| DE
"LA FIJEZA" |
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- Pensamientos
en La Habana (fragmentos)
Porque
habito un susurro como un velamen, una tierra donde el hielo es una
reminiscencia, el fuego no puede izar un pájaro y quemarlo en una
conversación de estilo calmo. Aunque ese estilo no me dicte un sollozo y
un brinco tenue me deje vivir malhumorado, no he de reconocer la inútil
marcha de una máscara flotando donde yo no pueda, donde yo no pueda
transportar el picapedrero o el picaporte a los museos donde se empapelan
asesinatos mientras los visitadores señalan la ardilla que con el rabo se
ajusta las medias. Si un estilo anterior sacude el árbol, decide el
sollozo de dos cabellos y exclama: my soul is not in an ashtray.
Cualquier recuerdo que sea transportado, recibido como una
galantina de los obesos embajadores de antaño, no nos hará vivir como la
silla rota de la existencia solitaria que anota la marea y estornuda en
otoño. Y el tamaño de una carcajada, rota por decir que sus recuerdos
están recordados, y sus estilos los fragmentos de una serpiente que
queremos soldar sin preocuparnos de la intensidad de sus ojos. Si alguien
nos recuerda que nuestros estilos están ya recordados; que por nuestras
narices no excogita un aire sutil, sino que el Eolo de las fuentes
elaboradas por las que decidieron que el ser habitase en el hombre, sin
que ninguno de nosotros dejase caer la saliva de una decisión
bailable, aunque presumimos como las demás hombres que nuestras narices
lanzan un aire sutil. Como sueñan humillarnos, repitiendo día y noche con
el ritmo de la tortuga que oculta el tiempo en su espaldar: ustedes no
decidieron que el ser habitase en el hombre; vuestro Dios es la
luna contemplando como una balaustrada al ser entrando en el
hombre. Como quieren humillarnos, le decimos the chief of the tribe
descended the staircase.
Ellos tienen unas vitrinas y usan unos
zapatos. En esas vitrinas alternan el maniquí con el quebrantahuesos
disecado, y todo lo que ha pasado por la frente del hastío del búfalo
solitario. Si no miramos la vitrinas charlan de nuestra insuficiente
desnudez que no vale una estatuilla de Nápoles.
Si la atravesamos y no
rompemos los cristales, no subrayan con gracia que nuestro hastío puede
quebrar el fuego y nos hablan del modelo viviente y de la parábola del
quebrantahuesos. Ellos que cargan con sus maniquíes a todos los puertos y
que hunden en sus baúles un chirriar de vultúridos disecados. Ellos no
quieren saber que trepamos por las raíces húmedas del helecho -donde hay dos
hombres frente a una mesa; a la derecha, la jarra y el pan acariciado-, y
que aunque mastiquemos su estilo, we don't choose our shoes in a show-window.
El caballo relincha cuando hay un bulto que se interpone
como un buey de peluche, que impide que el río le pegue en el costado y se
bese con las espuelas regaladas por una sonrosada adúltera neoyorquina. El
caballo no relincha de noche; los cristales que exhala por su nariz, una
escarcha tibia, de papel; la digestión de las espuelas después de recorrer
sus músculos encristalados por un sudor de sartén. El buey de peluche y el
caballo oyen el violín, pero el fruto no cae reventado en su lomo
frotado con un almíbar que no es nunca el alquitrán. El caballo resbala
por el musgo donde hay una mesa que exhibe las espuelas, pero la oreja
erizada de la bestia no descifra.
La calma con música traspiés y
ebrios caballos de circo enrevesados, donde la aguja muerde porque no hay un
leopardo y la crecida del acordeón elabora una malla de tafetán
gastado. Aunque el hombre no salte, suenan bultos divididos en cada
estación indivisible, porque el violín salta como un ojo. Las inmóviles
jarras remueven un eco cartilaginoso: el vientre azul del pastor se
muestra en una bandeja de ostiones. En ese eco del hueso y de la carne,
brotan unos bufidos cubiertos por un disfraz de telaraña, para el deleite
al que se le abre una boca, como la flauta de bambú elaborada por los
garzones pedigüeños. Piden una cóncava oscuridad donde dormir, rajando
insensibles el estilo del vientre de su madre. Pero mientras afilan un
suspiro de telaraña dentro de una jarra de mano en mano, el rasguño en la
tiorba no descifra.
Indicaba unas molduras que mi carne prefiere a las
almendras. Unas molduras ricas y agujereadas por la mano que las
envuelve y le riega los insectos que la han de acompañar. Y esa espera,
esperada en la madera por su absorción que no detiene al jinete, mientras
no unas máscaras, los hachazos que no llegan a las molduras, que no
esperan como un hacha, o una máscara, sino como el hombre que espera en una
casa de hojas. Pero al trazar las grietas de la moldura y al perejil y al
canario haciendo gloria, l'etranger nous demande le garçon maudit.
