 En
el siguiente artículo, el ex corresponsal del New York Times en
Tokio recuerda la visita que hizo a Yukio Mishima en agosto de
1970, tres meses antes del dramático suicidio del gran escritor
japonés. 
En los años 30, los integrantes de Tate No Kaki más parecían
boy scouts que miembros de las juventudes hitlerianas.
Es cierto que no participaron en una actividad política seria.
Mishima les dijo que se preparaban para ayudar a las fuerzas
armadas, en caso de que se diera algún levantamiento izquierdista
en Japón.
En su mayoría se limitaban a cantar su canción, a tomar clases
de karate y, una vez al año, acudían durante dos semanas a
entrenarse en las faldas del Monte Fuji.
Para Shunsaku Fukuda, alumno alto y bien parecido de 23 años,
resultaba difícil explicar la razón por la que se incorporó a la
Sociedad del Escudo. "Tenía mucho interés en el señor
Mishima, no en sus libros, porque no había leído muchos, sino en
sus ideas sobre Japón...
Supongo que en lo que más coincidí con el señor Mishima es que
debíamos devolverle la espada a la cultura japonesa, para que se
uniera al crisantemo".
Yukio Mishima tenía muchos trajes, muchos disfraces, muchas poses y muchos pasatiempos. Un traje que él mismo se diseñó
era un uniforme de militar, con una túnica hecha a propósito para
adaptarse a su torso musculoso y delgado, una gorra de gran visera y
pantalones ajustados
Otro de los trajes de Mishima era el kimono blanco como la nieve,
que usaba para arrodillarse silenciosamente sobre el piso de madera
de un gimnasio de la policía, con la cabeza rapada ligeramente
inclinada, y con una filosísima espada al cinto.
De pronto, con un movimiento grácil, tan rápido y fluido que
resulta difícil seguirlo con la vista, se ponía de pie, sacando la
espada. La hoja cortaba el aire una y otra vez; lenta y
cuidadosamente volvía a su cintura. El proceso se repetía, y en
cada ocasión ligeramente cambiado Con una modesta inclinación de
cabeza, Mishima agradecía el aplauso de los niños y de sus madres,
sentadas entre el público, y explicaba a un invitado extranjero el
significado de los pases con la espada del ritual samurai.
"Esta posición es para ayudarle a un amigo a hacerse el
harakiri, la otra es para protegerse de un ataque por
sorpresa".
Fue el uniforme del pequeño ejército del propio Mishima,
llamado el Tate No
Kai (la Sociedad del Escudo). Habían unos 100 jóvenes en el
ejército, todos ellos bien formados, con rasgos bien definidos y
complexión delgada, todos ellos de buenas maneras y francos.
Mishima gustaba de pararse entre ellos y verlos participar en la
revista, o cantar con ellos "La Canción del Tate No Kai",
escrita por él mismo
En otro gimnasio lucía un traje blanco de karate. Sólo llevaba
un año en esto, y aunque pateaba,
manoteaba y gritaba "¡hiee!" junto con los jóvenes,
parecía un poco forzado y extraño. "Se desempeñaba con mucha
diligencia en el karate, y llegaría a ser muy bueno en eso",
afirmó su instructor. "Por supuesto, no era tan ágil como los
jóvenes".
Y luego tenemos a Mishima ataviado con ropa llamativa, actuando
en una película de pandilleros (hizo tres
películas, pero distaba mucho de competir con Toshiro Mifune en
cuestión de popularidad), o Mishima sentado sobre una estera de
tatami y vestido con un kimono oscuro, sirviéndole a un invitado
rebanadas delgadísimas de pescado crudo, mientras contemplaba en
silencio la luz de las candilejas.
Mishima sosteniendo un diálogo con un grupo
de estudiantes de izquierda, que le brindaban su respetuosa atención.
Mishima, que dirigía su propia obra de teatro Kabuki en el Teatro
Nacional. Mishima sermoneando con ingenio en inglés coloquial a un
grupo de matronas estadounidenses en la Casa Internacional de Tokio,
donde, como recuerda uno de los que lo escucharon, "la
temperatura sexual subió en cuanto entró él". Mishima posando
desnudo, con excepción de las joyas de su esposa, para un libro de
fotografía
Una opinión aún más halagadora puede encontrarse al sur de
Tokio, en la vieja ciudad de Kamakura. Allí, al pie de una colina
boscosa y al lado de un santuario sintoísta, en un hogar largo y bajo
de madera oscura, con techo de tejas negras, colocado en un jardín
formal y lleno de hierba, vive Yasunari Kawabata, laureado con el
Premio Nobel de Literatura 1968. Un amigo japonés y yo entregamos
nuestras tarjetas de visita y después de algunos minutos nos recibió
Kawabata en una pequeña habitación tatami, cuyas "shoji"
- ventanas corredizas de papel de arroz-, se cerraron como protección
contra el aire helado proceden te de las colinas
Kawabata vestía un saco de lana y camisa azul de cuello de
tortuga, y su cabello, largo y blanco como la nieve, peinado hacia
atrás como si fueran dos alas a partir de la frente, con sus enormes
ojos líquidos que lo hacían parecer ligeramente divertido. Preparó
el té, y sus manos, pequeñas y delicadas, se movían hábilmente
entre los componentes de un exquisito juego de té viejo y servían
agua de una tetera humeante colocada sobre un pequeño fuego de car
bón. Después encendió el primero de la sucesión de cigarrillos que
se fumó durante toda la tarde.
"Ah, usted quiere saber acerca de Mishima", dijo con una
risita. "El no fue mi discípulo, sabe, aunque a veces la gente
diga eso.
