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Introducción
El 30 de abril de 1967, el cómico
Kenneth Williams paseaba por Hyde Park con Joe Orton y Kenneth Halliwell,
compañero de éste desde hacía dieciséis años. Kenneth había
protagonizado en 1965 el primer montaje (desastroso) de la obra de Orton Loot,
cuyo título era de Halliwell y que, tras una revisión y un nuevo montaje,
era el éxito teatral del año en el West End.
Williams interpretó el escándalo
en sus papeles de seriales radiofónicos y televisivos; pero Orton lo vivía.
Williams fue siempre un excelente espectador de la desmesurada irreverencia
que caracterizó la vida de Orton y su ironía. En esta ocasión, Orton explicó
cómo se había ligado a un individuo cerca de unos urinarios públicos.
Williams recoge en su diario la
conversación: Habíamos estado observándonos con cautela... y el tipo va y
me pregunta: «¿Tienes dónde ir?». Joe dijo (delante de Halliwell): «Le
dije que vivía con alguien y que no era oportuno ir a mi casa».
Él entonces comentó: «Yo a veces
me voy con tipos que me ligan por aquí. Y algunos tienen unas casas
estupendas. Y buena pasta, seguro. Han llegado a darme a veces hasta treinta
chelines. Y no tienen pinta de afeminados. Algunos tienen un aspecto muy
viril; desde luego, por la pinta nunca imaginarías que fueran maricas. Pero
yo me doy cuenta siempre, claro, porque todos tienen todos los discos de Judy
Garland. Ésa es la clave que les delata». Le dije a Joe que era increíble
lo bien que recordaba los diálogos y los diferentes acentos. «Captas
exactamente la esencia del personaje que describes», le dije. y Joe coment6:
«Sí, he empezado a escribir un diario».
Comenté entonces que Pepys *
escribía en clave las alusiones a los asuntos sexuales para que nadie se
enterara. «A mí eso me tiene sin cuidado», dijo Joe.
«Todo el problema de la sociedad
occidental hoy es que no hay nada digno de ocultarse», escribió Orton en su
diario, que cubre los últimos ocho memorables .meses de su vida.
Joe se había obligado a asumir el
papel de proscrito rebelde, al margen de toda culpabilidad y de toda vergüenza.
A sus treinta y cuatro años, con antecedentes penales por deteriorar los
libros de la biblioteca pública, Orton había rechazado el mundo del trabajo
convencional, de la sexualidad convencional y de la erudición convencional.
Era un iconoclasta que creía que ser rebelde sin aplausos carece de sentido.
A Joe Orton le encantaba
escandalizar. El éxito de Loot le envalentonó. «Bien, ya pasaron el ruido y
la furia -escribía el 4 de octubre de 1966 a un amigo, al que enviaba
recortes de periódicos en los que se le comparaba con Ben Jonson y G. B. Shaw
y le denominaban (esto le encantó) "el Oscar Wilde cortesía del Estado
de bienestar " Loot y Joe
Orton son un gran éxito.
Estoy agotado. Dieciocho meses de
lucha para reivindicar el honor de mi obra (el mío personal está al margen
de toda posible reivindicación) me han dejado exhausto.» Pero, con el éxito,
la vida y el estilo literario de Orton adquirieron nuevos bríos. Joe tituló
el diario que empezó a escribir dos meses después Diario de alguien.
La idea de escribir un diario partió
de su agente Peggy Ramsay, que se lo sugirió en 1965. «No escribí el diario
marroquí que querías -le escribía Orton el 30 de agosto de 1965-. Pensé
que sería difícil que lo publicaran.»
Ramsay siguió insistiendo en que
escribiera sus aventuras tangerinas, en que, si no lo hacía él, lo hiciera
Halliwell, cuyas ambiciones literarias Orton había heredado primero y
superado después. «Insisto en que al menos uno de los dos empiece a escribir
un diario a la Gide... estoy segura de que es una excelente idea que los
editores acogerían con entusiasmo -les escribió, prematuramente, como se vería
después-. ¿Por qué no lo hablas con Ken, que tiene verdadero talento para
escribir aunque le resulten tan difíciles los argumentos teatrales?»
Pero Halliwell estaba perdiendo rápidamente
la confianza literaria que pudiera quedarle aún. Había recibido un último
rechazo al día siguiente de estrenarse Loot, con críticas extraordinarias, y
fue precisamente de la agente de Joe: «Lo que he leído -escribía Peggy
Ramsay, aburridísima al terminar The Facts of Life de Halliwell- parece la
adaptación de una novela, porque el primer diálogo, por ejemplo, es
endiabladamente literario y los diálogos casi siempre sobrepasan su propia
capacidad "de contención"».
