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Un
surrealista peruano: César Moro
por Mónica
Quijano
Cuando uno piensa en la relación del surrealismo con América
latina, varias referencias vienen a la mente: el viaje de Breton a México,
el peregrinaje de Artaud a la sierra Taraumaura, la aventura chilena de
La mandrágora, la amistad entre Paz y Breton después de la guerra,
y César Moro. Y es que resulta difícil pensar en el surrealismo
latinoamericano sin recordar a este poeta que siempre se sintió extraño en
su Perú natal. Moro es el más claro ejemplo de que en muchas ocasiones la
patria se encuentra muy lejos de ese lugar donde el destino nos hizo
nacer.
Los nueve años que Moro vivió en París, de 1925 a 1934, marcaron
profundamente su vida. Moro sale de Lima hacia Europa a los veintidós años
con el deseo de exponer su obra plástica. En 1929, conoce a Breton y
participa en las reuniones de los surrealistas. Es la época del Segundo
Manifiesto Surrealista, del acercamiento de Breton con el Partido
Comunista y por consecuencia de la mezcla del activismo político con los
experimentos de la escritura automática. Para Moro este encuentro fue
fundamental porque le permitió desarrollar su veta poética y adoptar la
lengua francesa como vía de expresión de su poesía. Moro participó
activamente en el grupo surrealista antes de la guerra, como Paz lo hizo
después. Mientras vivió en Paris, publicó "Renommée de l'amour" en la
edición 5-6 de la revista Le Surréalisme au service de la
Révolution. También participó en el libro Violette Nozières, en
1933, poco antes de su regreso a Lima. Este homenaje colectivo a la joven
parricida era una plaquette que contenía poemas de Breton, de Char,
de Éluard, de Moro y Péret entre otros; además de ilustraciones de Dalí,
Tanguy, Giacometti y Magritte.
A su regreso a Lima, Moro continuó ligado emocionalmente al grupo.
En 1935 expuso algunos dibujos y collages y en 1938 creó junto con Emilio
A. Westphalen la revista El uso de la palabra de la cual sólo
apareció el primer número. Ese mismo año el artista peruano se exilió por
motivos políticos en México donde vivió hasta fines de la década de los
40. Lo que hace de Moro un caso especial en la literatura latinoamericana
de su generación es que aún en su regreso a Perú y en su exilio en México
siguió escribiendo en francés. Esta condición de doble exilio: el
geográfico y el lingüístico hacen de él un poeta de las orillas, del
destierro.
En México, Moro organizó con el pintor Wolfgang Paalen la
Exposición Internacional del Surrealismo de la cual también escribió el
prefacio del catálogo. Colaboró en El Hijo Pródigo y en Dyn,
ésta última fundada por Paalen en 1942. Le etapa mexicana es para Moro un
período de recogimiento que llevará al extremo a su regreso a Perú.
En 1948 Moro regresó a Lima donde decide vivir entregado a la
escritura y a la pintura sin manifestarse públicamente. Durante esos años
dio clases de francés en el Colegio Militar Leoncio Prado. En la misma
época, un joven que soñaba con ser escritor fue internado en el colegio
por órdenes paternas para mitigar sus pretensiones creativas. Ese joven se
llamaba Mario Vargas Llosa. Moro fue profesor de Vargas Llosa y más tarde
sirvió de modelo a uno de los personajes de La ciudad y los perros.
"Era bajito y muy delgado - escribe Vargas Llosa en El pez en el
agua-de cabellos claros y escasos y unos ojos azules que miraban el
mundo, las gentes, con una lucecita irónica al fondo de las pupilas."
Este alejamiento de la vida pública también se reflejó en su
producción poética. Hasta 1956, año en que muere, sólo había publicado
tres poemarios en francés: un libro, Le Château Grisou (1943); y
dos plaquettes: Lettre d'Amour (1944) y Trafalgar
Square (1954). Fue el poeta francés André Coyné, amigo y albacea
literario de Moro, quien heredó la tarea de editar los diversos libros y
poemas sueltos que el poeta peruano había dejado. La muerte de Moro dio
origen al reconocimiento paulatino de su obra. Sin embargo, la publicación
de sus poemas enfrentaba las reticencias de las editoriales a publicar a
un peruano que escribió en francés. En Francia nadie lo editaba porque no
era un poeta francés. En Lima tampoco porque había que traducir sus
poemas.
Los dos primeros libros de Moro se publicaron gracias a la venta de
una serie de pasteles que el poeta había pintado un año antes de su
muerte. Con los fondos reunidos Coyné pudo publicar, por un lado, la
poesía en castellano de Moro bajo el título de La Tortuga Ecuestre y
Otros Poemas (Lima, 1957) y, por otra parte, Amour à Mort et Poèmes
1948-1955 (París, 1957). El libro editado en Francia tuvo una cierta
resonancia. Benjamin Péret lo leyó y decidió incluir algunos poemas del
autor en una antología del surrealismo que estaba preparando una editorial
italiana: La Poesia Surrealista Franchese. También, gracias a
Amour à Mort, el crítico Jean-Jaques Lévêque pidió a Coyné pinturas
de Moro con el fin de exponerlas en Le soleil dans la tête, una
galería de arte parisina. Resultó entonces que el libro que había sido
editado gracias a las pinturas del artista peruano ayudó a su vez a que la
obra plástica de Moro se expusiera en París.
La edición en español, por su lado, tuvo menos suerte. Por motivos
personales, Coyné tuvo que salir del Perú y no pudo sacar los libros de la
imprenta. Supo después que el cajón donde iban la mayoría de los
ejemplares se extravió. Sólo se salvaron algunos libros que iban
destinados a los suscriptores y los pocos que se distribuyeron a las
librerías. Este libro fue reeditado años después por Julio Ortega, dentro
de una recopilación titulada Palabra de escándalo (1974). Sin
embargo, la edición limeña de La tortuga ecuestre no fue el único
libro de Moro que se perdió. André Coyné recuerda que se sintió intrigado
al no ver, entre los originales que Moro le había dejado, ninguno de los
poemas que éste escribió entre 1930 y 1933. Dándole vueltas al asunto,
Coyné recordó que Moro le había comentado alguna vez que Paul Éluard había
perdido en un viaje la única copia de su primer cuaderno de poesía. En
busca de más información, el poeta francés revisó la correspondencia de
Moro. Entre otras cartas encontró una escrita por Éluard en abril de 1932
donde le informa a Moro que está "leyendo y releyendo los admirables
poemas del primer cuaderno que usted me ha confiado"1. Por desgracia
Éluard perdió el mencionado cuaderno en el mismo viaje en el que le
escribió la carta.
Moro fue un poeta surrealista en los dos sentidos de la palabra:
primero porque colaboró con el movimiento histórico del grupo de Breton,
segundo porque su poesía está atravesada por esta corriente artística, ese
surrealismo que Julien Gracq bautizó como "surrealismo sin edad". Moro
eligió una patria íntima, la lengua, donde poder experimentar hasta el
último límite las posibilidades de ruptura y de juego poético. Al sentirse
desterrado, ajeno de esa Lima a quién al pie de un poema calificó de
"horrible" Moro re-crea en su universo un lugar distinto: un sitio
personal compuesto de geografías, luces y sueños híbridos, un lugar que
decidió compartir con nosotros en sus libros.
1 André
Coyné, " Ahora
al medio siglo ", en César Moro, Ces poèmes, Madrid, Libros Maina, 1987,
p. 78
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