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Hace más de medio siglo nada menos, moría en Londres
Vaslav Fomich
Nijinski, cuyo prestigio y grandeza como bailarín y coreógrafo excedió
largamente los prolongados años en que su razón -profundamente turbada-
lo sumió en un estado de locura. Cruel enfermedad con que el destino nos
arrancó muy joven a un artista sin igual.
Había
nacido en Kiev, Ukrania, país que era parte del Imperio Ruso, el 17 de
diciembre de 1889, de padres
polacos y bailarines. Sobre aquella fecha hay controversia, pues su
exhaustivo biógrafo e historiador Richard Buckle ha dicho que Nijinski
nació antes, precisando que sería el 12 de marzo de 1888, habiéndose
postergado la inscripción y el bautismo para más adelante, dada la
actividad artística ambulante de sus padres. Iniciado desde niño en la
Danza clásica y en el folklore rico y estilizado de Polonia y Rusia,
también vivió las desventuras de la separación de sus progenitores y la
convivencia triste y angustiante con la realidad de su hermano mayor, víctima
de la enajenación mental.
Para
alegría de sus padres y el regocijo que trae todo triunfo, fue admitido
en 1898 en la Escuela del Ballet
Imperial de San Petersburgo, la misma que hoy lleva el nombre de quien
fue su ilustre colega Agrippina
Vaganova, convertida en lugar de auténtica veneración para todo aquél
que se precie de balletómano.
El
contacto con el rigor y la severidad disciplinaria de la Escuela Imperial
de la calle Arquitecto Rossi, llevó al aún niño Nijinski a cierto
retraimiento. Aparecía tímido y sin defensas ante sus compañeros,
mientras su físico iba tomando forma inusual y sus saltos se hacían cada
vez más amplios, altos y elegantes. Los practicaba con una facilidad
innata, y la proeza virtuosa era acompañada del gesto artístico. No había
quien no se sorprendiera con tan grande despliegue técnico. El primer
sorprendido era su profesor Mijail
Obújov (no confundir con el bailarín Anatoli quien era más jóven
que dicho maestro). Pero también los demás enseñantes y los bailarines
de la troupe imperial observaban atónitos los progresos del fenómeno:
Mijail Fokin aún joven y ya creador y maestro, Nikolai
Legat el veterano profesor y noble partenaire de tantas estrellas,
quien sin embargo sentía celos por preferir el joven las enseñanzas de
Fokin, su compañero Rosai,
quien no dejaba de molestarlo cuando podía, aunque luego trocaría
fastidio por sincera amistad, su propia hermana Bronislava
Fominichna, quien era su contrasentido como atrevida y extrovertida
joven de gran talento, Elena
Alexandrovna Smirnova quien sería acompañada en su baile de graduación
por el mismo Nijinski alumno todavía, Matilde
Felixovna Chessinkaia una estrella consagrada ya, pero halagada cuando
el joven aceptó ser su ocasional partenaire, Ana
Pavlova y Tamara Karsavina
sus futuras compañeras en el Ballet
Russe de Serge de Diaghilev. Y todos... Nadie negaba el hecho de estar
frente a un gran talento y al superior virtuoso del Imperio Ruso.
El
gran París, la Ciudad Luz del año 1909, lo vio debutar y deslumbrar al
occidente en aquel Teatro del Châtelet. La sala que -a la vera del río
Sena- custodia cual guardián el paso de la ribera derecha hacia la
izquierda en dirección al barrio latino. Allí se produciría el impacto
artístico que conmocionó al occidente.
Así
fue en la realidad. Pocos acontecimientos artísticos han igualado la
repercusión causada por el debut del Ballet Russe en París, donde
Nijinski causaría sensación junto a Pavlova en “El
Pabellón de Armida”, al lado de la exótica Ida Rubinstein en “Cleopatra”,
nuevamente con Pavlova y María Baldina en “Las
Sílfides”, y bailando la famosa y folklórica lesghinka
en “El Festín”.
Había
iniciado de esta manera, una carrera artística indetenible. Lo protegía
-dicho esto desde un punto de vista muy particular- el influyente Serge
de Diaghilev. Relación harto conflictiva, aunque nadie puede negar
hasta qué alto punto enriqueció artísticamente Diaghilev al joven
artista.
Junto
a quien ya era mucho más que un empresario, el joven Vaslav conocería el
vivaz mundo de los años previos a la Primera Guerra Mundial. Al
conocimiento de cada uno de los principales países, Nijinski sumaba los más
completos museos y las colecciones privadas de los más conspícuos
magnates. El gran mundo le abría las puertas de sus residencias. Sus méritos
artísticos contribuian a ello, pero era Diaghilev quien hacía de nexo,
aristócrata de cuna como era.
Su
calidad artística continuaba demostrándose una y otra vez. No importaba
la temática que enfrentara. Clásico como nunca en “Carnaval”,
esclavo de oro lujurioso en “Scheherazade”,
el ser irreal del salto inmortal en “El
Espectro de la Rosa”, el de la belleza sin igual en “Narciso”,
la marioneta sensible y cruelmente tratada de “Petrushka”,
el incomparable protagonista de “El
Dios Azul”, un ser mitológico en “Dafnis
y Cloé”... Hasta que brotó -incontenible- su vena creativa, y signó
“La Siesta del Fauno” como
la primera gran obra de la Contemporaneidad. Si hasta ese momento el canon
número uno del Clasicismo había sido el “en
dehors”, él –como creador coreográfico- torcería los piés
hacia un “en dedans” e
introduciría características angulosas y brutales, reaccionando así
contra la coacción académica y sus gestos redondos y graciosos. Mostraba
así cómo los movimientos marginados, señalados como feos y pesados
conllevaban también una idea, un sentimiento, desprendiendo la imagen de
belleza suprema.
