Capítulo Xll
(fragmentos)
[...]
-Compadre, no lo quisiera contar, pero mire usted que lo
invisible se mostró ridículo aquella noche. Era un día sábado,
muy apacible, que hasta el comienzo mismo de la noche mostró
su circunspección. A veces lo invisible, que tiene una pesada
gravitación, y en eso se diferencia de lo irreal, que tiende
más bien a levitar, se muestra limitado, reiterado, con
lamentable tendencia al lugar común. Me dormí con un sueño
ocupado y hojoso hasta la media noche. Así que me desperté
con una mitad del cuerpo muy descansado, aunque no podría
precisar cual era esa mitad. Aunque la medianoche es muy
propensa a las barrabasadas con lo invisible, no me desperté
sobresaltado. Casi despertándome en esa media noche, noté un
ruido que venía del sitio donde se mostraba el sillón. Lancé
lentamente la mirada, todavía me quedaba un residuo indeciso
del sueño, hacia ese sitio del ruido. El sillón y el ruido
no se me mostraron en una sola acabada sensación hasta que
encendí la lámpara. Pero entonces pude notar con cortante
precisión que el sillón se movía sin impulsarse, se movía
sobre sí mismo pudiéramos decir. Desde el primer momento
tuve la seguridad de que no había sido el roce de algún ladrón,
ni tampoco un enojoso tropiezo con el gato en persecusión de
su enemigo. La movilidad del sillón tenía tal sencillez, aun
en el marco feérico de la media noche, que pude volver a
dormirme. Al despertarme sentí que la otra mitad de mi cuerpo
se había añadido a la otra mitad desconocida, que al
despertarme en la medianoche ya lucía descansada y plena
dentro de una melodiosa circulación que se había remansado a
la sombra húmeda.
-En la
medianoche siguiente, casi a la misma hora, volví a
despertarme, pero la forma tan burda en que lo invisible se me
regalaba, me hacía esperarlo ni siquiera con indiferencia,
mejor con cierto desdén por la forma tan apresurada con que
ese invisible hacía su aparición. Estaba aún entre la
vigilia y el sueño, yo creo que un poco más de la parte del
sueño, cuando acompañando al ruido del sillón, comencé a
oir como unas carcajadas, cuyo ruido cuando ya estuve
totalmente despierto, vino a situarme cabalmente encima del
sillón en movimiento. Eran las habituales grandes carcajadas,
las de un bajo ruso en una canción popular, o las de un
personaje shakeasperiano pringoso y con un exageradísimo
diafragma ecuatorial. Me levanté, recorrí todas las piezas
de la casa, y sólo me encontré la pequeñísima sorpresa del
gato escarbando una esquina del patio. Creo que lo hacía por
distraerse, sin ninguna finalidad, pues al verme continuó
escarbando como quien realiza un trabajo sin propósito
conocido y por lo tanto no cree que pueda surgir la suspicacia
de la competencia. Cuando regresé a mi cuarto, ya el gato
estaba en su cojín dormido. Me senté en el borde de la cama
para aprovechar mejor ese dúo entre el sillón balanceado y
las carcajadas que en círculos concéntricos se situaban
sobre el ruido del sillón al moverse. Parecía que esas
carcajadas fueran naciendo con el propósito de sentarse sobre
el sillón, mejor, sobre el ruido del sillón al moverse.
Apagué la lámpara y volví a quedarme dormido. Como dos
horas después volví a despertarme, pero esta vez al sillón
y a las carcajadas, se añadió un tercer instrumento, la
puerta del cuarto; detrás del sillón se había abierto, y así
permanecía como esos músicos que en las orquestas sólo
interrumpen en muy contados momentos de unas errantes
partituras que los necesitan, así la puerta abierta añadía
al sillón balanceado y a las carcajadas una posibilidad muda
que tendría tan sólo una brevísima participación en un
tiempo desconocido. Un momento después ya yo estaba
convencido de que eso era lo otro que tendría que suceder.
Sin embargo, el silencio de la puerta abierta, el sillón en
movimiento y las carcajadas, se mezclaban con entera corrección.