Antes de renunciar definitivamente
a escribir, Halliwell envió la obra a algunos otros agentes literarios y a
Peter Willes, que produjo las obras de Orton para televisión. «Ken me envió
varias obras suyas -recordaba Peter Willes-. No tenían nada que ver con las
de Orton. Eran muy seudo Ronald Firbank.»*
Halliwell, que no llegó a
encontrarse a sí mismo, tampoco logró encontrar su voz literaria. Orton, sí.
El impecable despliegue de destreza verbal de Orton era un gran insulto que
fortalecía su propia actitud defensiva. Pero la picardía literaria de
Halliwell desenmascaraba aún más
su propia inseguridad.
Entre octubre y la fecha en que
Orton empezó a escribir el diario en diciembre, Halliwell renunció a la
obsesión literaria que había dominado la vida adulta de ambos y se dedicó a
sus collages. «¿No se hallará mi auténtico talento, si es que 10 tengo, en
esta dirección?», le escribía a Peggy Ramsay el 30 de octubre de 1966.
Ahora el escritor era Orton; y Halliwell, que había alimentado y fomentado la
habilidad y la ambición de Orton, fue convirtiéndose en un factótum.
Inevitablemente, la idea de escribir un diario pasó a ser un proyecto de
Orton.
«Estoy escribiendo un diario
-
decía en carta de mayo de 1967 desde Tánger, a los
cinco meses de haber empezado a escribirlo- para que se publique mucho después
de mi muerte.» Para Joe Orton el valor de un diario radicaba en la franqueza.
La realidad, tal como insistió en sus obras, era el ultraje definitivo.
Orton
despreciaba el falso decoro (los «asteriscos verbales») con que las figuras
públicas amañan y adornan el cuadro de su existencia. «Es increíble -se
lamentaba a Peggy Ramsay- que a medida que la gente se hace mayor y tiene
menos que perder si dice la verdad, se vuelva más discreta y no a la inversa.»
Orton creía que la indiscreción es parte esencial del valor. «Se
consideraba un escritor muy importante -dijo Kenneth Cranham, amigo de Orton,
que interpretó a Hal en el primer montaje que se hizo en Londres de Loot.
Sabia que su vida sería
interesante
Solía hablar de su diario. Tenía
una idea muy clara de este diario... «Subo más y más y más», le escribía
a un amigo en marzo de 1967; y el diario era un símbolo de la confianza de
Orton en su nuevo ímpetu recién hallado. Su vida iba a ser interesante,
después de todo. Durante un tiempo, ioc1uso después de haberse abierto paso,
no estuvo tan seguro. «Sloane no fue fácil. No fue el éxito rotundo de crítica
que cree la gente -decía Orton-. Tuve que abrirme paso a golpes.»
Aunque Entertaining Mr. Sloane
(1964) fue un éxito en Londres, no así en Broadway, donde fracasó
estrepitosamente. «Ahora tengo que terminar porque me estoy poniendo
lacrimoso y he de irme -escribió Orton (el 21 de octubre de 1965) a Alan
Schneider, que dirigió la obra en Estados Unidos, al saber que la obra iba a
retirarse después de trece representaciones, disimulando, con una actitud muy
propia de él, su pena con una broma-.« El aire en Islington es como vino.»'
El fracaso del primer montaje de la
segunda obra larga de Orton, Loot, hizo tambalearse su carrera y su seguridad.
Orton estuvo un tiempo sin escribir.
Amenazó con dejar el teatro. «Soy
absolutamente capaz de hacerlo - advirtió sólo cuatro
meses antes de que su carrera y su fama recibieran un nuevo impulso-. Siempre
he admirado a Congreve, que dejó de escribir después del fracaso de Way of
the World. y a Rimbaud, que dio la espalda al mundo literario después de
escribir unos cuantos libros.» Pero el éxito de Loot liberó a Orton. Antes
de tal éxito, era una promesa; ahora era importante. Su vida y su estilo
literario adquirieron nuevo vigor. Estaba en plena forma, se divertía y
escribía como el joven maestro que sabía que era. El descaro optimista del
estilo cómico de Orton se desarrolló principalmente en los últimos ocho
fecundos meses de su vida.