El
mismo almizclero conocía la entrada, el hilo de tres secretos se
continuaba hasta llegar a la terraza sin ver el incendio del palacio
grotesco. ¿Una puerta se derrumba porque el ebrio sin las botas puestas le
abandona su sueño? Un sudor fangoso caía de los fustes y las columnas se
deshacían en un suspiro que rodaba sus piedras hasta el arroyo. Las
azoteas y las barcazas resguardan el líquido calmo y el aire escogido; las
azoteas amigas de los trompos y las barcazas que anclan en un monte
truncado, ruedan confundidas por una galantería disecada que sorprende a
la hilandería y al reverso del ojo enmascarados tiritando juntos.
Pensar
que unos ballesteros disparan a una urna cineraria y que de la urna
saltan unos pálidos cantando, porque nuestros recuerdos están ya
recordados y rumiamos con una dignidad muy atolondrada unas molduras
salidas de la siesta picoteada del cazador. Para saber si la canción es
nuestra o de la noche, quieren darnos un hacha elaborada en las fuentes de
Eolo. Quieren que saltemos de esa urna y quieren también vernos
desnudos. Quieren que esa muerte que nos han regalado sea la fuente de
nuestro nacimiento, y que nuestro oscuro tejer y deshacerse esté recordado
por el hilo de la pretendida. Sabemos que el canario y el perejil hacen
gloria y que la primera flauta se hizo de una rama robada.
Nos
recorremos y ya detenidos señalamos la urna y a las palomas grabadas en el
aire escogido. Nos recorremos y la nueva sorpresa nos da los amigos y
el nacimiento de una dialéctica: mientras dos diedros giran
mordisqueándose, el agua paseando por los canales de los huesos lleva
nuestro cuerpo hacia el flujo calmoso de la tierra que no está
navegada, donde un alga despierta digiere incansablemente a un pájaro
dormido. Nos da los amigos que una luz redescubre y la plaza donde
conversan sin ser despertados. De aquella urna maliciosamente
donada, saltaban parejas, contrastes y la fiebre injertada en los cuerpos
de imán del paje loco sutilizando el suplicio lamido. Mi vergüenza, los
cuernos de imán untados de luna fría, pero el desprecio paría una cifra y
ya sin conciencia columpiaba una rama. Pero después de ofrecer sus
respetos, cuando bicéfalos, mañosos correctos golpean con martillos
algosos el androide tenorino, el jefe de la tribu descendió la
escalinata.
Los abalorios que nos han regalado han fortalecido nuestra
propia miseria, pero como nos sabemos desnudos el ser se posará en
nuestros pasos cruzados. Y mientras nos pintarrajeaban para que saltásemos
de la urna cineraria, sabíamos que como siempre el viento rizaba las
aguas y unos pasos seguían con fruición nuestra propia miseria. Los pasos
huían con las primeras preguntas del sueño. Pero el perro mordido por luz y
por sombra, por rabo y cabeza; de luz tenebrosa que no logra grabarlo y
de sombra apestosa; la luz no lo afina ni lo nutre la sombra; y así
muerde la luz y el fruto, la madera y la sombra, la mansión y el hijo,
rompiendo el zumbido cuando los pasos se alejan y él toca en el
pórtico. Pobre río bobo que no encuentra salida, ni las puertas y hojas
hinchando su música. Escogió, doble contra sencillo, los terrones
malditos, pero yo no escojo mis zapatos en una vitrina.
Al perderse el
contorno en la hoja el gusano revisaba oliscón su vieja morada; al morder
las aguas llegadas al río definido, el colibrí tocaba las viejas
molduras. El violín de hielo amortajado en la reminiscencia. El pájaro
mosca destrenza una música y ata una música. Nuestros bosques no obligan el
hombre a perderse, el bosque es para nosotros una serafina en la
reminiscencia. Cada hombre desnudo que viene por el río, en la corriente o
el huevo hialino, nada en el aire si suspende el aliento y extiende
indefinidamente las piernas. La boca de la carne de nuestras maderas quema
las gotas rizadas. El aire escogido es como un hacha para la carne de
nuestras maderas, y el colibrí las traspasa. Mi espalda se irrita surcada
por las orugas que mastican un mimbre trocado en pez centurión, pero yo
continúo trabajando la madera, como una uña despierta, como una serafina
que ata y destrenza en la reminiscencia. El bosque soplado desprende el
colibrí del instante y las viejas molduras. Nuestra madera es un buey de
peluche; el estado ciudad es hoy el estado y un bosque pequeño. El huésped
sopla el caballo y las lluvias también. El caballo pasa su belfo y su cola
por la serafina del bosque; el hombre desnudo entona su propia miseria, el
pájaro mosca lo mancha y traspasa. Mi alma no está en un cenicero. Retrato
de don Francisco de Quevedo
Sin dientes, pero con dientes como sierra
y a la noche no cierra el negro terciopelo que lo entierra entre el clavel
y el clavón crujiente.
Bailados sueños y las jácaras molientes sacan
el vozarrón Santiago de la tierra. Noctámbulo tizón traza en vuelo
ardientes elipses en Nápoles donde el agua yerra.
Muérdago en semilla
hinchado por la brisa risota en el infierno, el tiburón quemado escamas
suelta, tonsurado yerto.
En el fin de los fines ¿qué es esto? Roto
maíz entuerto en el faisán barniza y en la horca se salva
encaramado.
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