Por
otra parte, para dar a “La Siesta del Fauno” el aspecto de bajo
relieve griego animado, los intérpretes debían desplazarse a pie chato,
posando primero el talón y terminando el movimiento en los dedos, en
total oposición a las reglas clásicas enseñadas hasta entonces. Los
pocos elegidos debían ubicar el cuerpo de frente al público, la cabeza y
los miembros de perfil, los brazos mantenidos en posiciones angulares
diversas.
De
simple apariencia, esta nueva técnica parecía -en cambio- más difícil
a los siete bailarines que la fluida e impresionista música de Claude
Debussy. Si bien la partitura colaboraba en crear un ambiente y una
atmósfera especiales, no sostenía para nada los pasos concebidos por
Nijinski.
El
29 de mayo de 1912, el telón del Teatro del Châtelet se levantó ante un
público electrizado a la vista del hermoso decorado de León
Bakst -un lago bordeado de árboles- en el medio del cual evolucionarían
Nijinski con su malla cubierta de animalescos manchones, y las ninfas
vestidas con túnicas plisadas, pelucas doradas y pies desnudos.
El
resto es ya bien conocido... El público se dividió en “faunistas” y
“antifaunistas”, tan apasionados los unos como los otros. Días después
del estreno, el famoso periodista Gaston Calmette, quien como director del
periódico Le Figaro había
suprimido la nota crítica correspondiente al espectáculo, publicó un
editorial incendiario, en el que atacaba “la exhibición muy especial de
un fauno de viles movimientos, de bestialidad erótica y gestos de cargado
impudor”. El ataque tuvo apoyo, pero nada menos que el escultor Auguste
Rodin se ocupó de defender la obra del creador. Y respondió en Le
Matin. El gran artista de la escultura describía con entusiastas términos
lo que él consideró como “una personificación perfecta del ideal de
belleza de la Antigua Grecia”.
De
allí en más, su carrera creativa dio más frutos: “Juegos”,
la controvertida “Consagración
de la Primavera”, y, años después y durante la gira de los Ballets
Russes por los EE.UU., “Till
Eulenspiegel”.
Nijinski
hubo de conocer Buenos Aires en 1913, para actuar en nuestro Teatro
Colón. Su aparición constituyó todo un acontecimiento. Tengo
presente en mi memoria el testimonio de una vieja balletómana que allá
por 1972 me confió sus impresiones y emoción al ver el salto de Nijinski
en “El Espectro de la Rosa”.
Pero
Buenos Aires iba a ser el lugar en que el bailarín y Romola
de Pulszky se casaran. Fue sorpresivamente en septiembre, con una
ceremonia celebrada en la Iglesia de San Miguel Arcángel donde ya eran
sacerdotes los Monseñores Franceschi y de Andrea. La fiesta tuvo lugar en
el Hotel Majestic, en la arteria por entonces más concurrida de la
capital porteña: la Avenida de Mayo, en su encuentro con la calle
Santiago del Estero. El imponente edificio está hoy convertido en
dependencia de la Dirección General Impositiva, aunque se conserva prácticamente
igual en toda su estructura.
Después,
los recién casados y la troupe regresarían a Europa ante un Diaghilev
furioso y vengativo que no dudó en expulsar al buen Nijinski. Era el
esperado acto que todos aguardaban...
De
allí en más negros nubarrones comenzaron a aparecer en la mente del
artista bailarín. Todavía bailaría más, pese a una larga inactividad
forzosa durante la Primera Guerra, cuando por su condición de ciudadano
ruso fue internado en Hungría, en guerra por entonces contra el Imperio.
Admitido nuevamente por Diaghilev en el Ballet Russe realizó la gira por
los EE.UU., y hubo de
regresar a Buenos Aires en 1917, para dar nuevas muestras de su arte sin
igual. Fue en esta ciudad, en la rotonda del Teatro Colón donde comenzó
a perder la memoria coreográfica y a dar muestras de su alienación.
Rudolph Nureyev, en su última visita a Buenos Aires (1983) hubo de
confiarme los recuerdos del régisseur de les Ballets Russes: Sergei
Grigóriev,
quien incitaba a Nijinski a ensayar “El Espectro...”, habiéndose
acercado éste al maestro para preguntarle... ¿Qué espectro?... Meses
después, y ya en Suiza, se desencadenará la locura.
Sin
embargo, el genio vivió muchos años. Romola lo acompañó con sus
propios “delirios” pero siempre cerca, hasta que el 8 de abril de 1950
el corazón de Nijinski dejó de latir. Lo sobrevivió también una hija:
Kyra.
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Palabras pronunciadas en su recuerdo en el Instituto
Superior de Arte del Teatro Colón por el autor de las mismas, profesor de Historia de la Música y de la Danza. Entre paréntesis
se ha escrito el apellido Nijinski como se pronuncia realmente
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