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Miguel de Molina, tan grande, tan andaluz
Vivió en la Argentina más tiempo que en España y
tuvo aquí tanto éxito como allá. Miguel de Molina, cantante, bailarín,
recitador, llegó a Buenos Aires perseguido por el franquismo y ensanchó
fama y renombre. Cine, teatros, televisión, radio, varietés: a lo largo de
varios años decenas de escenarios lo mostraron frente al público porteño.
Pancho Guerrero, productor de espectáculos, fue su amigo durante muchos
anos y recuerda el paso del artista por las tierras que vieran brillar y
también morir a quien fue considerado "el mejor intérprete de la más
gloriosa generación de la canción española!".
A Miguel de Molina se lo conocía en Buenos Aires por sus discos y sus
películas, y por eso el día que debutó en el Teatro Cómico de la Avenida
Corrientes la sala estaba llena. Era noviembre de 1942 y él tenía 35 años.
En esa época no era costumbre que las estrellas de los espectáculos
aparecieran primero, pero él estaba ahí apenas se corrió el telón y
entonces recibió la primera ovación a este lado del Atlántico.
"El éxito de Miguel de Molina fue realmente impresionante, y no
solamente en la Avenida de Mayo, donde trabajaban los artistas españoles:
él triunfó en todo el país. No se conoce éxito como el de Miguel de
Molina. Sus actuaciones eran muy cotizadas. Y no sólo actuó encabezando
sus compañías, también estaba al frente de espectáculos con figuras
locales como Pepe Arias, Mario Fortuna, Nélida Roca ... Fue un hombre
realmente importantísimo en el espectáculo musical porteño."
Eso lo dice Pancho Guerrero, un hombre ligado con el espectáculo local
desde hace más de cincuenta años, pionero de la televisión vernácula y uno
de los amigos argentinos de Miguel de Molina, de los pocos que lo
siguieron frecuentando hasta el final, cuando era grande la brecha del
tiempo que separaba de escenarios y públicos fervorosos a quien fue
considerado el mejor intérprete de la más gloriosa generación de la
canción española.
Ida y vuelta
Su primera estadía en la Argentina no fue demasiado extensa, porque no
había transcurrido un año de éxito en el país cuando la policía lo fue a
buscar a su casa. Le comunicaron que había orden de deportarlo por malas
costumbres y lo llevaron al puerto. Hacia poco que el general Pedro Pablo
Ramírez había dado el golpe de Estado que clausurara la llamada Década
Infame.
“Miguel iba en un barco que pasaría primero por Brasil, y entonces sus
amigos, que eran gente de fuerte posición económica, le dicen que cuando,
el barco pase por Montevideo lo van a rescatar, y salieron a buscarlo en
sus yates -cuenta Guerrero-. Y mientras él estaba en la borda, con un
salvavidas puesto y con un abrigo, un oficial de a bordo se acercó y le
dijo: Señor Molina, no siga tomando frío: hay orden de pasar muy lejos del
puerto de Montevideo."
Fracasado el rescate, Miguel de Molina fue a México, pero allí eran
tiempos de fortaleza en el sindicato de actores y Jorge Negrete y
Cantinflas le contaron de las reglas de proporcionalidad de mexicanos en
escena.
-Miguel se opuso –cuenta Guerrero-, y el día que debutó, a sala llena,
cuando salió al escenario sonó un balazo al aire y una orden: "Abajo el
telón". Y se terminó Miguel de Molina en México. Luego, en el 46, llega el
momento en el que tiene que decidir, porque Juan Domingo Perón lo invita a
volver a la Argentina y a su vez un empresario lo quiere llevar a Broadway. Y él, aunque se había llevado de aquí un sabor amargo y le
habían rematado las cosas que tenía en un departamento de la calle
Charcas, decide volver.
-¿Él conoció a Evita?
-Sí, pero en esos años en que todos se metían en política, él trató de
mantenerse lo más al margen posible. Cuando lo llamaban iba, agradecido
porque lo habían traído, pero nunca hizo campaña proselitista. A lo sumo
lo usaron a él, pero él no usó a la política. Una vez que fue con Evita al
Teatro Colón la gente se abalanzó sobre él a pedirle autógrafos, y ella
quedó a un costado... Miguel observó que había una competitividad que no
le era conveniente, así que trató de mantenerse al margen.
España
En abril de 1907 nació en Málaga. A los diez años se fue de su casa.
Con un grupo de gitanos, de los que aprendió artes de baile, y canto,
recorrió Andalucía. En el año 30 comenzó a actuar en locales de Madrid y a
vincularse con figuras de prestigio artístico. Se hizo amigo de Federico
García Lorca, de Jacinto Benavente, de Rafael de León, y compartió
escenarios con Imperio Argentina, Estrellita Castro y Pastora Imperio. En
el 34 protagonizó El amor brujo, de Manuel de Falla. Sus versiones de Ojos
verdes y de La bien pagá mantienen con los años un consenso de
reconocimiento de maestría. Los críticos fueron generosos con él y lo
calificaban como "estrella capital de la canción española", "artista de
raza y hombre sensible" o "sinónimo de alegría, colorido y emoción
telúrica". García Lorca dijo que era "un duende flotando en el aire".
