""Mi homosexualidad es auténtica; nací con ella en mis
huesos y en mi sangre, y no me avergüenzo. Tan firme,
que nunca he soñado con mujer sino con hermosos efebos"
Por que no soy yo tu boca
para besarme en el fuego
que se despierta en mis labios,
y sentir que soy yo mismo
que se vierte en otro vaso?
Por que no vivo en tu vida
para sentir lo que siento,
en el fondo de tu pecho,
y mirar que te me acercas
como imagen del espejo?
"Mi placer
mayor era buscar el amor, y el amor solo se
consigue experimentando
cuerpos ajenos, hasta
encontrar la afinidad precisa del espíritu y la carne.
Nunca le fui fiel a nadie y fui infiel para probarme a
mi mismo que mi amante era superior a todos los demás"
¿Por qué no soy yo tu cuerpo
sobre mi cuerpo desnudo
para abrazarme a mi tronco
y sentir, de ti, mi fuego
ascendiendo por mis muslos?
¿Por qué no soy yo tus ojos
para llorar con los míos
a la sombra de mi pecho
y romper con gotas de agua
los cristales del silencio?
¿Por qué no soy yo tus manos
para jugar con las mías
y pasando por mi cuerpo,
como juguetes de viento
inventar nuevas caricias?
¿Por qué no soy yo tu boca
para besarme en el fuego
que despierta en mis labios,
y sentir que soy yo mismo
que se vierte en otro vaso?
¿Por qué no vivo en tu vida
para sentir lo que siento,
en el fondo de tu pecho,
y mirar que te me acercas
como imagen del espejo?
Quisiera ser vaso y vino,
las raíces y las ramas,
la ribera y la corriente,
la campana y el sonido,
el combustible y la llama.
Sigue durmiendo sin verme
que yo, despierto, a tu lado,
vuelo al vuelo de tu sueño
y estoy tan cerca de ti,
que respiro por tu cuerpo.
(Río de sombra, 1935)
¿Qué es morir?--Morir es
alzar el vuelo
sin alas
sin ojos
y sin cuerpo.
Búsqueda espacial I
Antes de haber nacido, cuando apenas
en las galaxias era calofrío,
o sed en rotación por el vacío,
o sangre sin la cárcel de las venas;
antes de ser en túnica de arenas
un angustiado palpitar sombrío,
antes, mucho antes que este cuerpo mío
supiera de esperanzas y de penas:
ya buscaba tu nombre, tu semblante,
el disperso latir de tu vivencia,
tu mirada en las nubes esparcida;
porque, desde el asomo delirante
de mis instintos ciegos, tu existencia
era ya por mis ansias presentida.
II
¿Cuántas transmutaciones has pasado?
¿cuántos siglos de luz, cuántos colores,
nebulosas, crepúsculos y flores
para llegar a ser, has transitado?
¿En qué constelaciones has brillado?
¿Después de cuántas muertes y dolores,
de huracanes, relámpagos y albores
la forma corporal has conquistado?
No puedo concebir mi pensamiento
esa edad atmosférica que hicimos
en giratoria espera; mas yo siento
que milenios de lumbres anduvimos
esperanzados en el firmamento,
hasta unir este amor con que existimos.
Nostalgia cerrilAl ver los cerros
los pies de mi memoria
trepan por ellos.
Noctuno difunto A la memoria de mi padre
En vida nunca pude llevarme con mi padre.
Cuando este murió, la muerte, milagrosamente,
le dio vida dentro de mi corazón.
Desde que despojado de tu cuerpo
te escondiste en el aire,
yo siento mi existencia más honda en el misterio,
como si mis manos, alargadas por las tuyas
inmensas en el cielo,
en levantado avance
ya tocaron la astronomía sin fin...
Estoy como en los ríos
que a pesar de correr sumisos a su cauce,
por su mortal marino abocamiento
también están ligados
a las aguas del mar donde se acendran.
Por la ventana que al morir dejaste
abierta en la penumbra,
he podido mirar
mi aventajada muerte
persiguiendo tus huellas espaciales,
y tengo la certeza de que me estoy rodando
indeteniblemente
en el hambre del vaso universal,
igual que el humo libre que la atmósfera atrae
y no puede, aunque quiera, regresarse a su lumbre.
Estoy seguro de que cada día
mi sangre que te busca, se evapora
ganando altura transformada en nubes,
y parte de mí
ya vuela en el espacio, emparentada.
