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Salvador Novo fue muy
amigo mío al principio. Después me convencí de que era incapaz de tener
sentimientos amables para nadie. Cada día que lo trataba, reconocía la
imposibilidad de ser sincero con él, porque él no lo era con nadie.
Salvador era
horrendamente feo y, ya de viejo, su figura se perdió en joroba, altura y
barriga. Fui su médico particular durante el tiempo que fue pobre. Cuando
alcanzó gran auge económico ya no me ocupó, y entonces solamente atendía a su
mamá que me tenía mucha fe. Recuerdo cuando fue a los baños del Regis —ahora
desaparecidos— quiso hacer un paso de danza a lo Imperio, pero se resbaló y se
rompió la clavícula.
Tuvimos que encamarlo en el Hospital Juárez y el doctor
José Castro Villagrana y yo lo operamos con anestesia local. “Ya acabamos”, le
dijimos, y nos contestó naturalmente: “Yo también”. Desgraciadamente, cuando
optó por ocupar médicos de gran fama, lo descuartizaron poco a poco. Le
quitaron el apéndice, la vesícula, le amputaron las hemorroides y al último,
cuando le vino una flebitis después de una operación, le operaron también las
venas. Pudiéramos decir que murió de múltiples operaciones quirúrgicas. En lo particular,
Novo era difícil. Todo lo enfadaba y el fastidio fue un gran compañero de su
vida. En realidad, nunca tuvo un amigo íntimo. El chiste mordaz o la ofensa
baja estaban a flor de labio en él. Como es sabido, siempre le gustó golpear a
los amigos que le caían mal, pero los escogía miopes y prefería que fuera en
el elevador.
Rápidamente les quitaba los lentes, les pegaba y se los devolvía
para salir corriendo. Así lo hizo con Ermilo Abreu Gómez y con Rodolfo
Usigli.
El único que le devolvió los golpes fue Rafael Solana. Cuando los periodistas
le preguntaron a Rafael qué había sentido cuando le pegó a Novo, él contestó:
“Sencillamente sentí como si le pegara a la manteca”.
Eso sí: era
divertidísimo; tenía un ingenio tremendo. Cuando lo acompañaba en el coche,
siempre en las esquinas, si veía que el gendarme era guapo, se acercaba, le
pedía que lo infraccionara y le daba una tarjeta con su teléfono. Y una vez,
cuando él trabajaba en Educación, antes de ir a una conferencia, fuimos al
baño, y en uno de los muros estaba escrito: “Salvador Novo es puto”. Entonces,
debajo de su nombre, puso el nombre del Secretario de Educación con la misma
acusación y el de los altos empleados, por lo que yo le pregunté: “Pero, ¿por
qué haces eso, Salvador?”, y él me contestó: “Para que borren”.
Intelectual y
mordazmente era el más atrevido del grupo, y se valía de su cuerpo y de su
fama para cierto cinismo exagerado. Su afeminamiento era un poquito ridículo,
como si un elefante quisiera hacer jotería. Indudablemente que si Salvador
hubiera tenido respeto por sus amigos y si hubiera sido más sincero en la
poesía, hubiera triunfado mucho. Fue muy amigo del poeta norteamericano
Langston Hughes, quien lo influyó mucho. Su prosa era limpia, ágil y
convincente.
Al final nos
disgustamos. Me convidó a su casa a comer, junto con Nacho Medina. Desde un
principio, el motivo de la conversación fue Xavier Villaurrutia. Habló de él
horrores. Comenzó por decirle “La cacarrutia”, porque Xavier estaba un poco
picado de cicatrices de viruela. Después, trató de presumir que él pudo
haberle dado buenos empleos, pero que nunca se los dio porque no los merecía,
y de muerto de hambre no lo bajaba. En cambio, cuando lo veía, lo saludaba
amablemente. Cuando me cansé, pedí permiso para ir al baño, le dije al
jardinero –en la puerta—que iba al coche a sacar un libro, y me fui. Ya nunca
volví a hablarle.
Yo tenía unos amigos
que adoraba: Manolo del Valle y su esposa, “La patroncita”, como le decíamos.
Yo lo operé y Manolo me tenía sumo aprecio. Cuando me vine a Guadalajara, me
enviaba boletos para que fuera a comer un fin de semana cada mes, y me
reservaba un cuarto en su hotel, L’Escargot. Pero quién sabe cuántos chismes
le contó Salvador, que dejó de hablarme por completo.
Por los periódicos yo
sabía de sus enfermedades, y un día, un amigo mutuo, de los Estados Unidos, me
escribió muy alarmado para que le informara cómo estaba el maestro Novo. Yo no
hallaba qué contestarle y al pasar por Correos compré una postal. Como se
hablaba de gravedades y mejorías de Novo, le escribí en la tarjeta:
Mi querido amigo:
por la últimas
noticias
que los médicos han
dado,
se sabe que Novo está
por completo
anonadado.
Y firmé la tarjeta. Después ya no lo vi, pero desde antes no lo podía ver.
Un viernes, logramos
que Salvador, quien no era partidario de asistir a fiestas, nos acompañara a
una reunión con una señora cubana que nos tenía adoración.
Hacía tamalitos y
antojitos, y le encantaba que leyéramos poemas, que contáramos anécdotas y que
hiciéramos críticas de la gente que conocíamos. Cuando llegamos, Salvador se
apoltronó en el banco largo del piano –dándole a éste la espalda—y, con cierto
tedio, contemplaba toda la reunión. Una hermana de la anfitriona recorría el
lugar incitando a los invitados a que tomaran algo o hicieran algo de sus
actividades literarias o musicales. Se pasaba el tiempo sabrosamente en esas
reuniones.
La señora insistía cuando pasaba con Novo, pero éste se negaba a
todo; estaba molesto por haber ido. Después de tanta insistencia, en otra
vuelta, con voz más alta, la señora le dijo: “Ay, señor, por favor, tome algo,
haga algo”, y como no lo conocía, le preguntó: “¿Usted qué es?”, y Novo le
contestó inmediatamente: “Joto”. La señora abrió más los ojos, se avergonzó y
le pidió: “Entonces no haga nada, por favor”
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