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Los proscritos siempre se lamentan
«Pensaba, hacía planes, esperaba
y, esperando, se hundía en los sueños», escribía Orton, resumiendo su vida
antes del éxito con una precisión que repetiría en Head to Toe y en The Boy
Hairdresser (1960). Y ahora que los sueños se habían hecho realidad, seguía
sin poder librarse de sus presentimientos. La felicidad era lo bastante rara
en la vida de Orton y Halliwell como para que tuvieran mucha fe en ella.
En su diario de Tánger escribió:
Kenneth y yo hablamos de lo felices que nos sentíamos los dos. Tendríamos
que pagar por ello. O caería sobre nosotros alguna desgracia, porque quizá
seamos demasiado felices. Ser jóvenes, bien parecidos, famosos, estar sanos,
ser relativamente ricos y felices quizá vaya contra natura... No espero
golpes fatales?!
«Los proscritos siempre se
lamentan», escribió Wilde para su epitafio, y la furiosa hilaridad de Orton
encierra siempre un sentimiento de pérdida. «No soy partidaria del dolor
privado -dice Fay en Lool, ridiculizando los ritos mortuorios-. Demuestra tus
emociones en público o no las demuestres.»
Orton transforma el dolor en agresión;
y .la tristeza nunca está muy por lejos del ingenio mortífero que demostró
en el escenario y fuera de él. «Joe tenía unos ojos
absolutamente negros e inexpresivos -dice Peter Willes-. Eran casi ojos
de muerto. Lo achaco a la desdicha.»
Orton poseía un largo historial de
rechazos. En Head lo Toe representaba su condición de perdido en un mundo
extraño, prisionero en un país que le confunde y en el cual su supervivencia
es incierta. «Siento una gran necesidad de conocimiento», dice Gombold,
portavoz de Orton en la ficción. Y más adelante: «Experimentó todas las
etapas de la desesperación por las que pasan los presos».
Orton estaba atrapado en las
privaciones de su origen de clase obrera de Leicester, primero de cuatro hijos
de una familia en la que no hubo nunca dinero ni atención suficientes.
Suspendió el examen escolar a los once años; fracasó como actor de la
Real Academia de Arte Dramático;
fracasó como escritor durante una década; no logró ser a los ojos de
la sociedad un ciudadano responsable, ni siquiera normal. Se reía incluso de
las mismas causas de su humillación: sus crédulos padres, la culpabilidad
sexual, los estereotipos
sociales, los dobles vínculos de autoridad que despreciaban su identidad.
«Había sufrido inmensamente por
la grosería general sobre la homosexualidad -dice la novelista Penelope
Gilliatt -. Estaba furioso. Vivió gran parte de su vida en un estado de cólera
fría, irónica y prodigiosa.»
Los diarios de Orton rezuman ira.
«No tiene ninguna gracia», dice Orton en un pasaje del diario de Tánger, en
mayo de 1967, tras aguantar con firmeza la mirada recriminatoria de una pareja
heterosexual con un osado alarde provocativo. «<Él quería que le follara
sobre una piel de leopardo que tenemos en casa, pero, la verdad, temo que el
semen estropee el dibujo de la piel de leopardo.»
Orton desplegaba en el escenario su
ingenio para conseguir el mismo fin: marcar las distancias entre él y todo lo
que le oprimía. «Si pudieras encerrar al enemigo en la habitación y
dispararle frases... », escribía Orton en 1961.
En 1967, sus andanadas estaban
desarmando al público; y el enemigo estaba dentro. «Cuando Joe me envió
Sloane, se refería a ella como «nuestra obra" -dice Peggy Ramsay-. La
primera vez no trajo a Kenneth. Pero en su segunda visita, me dijo: «¿Puedo
ir con mi amigo? ". Y luego siempre le acompañaba Kenneth.» Orton dedicó
Entertaining Mr. Sloane a Halliwell; en aquel entonces el propio Halliwell
hablaba de «un genio como nosotros».
