| Muerte
de Narciso
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Dánae teje el tiempo dorado por el
Nilo, envolviendo los
labios que pasaban entre labios y vuelos desligados. La mano o el labio o
el pájaro nevaban. Era el círculo en nieve que se abría. Mano era sin
sangre la seda que borraba la perfección que muere de rodillas y en su
celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba la
frente que se abría en loto húmedo. En chillido sin fin se abría la
floresta al airado redoble en flecha y muerte. ¿No se apresura tal vez su
fría mirada sobre la garza real y el frío tan débil del poniente, grito
que ayuda la fuga del dormir, llama fría y lengua alfilereada?
Rostro
absoluto, firmeza mentida del espejo. El espejo se olvida del sonido y de la
noche y su puerta al cambiante pontífice entreabre. Máscara y río, grifo
de los sueños. Frío muerto y cabellera desterrada del aire que la crea,
del aire que le miente son de vida arrastrada a la nube y a la
abierta boca negada en sangre que se mueve.
Ascendiendo en el pecho
solo blanda, olvidada por un aliento que olvida y desentraña. Olvidado
papel, fresco agujero al corazón saltante se apresura y la sonrisa al
caracol.
La mano que por el aire líneas impulsaba, seca, sonrisas
caminando por la nieve. Ahora llevaba el oído al caracol, el
caracol enterrando firme oído en la seda del estanque.
Granizados
toronjiles y ríos de velamen congelados, aguardan la señal de una mustia hoja
de oro, alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes. Dócil
rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo. Ya el otoño recorre las
islas no cuidadas, guarnecidas islas y aislada paloma muda entre dos hojas
enterradas. El río en la suma de sus ojos anunciaba lo que pesa la luna en
sus espaldas y el aliento que en halo convertía.
Antorchas como peces,
flaco garzón trabaja noche y cielo, arco y cestillo y sierpes encendidos,
carámbano y lebrel. Pluma morada, no mojada, pez mirándome,
sepulcro. Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso
desdoblado los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono
cejijunto. Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira por espaldas
que nunca me preguntan, en veneno que nunca se pervierte y en su escudo ni
potros ni faisanes.
Como se derrama la ausencia en la flecha que se
aísla y como la fresa respira hilando su cristal, así el otoño en que su
labio muere, así el granizo en blando espejo destroza la mirada que le
ciñe, que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago le recorre
junto a la fuente que humedece el sueño. La ausencia, el espejo ya en el
cabello que en la playa extiende y al aislado cabello pregunta y se
divierte.
Fronda leve vierte la ascensión que asume. ¿No es la curva
corintia traición de confitados mirabeles, que el espejo reúne o navega,
ciego desterrado? ¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal? Ya
sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve, los dioses hundidos entre la
piedra, el carbunclo y la doncella. Si la ausencia pregunta con la nieve
desmayada, forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona
sumergida.
Triste recorre-curva ceñida en ceniciento airón- el espacio
que manos desalojan, timbre ausente y avivado azafrán, tiernos redobles sus
extremos. Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas batiendo
en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara. Su insepulta madera blanda
el frío pico del hirviente cisne. Reluce muelle: falsos diamantes; pluma
cambiante: terso atlas. Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el
relámpago en sus venas.
Ahogadas cintas mudo el labio las
ofrece. Orientales cestillos cuelan agua de luna. Los más dormidos son los
que más se apresuran, se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado,
entre frentes y garfios. Estirado mármol como un río que recurva o
aprisiona los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan. Espirales de
heroicos tenores caen en el pecho de una paloma y allí se agitan hasta
relucir como flechas en su abrigo de noche.
Una flecha destaca, una
espalda se ausenta. Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco
rostro. Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada. Polvos
de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es
espejo. Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas en
su cárcel sin sed se desbancan los brazos, no preguntan corales en estrías de
abejas y en secretos confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste
de la frente.
Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran al
impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan los tesoros que la
rabia esparce, adula o reconviene. Los donceles trabajan en las nueces y el
surtidor de frente a su sonido en la llama fabrica sus raíces y su mansión de
gritos soterrados. Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río
mudo. Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el
invierno tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua
polvorienta.
Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos
claman, despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos
sosegados, guiados por la paloma que sin ojos chilla, que sin clavel la
frente espejo es de ondas, no recuerdos. Van reuniendo en ojos, hilando en el
clavel no siempre ardido el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el
cielo apuntalado. Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la
súplica destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin
cielo.
La nieve que en los sistros no penetra, arguye en hojas, recta
destroza vidrio en el oído, nidos blancos, en su centro ya encienden tibios
los corales, huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques
rosados. Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los
caminos donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea. Mas
esforzado pino, ya columna de humo tan aguado que canario en su aguja y
surtidor en viento desrizado.
Narciso, Narciso. Las astas del ciervo
asesinado son peces, son llamas, son flautas, son dedos
mordisqueados. Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan
perfiles, labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus
caderas. Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de
palomas ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los
cisnes. Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire, espuma
colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no
ofreciendo.
Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio
convertido. La blancura seda es ascendiendo en labio derramada, abre un
olvido en las islas, espadas y pestañas vienen a entregar el sueño, a rendir
espejo en litoral de tierra y roca impura. Húmedos labios no en la concha que
busca recto hilo, esclavos del perfil y del velamen secos el aire
muerden al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal
salada, busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.
Si
atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído. Si se sienta en su
borde o en su frente el centurión pulsa en su costado. Si declama penetran en
la mirada y se fruncen las letras en el sueño. Ola de aire envuelve secreto
albino, piel arponeada, que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto
del silencio. Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas
lloviznadas. Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el
costado. Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin
alas.
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| Ah,
que tú escapes |
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Ah, que tú escapes en el
instante en el que ya habías alcanzado tu definición mejor. Ah, mi amiga,
que tú no quieras creer las preguntas de esa estrella recién cortada, que
va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto
que a la hora del baño, cuando en una misma agua discursiva se bañan el
inmóvil paisaje y los animales más finos: antílopes, serpientes de pasos
breves, de pasos evaporados parecen entre sueños, sin ansias levantar los
más extensos cabellos y el agua más recordada. Ah, mi amiga, si en el puro
mármol de los adioses hubieras dejado la estatua que nos podía
acompañar, pues el viento, el viento gracioso, se extiende como un gato
para dejarse definir
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Son
diurno |
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Ahora que ya tu calidad es ardiente y
dura, como el órgano que se rodea de un fuego húmedo y redondo hasta el
amanecer y hasta un ancho volumen de fuego respetado. Ahora que tu voz no
es la importuna caricia que presume o desordena la fijeza de un
estío reclinado en la hoja breve y difícil o en un sueño que la memoria
feliz combaba exactamente en sus recuerdos, en sus últimas playas
desoídas.
¿Dónde está lo que tu mano prevenía y tu respiración
aconsejaba? Huida en sus desdenes calcinados son ya otra concha, otra
palabra de difícil sombra. Una oscuridad suave pervierte aquella luna
prolongada en sesgo de la gaviota y de la línea errante.
Ya en tus
oídos y en sus golpes duros golpea de nuevo una larga playa que va a sus
recuerdos y a la feliz cita de Apolo y la memoria mustia. Una memoria que
enconaba el fuego y respetaba el festón de las hojas al nombrarlas el
discurso del fuego acariciado.
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| No
hay que pasar |
No hay que pasar
puentes de conchas de desprecios de recomenzar la búsqueda de las vihuelas
crecidas o por más señas un brazo redoblante a castillo cerrado a traspiés
de araña que presagiaban los lotos voy atravesando festones descolgados
escamas destrenzadas mandando en las planicies bajo arco de boca
moribunda y boquiabiertos presagios que mueven la corteza a desmayo el
agua a fresa nivelada y el latido a salto alto por ahora silenciosos quilates
del timbre y embates despertados entre crisis de plateados placeres que
chilla la pecera y las escamas y la más aislada hebra que asciende hasta
confinar con la concha que ve sonar lo rubio a impulsos de los ojos tirados
contra la pared cariciosa a rendijas de otoño por ahora no te creo
crecida ni olvidada intrusa rubí decaído en hilo por escamas
furiosas.
II
Mi mano de mármol gris mis olvidos o mi sola
alma la navegación a medianoche hasta abrirse las tijeras y destruirse la
rosa para dar cinco campanadas destruirse la rosa al pulsar el pájaro sin
destruirse ni hundirse si resbalan violines o perros al septentrión o lo
que ya cae en agua desluce su amargura y la medialuna se entierra y el balcón
escampa por primera vez dime olvídame o deja de inclinar la torre y su
sonrisa y su plumón irisado acompasa el destilar del túmulo por última vez
el vidrio espolvorea las herraduras no las rosas no las sortijas voladoras
cuando el mármol descorre cuando el mármol detiene una mirada fatal o el
inmoderado moribundo en azul, rubio oscuro destruye el mármol o la mujer
viajera colorea sus estanques que se reafirme porque la torre muere y
chorrea o que franjas de mármol de cuchillo y mi alma mojada. ¿No sabes
que las puertas abiertas voltean los perros lanudos mirando al
septentrión?
