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Un poema y tres cartas del
libro Vida de
poeta

Viaje hacia la
noche
Es mi morada suprema, de la que
ya no se vuelve Krishna, en el Bhagavad
Gita
Como una madre sostenida por ramas fluviales De
espanto y de luz de origen Como un caballo
esquelético Radiante de luz crepuscular Tras el ramaje dense
de árboles y árboles de angustia Lleno de sol el sendero de
estrellas marinas El acopio fulgurante De datos perdidos en la
noche cabal del pasado Como un jadear eterno si sales a la
noche Al viento calmar pasan los jabalíes Las hienas hartas de
rapiña Hendido a lo largo el espectáculo muestra Faces
sangrientas de eclipse lunar El cuerpo en llamarada oscila Por
el tiempo Sin espacio cambiante Pues el eterno es el
inmóvil Y todas las piedras arrojadas Al vendaval a los cuatro
puntos cardinales Vuelven como pájaros señeros Devorando
lagunas de años derruidos Insondables telarañas de tiempo caído y
leñoso Oquedades herrumbrosas En el silencio
piramidal Mortecino parpadeante esplendor Para decirme que aún
vivo Respondiendo por cada poro de mi cuerpo Al poderío de tu
nombre oh poesía
CARTA
1
Lima, la horrible, 24 de julio o agosto de
1949
Querido Westphalen:
Me ha desilusionado no
haber recibido carta el día de mi aniversario, en todo caso puedes
decir que yo tampoco te escribí para el tuyo, pero he pensado mucho
en ti el 14 de julio. En fin, ya pasó. Es un día triste para mí
porque tiene algo de mágico y no logro llenarlo. Pero ¿qué no es
triste para mí? ¡Ay!, todo me aísla más y más en mi
tristeza.
Me siento tan afligido
esta noche que no sabría qué decirte. Y no deseo hablar de nada. No
deseo ya nada, me he adormecido sobre mi pena y mi cansancio es
largo en la noche interminable. Todos los rumores de la noche llegan
hasta mí. Una noche ciudadana con ruidos estúpidos pero cargados de
vida: trenes, autobuses que pasan. Y estoy solo, no voy a ninguna
parte, nada es para mí.
Tú tienes el mar cerca
tuyo y ese olor nocturno que a veces envuelve a Lima. Estaremos
juntos para vencer esta tristeza, me hago a esa idea.
Te voy a encargar una
misión desagradable; es necesario que digas a Carlos que debo
internarme de nuevo en una clínica para operarme. El médico no puede
operarme sino en una clínica y no en el hospital como yo creía. No
cobrará nada por la operación pero habrá que pagar por lo menos diez
días de clínica. Quisiera saber lo más pronto posible si puedo
contar con algo para dar mi respuesta al médico. Si no puede, tanto
peor. Esperaré y eso será todo. Ya no me acuerdo de la salud. Hará
un año en octubre que no estoy bien.
¿Recibiste "Aurelia"?
Espero que sí. Te encantará leer esa pura maravilla.
No respondes nunca a
mis cartas. ¿Recuerdas esa experiencia que tuve cuando estaba muy
enfermo? No me has dicho nada al respecto.
¿Crees tú que se
podrían vender algunos ejemplares de mi libro en
Lima?
Nadie ha escrito una
línea sobre ese famoso libro. Al autor desde luego le importa un
comino. Aunque siempre se desee encontrar un eco y nada como la
poesía para suscitar un eco. En la espera, soy un empleado cien por
ciento.
Escríbeme. ¿Qué hay de
nuevo en Lima? Me rehúso a pensar que entre los jóvenes no haya algo
que valga la pena. Contaré los días hasta que llegue tu carta.
Alguien se ríe en la calle. Todo es posible, lo que hace que la vida
esté llena de una esperanza sin cesar desengañada pero renaciente.
Te abrazo con todo afecto.
Moro
P.D.:
Gracias si llevas su carta a mi madre.