Ésta fue siempre la pauta durante
1965 y 1966. Orton escribía a Halliwell desde Nueva York, nervioso por la
acogida de Sloane en Broadway: «No espero el éxito, pero nunca lo esperamos,
¿verdad?».
Y cuando se estrenó el primer
montaje de Loot, las cartas de Orton a Halliwell revelaban una dependencia y
una preocupación que no se advierte en absoluto en los diarios. «La obra es
un desastre -le decía en una carta del 9 de febrero de 1965, hablando de la
primera audición de la obra en Cambridge-.
Truscott apenas provocó risas. El
público parecía recibir las partes más extraordinarias con una seriedad
mortal... Tendré que hacer algún arreglo. No podré volver el miércoles. ¿Me
llamarás por teléfono? Es todo espantoso. He tenido dos discusiones de
proporciones de ataque de nervios. Le he dicho a [Peter] Wood que yo no soy un
escritor comercial y quizá ahora comprenda por qué es imposible que llegue a
ser un «humorista nacional"... Procuraré volver antes del fin de
semana, pero no puedo dejar la obra en este estado.» Las noticias desde
Oxford no eran mejores, pero el tono de Orton era igualmente solícito. «Si
te aburres demasiado sin mi, procura aguantar haciendo algo -le escribía; y
se despedía con : Mi cariño, Joe.
Volveré en cuanto me sea
humanamente posible. Aquí no callejeo. Son las semanas más deprimentes de
toda mi vida.»
Pero cuando la suerte de Orton
cambió, también cambió su relación con Halliwell. «Joe sólo tuvo una
relación agobiante asociada a la lealtad, que fue su relación con Ken -decía
Peggy Ramsay-. Ninguna otra persona le interesaba lo más mínimo.»
Orton fue fiel a Halliwell, a su
modo; pero en cuanto se convirtió en centro de la atención pública, se
sintió incapaz de reconocer la colaboración que había posibilitado su éxito.
Orton se había curado de muchos de los delirios culturales, pero no de su
egolatría.
La cruz de ser pareja de un famoso
La historia no es amable con
quienes se sacrifican al arte de otros. Emma Hardy fue tachada de difamadora,
mema, obtusa; Vivien Eliot, de lunática, de rémora para el gran poeta; y
Halliwell, de «nulidad de mediana edad». Todos ellos fueron los compañeros
silenciosos de artistas admirados y todos ellos tenían sus propias ambiciones
literarias.
Permanecieron unidos a su pareja
literaria, en parte, porque el compañero satisfacía un sueño y, en parte,
también, porque ellos habían ayudado a que tal sueño se hiciera realidad.
Pero su colaboración acabaría convirtiéndose en enajenación. Éste fue
concretamente el caso de Halliwell, que trabajó toda la vida para crear arte
y cuya gran creación fue el propio Orton. Halliwell suponía que con el éxito
de Orton él mismo obtendría algún prestigio.
Pero entonces Halliwell tuvo que
compartir a Orton con un nuevo amante: el público. «Si él pertenece al público
-escribía Emma Hardy a una amiga refiriéndose al matrimonio, aconsejándole
que no esperara gratitud, atención ni justicia-, los años de devoción no
cuentan en absoluto.» Halliwell se vio en la situación de ser a la vez
invisible e innecesario.
«Odiaba a Halliwell. No,
simplemente me desagradaba, no era lo bastante importante como para odiarle
-dice Peter Willes-. Le toleraba como toleras a la esposa del autor si quieres
su obra. .»
Halliwell vivía la desesperación
que han experimentado muchos compañeros de famosos: despreciados en público,
enloquecen en privado. «Todo el mundo quería conocer a Joe, Emlyn Williams,
Pinter, Rattigan -dice Peter Willes-.Presenté a Joe a Harold [Pinter], que
dijo que no podía creer que fuera tan joven.
