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En la Unión Soviética se promulgó recientemente una ley que impone penas
severas contra la homosexualidad. Esto es sorprendente, y uno se pregunta con
qué lógica y con base en qué moral puede un gobierno socialista justificarse por
amputarle los derechos y difamar a un grupo humano cuya "culpabilidad'' reposa
sobre inclinaciones particulares que le han sido dadas por la naturaleza. Pero
así es. Los problemas y los escándalos que la Unión Soviética conoce en sus
territorios orientales sin duda contribuyeron a la instauración de este tipo de
ley humillante -contra la cual la izquierda de los países de Europa central y
occidental ha luchado encarnizadamente durante varias décadas.
A estas
dificultades cruciales, que ciertamente habría que solucionar con otras medidas,
se añade sin lugar a dudas el estado de ánimo actual. A este ánimo, y no a las
dificultades, atribuyo preponderancia. Por estado de ánimo del momento no
entiendo simplemente, y en primer lugar, la tendencia cada vez más clara en la
Unión Soviética a reflexionar y a juzgar sobre el tema del erotismo en un
sentido cada vez más conservador y severo, tendencia que se puede explicar como
una reacción frente a libertades que tal vez se han vuelto excesivas. Veo más
bien una desconfianza y una animadversión hacia todo lo que es homoerotismo que
alcanzan un grado intenso en la mayoría de los ámbitos antifascistas y en casi
todos los medios socialistas. Se está a punto de identificar a la homosexualidad
con el fascismo. Y no es posible seguir guardando silencio al respecto. Nosotros
que combatimos los prejuicios raciales, ¿tendríamos que dejar que se propague el
prejuicio más insensato contra ciertas inclinaciones...?
Parece olvidarse de qué lado viene todo lo que ha podido desacreditar y
difamar a la homosexualidad. El artículo 175 fue defendido y custodiado por la
burguesía reaccionaria y por la Iglesia, la cual reveló así algo de su
naturaleza que nos la vuelve por siempre extranjera y hostil. Todo lo que era
progresista estaba en contra de ese artículo. La lucha contra la
homosexualidad era el asunto "moral'' de la burguesía, y lo asumió con el mismo
pathos con que asumió la lucha contra el amor libre, es decir, con el
pathos de una "moral'' que hoy ya ni siquiera combatimos (como Wedekind
podía hacerlo entonces), pero ante la que somos totalmente herméticos. Ha
cambiado la idea misma de lo que es moral. Pero ahora, bajo otros presagios,
decidimos reconsiderarla. ¿Al llegar a la edad adulta, acaso es todavía tema de
conversación preguntarse si se le puede reconocer a cada quien el derecho a amar
de una manera que sea precisamente suya, siempre y cuando no perturbe las
relaciones domésticas, ni abuse de la inocencia de los menores (reservas que por
supuesto se aplican tanto al sujeto invertido como al individuo "normal'')? ¿No
tenemos acaso vergüenza de abrir de nuevo la discusión sobre algo que es
evidente, de dar lugar a que se abra nuevamente?
La parte ilustrada de la burguesía en las grandes urbes ya superó su
concepción estrecha y falsa de la moral, pero si bien es tolerante en cuestiones
de erotismo, conserva naturalmente posturas rígidas en materia de propiedad.
Pero es ahora el socialismo mismo el que adopta una postura que la propia
burguesía había rechazado, ¡por considerarla anacrónica!
A Máximo Gorki, nada menos, se le atribuye una frase asombrosa:
"¡Desaparezca a todos los homosexuales, y el fascismo desaparecerá!'' Por
desgracia no es imposible que el papa de la literatura socialista haya dicho
eso. Tal era el sentir de la época. ¿Pero de dónde surge todo esto? ¿De dónde
surge que en los periódicos antifascistas leamos las palabras "asesinos y
pederastas'' reunidas con tanta frecuencia como sucedía con el "traidores del
pueblo y judíos'' de los diarios nazis? La palabra "pederasta'' como una
injuria ¡sólo porque hay muchos hombres en las organizaciones nazis que aman a
los jóvenes en lugar de amar a las mujeres!