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| Madrigal |
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El tallo de una rosa se ha
encolerizado con las avispas que impedían que su cintura fuese y viniese con
las mareas cuando estaba tan tranquila en las graderías de un templo y un
marinero llamado por la palabra marea se ha unido la los clamores de
alfileres sin sueño y le ha dado un fuerte pellizco al tallo de una
rosa lo que no merecía lo que no alcanzaba en su sonrisa en su cítara en
su respiración tornasolada la cólera de un marinero mil manos que se
alzaban en el remedo de un beso en esta pirámide de besos para que en lo
alto más despacio más pañuelo más señorita una rosa una rosa que no puede
aislar ni unas cuantas avispas encolerizadas que la han vencido que se le
han: pegado tenazmente a los flancos y ya son ramita entre dos
recuerdos. Desconchamiento de lunas que no vienen sus escamas de
otoño pero el niño que se ha quedado detenido frente a los
encantamientos de un caballo blanco se apresura en su dulce memoria de
lunares a evocar sus regalos para ingresar en la nieve entre dos recuerdos
de aire pulsado entre dos conchas que recorren un hilo de sienes de sien a
sien como entre dos recuerdos un dedo besado atormentado desnudado una
muchedumbre de Perseos enlunados que esperan a los más crecidos cazadores de
medianoche porque ha llegado el día que no se alcanza con media docena de
cítaras redondas espinas siempre festón de nieve enhebrado que se
adelantan con la crecida del aire de dos conchas entre dos
recuerdos entrecortados silbidos en las graderías de un templo hasta el
instante en que es la sangre de hoy hojas del recuerdo en las ventanas de las
joyerías ojos que miran cómodamente la avispa mordiendo el tallo de una
rosa para negártelo en el aire guante fronda lenta flauta la misma rosa
que ha inclinado su frente para recoger tu pañuelo y esconderlo hasta que
pasen los cazadores de medianoche.
(El puerto para aludir al hombre y
al toro saliendo. Para trazar las apariencias con esencias, se inscriben la
madre, la esposa y el hijo. Sale de la aldea de su madre para hacer letras
armadas, para caer en otra aldea donde sus deseos inflan la arcilla, pero de
allí también se huye al no preocuparle la criatura ni la rumia de la noche
placentaria, sino la suerte de su penetración. En una noche portuaria con
soltura de oportos y guitarreos, el maduro es tocado por alguien que se quiere
colgar como de su sangre, pero sin preocuparse de aciertos, continúa su trecho
más penetrador, buscando un cuero más duro, una piel imposible. De regreso, el
fuego devoró a su madre, donde su madre podía haberlo devorado a él.
Un
breve rodeo para no encontrarse con la posibilidad de la esposa [el principio
formal]. Queda ciego y casi ciego. Los dos guardianes dialogan sobre la
excepción del Jorobado. Decide ir a las Países Bajos, para escaparse de las
hechicerías y súcubos que han puesto tienda hasta en la Vasconia, para ver como
un buey, guerrear, discutir y pasar. Allí se ata con mujer protestante, pero
ella se desata. Ella y sus dos hijas lo atosigan. En los tres días de agonía,
mientras el veneno lo nutre con aguas malas, el maduro desinfla a su mujer y la
ve como madre [el retrato ovalado]. La hija le apetece entonces como mujer, y su
carne, en el segundo día de agonía, cuando ya empieza a inmovilizarse, balbucea
un lenguaje como el hongo de la muerte en su lengua. En el tercer día de agonía,
cree poder interpretar a su hijo que se acerca en el amarillento tinte rosa de
la hija de la protestante.)
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| El
puerto |
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Como una giba que ha muerto
envenenada el mar quiere decirnos ¿cenará conmigo esta noche? Sentado
sobre ese mantel quiere rehusar, su cabeza no declina el vaivén de un
oleaje que va plegando la orquesta que sabe colocarse detrás de un árbol o
del hombre despedido por la misma pregunta entornada en la
adolescencia. Un cordel apretado en seguimiento de una roca que fija; el
cordel atensado como una espalda cuando alguien la pisa, une el barco
cambiado de colores con la orilla nocherniega: un sapo pinchado en su centro,
un escualo que se pega con una encina submarina.
La rata pasea por el
cordel su oído con un recado. Un fuego suena en parábola y un ave cae; el
adolescente une en punta el final del fuego con su chaqueta carmesí, en
reflejos dos puntos finales tragicómicos. La presa cae en el mar o en la
cubierta como un sombrero caído con una piedra encubierta, con una
piedra. Su índice traza, un fuego pega en parábola. La misma sonrisa ha
caído como una medusa en su chaqueta carmesí.
El alción, el paje y el
barco mastican su concéntrico. El litoral y los dientes del marino
ejecutan una oblea paradisíaca para la blancura que puede enemistarse con
el papel traspasado por aquél a otro más cercano. El barco borra el patio y
el traspatio, el fanal es su máscara. Se quita la máscara, y entonces el
fanal.
Se apaga el fanal, pero la máscara explora con una profunda
banalidad. Entra el aceite muerto, los verdinegros alimentos de altamar, a
una bodega para alcanzar la mediada vivaz como un ojo paquidermo. Como una
pena seminal los hombres hispanos y los toros penosos recuestan su peso en la
bodega con los alimentos que alcanzan una medida. Al atravesar ese hombre
hispano y ese toro penoso revientan su concéntrico. Un fuego pega en parábola
y el halcón cae, pero en la bodega del barco ha hundido lo concéntrico
oscuro, penoso, lo mesurable enmascarado que aleja con un hilo lo que recoge
con un hilo.