En ese tiempo, además de los
diarios, escribió Funeral Games, un capricho macabro sobre la fe y la
justicia; rescribió su primera obra, The Rullian on the Stair (1963) y The
Erpingham Camp (1965) para su estreno escénico bajo el título conjunto
Crimes of Passion; completó el guión cinematográfico Up Against lt; y
rescribió su farsa magistral What the Butler Saw.
Las obras de Joe Orton captaban el
talante psicopático de la época, la búsqueda impaciente y despiadada de
sensaciones cuya demencial frivolidad proclamaba la renuncia al sufrimiento.
Los diarios no sólo son una crónica de imaginación dramática única sino
también la crónica de la disparatada libertad de la época: una época
anterior al fracaso de la política radical, anterior al desempleo masivo,
anterior al SIDA.
Orton albergaba desde hacía mucho
fantasías de omnipotencia. Ya en 1961, en su novela Head lo Toe,8 concibió
un nuevo tipo de escritura que provocara una «alteración sísmica» de tales
proporciones que su «onda expansiva siguiera matando durante siglos y siglos»
Orton halló en la farsa la forma
de transformar su agresividad en gloria. «Para que las palabras sean
destructivas -escribió-, tienen que ser irrefutables.»!O Y su arduo estilo
epigramático lo consiguió plenamente. «En la locura y en el vómito es el
transeúnte quien soporta los inconvenientes.» Los diarios de Orton expresan
su deseo de enloquecer de placer al público.
El autor debe escandalizar
«Mucha más jodienda -escribe el
26 de marzo de 1967, tomando nota para reforzar en tal sentido What the Buller
Saw- y no tardarán en ponerse a gritar histéricos.» Escandalizar y asombrar
es la aspiración de todos los grandes autores cómicos, una sacudida que
alboroce e infantilice al público; la comedia de Orton encarna este espíritu
de anarquía; en What Ihe Buller Saw invocaba incluso el símbolo tradicional
del bufón para conseguirlo: el pene!
La farsa se mueve en la aceptación
común de la inseguridad y crea la ilusión del dominio. La obsesión de Orton
por el pene, dentro y fuera del escenario, le hacía transformar sus temores
de inadaptado en un espectáculo de potencia y control.
«Yo soy arroyo -dijo-. y no lo
olvides nunca porque yo no lo olvidaré.» Se consideraba una mezcla de «crueldad
y encanto» y registraba el efecto de su calculada dureza. Había soportado
muchas cosas y se había endurecido.
Peggy Ramsay recuerda así su primer
encuentro: «Fui muy dura con él, porque tenía talento. Y poseía una
maravillosa despreocupación». y en su carta a Harold Hobson unos meses después,
pidiéndole que asistiera al estreno de Entertaining Mr. Sloane, se advierte
la admiración de Ramsay por la dureza de Orton: Recibí la obra en enero; me
pareció ingeniosísima y quise conocer al autor. El joven me impresionó muchísimo.
Le dije con franqueza que no estaba segura de la conveniencia de vender la
obra por si la crítica la tildaba de «pinteriana».
Él repuso que hiciera
lo que me pareciera y que podía arreglarse fácilmente si no la vendía
porque vivía con 3 libras y 10 chelines semanales de la Seguridad Social 13 y
que llevaba haciéndolo «desde que había salido». Luego me contó que había
estado seis meses en Wormwood Scrubs por una serie de robos menores y que había
sido bastante beneficioso para él. Cuando le pregunté si se proponía volver
a la delincuencia dijo que por supuesto no, siempre que fuera posible ganarse
la vida de otro modo.
Decidí finalmente conseguir que
representaran pronto la obra en el Arts... Entretanto, he intentado ayudar al
autor con dinero; él siempre rechaza mis ofertas diciendo con delicadeza y
firmeza que no le hace falta y que «puede arreglárselas». Le ofrecí
incluso regalarle un televisor y me dijo que estaba muy bien sin televisión.
Me impresiona mucho un joven que no
quiere explotar a la gente, que está dispuesto a vivir con tres libras y diez
chelines a la semana, y que no se queja ni anda soltando el rollo de la mala
suerte.'
Con la llegada del éxito, Orton
siguió haciéndose fama de duro. Utilizó con el Evening Standard otra
comparación con Oscar Wilde aparte del ingenio: «Yo no sufrí en la cárcel
como Oscar Wilde. Claro que Wilde era débil e indulgente consigo mismo. Lo de
que los escritores son plantas delicadas es un mito. No lo son en absoluto. Es
una estúpida idea decimonónica. Seguro que Aristófanes no era tan delicado»!
Se había retratado con el torso desnudo y los brazos en jarras en ángulos rígidos
y oscuros, mirando fijamente a la cámara con la mirada fría de un tipo duro.
