «humorista nacional"... Procuraré volver antes del fin de semana, pero no puedo dejar la obra en este estado.» Las noticias desde Oxford no eran mejores, pero el tono de Orton era igualmente solícito. «Si te aburres demasiado sin mi, procura aguantar haciendo algo -le escribía; y se despedía con : Mi cariño, Joe.

Volveré en cuanto me sea humanamente posible. Aquí no callejeo. Son las semanas más deprimentes de toda mi vida.»

Pero cuando la suerte de Orton cambió, también cambió su relación con Halliwell. «Joe sólo tuvo una relación agobiante asociada a la lealtad, que fue su relación con Ken -decía Peggy Ramsay-. Ninguna otra persona le interesaba lo más mínimo.»

Orton fue fiel a Halliwell, a su modo; pero en cuanto se convirtió en centro de la atención pública, se sintió incapaz de reconocer la colaboración que había posibilitado su éxito. Orton se había curado de muchos de los delirios culturales, pero no de su egolatría.

 

La cruz de ser pareja de un famoso

La historia no es amable con quienes se sacrifican al arte de otros. Emma Hardy fue tachada de difamadora, mema, obtusa; Vivien Eliot, de lunática, de rémora para el gran poeta; y Halliwell, de «nulidad de mediana edad». Todos ellos fueron los compañeros silenciosos de artistas admirados y todos ellos tenían sus propias ambiciones literarias.

Permanecieron unidos a su pareja literaria, en parte, porque el compañero satisfacía un sueño y, en parte, también, porque ellos habían ayudado a que tal sueño se hiciera realidad. Pero su colaboración acabaría convirtiéndose en enajenación. Éste fue concretamente el caso de Halliwell, que trabajó toda la vida para crear arte y cuya gran creación fue el propio Orton. Halliwell suponía que con el éxito de Orton él mismo obtendría algún prestigio.

Pero entonces Halliwell tuvo que compartir a Orton con un nuevo amante: el público. «Si él pertenece al público -escribía Emma Hardy a una amiga refiriéndose al matrimonio, aconsejándole que no esperara gratitud, atención ni justicia-, los años de devoción no cuentan en absoluto.» Halliwell se vio en la situación de ser a la vez invisible e innecesario.

«Odiaba a Halliwell. No, simplemente me desagradaba, no era lo bastante importante como para odiarle -dice Peter Willes-. Le toleraba como toleras a la esposa del autor si quieres su obra. .»

Halliwell vivía la desesperación que han experimentado muchos compañeros de famosos: despreciados en público, enloquecen en privado. «Todo el mundo quería conocer a Joe, Emlyn Williams, Pinter, Rattigan -dice Peter Willes-.Presenté a Joe a Harold [Pinter], que dijo que no podía creer que fuera tan joven.

Bueno, Joe parecía bastante más joven de lo que era.» Pero Halliwell parecía mayor, y fuera de lugar. «iMe trataron como a una mierda! -grita Halliwell en los diarios, aporreando la pared tras pasar una velada con una nueva pareja deslumbrada por el nombre de Orton-. ¡No me tratarán así! »

La fama amplió el campo de acción del encanto de Orton, que Halliwell siempre había envidiado. «Dios está de su lado y le defiende y cae bien a todo el mundo», dice el portavoz de Halliwell en The Boy Hairdresser, de la forma en que Orton atraía a la gente.

La fama de Orton impedía a los demás ver a Halliwell. «Con Halliwell había que hacer un gran esfuerzo -dice Peter Willes-. Era antipático. Hacía falta un enorme tacto para no ignorarle sin más.» Para llamar la atención, Halliwell exageraba su importancia y sus actos. Y montaba números increíbles, como Vivien Eliot, que se presentó la noche del estreno de The Rock con un cartel que decía: «Soy la mujer a la que él abandonó».

Halliwell no llevaba carteles, pero se puso una corbata de ex alumno de Eton para asistir a una fiesta que daba Peter Willes. Orton iba a dar aquella noche a Willes What the Butter Saw para que lo leyera. Si no podía conseguir la aprobación de los admiradores de Orton, Halliwell optaba por la hostilidad como punto de partida: Fuimos a cenar a casa de Peter Willes. Cuando llegamos, miró a Kenneth aterrado. «Llevas una corbata de Eton!», chilló. «Sí -dijo Kenneth-. Es una broma.» 