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| A
la frialdad |
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El sueño que se
apresura no es el mismo que revierte. La muerte cuando es la
muerte, Pierde la boca madura.
La esencia que no se advierte suele
ser la más impura. El amarillo en la muerte, seda es contra
natura.
Ser en el ser desafía a la unidad mensajera que de sí mismo
se fía
y sólo un rumor desaltera. Cuando el fruto está vecino la
mano yerra sin tino.
II
Disperso, suave y atado, haciendo un
fugaz saludo al ángulo del desnudo techo, frío y aprisionado.
Al
saludar lo pensado, colmo sutil del menudo río que fue elaborado por un
tritón barbudo.
Olvido de la corriente, esencia del sacrificio y
candelas de la orilla.
Cuerpo que se mancilla ya con el nuevo
artificio: ausente, no estás ausente.
III
Sigo una voz,
desconcierta; si una huella, me revela que la mansión más incierta no
es la que de noche vela.
Banal idea no recela de la nube, la
incierta, fácil onda no se hiela porque busque boca yerta.
Paradoja
sonreída: la pasión hecha jauría quiere ser siempre vencida.
La
serpiente es mano alzada. Corona del desvarío, Mano en la mano
ocultada.
IV
Entre la flecha y el punto el insecto
bordonea. El arco del cejijunto crea paréntesis, crea.
La lluvia,
que no es conjunto, arco y violín puntea. Cuando la escala está en
punto el reloj suave gotea.
Siento que no me siento; borro, y
hostiga la nada. Frente a la muralla el ojo traza la ciudad
cansada.
Rasgada flecha o rastrojo suman un solo
lamento.
V
Caída la hoja miro, ya que tu olvido decrece la
calidad del suspiro que firme en la voz se mece.
La sombra de tu
retiro no a la noche pertenece, si insisto y la sombra admiro tu
ausencia no viene y acrece.
La sustancia del vacío sólo halla su
concierto elaborando el desvelo
que presagia el cuerpo yerto. Diosa
perdida en el cielo, yo con el cuerpo porfío.
VI
Si ya el que
el ayer adivina lo que sin signo previene, el aire no desafina, leve
crepúsculo viene.
Las chispas que arremolina el aire que lento
adviene, detrás de la oreja afina, sierpe el oído deviene.
Perdida
en mar de tintero la sirenita, si yace aprisiona sólo
huellas.
Tirando del instantero dormida abeja ya pace el árbol de
las estrellas.
VII
Si interrumpe la amargura el jardín
desarreglado, la pausa es la hoja impura entre el soplo y el
nevado.
Ya la curva del granado no aprisiona propia hondura; la
ceja del alterado, metamorfosis impura.
Los cambios del remolino en
el ojo no es el celo del gamo que está de fuga.
Que si depura, el
desvelo el último punto enjuga madriguera del
mohíno.
VIII
Cuerpo desnudo en la barca. Pez duerme junto al
desnudo que huido del cuerpo vierte un nuevo punto plateado.
Entre
el boscaje y el punto estática barca exhala. tiembla en mi cuello la
brisa y en el ave se evaporaba.
El imán entre las hojas teje una
doble corona. Sólo una rama caída.
Ilesa la barca escoge el árbol
que rememora sueño de sierpe a la sombra.
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Hai
Kai en gerundio |
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El toro de
Guisando no pregunta cómo ni cuándo, va creciendo y
temblando.
¿Cómo? Acariciando el lomo del escarabajo de
plomo, oro en el reflejo de oro contra el domo.
¿Cuándo? En el muro
raspando, no sé si voy estando o estoy ya entre los aludidos de
Menandro.
¿Cómo? ¿Cuándo? Estoy entre los toros de Guisando, estoy
también entre los que preguntan cómo y cuándo. Creciendo y
raspando, temblando.
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Octavio
Paz
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En el chisporroteo del remolino el
guerrero japonés pregunta por su silencio, le responden, en el descenso a los
infiernos, los huesos orinados con sangre de la furiosa divinidad
mexicana. El mazapán con las franjas del presagio se iguala con la
placenta de la vaca sagrada.
El Pabellón de la vacuidad oprime una brisa
alta y la convierte en un caracol sangriento. En Río el carnaval tira de
la soga y aparecemos en la sala recién iluminada. En la Isla de San Luis
la conversación, serpiente que penetra en el costado como la lanza, hace
visible las farolas de la ciudad tibetana y llueve, como un árbol, en los
oídos.
El murciélago trinitario, extraño sosiego en la tau
insular, con su bigote lindo humeando. Todo aquí y allí en
acecho.
Es el ciervo que ve en las respuestas del río a la sierpe, el
deslizarse naturaleza con escamas que convocan el ritmo inaugural. Nombrar
y hacer el nombre en la ceguera palpatoria. La voz ordenando con la máscara a
los reyes de Grecia, la sangre que no se acostumbra a la tenaza
nocturnal y vuelve a la primigenia esfera en remolino.