Era un silencio que no desafinaba. Yo los oía a los tres,
sentado en la cama y con el rostro apoyado en las dos manos.
Me levanté, el gato seguía durmiendo en su cojín, y de
nuevo, no por mis propios pasos, sino guiado por el
improvisado trío, que parecía sonar para acompañarme tan sólo
esos tres metros de la marcha de mi casa al patio. Entonces,
no lo había hecho en los treinta años que vivía en esa
casa, comencé a fijarme, con exasperada lentitud, en el
patio.
[...]
El paseante siguió su camino, hasta dejar muy atrás el
mercado. Llegó a un foso, estaba rodeado de animales que
parecían invencionados por el Bosco. Se sonrió, supo que no
había llegado al paraíso, todos aquellos animales estaban
enjaulados. El foso estaba rodeado de lanzas de hierro,
separadas unas de otras por una anchura de dos pulgadas, el
grosor de las lanzas dificultaba la visión. Puso su rostro
entre dos lanzas, abajo los animales dormían; pudo observar
que en el extremo del círculo estaba un niño como de tres o
cuatro años, envuelto en un ropón de lana y con una capucha
que sólo dejaba ver la cara, aunque él no lo podía precisar
por la distancia y la niebla de la madrugada. Cambió de
posición en el círculo del foso, pero no podía ver el
rostro, comenzaba por oscilar, hacerse borroso, después
desaparecía. Entonces se le ocurrió poner el rostro entre
dos lanzas y así recorrer el círculo. Pero cuanto más se
acercaba al niño del ropón, más lejos se situaba éste en
la visión. Desaparecía.
[...]
Alrededor de la base de la cúpula de ese templo, ahora en
ruinas, existía un balconcito por donde se asomaban los
monjes para sus oraciones de medianoche; parece que esas
ruinas de un templo cristiano habían sido edificadas en su época
de esplendor sobre las ruinas de una academia de filósofos
paganos. A esa ruina llegaron dos centuriones para jugar a la
taba, habían cumplido sus guardias y antes de hundirse en la
taberna querían tener la seguridad de quien se enfrentaría
con los rigores de la convidada. Cuando ya se iban a sentar
sobre el jaramago para comenzar el juego, se desprendió un
busto del balcón que rodeaba la base de la cúpula. Era la
figura de un geómetra muy ensimismado, que al caer había
clavado en la tierrecilla el compás esgrimido por su mano
derecha, mezclada con piedra y escayola ornamentada, la vieja
tierra agrietada. Los dos centuriones lanzaron al espacio la
vieja figura desprendida que se fue a clavar en el sostén de
hierro que le servía de soporte en los barandales de la cúpula.
Había quedado perfectamente empotrada la figura en el
soporte, fijo el compás en el aire que se quería poblar de
demostraciones y del fugato de las espirales. Comenzaron a
lanzar sus dados. Apuntaban tantos en la yerba, rectificaban
con una guija del río, procurando no dejar rastro. Rodó un
dado y al detenerse marcaba dos puntos negros. El otro dado
tuvo un recorrido más accidentado, tropezó con piedrecillas
y hondonadas fangosas, y al fin, detuvo su marcha, sobre la
cremosa superficie del dado quedaron impresos tres puntos
negros. Vieron entonces los dos centuriones volar un espanto.
La figura del ensimismado, compás en mano, se lanzó de nuevo
al espacio. Al caer en tierra la punta del compás cayó sobre
la superficie del dado que mostraba la tríada. Saltó el dado
con furia, tropezó con una piedra del tamaño de un cangrejo,
retrocediendo hacia el dado con el que formaba pareja, su
superficie mostraba también ahora los dos puntos negros. El
cuatro aportado por los dos dados, uno al lado del otro, como
si las dos superficies hubiesen unido sus aguas. Quedó el
cuatro debajo de la cúpula en ruinas, al centro de la nave
mayor a igual distancia de las dos naves colaterales. Los dos
centuriones se cubrieron con una sola capota, del cuello surgía
como una cabeza de tortuga grande, y evitando dar traspiés,
se fueron con paso de marcha forzada.