Peter parecía asombrado y arrugó la cara en un rictus diabólico. «Pues me temo que es una broma que se volverá en contra tuya. La gente supondrá que quieren hacerte pasar por ex alumno de Eton. y se reirán de ti.» «Intento ridiculizar Eton», dijo Kenneth. «¡Oh, no! -dijo Willes riendo con un gritito--. ¡Eres patético! En fin, que no tiene ninguna gracia llevar esa corbata, ¿sabes?» «¡Es una broma! -dijo Kenneth, mohíno, algo azorado y furioso--. La gente lo comprenderá.» «La gente que yo conozco, no», dijo Kenneth. «Les parecerá divertido.» «Provocas la irritación de los demás», dijo Willes. «Me tiene sin cuidado -dijo Kenneth, riéndose con una risa algo forzada- Quiero irritarles... »

Si bien Orton reconoció siempre en privado la importancia de Halliwell en su obra, lo eliminó completamente de la historia pública de su éxito. «Todos los que estáis locos por Orton, en realidad no tenéis idea de c6mo es», diría Halliwell la misma noche de la fiesta de Willes. Pero a nadie le interesaba lo más mínimo la opini6n de Halliwell, solo la de Orton. Halliwell solía irse de casa cuando entrevistaban a Orton.

Estaba fuera el día que Orton explicó las raíces de su estilo mandarín al The Transatlantic Review: «Me gustan Luciano y los autores clásicos -dijo Orton en esta ocasi6n, sin mencionar para nada cómo había adquirido tales gustos-. Supongo que es eso lo que hace distinta mi escritura, ¡una anticuada formación clásica! Que jamás recibí, sino que me la proporcioné yo mismo». Dijo también que había estado casado y se había divorciado. Sus comentarios sobre el matrimonio eran una inquietante proyecci6n de su tensa relación con Halliwell.

Lazos deshechos

«Simplemente no funcionó, quiero decir que yo era demasiado joven -dijo Orton, que se fue a vivir con Halliwell siendo adolescente-. Nos distanciamos. Ese tipo de matrimonio nunca dura.» y todavía, dos meses antes del día de su muerte, Orton insistió, en una entrevista para el Evening News, en la necesidad de libertad que tiene el escritor como la razón de que no hubiera vuelto a casarse. «Es algo que se relaciona también con la posesividad. Hasta en los matrimonios muy liberales, la esposa y los hijos son tu propiedad. y han de ser también tu responsabilidad...»

Excluido escrupulosamente de la vida pública de Orton, Halliwell empezó a excluirse también de su mundo social. «Orton era muy protector con Halliwell -dice Peter Willes-. No iba a ningún sitio sin él. Y le daba igual causar mala impresión. Era una cuestión de "acéptame tal como soy".» Pero en las últimas semanas de su vida, Orton había aceptado asistir sin Halliwell a una fiesta de grandes luminarias del mundo del espectáculo que daba Dorothy Dickson.

Fue asesinado una semana después de la fiesta, pero ya antes era patente la amargura de Halliwell. «Ken vino a verme mientras esperaba que el doctor Ismay le recetara unos tranquilizantes -dice Peter Willes, que ayudaba a organizar la fiesta, cuando se presentó Halliwell en la casa el 7 de agosto de 1967-. "No te imaginas cómo se pone Joe ante la idea de la separación. No sabes hasta qué punto depende de mí." Estaba deseando echarle de allí. Pensé desinfectar el lugar. Telefoneé a Joe y le dije: "Oye, no puedes dejar a Kenneth y venir a la fiesta". Fue una gran decisión porque era una gran fiesta. Fue la primera vez que tuve la certeza de que hablaba con Joe realmente porque Kenneth acababa de salir de mi piso. Ken imitaba la voz de Joe al teléfono (parecía realmente él) y tenías que andar con cuidado. Quería saber lo que la gente le decía a Joe, todo lo que pudiera tener que ver con su vida en común.»

Los famosos dejan en torno suyo vidas destrozadas que los biógrafos pasan por alto o tergiversan, o que ellos mismos rescriben. Cuando Emma Hardy murió, Thomas Hardy quemó el testimonio del diario de ella titulado «Lo que opino de mi marido», escribió de forma anónima su propia biografía y reconstruyó la barbarie de su relación en forma de delicada poesía. Eliot selló con el silencio su pasado estipulando en el testamento que no se escribiera ninguna biografía, mientras que los administradores de su herencia siguen comprando y acaparando la correspondencia de Vivien Eliot.

 

Orton no tuvo tiempo de rescribir su historia.