Desde tu muerte, siento que te guardo
como un lucero íntimo
que medita en la noche de mi entraña,
disuelto como el azúcar en el orbe líquido
y que, muchas veces, te denuncias asomando
tu espiritual dulzor en mi saliva amarga.
Desde que tu voz, por el silencio amortaja,
dejó de hablar para encender palomas
sobre el árbol del viento, en que cantan
con insepultos ecos
la profunda madurez
del idioma flotante de tu ausencia,
yo palpo -al escuchar-
el molde vivo que en el aire horada
tu falta de materia, que es ternura
siempre en acecho que acaricia y roba.
Yo creo que tu cósmico deleite
es atraerme a tu pasión de vuelo,
a tu girar errante,
porque ya tu misión es recoger
esta fracción de ti que aún perdura
en el fluvial ramaje de mis venas.
No puedo definir dónde te encuentras,
pero sí te adivino circundante
en un arribo de alentada fuga,
que exacerba mis ansias en un filial apego
al resplandor sin luz de tus imanes.
¡Qué plenitud vacía
te dibuja en el fondo de mis ojos
que no te ven, pero que sí me permiten
que hasta la fuente de mis sueños bajes
y quedes a su impulso vinculado!
¡Cuánto tiempo de estar solo y contigo
habitándome a solas,
como la llama al fósforo en el letargo,
o a la uva, el espíritu del vino!
Yo soy una ambulante sepultura
en que reposa tu fugitiva permanencia
que me va madurando, lentamente,
hasta que mi energía entumecida
se adiestre en vuelo que recobre estrella.
Inmerso en mi conciencia desarrollas
un pensante silencio que se atreve
a conversar sin mí. Yo lo descubro
reviviendo recuerdos en mi oído:
es como el nacimiento de sollozos
que se produce cuando el agua cae
sobre la carne viva de las brasas.
Al derribarse tu estatura en polvo
formaste la marea
del vislumbre mortal que me obsesiona,
y no hay sitio, temor, espera o duda
en donde tú, como trasfondo en alba,
no finques la silueta de tu amparo.
En mi vigilia, a oscuras,
como los ciegos sigo con el tacto
los relieves que escribes en el papel nocturno,
y los capto agitados en asedio amoroso:
amor de un muerto que jamás olvida
la sangre que ha dejado trasvasada.
Yo quisiera que la imagen que de ti conservo
se azogara la espalda,
para mirar, siquiera unos instantes,
cómo el deslinde al incolor procrea
tu claridad auténtica de ángel.
Nocturno amorNaciste en mí, a sangre vinculado,
en creciente raíz, cósmico nudo;
de mi selva interior el potro rudo
que anhela libertad enamorado.
Soy mortaja y estoy, amor, tajado
por tu evasión continua que no eludo,
sino que vuelo en ti y en mí me escudo,
para que al volver seas amparado.
Venero de tus ímpetus, me ligo
a tu fuga celeste, a tu caída,
a la expansión total de tu secreto;
pero de noche, cuando estoy contigo,
recobro con tu fuerza sumergida
la sola soledad de estar completo.
Nocturno a la luna
La luna, que brincó por la ventana,
en el piso del cuarto se restira
rebotando en el muro que la mira
y, del rebote, la penumbra emana.
Su luz, entre las sombras deshilvana
un metálico brillo que delira,
y el espejo sediento le suspira
desde el rincón, como presencia humana.
Perforada la sombra, se estremece,
y el rayo de la luna me parece
escalera pendiente de los cielos.
Y asido a la visión que me rodea,
el afán de mi alma se recrea
al subir por el rayo sus anhelos.
NocturnoCada mañana, al despertar, resucitamos;
porque al dormir morimos unas horas
en que, libres del cuerpo, recobramos
la vida espiritual que antes tuvimos
cuando aún no habitábamos la carne
que ahora nos define y nos limita,
y éramos, sin ser, misterio puro
en el ritmo total del Universo.
Porque al dormir morimos sin saberlo;
nos vamos al espacio en ágil vuelo
sin perder la unidad que nos integra,
y somos como somos: idénticos, sin cambio,
extensos y desnudos
como el azul en el temblor del aire.
No extrañamos el cuerpo; no sufrimos
la ausencia de la piel que nos cobija;
somos como antes de nacer: etéreos,
vivos en plenitud de firmamento
y penetrantes como luz en sombras.
