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| Algunos poemas |
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Este perfume intenso de tu carneEste perfume
intenso de tu carne
Tú, yo mismo
Tú, yo mismo, seco como un viento
derrotado Lloro como una madre que ha reemplazado al hijo único
muerto.
Breve romance de ausencia
Único amor, ya tan
mío Mis manos te han olvidado No quiero encontrarte
nunca, Como un día me la diste Otro se fue, que no tú, Otro es éste, que no yo,
Junto a tu cuerpoJunto a tu cuerpo
totalmente entregado al mío
Hoy no lucióHoy no lució la estrella
de tus ojos. En ti mi soledad se
reconcilia Alga y espumas frágiles,
mis besos ¿A qué la flor perdida
Al poema confíoAl poema confío la pena de perderte. He de lavar mis ojos de los azules tuyos, faros que prolongaron mi naufragio. He de coger mi vida desecha entre tus manos, leve jirón de niebla que el viento entre sus alas efímeras dispersa. Vuelva la noche a mí, muda y eterna, del diálogo privada de soñarte, indiferente a un día que ha de hallarnos ajenos y distantes.
AmorAmar es este tímido silencio cerca de ti, sin que lo sepas, y recordar tu voz cuando te marchas y sentir calor de tu saludo. Amar es aguardarte como si fueras parte del ocaso, ni antes ni después, para que estemos solos entre los juegos y los cuentos sobre la tierra seca. Amar es percibir, cuando te ausentas, tu perfume en el aire que respiro, y contemplar la estrella en que te alejas cuando cierro la puerta de la noche. Breve romance de ausenciaÚnico amor, ya tan mío que va sazonando el Tiempo ¡qué bien nos sabe la ausencia cuando nos estorba el cuerpo! Mis manos te han olvidado pero mis ojos te vieron y cuando es amargo el mundo para mirarte los cierro. No quiero encontrarte nunca, que estás conmigo y no quiero que despedace tu vida lo que fabrica mi sueño. Como un día me la diste viva tu imagen poseo; que a diario lavan mis ojos con lágrimas tu recuerdo. Otro se fue, que no tú, amor que clama el silencio si mis brazos y tu boca con las palabras partieron. Otro es éste, que no yo, mudo, conforme y eterno como este amor, ya tan mío que irá conmigo muriendo. El amigo idoMe escribe Napoleón: "El Colegio es muy grande, nos levantamos muy temprano, hablamos únicamente en inglés, te mando un retrato del edificio..." Ya no robaremos juntos dulces de las alacenas, ni escaparemos hacia el río para ahogarnos a medias y pescar sandías sangrientas. Ya voy a presentar sexto año; después, según las probabilidades, aprenderé todo lo que se deba, seré médico, tendré ambiciones, barba, pantalón largo... Pero si tengo un hijo haré que nadie nunca le enseñe nada. Quiero que sea tan perezoso y feliz como a mí no me dejaron mis padres ni a mis padres mis abuelos ni a mis abuelos Dios.
Vieja alameda triste en que el árbol medita, en que la nube azul contagia su quebranto y en que el rosal se inclina al viento que dormita: te traigo mi dolor y te ofrezco mi llanto. He vuelto. Soy el mismo. La misma sed que me aqueja y embelesa mi oído idéntica canción, y soy aquel que ama el minuto que deja un poco más de llanto dentro del corazón. He vuelto. A tu silencio otoñal, he buscado vanamente mis huellas entre todas las huellas, y mi ilusión es una hoja muerta de aquellas que estremecía el viento y que el sol ha dorado. ...Y mientras quiero acaso recomenzar la senda y un mal irremediable consume los destellos del sol, vieja alameda, y te guardo mi ofrenda, tú contemplas mis ojos y miras mis cabellos. EpifaniaUn domingo Epifania no volvió más a la casa. Yo sorprendí conversaciones en que contaban que un hombre se la había robado y luego, interrogando a las criadas, averigüé que se la había llevado a un cuarto. No supe nunca dónde estaba ese cuarto pero lo imaginé, frío, sin muebles, con el piso de tierra húmeda y una sola puerta a la calle. Cuando yo pensaba en ese cuarto no veía a nadie en él. Epifania volvió una tarde y yo la perseguí por el jardín rogándole que me dijera qué le había hecho el hombre porque mi cuarto estaba vacío como una caja sin sorpresas. Epifania reía y corría y al fin abrió la puerta y dejó que la calle entrara en el jardín.
1955Al poema confío la pena de perderte. He de lavar mis ojos de los azules tuyos, faros que prolongaron mi naufragio. He de coger mi vida desecha entre tus manos, leve jirón de niebla que el viento entre sus alas efímeras dispersa. Vuelva la noche a mí, muda y eterna, del diálogo privada de soñarte, indiferente a un día que ha de hallarnos ajenos y distantes.
1961Gracias, Señor, porque me diste un año en que abrí a tu luz mis ojos ciegos; gracias porque la fragua de tus fuegos templó en acero el corazón de estaño. Gracias por la ventura y por el daño por la espina y la flor; porque tus ruegos redujeron mis pasos andariegos a la dulce quietud de tu rebaño. Porque en mí floreció tu primavera; porque tu otoño maduró mi espiga que el invierno guarece y atempera. Y porque, entre tus dones, me bendiga -compendio de tu amor- la duradera felicidad de una sonrisa amiga.
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