El sacerdote,
dormido en la terraza, despierta en cada palabra que flecha a la perdiz
caída en su espejo de metal. El movimiento de la palabra en el instante
del desprendimiento que comienza a desfilar en la cantidad resistente, en
la posible ciudad creada para los moradores increados, pero ya
respirantes. Las danzas llegaron con sus disfraces al centro del bosque,
pero ya el fuego había desarraigado el horizonte.
La ciudad dormida
evapora su lenguaje, el incendio rodaba como agua por los peldaños de los
brazos. La nueva ondenanza indescifrable levantó la cabeza del náufrago
que hablaba. Sólo el incendio espejeaba el tamaño silencioso del
naufragio. Marzo y 1971
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Una
fragata con las velas desplegadas |
Las velas se vuelven picoteadas por un dogo de
niebla. Giran hasta el guiñapo, donde el gran viento les busca las
hilachas. Empieza a volver el círculo de aullidos penetrantes, los
nombres se borran, un pedazo de madera ablandada por las aguas, contornea
el sexo dormilón del alcatraz. La proa fabrica un abismo para que el gran
viento le muerda los huesos. Crecen los huesos abismados, las arenas
calientan las piedras del cuerpo en su sueño y los huevos con el reloj
central. El alción se envuelve en las velas, entra y sale en la blasfemia
neblinosa. Parece con su pico impulsar la rotación de la fragata. Gira
el barco hacia el centro del guiñapo de seda. Sopladas desde abajo las
velas se despedazan en la blancura transparente del oleaje. Una
fragata con todas sus velas presuntuosas, gira golpeada por un grotesco
Eolo, hasta anclarse en un círculo, azul inalterable con bordes
amarillos, en el lente cuadriculado de un prismático. Allí se ve una
fingida transparencia, la fragata, amigada con el viento, se desliza sobre
un cordel de seda. Los pájaros descansan en el cobre tibio de la
proa, uno de ellos, el más provocativo, aletea y canta. Encantada cola
de delfín muestra la torrecilla en su creciente. Hoy es un grabado en
el tenebrario de un aula nocturna. Cuando se tachan las luces comienza de
nuevo su combate sin saciarse, entre el dogo de nieblas y la
blancura desesperadamente sucesiva del oleaje. |
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Doble
noche |
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La noche no logra
terminar, malhumorada permanece, adormeciendo a los gatos y a las
hojas. Estar aprisionada entre dos globos de luces y mantener, como una
cabellera que se esparce infinitamente, el oscuro capote de su
misterio. La noche nos agarra un pie, nos clava en un árbol, cuando
abrimos los ojos ya no podemos ver al gato dormido. El gato está
escarbando la tierra, ha fabricado un agujero húmedo. Lo acariciamos con
rapidez, pero ha tenido tiempo para tapar el agujero. Hace trampa y
esconde de nuevo a la noche.
II
Entré en el cuarto, no me
decidí a encender la luz. Estaba un hombre sentado en un taburete, su
espalda toda frente a mis ojos. No lo sentí como extraño ni alteraba la
colocación de los muebles ni el botón de la luz. Como en una explicación
casi inaudible dije: Uno. El otro, con su cuerpo inmovilizado, moviendo
sus labios con sílabas muy lentas, me respondió: el cuerpo. Temeroso, con
gran culpa, encendí la luz. El otro seguía en su taburete, comenzó
entonces como un debate ciceroniano en el senado romano, golpeando las
almohadas con los puños. El gato absorto y lentísimo comenzó de nuevo a
esconder la noche.