Bueno, Joe parecía bastante más
joven de lo que era.» Pero Halliwell parecía mayor, y fuera de lugar. «iMe
trataron como a una mierda! -grita Halliwell en los diarios, aporreando la
pared tras pasar una velada con una nueva pareja deslumbrada por el nombre de
Orton-. ¡No me tratarán así! »
La fama amplió el campo de acción
del encanto de Orton, que Halliwell siempre había envidiado. «Dios está de
su lado y le defiende y cae bien a todo el mundo», dice el portavoz de
Halliwell en The Boy Hairdresser, de la forma en que Orton atraía a la gente.
La fama de Orton impedía a los demás
ver a Halliwell. «Con Halliwell había que hacer un gran esfuerzo -dice Peter
Willes-. Era antipático. Hacía falta un enorme tacto para no ignorarle sin más.»
Para llamar la atención, Halliwell exageraba su importancia y sus actos. Y
montaba números increíbles, como Vivien Eliot, que se presentó la noche del
estreno de The Rock con un cartel que decía: «Soy la mujer a la que él
abandonó».
Halliwell no llevaba carteles, pero
se puso una corbata de ex alumno de Eton para asistir a una fiesta que daba
Peter Willes. Orton iba a dar aquella noche a Willes What the Butter Saw para
que lo leyera. Si no podía conseguir la aprobación de los admiradores de
Orton, Halliwell optaba por la hostilidad como punto de partida: Fuimos a
cenar a casa de Peter Willes. Cuando llegamos, miró a Kenneth aterrado. «Llevas
una corbata de Eton!», chilló. «Sí -dijo Kenneth-. Es una broma.»
Peter
parecía asombrado y arrugó la cara en un rictus diabólico. «Pues me temo
que es una broma que se volverá en contra tuya. La gente supondrá que
quieren hacerte pasar por ex alumno de Eton. y se reirán de ti.» «Intento
ridiculizar Eton», dijo Kenneth. «¡Oh, no! -dijo Willes riendo con un
gritito--. ¡Eres patético! En fin, que no tiene ninguna gracia llevar esa
corbata, ¿sabes?» «¡Es una broma! -dijo Kenneth, mohíno, algo azorado y
furioso--. La gente lo comprenderá.» «La gente que yo conozco, no», dijo
Kenneth. «Les parecerá divertido.» «Provocas la irritación de los demás»,
dijo Willes. «Me tiene sin cuidado -dijo Kenneth, riéndose con una risa algo
forzada- Quiero irritarles... »
Si bien Orton reconoció siempre en
privado la importancia de Halliwell en su obra, lo eliminó completamente de
la historia pública de su éxito. «Todos los que estáis locos por Orton, en
realidad no tenéis idea de c6mo es», diría Halliwell la misma noche de la
fiesta de Willes. Pero a nadie le interesaba lo más mínimo la opini6n de
Halliwell, solo la de Orton. Halliwell solía irse de casa cuando
entrevistaban a Orton.
Estaba fuera el día que Orton
explicó las raíces de su estilo mandarín al The Transatlantic Review: «Me
gustan Luciano y los autores clásicos -dijo Orton en esta ocasi6n, sin
mencionar para nada cómo había adquirido tales gustos-. Supongo que es eso
lo que hace distinta mi escritura, ¡una anticuada formación clásica! Que
jamás recibí, sino que me la proporcioné yo mismo». Dijo también que había
estado casado y se había divorciado. Sus comentarios sobre el matrimonio eran
una inquietante proyecci6n de su tensa relación con Halliwell.
Lazos deshechos
«Simplemente no funcionó, quiero
decir que yo era demasiado joven -dijo Orton, que se fue a vivir con Halliwell
siendo adolescente-. Nos distanciamos. Ese tipo de matrimonio nunca dura.» y
todavía, dos meses antes del día de su muerte, Orton insistió, en una
entrevista para el Evening News, en la necesidad de libertad que tiene el
escritor como la razón de que no hubiera vuelto a casarse. «Es algo que se
relaciona también con la posesividad. Hasta en los matrimonios muy liberales,
la esposa y los hijos son tu propiedad. y han de ser también tu
responsabilidad...»