Y nadie, cuando duerme, acaso piense
que yace en los dominios de la muerte:
porque el cansancio, apenas agonía,
nos borra la razón,
desciende con ternura nuestros párpados,
apaga nuestros ojos,
anestesia la carne y nos separa de ella
para dejarnos vivos en el sueño.
Y esta costumbre de morir a diario,
sin dolor, sin sorpresa,
natural como el agua
que se deja atraer por el declive,
no nos deja pensar que es una muerte
cada vez que dormimos,
y que, de cada muerte transitoria,
aprende nuestro ser
la verdad de morir su muerte eterna.
ÍntimaEstás en mí, como latido ardiente,
en mis redes de nervios temblorosos,
en mis vetas de instintos borrascosos,
en los mares de insomnios de mi frente.
Estás fuera de mí, como corriente
de voces imprecisas, de sollozos,
de filos de secretos tenebrosos.
de roces de caricia inexistente.
Me cubres y me encubres, sin dejarme
un espacio de ser sin tu presencia
un átomo sin linfa de tu aliento.
Estás en mí, tocándote al tocarme,
y palpita la llama de tu esencia
hasta en la entraña de mi pensamiento.
Imposible
Mi corazón se pierde en la nevada
ascensión de tu cuerpo, sin consuelo,
y enfrías la fuerza del anhelo
en medio de tu carne congelada.
Cada día te ofrezco una alborada
de ilusión y de vida, todo un cielo
palpitante de sol, que funda el hielo
y transforme tu cuerpo en llamarada.
Pero toda mi vida es poca vida
para matar la muerte que se esconde
y circula en tu sangre adormecida.
Has desatado el nudo de tus brazos,
tu voz a mi llamado no responde,
y es sólo un eco el paso de tus pasos.
Décimas a mi muerte I
He de morir de mi muerte,
de la que vivo pensando,
de la que estoy esperando
y en temor se me convierte.
Mi voz oculta me advierte
que la muerte con que muera
no puede venir de fuera,
sino que debe nacer
de la hondura de mi ser
donde crece prisionera.
III
De tanto saberte mía.
muerte, mi muerte sedienta,
no hay minuto en que no sienta
tu invasión lenta y sombría.
Antes no te conocía
o procuraba ignorarte,
pero al sentirte y pensarte
he podido comprender
que vivir es aprender
a morir para encontrarte.
VI
Sufro tu cauce sombrío
que bajo mi piel avanza
fatigando mi esperanza
con su oculto desafío.
Yo siento que tu vacío
de mis entrañas respira
y que sediento me mira
desde mi sangre hacia afuera
como verdad prisionera
que en contra de mí conspira.
Crimen¡Qué puñalada
le ha propinado el viento
a la granada!
El joven de este retrato falleció y lo llora un
viejecito que soy yo. E. N.
(Sólo queda del
Narciso que se ahogó: este anciano delirante y las ojeras de la
vida que vivió.)
Sin
sentir
Cuando
soñamos parece que vivimos, cuando vivimos parece que soñamos. Y
así, confundiendo los sueños con la vida y la vida con los sueños,
sin sentir nos apagamos.
¿Para
qué...?
¿Para qué
filosofar? Nada sabes ni sabrás. Sólo hay astros, tierra y mar, y
tu vida que se escapa sin cesar.
Llega el día
para el poeta Carlos Luquín
Lo trágico es que,
si el hombre es longevo, tiene que contemplar y sufrir su propio lento derrumbe.
Llega el día en que
el hombre se satura y se cansa del amor, del placer, del dolor, de la
esperanza, y se vuelve solitario, empedernido, mudo como soltera piedra
varada en el desierto.
Llega el día en que
nada, absolutamente nada le despierta deseo. Lo ayer apetecido hoy carece
de encanto, de sabor, de alegría, y no lo incita al beso ni tampoco al
orgasmo.
Llega el día en que
el hombre, insensible, no ambiciona ni excitar ni excitarse, ni hacer nido
con nadie, porque cualquier contacto ya le produce náusea o repulsión a
humores muy antes deleitosos.
Llega el día en que
el hombre consuela su existencia con el íntimo invierno de recuerdos y
rostros en que a solas tirita. Esta ilusión helada es el hada que impide
que su carne se hedionde.