CARTA
2
28 de diciembre de 1944
Mi
querido Westphalen:
No sé si he contestado
ya a tu carta. Creo que no, pero estoy tan sumergido en el trabajo y
atrapado por tantas pequeñas circunstancias y arrastrado por una
voluntad tan extraña a mis fuerzas que mil veces deseo y una vez
realizo mi deseo. Necesito que me envíes los libros de Eguren. Sólo
la poesía y la mayor cantidad posible de notas biográficas y
bibliográficas. Me parece inútil que te des el trabajo de buscar en
la biblioteca otros textos pues creo que todo lo que valía
verdaderamente la pena Eguren lo reunió en esos libros. ¿No crees lo
mismo? Estoy muy curioso de conocer tu opinión sobre la política y
tus divergencias conmigo. Para mí la cosa es simple: la política no
me interesa en absoluto. Encuentro que se ha perdido mucho tiempo
haciendo predicciones y haciendo el apóstol y posando de salvador de
esa gran abstracción: la masa. Rara vez he visto pasar como algo muy
concreto a la más grande de las abstracciones: la masa. Quiero que
me dejen en paz. Quisiera tener dinero, tú también desde luego, y
hacer lo que me plazca. En el fondo es la aspiración de todos los
pretendidos revolucionarios. Todo esto no quiere decir que esté en
lo menor de acuerdo con este mundo podrido de prejuicios, de
crueldad y de avidez. Yo creo en el individuo y no puedo creer sino
en el individuo repetido formando una masa por venir. Si me engaño,
tanto mejor; no pido sino mantenerme en mis posiciones,
reaccionarias según el evangelio pero más cercanas de la realidad
según yo mismo que sigo mi evangelio para mi propio y particular
uso. No se trata de adoptar la fraseología revolucionaria para
ocultar una ceguera parcial ante la realidad. A veces esta ceguera
es casi total. Para muchos militantes revolucionarios es un buen
refugio, pequeño refugio en reemplazo exacto del cielo. Ello da un
aplomo, cómico en verdad, para resolver todo problema con el
cuchillo dialéctico. Y veo y he visto a tales pendejos y a tales
canallas ataviarse y enmascararse con la dialéctica que no me siento
por nada dispuesto a ser de su laya. La Torre de Marfil es de la más
grande actualidad. Tanto peor si no es sino de simple tierra. Ya no
se pueden aceptar dogmas con la excomunión al extremo de la madeja
por cualquier pequeño descarrío. No hablo de mí, que los he hecho y
grandes, de pensamiento desde luego pues no interesándome por
definición en la acción, sería difícil suscitar otros saltos que los
completamente ideales.
Espero pues tu
respuesta y no la simple promesa de escribirme al propósito. Te
hablaré ahora de otras cosas menos sublimes pero, para mi
pequeñísimo ser egoísta, de importancia mucho mayor. Estoy en
proceso de curarme, creo. Me siento indudablemente mejor que en esos
últimos dos años en que estaba realmente moribundo y más cerca de la
muerte que de la vida. Cuando reveo 1941, 1942, 1943 y parte de este
año, no comprendo cómo he podido soportar el golpe y zafarme del
aprieto. Debía ver pronto a mi médico, pero desgraciadamente él
mismo está ahora enfermo y he tenido que quedarme un largo tiempo
sin verlo. Parece que estará visible a principios del año; entonces
podré saber con toda certeza cuál es el estado real de mi salud.
Escríbeme, te ruego. No estés horas, quiero decir meses, en un
silencio que me entristece. Mil deseos de felicidad para ti y tu
mujer en el año que empieza. Acaba de nacer un hijo de A. No lo
conozco todavía pero tiene la obligación de ser bello, misterioso y
potente. En el fondo ¿no es acaso todo ello profundamente triste?
¿Cómo podría ser de otra manera para mí? No veo apenas en toda vida
noble sino un fracaso profundo. El mío viene de tan lejos que data
de antes de mi nacimiento. Te abrazo dejando así las
cosas.
Moro

CARTA
3
21 de marzo de 1945
Querido Westphalen:
Te escribo esta carta
en un estado de profunda depresión y te envío la otra que te había
escrito hace ya tanto tiempo. Todo ha cambiado y está confuso. Acabo
de atravesar la más extraña crisis en mi salud. He estado
completamente inconsciente más de 48 horas y semiinconsciente seis
días. He comido al sexto día y heme de nuevo trabajando como un
imbécil. Estaba solo en mi cuarto y únicamente al sexto día se me ha
ocurrido hacer llamar a alguien. Todo principió con una gripe más o
menos banal y un día me he despertado en un mundo absolutamente
neutro sin reacciones, ni siquiera he tenido la idea de comer. Al
sexto día vino Remedios, la mujer de Péret, a quien hice llamar con
una nota. Todo ello ha ocurrido hacia el 9 de marzo y hago un
esfuerzo por escribirte ahora. Mi presión arterial está
extremadamente baja. Estoy muy débil y debo estar herido
profundamente. El médico me ha aconsejado que vaya a reposarme a
alguna parte pero no tengo con qué. ¿Qué podría añadirte? No se me
ocurre nada. Debo detener esta carta que me exige un esfuerzo y me
enfrenta a pensamientos demasiados dolorosos.
Te
abraza
Moro
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