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Los
fragmentos de la noche |
Cómo
aislar los fragmentos de la noche para apretar algo con las manos, como la
liebre penetra en su oscuridad separando dos estrellas apoyadas en el
brillo de la yerba húmeda. La noche respira en una intocable humedad, no
en el centro de la esfera que vuela, y todo lo va uniendo, esquinas o
fragmentos, hasta formar el irrompible tejido de la noche, sutil y
completo como los dedos unidos que apenas dejan pasar el agua, como un
cestillo mágico que nada vacío dentro del río. Yo quería separar mis manos
de la noche, pero se oía una gran sonoridad que no se oía, como si todo mi
cuerpo cayera sobre una serafina silenciosa en la esquina del templo. La
noche era un reloj no para el tiempo sino para la luz, era un pulpo que
era una piedra, era una tela como una pizarra llena de ojos. Yo quería
rescatar la noche aislando sus fragmentos, que nada sabían de un
cuerpo, de una tuba de órgano sino la sustancia que vuela desconociendo
los pestañeos de la luz. Quería rescatar la respiración y se alzaba en su
soledad y esplendor, hasta formar el neuma universal anterior a la
aparición del hombre. La suma respirante que forma los grandes
continentes de la aurora que sonríe con zancos infantiles. Yo quería
rescatar los fragmentos de la noche y formaba una sustancia
universal, comencé entonces a sumergir los dedos y los ojos en la
noche, le soltaba todas las amarras a la barcaza. Era un combate sin
término, entre lo que yo le quería quitar a la noche y lo que la noche me
regalaba. El sueño, con contornos de diamante, detenía a la liebre con
orejas de trébol. Momentáneamente tuve que abandonar la casa para darle
paso a la noche. Qué brusquedad rompió esa continuidad, entre la noche
trazando el techo, sosteniéndolo como entre dos nubes que flotaban en la
oscuridad sumergida. En el comienzo que no anota los nombres, la llegada
de lo diferenciado con campanillas de acero, con ojos para la profundidad
de las aguas donde la noche reposaba. Como en un incendio, yo quería
sacar los recuerdos de la noche, el tintineo hacia dentro del golpe
mate, como cuando con la palma de la mano golpeamos la masa de pan. El
sueño volvió a detener a la liebre que arañaba mis brazos con palillos de
aguarrás. Riéndose, repartía por mi rostro grandes
cicatrices. |
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Una
batalla china |
Separados por la colina
ondulante, dos ejércitos enmascarados lanzan interminables aleluyas de
combate. El jefe, en su tienda de campaña, interpreta las ancestrales
furias de su pueblo. El otro, fijándose en la línea del río, ve su sombra
en otro cuerpo, desconociéndose. Las músicas creciendo con la
sangre precipitan la marcha hacia la muerte. Los dos ejércitos, como
envueltos por las nubes, se adormecen borrando los escarceos
temporales. Los dos jefes se han quedado como petrificados. Después
cuentan las sombras que huyeron del cuerpo, cuentan los cuerpos que huyeron
por el río. Uno de los ejércitos logró mantener unida su sombra con su
cuerpo, su cuerpo con la fugacidad del río. El otro fue vencido por un
inmenso desierto somnoliento. Su jefe rinde su espada con
orgullo.
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Sobre
un grabado de alquimia china |
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Debajo de la mesa se ven como tres puertas de
pequeños hornos, donde se ven piedras y varas ardiendo, por donde asoma el
enano que masca semillas para el sueño. Encima de la mesa se ven tres
cojines grises y azules, en dos de ellos hay como figuras
geométricas hechas con huevos irrompibles. Al lado un jarrón sin
ornamento. Pedazos de leña por el suelo. Un hombre curvado con una
balanza pesa una cesta de almendras. La varilla de ébano alcanza de
inmediato el fiel. El hombre que vende teme a los tres pequeños
hornos que se esconden debajo de la mesa. Por allí deben salir las
figuras esperadas que vendrán cuando el pesador logre el centro de la
canasta. A su derecha el hombre que contempla absorto al pesador, juega
con unos pájaros.
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La
mujer y la casa |
Hervías la leche y
seguías las aromosas costumbres del café. Recorrías la casa con una medida
sin desperdicios. Cada minucia un sacramento, como una ofrenda al peso de
la noche. Todas tus horas están justificadas al pasar del comedor a la
sala, donde están los retratos que gustan de tus comentarios. Fijas la
ley de todos los días y el ave dominical se entreabre con los colores del
fuego y las espumas del puchero. Cuando se rompe un vaso, es tu risa la
que tintinea. El centro de la casa vuela como el punto en la línea. En
tus pesadillas llueve interminablemente sobre la colección de
matas enanas y el flamboyán subterráneo. Si te atolondraras, el
firmamento roto en lanzas de mármol, se echaría sobre
nosotros.
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Ya
yo sabía |
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Como un ala perdida -era la noche
intensa por mil voces herida- apareciste ¡ya yo sabía que alguna noche se
rompería el ala sobre la frente herida.¿
En la mañana -idéntico
rebrillar en el oro tendido,- tu cabellera era pura mañana, en el hondo
temblor de las luces. ¿Hay espejo que copie cabellera teñida por el oro de
la mañana, chorro de mañana?
Me empapé de ti, todo envuelto en el
aro de tu oro dúctil -oro y brazalete-. Todo era oro en la pura
mañana.
¡Ya yo sabía que alguna noche se rompería el ala sobre la
frente herida!
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Bahía
de la Habana |
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Al pie de las
murallas el aire tartamudo desliza sus sirenas, plata mansa sin
hoy mana sus lunares entre lunas cansadas sin balcones. ¿Qué
será, qué será? Bajo el arco y pestañas, la tarde, -codorniz de
Ceilán- rompe en flechas sus colores. Descuidas las islas pie ligero y
concha reciente, de sonrisas y flautas, sobre faldas tan
lindas pasajeros con cintas y mañanas redondas! Verdinegros
incógnitos los celos de la noche ¿Qué será, qué será? El alfiler del
rocío redobles del aire tierno, se extingue en ay, ay, ay, ay. La
sorpresa de la rosa en el agua, vida entre vidas, la rechazan las
olas con heridas sin gritos. Las estrellas se mecen al compás que no
existe del agua amanecida, y así puede mecer a los niños de
Arabia, con heridas y gritos. Y loca entre balcones la tarde
recurvando, empina entre algodones su voz que ni se escucha perdida
entre latidos: ¿Qué será, qué será?
