Yukio Mishima : La espada y el crisantemo

Philip Shabecoff

 
 

 

En el siguiente artículo, el ex corresponsal del New York Times en Tokio recuerda la visita que hizo a Yukio Mishima en agosto de 1970, tres meses antes del dramático suicidio del gran escritor japonés.

En los años 30, los integrantes de Tate No Kaki más parecían boy scouts que miembros de las juventudes hitlerianas.

Es cierto que no participaron en una actividad política seria. Mishima les dijo que se preparaban para ayudar a las fuerzas armadas, en caso de que se diera algún levantamiento izquierdista en Japón.

En su mayoría se limitaban a cantar su canción, a tomar clases de karate y, una vez al año, acudían durante dos semanas a entrenarse en las faldas del Monte Fuji.

Para Shunsaku Fukuda, alumno alto y bien parecido de 23 años, resultaba difícil explicar la razón por la que se incorporó a la Sociedad del Escudo. "Tenía mucho interés en el señor Mishima, no en sus libros, porque no había leído muchos, sino en sus ideas sobre Japón...

Supongo que en lo que más coincidí con el señor Mishima es que debíamos devolverle la espada a la cultura japonesa, para que se uniera al crisantemo".

Yukio Mishima tenía muchos trajes, muchos disfraces, muchas poses y muchos pasatiempos. Un traje que él mismo se diseñó era un uniforme de militar, con una túnica hecha a propósito para adaptarse a su torso musculoso y delgado, una gorra de gran visera y pantalones ajustados

Otro de los trajes de Mishima era el kimono blanco como la nieve, que usaba para arrodillarse silenciosamente sobre el piso de madera de un gimnasio de la policía, con la cabeza rapada ligeramente inclinada, y con una filosísima espada al cinto.

De pronto, con un movimiento grácil, tan rápido y fluido que resulta difícil seguirlo con la vista, se ponía de pie, sacando la espada. La hoja cortaba el aire una y otra vez; lenta y cuidadosamente volvía a su cintura. El proceso se repetía, y en cada ocasión ligeramente cambiado Con una modesta inclinación de cabeza, Mishima agradecía el aplauso de los niños y de sus madres, sentadas entre el público, y explicaba a un invitado extranjero el significado de los pases con la espada del ritual samurai. "Esta posición es para ayudarle a un amigo a hacerse el harakiri, la otra es para protegerse de un ataque por sorpresa".

Fue el uniforme del pequeño ejército del propio Mishima, llamado el Tate No

Kai (la Sociedad del Escudo). Habían unos 100 jóvenes en el ejército, todos ellos bien formados, con rasgos bien definidos y complexión delgada, todos ellos de buenas maneras y francos. Mishima gustaba de pararse entre ellos y verlos participar en la revista, o cantar con ellos "La Canción del Tate No Kai", escrita por él mismo

En otro gimnasio lucía un traje blanco de karate. Sólo llevaba un año en esto, y aunque pateaba, manoteaba y gritaba "¡hiee!" junto con los jóvenes, parecía un poco forzado y extraño. "Se desempeñaba con mucha diligencia en el karate, y llegaría a ser muy bueno en eso", afirmó su instructor. "Por supuesto, no era tan ágil como los jóvenes".

Y luego tenemos a Mishima ataviado con ropa llamativa, actuando en una película de pandilleros (hizo tres películas, pero distaba mucho de competir con Toshiro Mifune en cuestión de popularidad), o Mishima sentado sobre una estera de tatami y vestido con un kimono oscuro, sirviéndole a un invitado rebanadas delgadísimas de pescado crudo, mientras contemplaba en silencio la luz de las candilejas.

 Mishima sosteniendo un diálogo con un grupo de estudiantes de izquierda, que le brindaban su respetuosa atención. Mishima, que dirigía su propia obra de teatro Kabuki en el Teatro Nacional. Mishima sermoneando con ingenio en inglés coloquial a un grupo de matronas estadounidenses en la Casa Internacional de Tokio, donde, como recuerda uno de los que lo escucharon, "la temperatura sexual subió en cuanto entró él". Mishima posando desnudo, con excepción de las joyas de su esposa, para un libro de fotografía

Una opinión aún más halagadora puede encontrarse al sur de Tokio, en la vieja ciudad de Kamakura. Allí, al pie de una colina boscosa y al lado de un santuario sintoísta, en un hogar largo y bajo de madera oscura, con techo de tejas negras, colocado en un jardín formal y lleno de hierba, vive Yasunari Kawabata, laureado con el Premio Nobel de Literatura 1968. Un amigo japonés y yo entregamos nuestras tarjetas de visita y después de algunos minutos nos recibió

Kawabata en una pequeña habitación tatami, cuyas "shoji" - ventanas corredizas de papel de arroz-, se cerraron como protección contra el aire helado proceden te de las colinas

Kawabata vestía un saco de lana y camisa azul de cuello de tortuga, y su cabello, largo y blanco como la nieve, peinado hacia atrás como si fueran dos alas a partir de la frente, con sus enormes ojos líquidos que lo hacían parecer ligeramente divertido. Preparó el té, y sus manos, pequeñas y delicadas, se movían hábilmente entre los componentes de un exquisito juego de té viejo y servían agua de una tetera humeante colocada sobre un pequeño fuego de car bón. Después encendió el primero de la sucesión de cigarrillos que se fumó durante toda la tarde.

"Ah, usted quiere saber acerca de Mishima", dijo con una risita. "El no fue mi discípulo, sabe, aunque a veces la gente diga eso.