Excluido escrupulosamente de la
vida pública de Orton, Halliwell empezó a excluirse también de su mundo
social. «Orton era muy protector con Halliwell -dice Peter Willes-. No iba a
ningún sitio sin él. Y le daba igual causar mala impresión. Era una cuestión
de "acéptame tal como soy".» Pero en las últimas semanas de su
vida, Orton había aceptado asistir sin Halliwell a una fiesta de grandes
luminarias del mundo del espectáculo que daba Dorothy Dickson.
Fue asesinado una semana después
de la fiesta, pero ya antes era patente la amargura de Halliwell. «Ken vino a
verme mientras esperaba que el doctor Ismay le recetara unos tranquilizantes
-dice Peter Willes, que ayudaba a organizar la fiesta, cuando se presentó
Halliwell en la casa el 7 de agosto de 1967-. "No te imaginas cómo se
pone Joe ante la idea de la separación. No sabes hasta qué punto depende de
mí." Estaba deseando echarle de allí. Pensé desinfectar el lugar.
Telefoneé a Joe y le dije: "Oye, no puedes dejar a Kenneth y venir a la
fiesta". Fue una gran decisión porque era una gran fiesta. Fue la
primera vez que tuve la certeza de que hablaba con Joe realmente porque
Kenneth acababa de salir de mi piso. Ken imitaba la voz de Joe al teléfono
(parecía realmente él) y tenías que andar con cuidado. Quería saber lo que
la gente le decía a Joe, todo lo que pudiera tener que ver con su vida en común.»
Los famosos dejan en torno suyo
vidas destrozadas que los biógrafos pasan por alto o tergiversan, o que ellos
mismos rescriben. Cuando Emma Hardy murió, Thomas Hardy
quemó el testimonio del diario de
ella titulado «Lo que opino de mi marido», escribió de forma anónima su
propia biografía y reconstruyó la barbarie de su relación en forma
de delicada poesía. Eliot selló
con el silencio su pasado estipulando en el testamento que no se escribiera
ninguna biografía, mientras que los administradores de su herencia siguen comprando y acaparando la
correspondencia de Vivien Eliot.
Orton no tuvo tiempo de rescribir
su historia.
Sus diarios ofrecen un vislumbre
excepcional, aunque inconsciente, de la agobiante dinámica del engreimiento
de la celebridad. Tal como presupone la nota de suicida de Halliwell «Todo se
explicará si leen estos diarios», los diarios constituían una explicación
y una provocación. Orton poseía el futuro, el pasado e incluso el
sufrimiento de Halliwell.
Los diarios no sólo son la crónica
del drama de ambos, sino también un pilar del mismo. Orton y Halliwell vivían
en una proximidad física extraordinaria. Su vivienda no llegaba a veinte
metros cuadrados: Era un espacio tan reducido que no podían moverse en él
con comodidad dos personas al mismo tiempo. Orton escribió el grueso de sus
diarios prácticamente delante de las narices de Halliwell. Los guardaba en
una carpeta de cuero rojo veteado en el escritorio, donde Halliwell podía
leer perfectamente (y así lo hacía) su torturante contenido.
Todo en los diarios era
provocativo, símbolo del repliegue de Orton en sí mismo y de su
distanciamiento de Halliwell. El título, que subrayaba la originalidad de
Orton, era también un recordatorio de que si Orton era alguien, por deducción,
Halliwell no era nadie.
Orton era el centro de la vida de
Halliwell; pero el propio Halliwell podía ver en los diarios que en la vida
llena de acontecimientos de Orton él sólo era un personaje secundario, cada
vez menos importante (y a menudo irritante).