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Fábula
de Apolo y Narciso |
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Narciso
aparta juncos. Está lejos y helado. Bebe juncos en el sueño, como
llamada de azúcar y lengua que se estira acariciando galgos. Quieto,
sudado cristal, líneas empaña en las lúnulas torcidas en plumón
soplado. Vienen o se apresuran dolidos venéreos planetas,
juncos quemados ya en el sueño sudoroso. Suenan planetas
zumbantes. Juncos se estiran y el cuello entra en un hálito
helado. Júpiter, mesa de hierro y un barco que si marea hirientes
barcos salpica, trenzando su flor mordida. Narciso, de los espejos
hastiados, fabricante de mil espejos, hila tres mil espejos
demás. Jacinto, insecto muerde azucenas. Júpiter olvida el carmín de
los delfines, improvisando las flautas pechazo de caracoles. Flauta
sembrada en mis sienes resucita en las arenas de los labios, llamando al
amor errante, asustado marinero pidiendo agua y azúcar y cola azul de
delfín. Narciso, fósforo y raya de nieve. Jacinto, diminuto río en la
alcoba, jardín con flecha enterrada, jardín sin hojas ni manos, jardín en
blanco. Blando chisme se apresura, rueda el insecto por mantas tibias y
piel de azucena charolada. Teje una red en el aire y en el aire saltan
peces. Del oído nace la plata y baila el agua entre las
ramas. ¡Estatuas corren buscando nubes enjutas y caracol ablandado, y
en el jardín no dormitan, ni el agua verde en oro, oro muerto, las
protege.¿ Muele el oro, tasa el vidrio. Vidrio, ojo de la
destreza. Cortan los dedos el fuego cantando en la torre
muerta. Júpiter, una sandalia de hierro. Jacinto, algodón mojado en
glacial saliva. Jacinto, el planeta entre los juncos se incendia de
amor tan breve, geométrico en errante luna, busca a Hermes Trimegisto. Caracol o caderas errantes por el aire que entra por los
labios de los juncos, por el cuello cerrado del pez que solloza junto al
junco de mármol.
Servido el mantel que es una nube rectísima,
tiesa para impresionar fuertemente y hacer pensar que el cristianismo no está
cercano, Júpiter habla, un poco distraído, con Minerva, Diana, Venus, Urania.
Entre las risas ha saltado una frase cruel acerca de la conducta y el fiel
espejo de Narciso.
Pocos días después Júpiter le cuenta a Narciso lo oído
de sobremesa en el mantel de una nube, atribuyéndoselo falsamente a Minerva.
Jacinto hace escueta referencia a la traición de Minerva, pues si ésta tiene sus
claros ojos es gracias a Jacinto, que tenía que peinarse, y mientras tanto le
prestó su espejo a la diosa durante una sola noche, ésta fue acercando a sus
oídos el espejo de Narciso a quien pertenecía en realidad y al ponerse en
contacto con el espejo mayor de Selene, surgió el secreto de Hermatenea, diosa
de los gimnasion. Narciso le recomienda a Júpiter que convierta la nieve en
artículo de lujo y luego se vuelve a pasear entre los juncos.
Van
paseando por los juncos, pasean sus manos tiesas por el cristal que
acomete y embiste entre dos olvidos, cien lenguas sin pies ligeros. Si
el junco no se apartaba se alejaba su cintura, pertenencia fiel del
aire, del castillo y remadores. ¿Quién pregunta al cristal que se
enterró, malogrando testa y verano crecido? ¿Quién es el manjar
salobre que en subterráneo asciende como un lebrel que en el
cielo adelgaza sus recuerdos? Aparta juncos de juncos muertos, en el
borde de la tierra recostados, ya se inclina mandando que se
doblegue al primer vuelo cansado. Al insecto de tres franjas resbalando
al respirar, manda que se doblegue, y manda también enterrar testas por
el oblicuo ruido y por la palpitación capaz de colocar a los
chopos, tersos y mal dirigidos, a resbalar entre crudas rocas y
diminutos relámpagos. ¿Quién pregunta por los labios, por las bandurrias
que acuestan cuchillos y niñas ciegas y por la gangrena en la cola que se
fugó a las estatuas y a la risa enamorada? ¿Quién pasa entre mi mano y las
chispas del vuelo que se posaba en las agrestes cenizas y en las
jarras doblegadas por un insulto extendido, por un río de
coronas? ¿Quién persiste por los labios y entre giróvagos mapas, en
apuntalar a la sombra del cuerpo que se perdía entre pisadas y
sirenas que van doblando hilanderas muertas y sus delgadas hojas sin
otoño, sin donaire, en vuelo recto, manso y frío? Un junco roza los
labios. Entreabiertos los latidos en la almendra y en la
abeja, penetrando en el espejo los cabellos encendidos. Negado ya paso
al río, se extiende raíz del agua creciendo en una playa de niños, en
un olvido desnudo. Mustios gusanos fabrican frío borde de las
hojas. Entre chopo y oído, entre lebrel y cabellera partida sin zócalo
o río herido. ¿Quién devuelve en la marea una palabra escondida y un
rumor que se apresura a no saltar su perfil, a no destrozar las
torres o agitar sus preferencias? La tarde se inclina ya enrollada en
la marea, prefijado su perfil. Narciso aparta juncos. Está lejos y
helado, muchachillo que chilla entre los juncos, hundiéndose en la
yerba que mira, en la arena del tacto.