Entonces, ¿quién fue este Mishima? ¿Un Norman Mailer japonés que hace gala de un machismo al estilo de los samurai? ¿Una especie de hombre de dios hacía reinos al estilo zen? ¿Un peligroso militarista reaccionario, como decían algunos críticos de izquierda? ¿Un individuo que buscó la fama con desesperación?

"Bueno, Mishima fue un talento extraordinario, y no fue tan sólo un talento japonés, sino un talento a escala mundial. Es el tipo de genio que se presenta tal vez una vez cada 300 años. "Su obra Nieve de Primavera y los otros volúmenes, forman su mejor libro ahora. Solía decirse que Kinka-kiji (El Templo del Pabellón Dorado) era su obra maestra. Pero ésta es más grande. Mishima realmente la hizo con todo su corazón hasta. Tenía una gran habilidad para manejar las palabras, y nunca estuvo mejor que en este libro. No sé cómo será ya traducido, pero en japonés es una obra maestra

Mishima decía que no era nada de eso. Era un escritor, explicaba; todas sus demás actividades estaban al servicio de su arte, y en forma alguna interferían con su arte.

Quizás en verdad a Mishima le fascinó representar papeles. Pero sus escritos lo revelan como un hombre tremendamente honesto, que buscó siempre la verdad. Hay que creer en su palabra, hasta cuando habló de sí mismo.

"Antes de que obtuviera el Premio Nobel dije que Mishima lo recibiría. Es uno de los escritores japoneses más comprensibles para la mente de los occidentales. Considero que el premio no me fue concedido tanto a mí como a Japón. Por lo que se refiere al talento, Mishima es muy superior a mí".

Entonces, el retrato más claro y exacto de Mishima lo muestra de regreso a casa tras una noche de entrenamiento con su ejército, llegando a su estudio a media noche, para sentarse a escribir hasta el amanecer. Eso lo hizo todas las noches sin fallar, y de su pluma salió un libro tras otro.

Conversamos un poco más, y luego apareció un nuevo grupo en la puerta que se inclinaba y se arrodillaba. El maestro sonrió y afirmó con la cabeza. Nuestra entrevista había terminado.

Hay novelas como Confesiones de una Máscara, El Templo del Pabellón Dorado, El Sonido de las Olas, Después del Banquete, Colores Prohibidos. Hay obras de Kabuki, obras de Noh, obras modernas, cuentos cortos, ensayos, crítica, poemas, canciones. Su última obra fue una tetralogía que utiliza la reencarnación como una forma literaria de continuidad. El primer volumen, Nieve de Primavera, fue una de las obras más populares de la literatura del Japón de la posguerra

Mishima tuvo mil veces más interés en Japón que en Occidente. Pero él se abrió al Occidente, y tenía un amplio conocimiento de la cultura europea. Y tenía tiempo para nosotros, lo cual es más de lo que se puede decir de la mayoría de sus contemporáneos

Muchos intelectuales en Japón, fueran de izquierda o de derecha, estuvieron molestos con la situación política. Estaban frustrados, por la propaganda gubernamental que insistía en que Japón llevara una bella relación con Estados Unidos y que sus problemas de defensa los resolviera totalmente el tratado de seguridad con ese país. "La gente está molesta porque nuestra sociedad se desplaza como si fuera un ferrocarril: parece que no hay posibilidades de apartarse de los rieles y tomar una dirección diferente".

La de Mishima fue una energía creadora maravillosa, asombrosa y temible, tan maravillosa, asombrosa y temible como la energía creadora del propio Japón contemporáneo.

Mishima no dijo que debía haber ganado el Premio Nobel de Literatura, o por lo menos no me lo dijo a mí. Pero no tuvo duda alguna sobre su posición - como artista en Japón. Durante una conversación sostenida a altas horas de noche, observó que "no puedo advertir desarrollo cultural en el Japón de posguerra que sea de alguna importancia, tal vez la arquitectura sea la única excepción. ¿La pintura? No. ¿La escultura? No. ¿El teatro? No. En literatura sólo estoy yo. Sólo es una broma, pero ya saben que un escritor debe tener confianza en sí mismo"

Mishima estaba preocupado con este retorno a un espíritu esencial japonés en la literatura, así como en las artes marciales. En la mayoría de sus primeras novelas, los protagonistas eran antihéroes, heridos física o psicológicamente, atormentados por obsesiones con la belleza o el sexo, o la mutilación y el martirio. Estaba fascinado por la sangre, el dolor y el terror.

Un amigo occidental recordó haber sido invitado a cenar en casa de Mishima, a altas horas de la noche. Mishima ofreció enseñarle al amigo su colección de espadas. "Las espadas eran bellísimas y muy afiladas", relató el occidental. "Mishima tomó una de ellas y demostró el procedimiento para hacerse el harakiri, y posteriormente hizo una película sobre el harakiri.

Después dijo que me quería mostrar, cómo un samurai solía ayudar a un amigo a hacerse el harakiri. Me dijo que me arrodillara sobre la estera. sentir el filo de la espada y casi no me atreví a moverme. Habíamos estado bebiendo mucho toda la noche.

Mi amigo japonés cayó de rodillas al entrar en la habitación y en su posición se movió graciosamente hacia la mesa baja y laqueada donde estaba sentado el novelista. "Sensei" (Maestro), murmuró mi amigo. "Es un gran honor".

Afortunadamente, Mishima nunca perdía el control.

© NYT. Traducción: Eduardo Gómez

 
 
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