|
(fragmentos)
Apesadumbrado fantasma de nadas
conjeturales, el nacido dentro de la poesía
siente el peso de su irreal, su otra realidad, continuo. Su testimonio del no
ser, su testigo del acto inocente de nacer, va saltando de la barca a una
concepción del mundo como imagen. La imagen como un absoluto, la imagen que se
sabe imagen, la imagen como la última de las historias posibles. El hecho
mismo de su aproximación indisoluble, en los textos, de imagen y semejanza,
marca su poder díscolo y cómo quedará siempre como la pregunta del inicio y de
la despedida pues cuanto más nos acerquemos a un objeto o a los recursos
intocables del aire, derivaremos con más grotesca precisión que es un
imposible, una ruptura sin nemósine de lo anterior. Ni es posible que un
orgullo desacordado al enarcar la red de la imagen pueda prescindir de la
constitución de los cuerpos de donde partió. La semejanza de una imagen y la
imagen de una semejanza, unen a la semejanza con la imagen, como el fuego y la
franja de sus colores. En realidad, cuando más elaborada y exacta es una
semejanza a una forma, la imagen es el diseño de su progresión. Y es cierto
que una imagen ondula y se desvanece sino se dirige, o al menos logra
reconstruir un cuerpo o un ente. Ninguna aventura, ningún deseo donde el
hombre ha intentado vencer una resistencia, ha dejado de partir de una
semejanza y una imagen; él siempre se ha sentido como un cuerpo que se sabe
imagen, pues el cuerpo al tomarse a sí mismo como cuerpo, verifica tomar
posesión de una imagen. Y la imagen al verse y reconstruirse como imagen crea
una sustancia poética, como una huella o una estela que se cierran con la
dureza de un material extremadamente cohesivo. Pues solamente de la traición a
una imagen es de lo que se nos puede pedir cuenta y rendimiento. Todo lo que
el hombre testifica lo hace en cuanto imagen y el mismo testimonio corporal se
ve obligado al irse al pozo donde la imagen despereza soltando sus larvas. Y
la escisión de semejanza e imagen presupondría un cuerpo bordeado como un
ejercicio en sus límites imposibles. Límite que sería un ejercicio, no la
inocencia ni el don órfico del canto. Y como la semejanza a una Forma esencial
es infinita, paradojalmente, es la imagen el único testimonio de esa semejanza
que así justifica su voracidad de forma, su penetración, la única posible, en
el reverso que se fija.
De ese mismo testimonio, el desdoblamiento del cuerpo y ser se sitúa en esa
interposición de la imagen. Cómo concurre el nacimiento de ese ser dentro del
cuerpo, sus sobrantes, las libres exploraciones que cumple antes de regresar a
su morada. Cómo ese ser puede contemplar el cuerpo formando la imagen o el
mismo ser reocupando el cuerpo para formar un objeto. Pero tanto el nacimiento
de ese ser dentro del cuerpo, como sus vicisitudes, o en ocasiones su oscuro
desenvolvimiento, sólo puede ser testificado por la imagen; pues si el ser
tomase proporcionada posesión del cuerpo o si el cuerpo fuese su justa y
absoluta morada, la imagen desaparecería o habitaría una planicie sin
cogitación posible. Ya que el viaje incógnito de ese ser hasta posarse en
nosotros y su posterior definitiva despedida, forma un ente, el cuerpo de la
imagen, ¿nadie podrá volver a pasar por allí? [...].
|