Llega el día en
que el hombre es su cadáver vivo que continúa de pie. Y si respira, conversa,
camina a tientas, llora en seco, es tan sólo porque su mineral corazón
aún mueve su sangre.
Llega el día en
que el hombre, indigesto de mundo, detesta los mitos, las religiones, la
Biblia, y quisiera haber nacido sin deidades ni avernos, libre como las
nubes, el aire o el sonido.
Llega el día en
que el hombre reniega de su especie en la que cunde el odio, la crueldad, la
ambición, y más al darse cuenta que hay un ardid latente con que trata de
probarlo aquel que lo creó.
Llega el día en
que el día ya no llega, y el hombre se derrumba en la noche de la eterna
tiniebla, despojado de rostro, sin memoria, exprimido, como grano de
arena que se pierde en la arena.
|
Mi primer amor...El azul es el verde que aleja
-verde color que mi trigal tenía-;
azul... de un verde, preso en lejanía,
del que apenas su huella se despeja.
Celeste inmensidad, donde mi queja
tiende su mudo velo noche y día,
para buscar el verde que tenía,
verde en azul... allá donde se aleja...
Mi angustia, en horizonte liberada,
entreabre la infinita transparencia
para traer mi verde a la mirada.
Y en el azul que esconde la evidencia:
yo descubro tu faz inolvidada
y sufro la presencia de tu ausencia.
Derecho de propiedad¡Nada es tan mío
como lo es el mar cuando lo
miro!
Si hubieras sido túa Xavier Villaurrutia
Si hubieras sido tú, lo que en las sombras, anoche,
bajó por la escalera del silencio y
se posó a mi lado, para crear el cauce de acentos en
vacío que, me imagino, será el lenguaje de los
muertos. Si hubieras sido tú, de verdad, la nube
sola que detuvo su viaje debajo de mis sábanas
y se amoldó a mi piel de una manera
leve, brisa, aroma, casi contacto angelical
soñado... Si hubieras sido tú, lo que apartando la quietud oscura se apareció,
tal como si fuera tu dibujo espiritual que quiso
convencerme de que sigues, sin cuerpo, viviendo en la
otra vida. Si hubieras sido tú la voz callada
que se infiltró en la voz de mi conciencia, buscando incorporarte en la palabra surgida de
tu muerte, por mis labios. Si hubieras sido tú lo que
en mi sueño descendió como bruma, poco a poco,
y me fue encarcelando en una vaga
túnica de vuelo fallecido… Si hubieras sido tú la
llama que inquemante pasó por mi desvelo
sin conmover el lago del azoro, igual
que en el espejo se sumerge la imagen, sin
herirle el límpido frescor de su epidermis.
Si hubieras sido tú...
Pero nuestros sentidos no pueden
identificar las ánimas. Los muertos, si es que vuelven,
han perdido todo lo que pudiera darnos el goce de reconocerlos.
¿Quién
más pudo venir a visitarme? Recuerdo que, contigo
solamente, muchas veces hablé de la zozobra
en que el constante asedio de la muerte nos tiene sepultados, y hablábamos los dos
adivinando, haciendo conjeturas, ajustando preguntas, inventando respuestas, para quedar sumidos en derrota, muriendo en
vida por pensar en muerte. Ahora tú ya sabes descifrar
el misterio porque estás en su seno, pero yo no sé
nada...
En esta incertidumbre secretamente pienso que si no fuiste tú lo que en las sombras, anoche, bajó por la escalera del silencio y se posó a
mi lado, entonces quizá fue una visita de mi propia muerte.
Nostalgia de tierraTierra hambrienta, maternal atracción;
sepultura vacía en asedio amoroso;
sólido mar de espera
en el que presiento y siento
el reposo para mis pies cansados;
yo capto el lento ascenso
de tus leves caricias
arropando mis ansias
y escucho en mi conciencia
tus palabras de aroma cortejando mi cuerpo.
Tierra y vientre, acecho infatigable
que se posa en mi piel
como sedienta brisa
de un agresivo amor que me persigue...
yo sé que tu energía circula por mis venas
y que somos, los dos
incompletas fracciones
que buscan refundirse.
Soy tuyo, madre tierra:
me invade el parentesco
inevitable y hondo
de tu ritmo en mi sangre,
porque pese a mi miedo, a mi apego a la vida,
hay algo en mis adentros
que espera y desespera
por regresar a ti...
