| TRATADOS
EN LA HABANA (Selección)
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- La dignidad
de la poesía (fragmentos)
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- Di un gran grito
y volqué el caldero con la mixtura de cobre hirviendo, dice
el hombre del renacimiento, el Cellini, antes de dirigirse a
matar. Y el Papa sonríe (textualmente su rostro empezó a
serenarse), y añade el gordiano de las confusiones: el hombre
único no debe someterse a leyes ordinarias, y más cuando la
razón lo acompaña. Pero semejante norma de conducta quisiera
desaparecer ante el hombre que va a matar, como igualmente
inservible es aquella banal distinción entre el hombre único
y las leyes ordinarias... Se trata de trazar otro canon, de
otra región donde lo primigenio indistinto sea la pieza de
apoderamiento. Donde aquel grito se corresponda a esta
sonrisa, como si otro acto procediese para la valoración del
bien a aquel en que el cuerpo de gloria fue traicionado por
una ajena participación. Pero desde el punto de vista de la
creación, de la poesía, lo que nos atrae es la potencia
concurrente, la pureza primigenia del grito y de la sonrisa.
Es decir, ese grito y su acompañante sonrisa, se liberan del
acto de matar, si éste no sucediese, su incitación, su reto
y su valoración seguirían atenaceando con su grito que
levanta el chorro de las profundidades, o como una sonrisa que
doblega una fuente.
No se puede
matar, no se puede matar. La poesía no resiste la escritura.
Ni la traición del rey ni el cuchillo en la nuca pueden ser
interpretados rectamente para matar. Judith encamina sus pasos
como en sueños, atraviesa ejércitos con su canastilla, el
rey duerme. La gracia encamina sus pasos, el sueño ajeno
parece como que la espera para ser sobresaltado, ha matado
como soplada, ha caminado sin tocar la yerba. La gracia ha
decapitado a la naturaleza adormeciéndola. Sigue en la gracia
cuando muestra la testa errante, detenida en sus manos
mientras se aleja benévola en el sueño.
[...]
El poeta como guardián de la sustancia de lo inexistente,
como posibiliter. No como en el mundo griego donde se
corporaliza la nada del ser como ser la nada, por eso no
necesitó la formulación del cero, sino la del no ser
parmenideo. La total superación del mundo antiguo, donde el
versículo de San Mateo, la candela en el sótano no necesita
refractarse en el más, en la sobreabundancia del don y de la
carencia, sino que llega a alcanzar la total grandeza paulina
de la sustancia inexistente, de la sustancia de lo
inexistente. Por eso el poeta vive más en el mundo etrusco
del nacimiento del fuego, de la permanencia del guardián, del
monarca como supremo sacerdote, de la precisión de la
corriente que el caballo etrusco resuelve como portador de las
sombras. [...]
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