Orton no sólo se ufanaba de estar
bien hecho «Seré el dramaturgo moderno mejor formado, aunque no sea otra
cosa») sino también de estar bien dotado sexualmente. Para la famosa
fotografía reclinado en una tumbona con la entrepierna abultada en primer
plano, Orton se había rellenado el
bañador con papel higiénico! «Parecía duro y prieto -recordaba el actor
Simon Ward-. Joe tenía el pelo como un
pequeño casquete ajustado. Caminaba muy erguido, con las nalgas apretadas y
la pelvis adelantada. Así sólo puedes caminar de una forma: una mezcla de
balanceo de marinero y autómata.»
La arrogancia de Orton, al igual
que el diálogo fanfarrón de sus personajes, ofrecía una imagen de potencia
que demostraba en el fondo insuficiencia. El policía Truscctt de Loot, por
ejemplo, dice: «¿Cómo osas ponerme en una situación de la que no existen
referencias?». Sus diarios demuestran que ante situaciones que le hacían
sentirse «débil», o que no podía dominar (las enervante s broncas con
Halliwell, el estreno deprimente de Crimes of Passion, el funeral de su
madre), trataba de demostrar y reafirmar su fortaleza en los peligros anónimos
de los urinarios públicos.
El título irónico de los diarios
demuestra que, a cierto nivel, era consciente del aspecto irónico de tener
que mostrarse siempre fuerte e importante. En los diarios hay muchos ejemplos
de una despreocupada burla de sí mismo.
«Quizá sea mejor que se busque
otro escritor», dice tranquilamente al representante de los Beatles, cuando
los «fabulosos cuatro» no comparecen a la cita para discutir la posibilidad
de que escribiera el guión de su siguiente película. Pero luego estropea la
asombrosa impresión de firmeza con un salida bufonesca. «Al salir tropecé
en la alfombra
y casi choco con la secretaria, que
soltó un gritito de sorpresa al verme pasar disparado. Nunca menciono esto
cuando cuento la historia. La concluyo siempre con una nota de dignidad
ofendida.»
La fama le protegía del
sentimiento de humillación. Conseguía sacar provecho de los fracasos (el
viaje de un solo día a Libia, el rechazo de su guión para la película de
los Beatles, el fiasco del premio de The Evening Standard).
Pero la búsqueda de
invulnerabilidad domina toda su vida al igual que su ironía teatral. Las
conocidas bromas de Orton (estropear «libros estúpidos y mal escritos» y
las cartas que escribía en un tono de estúpida clase media inglesa y que
firmaba «Sra. Edna Welthorpe», aunque divertidísimas, son bromas
defensivas.
La travesura es agresiva, pero no
se ve al culpable, es obra de un embaucador con una cólera enorme y un ego
vacilante. Orton pegó una cita anónima en la contraportada del álbum de
recortes de Loot: «No estaba tan seguro de mí mismo como me hubiera gustado
y por eso adoptaba una actitud descarada y simulaba ser mucho más duro de lo
que era en realidad... Afrontaba las situaciones con una actitud cínica e irónica
porque así conseguía que no fueran demasiado dolorosas...».
El paisaje londinense de Orton es
de una gran desolación: un mundo sucio de privaciones, aislamiento,
ignorancia y decadencia manifiesta: «Yo creo en el pecado original -dijo
Orton- La gente me parece malísima e irresistiblemente cómica». Los
urinarios públicos fueron con frecuencia el escenario en el que esta idea se
confirmaba más atrozmente.
«Allí mismo, a un paso -escribe
Orton en sus diarios, describiendo la escena de ocho individuos (incluido él
mismo) acariciándose y masturbándose unos a otros en un urinario a oscuras-,
los ciudadanos de Holloway se dedicaban a sus propios asuntos.»
Pero si bien Orton saborea la ironía,
transmite también en los diarios la tristeza de aquellos encuentros fortuitos
en los urinarios. Registra, por ejemplo, el patetismo del vagabundo que canta
Tuve una vez un amor secreto. O la escena conmovedora de dos viejas actrices
sin trabajo que hablan de su propia decrepitud. «Era una escena tristísima
-escribe Orton, con una táctica que él mismo utilizaba en sus obras-, por lo
animosamente que se interpretaba.»
Los diarios están salpicados también
de notas cómicas en la época de la muerte de su madre, cuando a su padre le
atropella un coche y se queda ciego y' cuando su relación con Halliwell y el
propio Halliwell se están yendo a pique.
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