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Fragmento
de "Rapsodia para el mulo"
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Con qué seguro paso el mulo en el abismo. Lento es el
mulo. Su misión no siente. Su destino frente a la piedra, piedra que
sangra creando la abierta risa en las granadas. Su piel rajada,
pequeñísimo triunfo ya en lo oscuro, pequeñísimo fango de alas ciegas. La
ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos tienen la fuerza de un tendón
oculto, y así los inmutables ojos recorriendo lo oscuro progresivo y
fugitivo. El espacio de agua comprendido entre sus ojos y el abierto
túnel, fija su centro que le faja como la carga de plomo necesaria que
viene a caer como el sonido del mulo cayendo en el abismo.
Las
salvadas alas en el mulo inexistentes, más apuntala su cuerpo en el
abismo la faja que le impide la dispersión de la carga de plomo que en la
entraña del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda de piedras pisadas con
un nombre. Seguro, fajado por Dios, entra el poderoso mulo en el
abismo.
Las sucesivas coronas del desfiladero Bvan creciendo corona
tras coronaB y allí en lo alto la carroña de las ancianas aves que en el
cuello muestran corona tras corona.
Seguir con su paso en el
abismo. Él no puede, no crea ni persigue, ni brincan sus ojos ni sus
ojos buscan el secuestrado asilo al borde preñado de la tierra. No crea,
eso es tal vez decir: ¿No siente, no ama ni pregunta? El amor traído a la
traición de alas sonrosadas, infantil en su oscura caracola. Su amor a los
cuatro signos del desfiladero, a las sucesivas coronas en que asciende
vidrioso, cegato, como un oscuro cuerpo hinchado por el agua de los
orígenes, no la de la redención y los perfumes. Paso es el paso del mulo
en el abismo.
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Brillando
oscura
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Brillando oscura la más
secreta piel conforme a las prolijas plumas descaradas en ruido lento o en
playa informe, mustio su oído doblado al viento que le crea
deforme.
Perfilada de acentos que le burlan movedizos el inútil
acierto en sobria gruta confundido grita, jocosa llamarada -nácar, piel,
cabellos- extralimita el borde lloviznado en que nadan soñolientos
rizos.
¿Te basta el aire que va picando el aire?
El aire por
parado, ya por frío, destrenza tus miradas por el aire en cintas muertas,
pasan encaramadas porfías soplando la punta de los dedos al
desgaire.
El tumulto dorado -recelosa su voz- recorre por la nieve el
dulce morir despierto que emblanquece al sujeto cognoscente. Su agria
confesión redorada dobla o estalla el más breve marfil; ondulante de párpados
rociados al dulzor de la frente.
Ceñido arco, cejijunto olvido, recelosa
fuente halago. Luz sin diamante detiene al ciervo en la pupila, que vuela
como papel de nieve entre el peine y el lago. Entre verdes estambres su dardo
el oído destila.
Cazadora ceñida que despierta sin voz, más dormidos
metales, más doblados los ecos. Se arrastra leve escarcha olvidada en la
líquida noche en que acampan sus dormidos cristales, luz sin diamante al
cielo del destierro y la ofrenda deseada.
El piano vuelve a sonar para
los fantasmas sentados al borde del espacio dejado por una ola entre doble
sonrisa. La hoja electrizada o lo que muere como flamencos pinchados sobre
un pie de amatista en la siesta se desdobla o se irisa.
No hay más que
párpados suaves o entre nubes su agonía desnuda. Desnudo el mármol su memoria
confiesa o deslíe la flor de los timbres, mármol heridor, flor de la garganta
en su sed ya despunta o se rinde en acabado estilo de volante
dolor.
Oh si ya entre relámpagos y lebreles tu lengua se acrecienta y
tu espada nueva con nervios de sal se humedece o se arroba. Es posible que la
lluvia me añore o entre nieves el dolor no se sienta si el alcohol centellea
y el canario sobre el mármol se dora.
El aire en el oído se muere sin
recordar El afán de enrojecer las conchas que tienen las hilanderas. Al
atravesar el río, el jazmín o el diamante, tenemos que llorar para que los
gusanos nieven o mueran en dos largas esperas.
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