Sus diarios ofrecen un vislumbre excepcional, aunque inconsciente, de la agobiante dinámica del engreimiento de la celebridad. Tal como presupone la nota de suicida de Halliwell «Todo se explicará si leen estos diarios», los diarios constituían una explicación y una provocación. Orton poseía el futuro, el pasado e incluso el sufrimiento de Halliwell.

Los diarios no sólo son la crónica del drama de ambos, sino también un pilar del mismo. Orton y Halliwell vivían en una proximidad física extraordinaria. Su vivienda no llegaba a veinte metros cuadrados: Era un espacio tan reducido que no podían moverse en él con comodidad dos personas al mismo tiempo. Orton escribió el grueso de sus diarios prácticamente delante de las narices de Halliwell. Los guardaba en una carpeta de cuero rojo veteado en el escritorio, donde Halliwell podía leer perfectamente (y así lo hacía) su torturante contenido.

Todo en los diarios era provocativo, símbolo del repliegue de Orton en sí mismo y de su distanciamiento de Halliwell. El título, que subrayaba la originalidad de Orton, era también un recordatorio de que si Orton era alguien, por deducción, Halliwell no era nadie.

Orton era el centro de la vida de Halliwell; pero el propio Halliwell podía ver en los diarios que en la vida llena de acontecimientos de Orton él sólo era un personaje secundario, cada vez menos importante (y a menudo irritante).

La memoria de Orton es inevitablemente selectiva. Sus descripciones de la depresión de Halliwell (las discusiones, las quejas, la quisquillosa arrogancia) están bien documentadas; pero no se desvelan en absoluto los hechos que hay tras estas escenas. «Halliwell se sentía excluido y desdeñado en cierto modo -dice el doctor Douglas Ismay, médico de medicina general, interesado por la psicología, a quien Peter Willes había enviado a Halliwell para que le ayudara y que dio a éste tofranil y simpatía-. La gente ignoraba que él había ayudado a escribir y a publicar algunas de las obras  de teatro de Orton. Me contó que Orton tenía una educación muy inferior a la suya y que recurría a su conocimiento y dominio del idioma. Se sentía frustrado.»

Aunque Orton, reconoce en los diarios la perspicacia crítica de Halliwell, no analiza sus quejas. En la visión que nos ofrece de su vida cotidiana, Halliwell es un simple accesorio. Y entonces ya lo era realmente.

The Ruffian on the Stair, que Orton pulió para el Royal Court, era una adaptación de la novela de ambos The Boy Hairdresser. Y según el propio Orton, Sloane era «nuestra obra». Incluso la prodigiosa habilidad de Orton para los diálogos debía su fuerza al collage que en principio fascinaba a Halliwell. El imperialismo de la fama de Orton devoró absolutamente a Halliwell

La pareja como un dolor en el costado.

Según el doctor Ismay, Halliwell dijo que «Orton le consideraba un dolor de costado, un pesado que se interponía entre él y el éxito». Orton apenas expresa en los diarios sus sentimientos. En lugar de ello, transmite su desamor en breves apartes («Kenneth reprime queja») y arroja fragmentos de amarga conversación. «Pareces un zombie», nos informa el diario que le dijo Orton a Halliwell el 23 de abril, sin analizar nunca por escrito las quejas de Halliwell muy a fondo. «Debo serlo -contestó él con tristeza-. Llevo la vida de un zombie.»

La presión emocional de Halliwell sobre Orton (gritando en la terraza de un restaurante de Tánger, montando un número en casa de Peter Willes, amenazando con suicidarse) es tan evidente como la negativa de Orton a permitir que le afecte. «Los tranquilizantes impiden que J. grite demasiado», escribe Orton el mismo día de la conversación del zombie.

Pero los diarios son también la crónica extraordinaria de las aventuras sexuales de Orton: no sólo su forma de registrarlas sino también de recordar el deseo. «En determinado momento -escribe Orton el 11 de junio--, con el pijo en su trasero, la imagen era (y lo es aún mientras escribo esto) abrumadoramente erótica...» Halliwell detestaba la promiscuidad de Orton.

El tema de los urinarios públicos era lo que más le obsesionaba.» Orton insistía en que sus relaciones casuales enriquecían su obra; pero también fomentaban la ira de Halliwell.

«¡Me repugna tanta inmoralidad! -le grita Halliwell a Orton el 2 de mayo, después de una desagradable cena con Clive y Tom - ¡Me repugnan los homosexuales!» La promiscuidad no sólo exacerbaba el sentimiento de culpabilidad sexual de Halliwell sino también su sensación de inadaptación sexual.