Esta es una historia que comenzó con el ataque organizado de manera pérfida e
indigna contra el capitán Röhm. Las estúpidas cartas sentimentales que había
enviado de Sudamérica eran asunto de su vida privada. Era una vulgaridad absurda
y superflua arrastrarlas por la plaza pública. No sólo era vulgar y torpe esa
manera, sino también nula su eficacia. Al capitán Röhm esto no le afectó: a
quienes se deseaba colocar contra él, o bien no creyeron la historia, o bien no
pensaron tener nada que decir al respecto; y los demás, aquellos que se sentían
escandalizados, de cualquier forma no le habían tenido jamás ningún aprecio.
El
hecho de que Hitler haya intervenido y haya seguido protegiendo a quien se
encontraba, en un sentido pequeño burgués, "comprometido'', dio, por primera y
última vez, una imagen casi simpática de los dos personajes odiosos. La gente
más correcta debió decir que verdaderamente era algo hermoso que Hitler
protegiera a su soldado, a pesar de todo lo que los periódicos podían
despotricar acerca de su vida privada. Sin embargo, el hecho de que periódicos
entregados con predilección a un "liberalismo ilustrado'' se pusieran de pronto
a gritar "pederasta'', como la esposa histérica de un pastor, debió resentirse
como algo fuera de lugar y poco delicado. Recuerdo cuán terriblemente ridículo y
penoso era ver un periódico berlinés vespertino cuya redacción estaba integrada
casi exclusivamente por homosexuales más bien emprendedores, diferenciarse
mediante encabezados burlones e indignados, como si no hubiera otra cosa que
reprochar a los nazis que la vida amorosa de ese capitán gordo.
Sin embargo había, y sigue habiendo, mucho que reprocharles. Ni siquiera es
posible darles crédito porque al menos sobre la cuestión de la homosexualidad
hayan sido valientes o consecuentes. Hitler protegió a su camarada mientras lo
necesitaba, después ya no. Cuando decidió abandonarlo, cosa que hizo de manera
radical, lo acusó de tener "inclinaciones particulares''. ¡Algo de lo que
supuestamente no se había enterado hasta entonces el jefe supremo! Y Hitler se
escandalizó, como se escandalizaron por su lado los periódicos liberales. El
doctor Goebbles tuvo incluso ganas de vomitar. Y esas ganas también las sentimos
nosotros, aunque no por el tema de este affaire, sino por aquella
indignación tan hipócritamente descarada.
Uno comprende muy bien que en la ``villa'' de Röhm -que de ``villa'' no tenía
nada, sólo era una taberna- las cosas hayan sucedido de forma muy diferente de
lo que cuenta Goebbels (alguien como él no va a tener súbitamente el impulso de
decir la verdad). Pero aun suponiendo que el más importante de los jueces haya
realmente visto las "escenas asquerosas'', dado que al final de cuentas cuando
uno ingresa como intruso en la habitación jamás asiste al espectáculo, no serían
esas escenas las que nos revolverían el estómago. Más bien nos harían pensar que
incluso entre estas gentes, a las que consideramos bestias feroces, existe un
tipo de contacto humano al parecer ordinario. No es lo que la prensa de
izquierda señalara contra Röhm, con insistencia tan especial, y luego Hitler, lo
que nos hace rechazar a Röhm, sino el simple hecho de que él, como todos los
dirigentes nazis, era un bribón de barbarie cínica.
Pero dejemos allí a Röhm. Nos oponemos a que se diga que un hombre que
prefiere su propio sexo al femenino tenga las ``inclinaciones particulares'' del
capitán Röhm. A lo sumo, y en el peor de los enojos, se le puede gritar a un
mentiroso empedernido que miente tanto como el ministro alemán de Propaganda,
pero es como si se pretendiera que alguien que tiene un pie deforme, el mismo
padecimiento del ministro Goebbels, se situara por ello en su mismo nivel moral.