Salía al escenario con sus pantalones ajustados, sus blusas de mangas
anchas plagadas de lunares y su talento para cantar, bailar y recitar, y
del, otro lado crecían la admiración y el fervor del público español.
Cuando en 1936 empezó la Guerra Civil Española estaba del lado
republicano, en la filmación de Alhambra, en Barcelona: allí se enteró del
asesinato de García Lorca. Permaneció en territorios de la República hasta
que el franquismo ganó la guerra y fue obligado a realizar varias giras
por todo el país. Tras un anuncio suyo por abrirse de los mandatos del
régimen, tres agentes franquistas lo subieron a un auto, lo golpearon, le
cortaron el pelo, le dieron a beber ricino y lo abandonaron en las afueras
de Madrid. Decidió irse. Se embarcó rumbo a Buenos Aires con la compañía
de Lola Membrives. Sólo volvería a España en 1958, para liquidar una casa
que había sido de su madre. Y aunque no lo persiguieron y le hicieron
muchas ofertas para trabajar, se había aquerenciado de la Argentina.
El éxito de este lado
Cuando se instaló definitivamente en Buenos Aires, desde 1946, el éxito
lo acompañó durante muchos años. Trabajó en los teatros porteños más
importan-tes: el Nacional, el Maipo, el Avenida, el Odeón, el viejo Teatro
del Mar (hoy Blanca Podestá), el Casino, el Cómico. Y en salas de varieté
como Goyesca y Tronio. Y en muchas ciudades del interior, como Rosario y
Mar del Plata. Y en Montevideo y Punta del Este.
"El se ganó al público argentino, y de distintas clases sociales
-subraya Pancho Guerrero-. Las grandes fortunas le tenían una admiración
total. En Punta del Este hizo temporadas fabulosas. Y en Montevideo tuvo
un éxito apabullante actuando con Imperio Argentina y con Ángel Pericet."
Miguel de Molina era sumamente puntilloso con la puesta de los
espectáculos y maniático de los mínimos detalles. En el relato de Guerrero
surgen algunos rasgos de divo.
"Tenía un carácter muy duro, bravísimo, un hombre tan cabeza dura como
exigente consigo mismo. Una vez le dijo a un empresario que le pintara un
camarín de blanco, a la cal. Y este empresario se olvidó, o no habrá
querido gastar en pintura. Miguel llegaba siempre temprano al teatro, y en
una vermouth totalmente vendida no aparecía. Entonces lo llamaron por
teléfono y él dijo que no iría a trabajar. Después de discutir lo
convencieron, pero él puso una condición: Quiero que me pongan una
alfombra desde el cordón de la vereda hasta el camerino, para no pisar ese
cochino teatro. Cuando llegó, miró y preguntó: ¿Y la alfombra? Trataron de
convencerlo y no hubo caso: tuvieron que ir a los sótanos a buscar una
alfombra y ponerla. Eso ocurrió en el viejo Teatro Avenida."
Era un hombre de terciopelos, alhajas y obras de arte. Su auto era otra
excentricidad: un Cadillac con asientos tapizados en piel de tigre. Y
chofer japonés.
Cuenta Guerrero que en el
Chantecler, una sala de lujo del Buenos Aires
de los 40 que tenía hasta pileta para ballet acuático, durante una
actuación un tipo le gritó maricón.
"Él tenía una definición muy clara respecto a la homosexualidad. No le
gustaba el hombre que iba por la calle mariconeando: él en la calle era un
señor, un caballero. Así que cuando el tipo le gritó, él bajó del
escenario y le dio una trompada que casi lo mata. Eso fue famoso, en el
Chantecler. Y le dijo: Usted está equivocado. Yo entre cuatro paredes hago
mi vida, pero afuera soy un señor, eh. Soy un hombre."
Televisión, radio, cine
En los comienzos de la televisión argentina era difícil que las
estrellas del teatro se arriesgaran a un nuevo medio. Miguel de Molina
aceptó hacer un par de shows en LR3 TV, el canal de Jaime Yankelevich.
Guerrero era camarógrafo.