Quizá Halliwell hubiera sido el centro del afecto de Orton, pero jamás fue el foco de su deseo sexual. «Kenneth sabía perfectamente que Joe no le correspondía en absoluto en su cariño romántico -dice Peter Willes-. Joe no sentía por él más que ansia de protección y lealtad.» Pero la cuestión de las proezas sexuales se convirtió en foco de conflicto entre ambos.

Cuanto Halliwell grita ante los actores de Loot que Orton no es un superdotado sexual, Orton se ofende. y también irrita a Orton la baladronada de Halliwell sobre el asunto de los chaperillos tangerinos: Kenneth dijo: «Oh, esos chicos lo hacen todo». «No es cierto -dije yo-. Hay muchísimas cosas que no hacen.» Me indignaba que una persona que lo que quiere es que se la meneen dijera que los chicos hacen lo que sea. El sarcasmo sobre la capacidad sexual de Halliwell provoca su primera agresión violenta a Orton.

Orton provocaba instintivamente  lo espúreo; y, a cierto nivel, la promiscuidad era una forma de tantear y poner a prueba lo que consideraba la ilusión de Halliwell de su unidad familiar. «La familia, el hogar que ambos constituían y formaban, era algo falso y Joe lo sabía muy bien -dice Penelope Gilliatt-.

Joe percibía la falsedad lo suficiente como para lamentarla y ponerla a prueba lo más a menudo posible volviendo tarde a casa, con su promiscuidad y por todos los medios a su alcance. Para ver hasta dónde podía aguantar Halliwell. Creo que Joe se odiaba por aceptar y soportar el sometimiento.»

Los diarios sacaron la promiscuidad de Orton de la calle para llevarla a casa, bajo su techo común. El hecho de que Orton describiera estas escenas con tanta ironía y perspicacia, no hizo más que agravar el problema. Orton estaba haciendo una leyenda de algo muy destructivo para Halliwell. Describía estas escenas (y aderezaba con ellas las conversaciones) al mismo tiempo que Halliwell manifestaba su desesperada necesidad de que le amaran. Era un juego verdaderamente peligroso.

Orton no se limitaba a coquetear con la muerte en los urinarios públicos, sino también con Halliwell en casa. Halliwell y él ya habían explorado los violentos parámetros del autodesprecio y posesividad de Halliwell en The Boy Hairdresser.

Habían imaginado ya su muerte por escrito: «La belleza [de Orton] aplastada para siempre»; el sueño de Halliwell de un acto de venganza furiosa antes de poner fin a su propia vida: «Cuando se fuera, se llevaría a otros por delante... la última carcajada tenía que interpretarse bien».

En la novela de ambos, la venganza es torpe; no lo fue, en cambio, en la vida real. Los diarios fueron el centro de los dos ataques de Halliwell a Orton. El primero de ellos, en Tánger, ocurrió cuando Orton escribía su diario mientras Halliwell «me golpea en la cabeza y me quita el lápiz de la mano». En la segunda agresión, Hal1iwell dejó su nota suicida precisamente sobre los diarios, guiando a la policía hacia éstos como explicación del asesinato y de su propio suicidio.

Los diarios retoman la historia de Orton en el punto en que el poder de la relación de Orton y Halliwell se había inclinado irrevocablemente a favor del primero. Orton tenía una holgada cuenta corriente, un nombre importante y un gran futuro. Las cartas y las llamadas eran para él. Y Halliwell, que había sido su mentor, era ahora su empleado.

«Cuando le pregunté en qué trabajaba -recuerda el doctor Ismay de su primera entrevista con Halliwell-, me dijo: "Soy secretario". Luego resultó que era escritor.» Por la época de los diarios, las frustraciones y el resentimiento de Halliwell habían cambiado el tono de Orton de la dependencia de compañero a la indulgencia. «<Llegamos a casa, tomamos una taza de té, y todo fueron sonrisas hasta la hora de acostamos.») En los diarios, Orton observa continuamente a Halliwell y le parece un estúpido. Las quejas de Halliwell, sus remilgos, su timidez, su fatuidad, quedan bien reseñados en los apartes de Orton. y cuando Orton le defiende abiertamente de la calumnia de «nulidad de mediana edad», se ve obligado a añadir: «Kenneth tiene más talento, aunque oculto...».

Orton no consideró que estuviese oculto el talento de Halliwell cuando ambos se conocieron en la RADA en 1951.

 

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TEXTO extraído de "Joe Orton, DIARIO"  Editorial Grijalbo, (Barcelona) Editado por John Lahr. 1988

 

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