La memoria de Orton es
inevitablemente selectiva. Sus descripciones de la depresión de Halliwell
(las discusiones, las quejas, la quisquillosa arrogancia) están bien
documentadas; pero no se desvelan en absoluto los hechos que hay tras estas
escenas. «Halliwell se sentía excluido y desdeñado en cierto modo -dice el
doctor Douglas Ismay, médico de medicina general, interesado por la psicología,
a quien Peter Willes había enviado a Halliwell para que le ayudara y que dio
a éste tofranil y simpatía-. La gente ignoraba que él había ayudado a
escribir y a publicar algunas de las obras
de teatro de Orton. Me contó que Orton tenía una educación muy
inferior a la suya y que recurría a su conocimiento y dominio del idioma. Se
sentía frustrado.»
Aunque Orton, reconoce en los
diarios la perspicacia crítica de Halliwell, no analiza sus quejas. En la
visión que nos ofrece de su vida cotidiana, Halliwell es un simple accesorio.
Y entonces ya lo era realmente.
The Ruffian on the Stair, que Orton
pulió para el Royal Court, era una adaptación de la novela de ambos The Boy
Hairdresser. Y según el propio Orton, Sloane era «nuestra obra». Incluso la
prodigiosa habilidad de Orton para los diálogos debía su fuerza al collage
que en principio fascinaba a Halliwell. El imperialismo de la fama de Orton
devoró absolutamente a Halliwell
La pareja como un dolor en el
costado.
Según el doctor Ismay, Halliwell
dijo que «Orton le consideraba un dolor de costado, un pesado que se interponía
entre él y el éxito». Orton apenas expresa en los diarios sus sentimientos.
En lugar de ello, transmite su desamor en breves apartes («Kenneth reprime
queja») y arroja fragmentos de amarga conversación. «Pareces un zombie»,
nos informa el diario que le dijo Orton a Halliwell el 23 de abril, sin
analizar nunca por escrito las quejas de Halliwell muy a fondo. «Debo serlo
-contestó él con tristeza-. Llevo la vida de un zombie.»
La presión emocional de Halliwell
sobre Orton (gritando en la terraza de un restaurante de Tánger, montando un
número en casa de Peter Willes, amenazando con suicidarse) es tan evidente
como la negativa de Orton a permitir que le afecte. «Los tranquilizantes
impiden que J. grite demasiado», escribe Orton el mismo día de la conversación
del zombie.
Pero los diarios son también la crónica
extraordinaria de las aventuras sexuales de Orton: no sólo su forma de
registrarlas sino también de recordar el deseo. «En determinado momento
-escribe Orton el 11 de junio--, con el pijo en su trasero, la imagen era (y
lo es aún mientras escribo esto) abrumadoramente erótica...» Halliwell
detestaba la promiscuidad de Orton.
El tema de los urinarios públicos
era lo que más le obsesionaba.» Orton insistía en que sus relaciones
casuales enriquecían su obra; pero también fomentaban la ira de Halliwell.
«¡Me repugna tanta inmoralidad!
-le grita Halliwell a Orton el 2 de mayo, después de una desagradable cena
con Clive y Tom - ¡Me repugnan los homosexuales!» La promiscuidad no sólo
exacerbaba el sentimiento de culpabilidad sexual de Halliwell sino también su
sensación de inadaptación sexual.
Quizá Halliwell hubiera sido el
centro del afecto de Orton, pero jamás fue el foco de su deseo sexual. «Kenneth
sabía perfectamente que Joe no le correspondía en absoluto en su cariño romántico
-dice Peter Willes-. Joe no sentía por él más que ansia de protección y
lealtad.» Pero la cuestión de las proezas sexuales se convirtió en foco de
conflicto entre ambos.