-Sería el año 53 o 54 -cuenta-. Miguel le profetizó a don Jaime que la
televisión sería grande e importante cuando hubiera tantos decorados
apilados en los pasillos que no se pudiera caminar. Y así pasó: a los tres
años no se podía caminar por los pasillos de los estudios de Ayacucho y
Posadas. Miguel es el inventor del “piso brillante” porque cuando, vio
que el suelo era de parquet dijo que eso no podía ser, y mandó a pedir dos
camiones de tierra; hizo un piso de tierra, y puso un carromato gitano,
con burros y mulas de verdad. Y en el segundo show que hizo puso arañas
francesas auténticas, porque decía que había que darle lujo. El día del
debut, cuando llega la hora de salir al aire, Miguel no estaba listo. Y
entonces pidió que le mandaran la cámara al camerino, y apareció
maquillándose y arreglándose, y contándole a la gente que no había
llegado, pero que se estaba arreglando y ya iba a empezar, una cosa de lo
más amena, mostrando un poco de entre casa en la televisión.
-¿Trabajó en radio?
-Sí, cómo no. Acá debutó en Radio Belgrano, en los tiempos en que había
auditorio. Y en el Uruguay también trabajó en radio.
En Buenos Aires protagonizó Esta es mi vida, una película con
referencias autobiográficas, dirigida por Román Viñoly Barreto. Palabras
finales de Miguel de Molina: "Y es verdad, esta es mi vida, porque llevo
en mi alma el teatro como en los labios una canción". El filme es de 1952
y tuvo éxito en toda Sudamérica.
Cuarenta años después, cuando se estrenó Las cosas del querer, una
película que la crítica -por lo menos- asumió como basada en parte, en su
vida, Miguel de Molina se enojó y rechazó las comparaciones. Guerrero fue
con él al cine y cuenta que el viejo cantante gritaba en la sala a
oscuras, enfurecido.
Retiro
En el 60, en Rosario, se puso un pantalón y no podía abrocharlo. Se
dijo que no podía seguir y que al terminar la temporada se retiraría. El
público había aflojado un poco.
Algunos gestos de figuras reconocidas contribuyen a dimensionar la
figura de Miguel de Molina. Cuenta Guerrero:
"Un día estábamos comiendo en la Costanera y en otra mesa estaba
Mercedes Sosa, y él quería conocerla. Yo me acerqué a Mercedes y le dije.
Y ella, con esa humildad que tiene, de los grandes, fue, lo abrazó, lo
besó... No sé cómo agradecer esta sorpresa, le decía, porque sabía muy
bien quién era él.
"Era muy amigo del gordo Aníbal
Troilo, eran como hermanos... A veces
se encontraban en los baños turcos del Hotel Castelar. A él le gustaba
mucho el tango. No hay que olvidarse que en sus años de éxito el tango
estaba en apogeo.
"Cuando debutó Naty Mistral y lo vio a Miguel en el palco paró todo y
dijo ¿Cómo voy a recitar yo, estando Miguel de Molina en el palco. Después
recitó, con toda la seriedad del caso.
"Él fue quien le dio el
espaldarazo a Lola Flores cuando debutó en el
teatro Casino. Le dijo: Tú tienes que vestirte así, y hacer esto y
esto...”
"Con el Negro Alberto 0lmedo eran muy amigos. Iban a cenar y se
quedaban charlando hasta cualquier hora... Miguel se volvía a su casa en
remise, y como era muy cabeza dura se enojaba mucho si se lo pagaban...
Una vez Olmedo se lo pago y se armó un lío bárbaro: ¡ Pero tú, Negro, qué
te crees...!
"Siempre estaba en primera fila cuando debutaban en Buenos Aires Paco
de Lucía, o Joan Manuel Serrat... Y cuando vino Pepe Sacristán y lo
conoció se quedó enloquecido..."
Los Últimos años
Vivió en una casona de Echeverría y 0
Higgins, Belgrano, Buenos Aires,
y dio pocos reportajes desde su retiro. El círculo de amistades se fue
achicando y al final era poca la gente que entraba allí. En su apogeo, la
casa estaba colmada de obras de arte -incluso tuvo un negocio de
antigüedades- pero los robos de algunas visitas (le afanaron, por ejemplo,
un manuscrito de García Lorca) y algunas crisis económicas que provocaron
ventas y empeños mermaron las reliquias. En los últimos tiempos
frecuentaba a Guerrero y a su esposa, a un sobrino, al actor Jorge
Barreiro y a pocos más.
En diciembre de 1992 lo condecoró el gobierno español y fue su última
aparición pública. Se puso un traje de terciopelo negro, una camisa roja
con botones de zafiro, un moño y un sombrero de ala ancha. Cantó
emocionado un tramo de Ojos verdes. Al mes siguiente le aflojó la salud y
estuvo internado en el Hospital Israelita.
En marzo de 1993 llegó el final. El viernes 6, como no contestaba el
teléfono, Guerrero y Barreiro saltaron la verja de su casona y entraron:
lo encontraron muerto de un infarto. Los funerales fueron al día
siguiente, en el Cementerio de la Chacarita.
Él solía decir que la Argentina era su segunda patria.
Diciembre de 1997. ÁNGEL BERLANGA
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