De un homosexual se podría finalmente constatar que tiene las inclinaciones de
Leonardo da Vinci o de Sócrates. Lo cual sería igualmente estúpido. Quien siente
una atracción "por su propio sexo'' no es en realidad otra cosa que un burgués
más, o un obrero más o menos aplicado. No es, por si todavía se duda de esto, ni
más genial, ni más bestial (Ni Leonardo da Vinci, ni Röhm).
Que finalmente se comprenda: es un amor como cualquier otro, ni mejor ni
peor. Con tantas posibilidades de lo sublime, enternecedor, melancólico,
grotesco, bello o trivial, como el amor entre un hombre y una mujer. Ha habido
épocas o lugares en los que este amor era totalmente parte de las costumbres, ha
habido otras en las que no era común, o en las que los imbéciles pensaban que
era depravado. Un número enorme de hombres y mujeres lo conocieron a lo largo de
sus vidas; un número relativamente pequeño sólo conoció eso. Están quienes son
exclusivamente homosexuales -tipo humano al que no se accede por la tentación o
la costumbre, y que sólo da el nacimiento. Este tipo se encuentra en todas
partes, con más frecuencia en los países germánicos, particularmente en Alemania
e Inglaterra. En los países orientales, el amor que se considera normal es el
bisexual, para las mujeres y para los jóvenes.
¿Pero habrá que seguir pensando que quienes son exclusivamente homosexuales
forman un grupo homogéneo? La infortunada apelación de "tercer sexo''
contribuyó a crear este error, más bien ingenuo. A decir verdad, entre quienes
son exclusivamente homosexuales encontramos todas las categorías, desde
el esteta decadente al mozo de cuadra; no hay simplemente un grupo "activo'' y
otro ``pasivo'', sino todo tipo de actividad y de pasividad, con todos los
matices posibles entre estas dos condiciones de sensibilidad. La homosexualidad
era muy común en los estados militares que preconizaban el ascetismo (Esparta,
Prusia) y en las civilizaciones decadentes muy refinadas (la Roma tardía, París
y Londres cerca de 1900). También jugó un papel importante en épocas que tenemos
la costumbre de llamar épocas de esplendor: piénsese en los mejores momentos de
Atenas, en el Renacimiento. Desde siempre ha habido cientos de tipos diferentes
de homosexuales, también los muy mediocres y desastrosos. Es innegable que un
número relativamente grande de genios de la humanidad se inclinaron por esta
forma de amor, genios de todos los campos y en todas las formas, por razones
cuya complejidad no cabe discutir aquí. Se dice de buen grado, con acento un
tanto necio, que estas inclinaciones particulares son "desgraciadas'', y es
posible que la vida de quien gusta de los chicos, los adolescentes o los
jóvenes, tenga más sufrimiento y confusión, más renuncia, amargura y desilusión
que la vida de un individuo al que se considera "normal''. Pero a veces los
sufrimientos desembocan en un comportamiento lastimero y llorón, en otros
momentos, en desesperación sin salida; y, en ocasiones, también en una
producción voluminosa. Lo que estas inclinaciones particulares han dejado por el
mundo, al obligar a quien las tiene a manifestarse, no es en realidad una
multitud de penas, sino la dicha que brinda una variedad de creaciones. Y aunque
éstas sean, como toda gran creación, producto de muchas desventuras, no por ello
pierden ni su esplendor ni su poderío.
¿Sabemos todo eso? ¿Desde hace mucho tiempo? Pero en el país que pensaríamos
más ilustrado, el país más progresista del mundo, la forma de amor que aquí
evocamos es desde ahora objeto de una represión terrible. Y en cualquier
periódico de izquierda se leen bromas idiotas sobre los traseros, mientras que
al mismo tiempo, en Berlín, se organizan "redadas nocturnas contra
homosexuales'' a quienes luego se envía a los campos de trabajo.