Cuanto Halliwell grita ante los
actores de Loot que Orton no es un superdotado sexual, Orton se ofende. y
también irrita a Orton la baladronada de Halliwell sobre el asunto de los
chaperillos tangerinos: Kenneth dijo: «Oh, esos chicos lo hacen todo». «No
es cierto -dije yo-. Hay muchísimas
cosas que no hacen.» Me indignaba que una persona que lo que quiere es que se
la meneen dijera que los chicos hacen lo que sea. El sarcasmo sobre la
capacidad sexual de Halliwell provoca su primera agresión violenta a Orton.
Orton provocaba instintivamente
lo espúreo; y, a cierto nivel, la promiscuidad era una forma de
tantear y poner a prueba lo que consideraba la ilusión de Halliwell de su
unidad familiar. «La familia, el hogar que ambos constituían y formaban, era
algo falso y Joe lo sabía muy bien -dice Penelope Gilliatt-.
Joe percibía la falsedad lo
suficiente como para lamentarla y ponerla a prueba lo más a menudo posible
volviendo tarde a casa, con su promiscuidad y por todos los medios a su
alcance. Para ver hasta dónde podía aguantar Halliwell. Creo que Joe se
odiaba por aceptar y soportar el sometimiento.»
Los
diarios sacaron la promiscuidad de Orton de la calle para llevarla a casa,
bajo su techo común. El hecho de que Orton describiera estas escenas con
tanta ironía y perspicacia, no hizo más que agravar el problema. Orton
estaba haciendo una leyenda de algo muy destructivo para Halliwell. Describía
estas escenas (y aderezaba con ellas las conversaciones) al mismo tiempo que
Halliwell manifestaba su desesperada necesidad de que le amaran. Era un juego
verdaderamente peligroso.
Orton no se limitaba a coquetear
con la muerte en los urinarios públicos, sino también con Halliwell en casa.
Halliwell y él ya habían explorado los violentos parámetros del
autodesprecio y posesividad de Halliwell en The Boy Hairdresser.
Habían imaginado ya su muerte por
escrito: «La belleza [de Orton] aplastada para siempre»; el sueño de
Halliwell de un acto de venganza furiosa antes de poner fin a su propia vida:
«Cuando se fuera, se llevaría a otros por delante... la última carcajada
tenía que interpretarse bien».
En la novela de ambos, la venganza
es torpe; no lo fue, en cambio, en la vida real. Los diarios fueron el centro
de los dos ataques de Halliwell a Orton. El primero de ellos, en Tánger,
ocurrió cuando Orton escribía su diario mientras Halliwell «me golpea en la
cabeza y me quita el lápiz de la mano». En la segunda agresión, Hal1iwell
dejó su nota suicida precisamente sobre los diarios, guiando a la policía
hacia éstos como explicación del asesinato y de su propio suicidio.
Los diarios retoman la historia de
Orton en el punto en que el poder de la relación de Orton y Halliwell se había
inclinado irrevocablemente a favor del primero. Orton tenía una holgada
cuenta corriente, un nombre importante y un gran futuro. Las cartas y las
llamadas eran para él. Y Halliwell, que había sido su mentor, era ahora su
empleado.
«Cuando le pregunté en qué
trabajaba -recuerda el doctor Ismay de su primera entrevista con Halliwell-,
me dijo: "Soy secretario". Luego resultó que era escritor.» Por la
época de los diarios, las frustraciones y el resentimiento de Halliwell habían
cambiado el tono de Orton de la dependencia de compañero a la indulgencia. «<Llegamos
a casa, tomamos una taza de té, y todo fueron sonrisas hasta la hora de
acostamos.») En los diarios, Orton observa continuamente a Halliwell y le
parece un estúpido. Las quejas de Halliwell, sus remilgos, su timidez, su
fatuidad, quedan bien reseñados en los apartes de Orton. y cuando Orton le
defiende abiertamente de la calumnia de «nulidad de mediana edad», se ve
obligado a añadir: «Kenneth tiene más talento, aunque oculto...».
Orton no consideró que estuviese
oculto el talento de Halliwell cuando ambos se conocieron en la RADA en 1951.
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