Mi vegetal instinto, mis árboles de fiebre
sin raíces ni sitio, están pidiendo ansiosos
su parcela segura,
su isla inamovible
donde dormir a solas su letargo yacente.
Tierra voraz, oscuro hogar bendito
donde el dolor se apaga,
yo quiero reposar bajo tus sábanas
de secretas ternuras germinales
y así, cual la semilla
que se oculta en tus húmedas tinieblas
resurge transformada:
ya en la longeva beatitud de un árbol
o en los brotes de flores temporales
que las lluvias despiertan en los campos:
renacer de tu entraña
y subir los peldaños
que en la escala de vidas
mi evolución alcance;
porque vengo de ti, soy lodo en trance
que a fuerza de nacer y de morir,
ha de llegar a definir su esencia
para ser en el cosmos vida eterna.
Tierra insaciable, intimidad perfecta,
cuando caiga en tu seno
incinera mi carne, y después, con amor
alienta mis cenizas, porque quiero
proseguir cultivando mi poesía,
al volver a vivir con nuevo cuerpo.
Noctuno llanto
Ese llanto invencible que brota a media noche,
cuando nadie nos ve ni nuestros propios ojos
pueden atestiguarlo,
porque es llanto reseco, privado de su sal,
desvestido de linfa,
con aridez de fiebre
y amargo como el humo de los remordimientos.
Ese llanto que irrumpe sin causa y sin sollozo,
sin roce y sin historia,
desprovisto de gota, de tibieza y caída,
pero dando la sensación exacta
de nacer y rodar
en un cauce frío lento que invade hasta los huesos.
Ese llanto del hombre asomado al misterio
que le duele en la voz, en la piel, en las venas
y en el arropo oscuro
de la noche que ciega su pensamiento en llamas.
Ese llanto sin lágrimas
-huracán en vacío, surtidor sin derrame-
que al borde de los párpados
detiene sus impulsos
y retorna al dolor donde nace.
Ese llanto tan mío, tan de todos y ajeno,
expansión comprimida de atávicas nostalgias
que no alcanzan la lluvia que las hunda en la tierra
para seguir por ella, en humedades hondas,
persiguiendo el declive
que las retorne a su raíz marina.
Ese llanto de todos acendrado en el mío,
ese llanto tan mío en que fluye el de todos
-agua y sal trasvasadas en angustia ambulante-,
que circula enclaustrado
como altura caída que anhela levantarse,
y al no poder hacerlo,
se retuerce en el centro de su lumbre vacía
para seguir luchando contra el blindaje sordo
que no puede llorarlo.
Llanto ciego que brota de la oculta resaca
de una sangre viajera en su cárcel de agobio.
El calor dilatado de musculares zonas
que sube hasta la orilla
de la flor sin corola del insomnio sediento.
Ese llanto sin llanto, percepción absoluta
del íntimo goteo
que al nacer se derrama nuevamente hacia dentro,
porque le dieron vida lacrimales sin parto,
o porque lo producen las vertientes secretas
de siglos de memoria
que quisieran rodarse
por el salto mortal de nuestras lágrimas.
Ese llanto inllorado, ese llanto en deseo
de volcarse en el llanto;
esas olas de miedo, de ansiedad, de tormento
que se agolpan y piden
el nacer repentino de su líquida fuga.
Ese llanto sin llanto empotrado en la frente,
que se muere sin agua y se bebe a sí mismo
para seguir formando
el manantial sin cauce
que detrás de la carne presiona con su asfixia,
y transforma la vida en un volcán sin cráter
o alud que sin espacio se rebulle en su sitio.
Ese llanto sin llanto, ese impulso encerrado
de un brotar que no puede encontrar desahogo
y que vive en nosotros, comprimido, creciente,
porque es llanto de hombre que no cabe
en el hombre
y que tiene, por fuerza, que vivir sumergido
hasta el instante trágico
en que la muerte hiera,
y se llore fundido al corporal derrumbe.
Nocturno cuerpoCuando de noche, a solas, en tinieblas,
fatigado de no sé qué fatiga
se derrumba mi cuerpo y se acomoda
en la impasible superficie oscura
que le sirve de apoyo y de mortaja,
yo me tiendo también y me limito
al inerme contorno que me entrega,
a la isla de olvido en que se olvida.