Entonces, ¿quién fue este Mishima? ¿Un Norman Mailer japonés
que hace gala de un machismo al estilo de los samurai? ¿Una especie
de hombre de dios hacía reinos al estilo zen? ¿Un peligroso
militarista reaccionario, como decían algunos críticos de izquierda?
¿Un individuo que buscó la fama con desesperación?
"Bueno, Mishima fue un talento extraordinario, y no fue tan
sólo un talento japonés, sino un talento a escala mundial. Es el
tipo de genio que se presenta tal vez una vez cada 300 años. "Su
obra Nieve de Primavera y los otros volúmenes, forman su mejor libro
ahora. Solía decirse que Kinka-kiji (El Templo del Pabellón Dorado)
era su obra maestra. Pero ésta es más grande. Mishima realmente la
hizo con todo su corazón hasta. Tenía una gran habilidad para
manejar las palabras, y nunca estuvo mejor que en este libro. No sé
cómo será ya traducido, pero en japonés es una obra maestra
Mishima decía que no era nada de eso. Era un escritor, explicaba;
todas sus demás actividades estaban al servicio de su arte, y en
forma alguna interferían con su arte.
Quizás en verdad a Mishima le fascinó representar papeles. Pero
sus escritos lo revelan como un hombre tremendamente honesto, que
buscó siempre la verdad. Hay que creer en su palabra, hasta cuando
habló de sí mismo.
"Antes de que obtuviera el Premio Nobel dije que Mishima lo
recibiría. Es uno de los escritores japoneses más comprensibles para
la mente de los occidentales. Considero que el premio no me fue
concedido tanto a mí como a Japón. Por lo que se refiere al talento,
Mishima es muy superior a mí".
Entonces, el retrato más claro y exacto de Mishima lo muestra de
regreso a casa tras una noche de entrenamiento con su ejército,
llegando a su estudio a media noche, para sentarse a escribir hasta el
amanecer. Eso lo hizo todas las noches sin fallar, y de su pluma
salió un libro tras otro.
Conversamos un poco más, y luego apareció un nuevo grupo en la
puerta que se inclinaba y se arrodillaba. El maestro sonrió y afirmó
con la cabeza. Nuestra entrevista había terminado.
Hay novelas como Confesiones de una Máscara, El Templo del
Pabellón Dorado, El Sonido de las Olas, Después del Banquete,
Colores Prohibidos. Hay obras de Kabuki, obras de Noh, obras modernas,
cuentos cortos, ensayos, crítica, poemas, canciones. Su última obra
fue una tetralogía que utiliza la reencarnación como una forma
literaria de continuidad. El primer volumen, Nieve de Primavera, fue
una de las obras más populares de la literatura del Japón de la
posguerra
Mishima tuvo mil veces más interés en Japón que en Occidente.
Pero él se abrió al Occidente, y tenía un amplio conocimiento de la
cultura europea. Y tenía tiempo para nosotros, lo cual es más de lo
que se puede decir de la mayoría de sus contemporáneos
Muchos intelectuales en Japón, fueran de izquierda o de derecha,
estuvieron molestos con la situación política. Estaban frustrados,
por la propaganda gubernamental que insistía en que Japón llevara
una bella relación con Estados Unidos y que sus problemas de defensa
los resolviera totalmente el tratado de seguridad con ese país.
"La gente está molesta porque nuestra sociedad se desplaza como
si fuera un ferrocarril: parece que no hay posibilidades de apartarse
de los rieles y tomar una dirección diferente".
La de Mishima fue una energía creadora maravillosa, asombrosa y
temible, tan maravillosa, asombrosa y temible como la energía
creadora del propio Japón contemporáneo.
Mishima no dijo que debía haber ganado el Premio Nobel de
Literatura, o por lo menos no me lo dijo a mí. Pero no tuvo duda
alguna sobre su posición - como artista en Japón. Durante una
conversación sostenida a altas horas de noche, observó que "no
puedo advertir desarrollo cultural en el Japón de posguerra que sea
de alguna importancia, tal vez la arquitectura sea la única
excepción. ¿La pintura? No. ¿La escultura? No. ¿El teatro? No. En
literatura sólo estoy yo. Sólo es una broma, pero ya saben que un
escritor debe tener confianza en sí mismo"
Mishima estaba preocupado con este retorno a un espíritu esencial
japonés en la literatura, así como en las artes marciales. En la
mayoría de sus primeras novelas, los protagonistas eran antihéroes,
heridos física o psicológicamente, atormentados por obsesiones con
la belleza o el sexo, o la mutilación y el martirio. Estaba fascinado
por la sangre, el dolor y el terror.
Un amigo occidental recordó haber sido invitado a cenar en casa de
Mishima, a altas horas de la noche. Mishima ofreció enseñarle al
amigo su colección de espadas. "Las espadas eran bellísimas y
muy afiladas", relató el occidental. "Mishima tomó una de
ellas y demostró el procedimiento para hacerse el harakiri, y
posteriormente hizo una película sobre el harakiri.
Después dijo que me quería mostrar, cómo un samurai solía
ayudar a un amigo a hacerse el harakiri. Me dijo que me arrodillara
sobre la estera. sentir el filo de la espada y casi no me atreví a
moverme. Habíamos estado bebiendo mucho toda la noche.
Mi amigo japonés cayó de rodillas al entrar en la habitación y
en su posición se movió graciosamente hacia la mesa baja y laqueada
donde estaba sentado el novelista. "Sensei" (Maestro),
murmuró mi amigo. "Es un gran honor".
Afortunadamente, Mishima nunca perdía el control.
© NYT. Traducción: Eduardo Gómez |