Elías Nandino nació en Cocula, Jalisco, el 19 de abril de 1903,
y murió en Guadalajara, el 3
de octubre de 1993.
Médico cirujano de profesión, fue jefe de Servicio en el
Hospital Juárez, en la Penitenciaría y en clínicas oficiales y privadas.
En su
juventud conoció al grupo de los “Contemporáneos”.
La poesía de esta primera
etapa tiene una marcada influencia de su cercanía a algunos de los miembros de
este grupo, particularmente de Xavier
Villaurrutia. Muchos de sus temas son
afines: la muerte, el sueño y la noche. En los años cincuenta su poesía
empieza a tener una voz propia y madura: su poesía va dejando los juegos de
palabras y formas retóricas de su primera etapa para ganar profundidad y una
sencillez que serán características de sus poemas de vejez. Su última etapa
está marcada por temas eróticos y metafísicos mezclados con un tono
confesional, pero siempre irreverente.
Al respecto, Carlos Monsiváis dice: “La
poesía de Nandino es irreverente e irrespetuosa desde ‘Sonetos’ hasta sus
‘Alburemas y cantos contra la senilidad física de hoy’, mantiene un tono
continuo, si se quiere depurado y acrecentado, pero fiel a la línea del
inicio. En Nandino, el placer por el lenguaje poético... se complementa con un
afán de hondura, de confesión esencial... La palabra confesión se llena aquí
de múltiples significados. El poeta confiesa su duda metafísica e
incertidumbre sobre los límites de la vida y la muerte; el enamorado confiesa
su angustia, su miedo a que los términos comunes oculten una verdad sólo
traducible a la poesía; el ser marginal confiesa su incapacidad de engaño o
simulación.”
Además de su labor como
poeta y como médico, Nandino apoyó a muchos jóvenes poetas desde las revistas
que fundó y dirigió. Publicó la colección de cuadernos México Nuevo
(1936-1937). Dirigió la revista literaria Estaciones (1956-1960) y la
editorial del mismo nombre. De 1960 a 1964 fue director de Cuadernos de
Bellas Artes. En 1979 recibió el Premio Nacional de Literatura y el Premio
de Poesía de Aguascalientes.
Elías Nandino ocupa un lugar marginal y a la vez central en la
literatura mexicana. Por un lado, Nandino fue protagonista, partícipe cercano
o testigo de algunas de las empresas literarias más eminentes del siglo; sin
embargo, debido a su perfil profesional y a su temperamento, fue considerado
durante mucho tiempo apenas algo más que un literato aficionado y tuvo una
difícil y tardía integración al canon de la poesía nacional.
El poeta asumió,
no sin cierta amargura, esta situación de ciudadano de segunda en la República
literaria y la aprovechó para cultivar sus temas y atmósferas personales con
una meticulosidad y persistencia a prueba de modas y novedades estéticas. De
ahí la sorprendente unidad de tono de una obra que se desarrolla a lo largo de
muchas décadas durante las cuales surgen y envejecen multitud de poéticas, así
como el cultivo de un lirismo ferozmente individualista, basado en un manejo
diestro del verso medido o bien en un sentido aguzado de la melodía, que sólo
de vez en cuando asimila de manera reticente y casi imperceptible el bagaje de
algunas vanguardias.
La
aparición de la autobiografía de Elías Nandino, Juntando mis pasos,
brinda claves para entender la adscripción poética del autor. Ciertamente, no
se trata de un recuento libresco que permita observar la formación intelectual
y la evolución creativa de Nandino (el autor omite cualquier referencia a los
libros o a la vida literaria que no esté relacionada con una anécdota); al
contrario Juntando mis pasos está conformado por una serie de estampas
y remembranzas en las que se exponen, a veces con ingenua crudeza, fragmentos
de su vida amorosa, revelaciones sobre la relación con sus contemporáneos o
viñetas de época.
Por este conjunto de reminiscencias es posible atisbar en la
vida y los conflictos familiares del poeta (la distante y tortuosa relación
con el padre); en el despertar de su vocación sexual y su inagotable
exploración carnal y amorosa (que incluye un cándido homenaje a la zoofilia);
en sus relaciones ambivalentes con el grupo de Contemporáneos (la amistad con
Villaurrutia, la sincera admiración por Owen, la animadversión a
Novo), y en
el desarrollo de su carrera profesional como médico de escritores y actrices.