Separado de él y en él hundido
recuerdo que lo llevo todo el día
como cárcel de fiebre que me oprime,
como labios que dicen otras frases,
como instinto que burla mis deseos
o acciones desligadas de mi fuerza;
pero al mirarlo así, rendido fardo
indiferente en su actitud de piedra,
tigre de bronce, charco de silencio,
columna de cinismo derribada,
ciega figura en su lección de muerte:
yo lo percibo como carne intrusa
como dolencia de una llaga ajena,
cómplice de un destino que no entiendo,
mudez que no lesiona mi palabra,
verdugo en anestesia secuestrado.
Y por eso al sentirme dividido
y a la vez por su molde aprisionado,
analizo, sospecho, reflexiono
que sus muros endebles que me cercan
son fuego en orfandad, tierra robada,
agua sujeta en venas sumergidas
y aire sin aire arrebatado al aire;
que soy un prisionero de elementos
en honda combustión, que están buscando
fundir los eslabones que los unen
para volver a la pureza intacta
del sitio universal donde eran libres:
la tierra pide su reposo en tierra,
el aire, su acrobacia transparente;
el fuego, la delicia de su llama;
y el agua: la blancura de su hielo,
su cauce, o el prodigio de ser nube.
Al lado de él, alado y enraizado,
lo toco, lo examino desde adentro:
interior de una iglesia ensangrentada,
góticos arcos, junglas musculares,
entretejida pulsación de yedras,
laberinto de lumbre de amapolas
y entraña de una cripta en que se esconde
el numérico albor del esqueleto.
Y yo en medio de juez y de culpable,
de rebelde invasor y de invadido,
de mirar que descubre y se descubre,
de unidad que contempla sus facciones,
de pregunta privada de respuesta,
de espectador que sufre en propia carne
el corporal desgaste de que brotan
sus crecientes acopios de agonía.
Si soy su dueño ¿por qué lo palpo extraño,
despegado de mí -sombra de un árbol-,
corteza sofocante de mi angustia,
vendaje que me oculta, ademe frágil,
imán que me atesora y me difunde,
materia que yo arrastro y que me arrastra?
Y estoy en él, presente, inevitable,
unido en el monólogo y la espera,
crecido en su reverso, y denunciado
por sus manos, sus ojos, sus pasiones,
la quemante ansiedad de sus delirios,
las brumas de sus tiempos de zozobra
y los relámpagos de su alegría.
De dentro a afuera, de raíz a ramas,
presiono, me sublevo, abro mis fuerzas
para cavar, para acabar los muros
que viven de tenerme prisionero;
pero un amor me nace y me detiene,
un fanatismo de vital amparo,
el apego del ánima y las células,
la intimidad de forma y contenido
acoplando sus ciegas superficies;
y me quedo conforme, sosegado
a la ajustada cárcel que me cubre
para seguir formando el mundo en fiebre
por el que siento que en verdad existo.
Agua, tierra, fuego y aire, en continua
aspersión de sus químicos halagos,
inmersos en la furia de sus hambres,
en escondida trabazón de empujes,
mandando y succionado sus mareas,
haciendo y deshaciendo lo que se inician,
comiéndose a sí mismos, recreando
el desnudo valor de su estructura
en pugnas, atracciones y repechos,
porque quieren, anhelan, buscan, labran
la persistente acción que les devuelva
el vuelo original que poseían.
Esta unión de elementos, este nido
de físicas batallas, de incesantes
reacciones, es mi solo respaldo,
el trágico venero de la fuerza
que me sostiene aún hablando a solas.
Hermosura vitalUna gallina
con sus doce pollitos
pica y camina.
En la sombra
Era sed de muchos años
retenida por mi cuerpo,
palabras encadenadas
que nunca pude decir
sino en los labios del sueño.
Era la tierra agrietada,
reseca, sin una planta,
que espera sentir la lluvia
en un afán de caricia
que le sacie la garganta.
Era yo vuelto hacia ti
que nunca te conocía,
porque fuiste de mil modos
en los sueños, en las horas
y en los ojos de la vida.
Eras todo lo que encierra
una expresión de belleza:
la rosa, el fruto, los ríos;
el color de los paisajes
y la savia de los pinos.
Y de pronto, junto a mí,
al alcance de mi mano,
como manojo de trigo
que pudiera retener
sobre mi pecho guardado.