Algo que les va muy bien a los nazis es, por un lado, formar camarillas de
homosexuales, y por el otro, arrestar homosexuales, castrarlos o asesinarlos. La
izquierda debería mostrarse más lúcida. Por el momento adopta, justamente sobre
este tema, los prejuicios más pequeño burgueses. Y lo hace con la explicación de
que a los jóvenes que viven en los campos se les conduce inevitablemente a
dormir unos con otros. Sin embargo, habría que informarse si algo semejante se
prohibía en las asociaciones juveniles de izquierda o proletarias. La respuesta
asombrará a quienes consideran a la homosexualidad como una particularidad del
fascismo. Lo que habría que poner en la picota y rechazar es el espíritu de
estos campos, no el hecho, muy obvio, de que también allí encuentre uno
invertidos, o gente dispuesta a interpretar el papel de "buenos camaradas''.
Según se dice, las "ligas'' siempre han tenido un carácter homoerótico, y el
fascismo se basa en el principio de las "ligas''. Pero dejemos a un lado el
problema de saber en qué medida aquel que es un invertido se siente realmente
atraído por el espíritu de las "ligas''. A menudo es alguien enfermo de
soledad, un tímido a quien se le reprocha su carácter poco social. Pero
admitiendo que todos los invertidos buscaran las ligas masculinas, y que dichas
ligas llevaran para siempre el estigma de la inversión, lo que importa es el
espíritu que ha inspirado la formación de esa liga, y no el cimiento erótico que
une a sus elementos. ¿Acaso una "liga'' tiene necesariamente un carácter
fascista, enemigo del progreso? También Walt Whitman quería una liga de hombres
unidos por el amor, la liga de la resplandeciente camaradería sobre todo el
continente. Y la convocaba con estas palabras: "¡Para ti, Oh Democracia!'' En
él vemos surgir fervorosamente del pathos homoerótico lo que es
democrático, igual que en Stefan George surge, como el más serio y sólido de los
vínculos, lo que es aristocrático.
El ejercicio final consiste siempre en llegar hasta el jefe supremo: la
deificación de su persona tendría, conciente o inconscientemente, un carácter
homosexual. Si uno le pregunta a un joven hitleriano que tiene una noviecilla si
siente atracción por el jefe supremo, éste responderá con una carcajada o lo
tomará como una ofensa. Esta reacción no excluye al complejo inconsciente que
puede existir en muchos casos. Sin embargo, la cuestión decisiva sigue siendo:
¿a qué jefe ama uno de semejante manera? ¿Han olvidado los marxistas que
el dogma y el tipo de jefe que combatimos está determinado por factores
económicos? ¿Han olvidado que Hitler, al que sin duda aman de manera más cálida
y más histérica las mujeres pequeño burguesas que los hombres, viriles o
afeminados, no llegó al poder gracias al "contagio de la juventud alemana por
la homosexualidad'', sino porque Thyssen lo financiaba, y porque las mentiras
pagadas sembraron la confusión en las mentes de quienes tenían hambre?
Se está haciendo del "homosexual'' el chivo expiatorio, un poco
"el judío''
de los antifascistas. Y esto es abominable. Tener en común con bandidos
inclinaciones eróticas particulares no hace bandido a una persona de golpe. De
ninguna manera arremeto contra puertas abiertas al enunciar una evidencia
semejante. Muchas de las conversaciones que he tenido y la lectura de artículos
totalmente indignos en los diarios, me comprueban que desgraciadamente es
necesario repetir estas evidencias. La homosexualidad no es algo que se deba
"extirpar'' y, si lo fuera, la humanidad entera saldría empobrecida, perdiendo
algo incomparable que le debe. El sentido del nuevo humanismo, para el cual el
socialismo sería una condición previa, no puede consistir más que en una cosa:
no sólo tolerar aquello que es humano y que no ocasiona desmanes criminales en
la comunidad, sino integrarlo, amarlo y hacerlo aceptar, para beneficio de
todos.
24 de diciembre de 1934
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