En este sentido, Juntando mis pasos es, más que un relato de formación,
un recuento fragmentario que a través de instantáneas busca esbozar una
personalidad, una moral y una filosofía de la vida. No obstante, en las
revelaciones escabrosas, en los juicios cáusticos o generosos sobre sus
amistades, en todo ese desigual conjunto de testimonios y confesiones es
posible encontrar un elogio de la mundaneidad, un derroche de vitalidad, una
búsqueda incesante de nuevas experiencias que permite inferir que, más que
las influencias meramente literarias, la experiencia vital es el principal
motivo y vehículo de la poesía de Nandino.
De este modo, si bien Nandino se forma en la sensibilidad y los temas
de la generación de Contemporáneos, su exploración poética nace de una
experiencia genuinamente interior, de una necesidad impostergable de escribir,
de un ánimo de perquisición surgido tanto de la vivencia erótica como del
diario litigio entre la vida y la muerte que atestiguaba como médico. A través
de sus juegos de seducción, de sus noches de pasión e incontinencia o de sus
vigilias junto al lecho de los agonizantes, Nandino emprende una exploración
personal y ontológica, que le da un carácter único a su poesía.
Para
Nandino,
el cuerpo es el instrumento mediante el cual se realiza la comunión del hombre
con el mundo, de ahí su sacralidad y su misterio. No es extraño que el cuerpo,
su composición, los enigmas de la reproducción y de la muerte o su relación
con el cosmos, constituyan temas recurrentes en la poesía de Nandino. Así,
tanto en su obra poética como en su autobiografía, es posible hallar un ánimo
vitalista que celebra los apetitos y los sentidos, una cosmovisión panteísta
que une al hombre con Dios mediante el vehículo de la carne.
Esta celebración,
no está exenta de culpa y titubeos, sin embargo, no se trata de esa culpa
autófaga que denigra y destruye, sino de un destino asumido de manera
consciente y valerosa. Acaso Nandino, dueño de un excéntrico sentido
religioso, reconocía, como Simone Weill, que en el albedrío, fundamental para
el amor y el encuentro con Dios, cabe la elección del mal y éste es el precio
que Dios y el hombre tienen que pagar por la posibilidad de su diálogo.
Juntando mis
pasos constituye, pues, un gesto de confianza mediante el que el poeta
abre las puertas de su hogar y de su alcoba a los extraños; constituye,
también, el testimonio honesto y ufano de un escritor que asume su
marginalidad social y literaria y que enfrenta la discriminación y la falta de
reconocimiento con la autenticidad de una vocación. ¿Es esta marginalidad
producto de la modestia de una obra o de la falta de habilidad para aprovechar
los mecanismos que determinan el ascenso y el prestigio cultural? ¿Por qué a
Nandino se le regatea el reconocimiento y el sentido de pertenencia que se les
otorga a otros poetas de su época con una obra acaso de similar o menor
relieve? Sin duda, resulta una tarea pendiente de la crítica ejercer un
escrutinio más serio y agudo sobre la poesía de Elías Nandino y ponderar más
equilibradamente el valor de una obra escrita desde una singular voluntad de
sinceridad e independencia
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Sus principales obras
son:
Espiral
(1928),
Color
de Ausencia (1932),
Eco
(1934),
Río
de sombra (1935),
Sonetos (1937),
Poemas
árboles (1938),
Nuevos
sonetos
(1939),
Espejo
de mi muerte (1945),
Nudo
de sombras (1947),
Poesía I (1947),
Poesía
II (1949),
Naufragio
de la duda (1950),
Triángulo
de silencios (1953),
Nocturna
suma (1955),
Nocturno
amor (1958),
Nocturno
día (1959),
Nocturna palabra (1960),
Eternidad
del polvo (1970),
Cerca de lo lejos (1979),
Conversación
con el mar (1982),
Costumbre de morir a diario (1982),
Erotismo
al rojo blanco
(1983),
Todos
mis nocturnos (1988) y
Ciclos
terrenales
(1989).
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