¡Todo tu cuerpo en mi cuerpo,
por el sueño maniatados,
y tan cerca de la muerte
que la vida no sabía
cómo volver a encontrarnos!
Cerca
de lo lejos
En el tiempo
sin tiempo que demoro orillado al ocaso donde el hombre consuma su
naufragio: me interrogo en silencio y analizo lo que queda de mí, lo que
me apoya para impulsar mis últimos arrestos.
Mi cuerpo es
el sepulcro en el que escondo los fósiles instintos que como peces
ciegos torpemente se mueven en mi sangre. Soy lo que ya viví, lo que se
ha ido y persiste enraizado en mi memoria: arena seca, testimonio
exacto de que por ella transitaba un río.
Soy amor
hecho garras, añejo cementerio de recuerdos, un hombre que sin
rumbo prosigue resbalando cuesta abajo sin que nada ni nadie lo detenga.
Pero, a pesar de la carga de los años, permanezco enamorado de la
vida y a la vez de mi muerte: simbiosis en que fundo mi
existencia.
Al borde del
peligro, casi al filo del silencio absoluto e infinito, me pregunto a
mí mismo: ¿Qué me retiene aún en este mundo?, ¿cuál será la razón por
que subsisto? Reflexiono..., y encuentro que la única, la que me impide
abrir la puerta falsa para huir accionando a sangre fría, la que aún me
permite amar las rosas, asomarme a los ojos de los niños, palpar la
adolescencia de las huyentes ondas de los ríos y, en las tardes, beberme
los crepúsculos con avidez, en íntimo arrebato: es, estrictamente, la
esperanza insosegada de acabar de expresar mi poesía.
Ella es la
que me arraiga en esta tierra, la que me incita a contemplar el
rostro del cielo, por las noches, y abarcar un sinnúmero de estrellas.
Ella es la que infunde, todavía, el deseo de engarzar las
palabras una a una, buscando que se impregnen de mi embriaguez de cósmica
energía.
Al vivir mi
esperanza olvido todo para entrar en el orbe del lenguaje a descubrir su
intimidad desnuda, y poderles donar a mis vivencias la metáfora
exacta o el hallazgo adecuado de una imagen.
La riqueza
mayor que yo concibo se basa en alcanzar que mi poema exprese,
comunique mi inquietud metafísica, mi asombro ante la inmensa bóveda
celeste donde la luna, astros y planetas avanzan suavemente, como
barcos de luz que desde otro lejano firmamento navegan y hacen
rumbo hacia la rada de mi pensamiento, y mi duda, la duda
inquebrantable que inquiere, que construye y que derrumba dioses y mitos,
dogmas y teorías, hasta hacerme rodar en las tinieblas como gota de
lumbre en agonía.
Ella es mi
esperanza, lo que tengo para llenar mis horas de monólogos, la que
fundida con mi pensamiento nunca me deja que me sienta solo.
Poesía
inexpresada, que me remuerde la conciencia como una deuda innata que no me
deja morir, ni vivir, porque aún no he podido liquidarla...
Imprecación
Morir es duro, mas no poder morir, si todo muere, es más duro
quizá. Luis
Cernuda
Represento
el fantasma de mí mismo, el habitante de mi propia ruina, un cuerpo que
deambula por inercia, dos pupilas abiertas que no miran. Soy el retrato
de un desconocido, el árbol seco que de pie medita, el insomnio soltero,
la experiencia saturada de nombres y de olvidos.
Soy lo que
resta de una brasa muerta, el cóncavo delirio de un abrazo, un
inquemante asedio que no encuentra dónde acampar su tímida lujuria:
simulada erección de carne enjuta que ni busca, ni quiere, ni
apetece.
Soy el instinto
sofrenado, todo lo que sufre un impulso sin deseo, santo laico, el huir
que se consuma con querer caminar sin dar un paso, o el sediento que
calma su sequía con la humedad que bebe en espejismos.
La muerte,
cuando tarda, es una inepta, estira una existencia sin derecho, prolonga
una ansiedad que nada ansía, se obstina en incendiar lo que no
arde.
La existencia
senil es un absurdo, una intemperie de desolaciones, un inútil acecho de
recuerdos, un impotente alucinado infierno...
Muerte
indecisa, amago detenido: entiende la obsesión con que te llamo y apronta
tu llegada. Yo te pido que acudas a salvarme de la vida.
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