El Patio Morado [cuento] (fragmentos)
El paño morado de una prolongada tristeza colgaba de los largos patios, de
las cámaras abullonadas que formaban el palacio del Obispado. En el centro el
gran patio cuadrado parecía inundado de amistosas sombras desde la muerte de
Monseñor. Los pasos fríos de los sacerdotes, que parecían contados por una
eternidad que se divierte, lo atravesaban como el eco baritonal de un sermón
fúnebre. Siempre había sido un palacio melancólico, no como son todos los
palacios, sino con la melancolía que nos invade más que nos posee cuando
contemplamos un surtidor de escarcha. Ahora era algo más que un palacio
melancólico, una tristeza fuerte e invasora pesaba no como una sombra, sino
como el crepúsculo que va quemando sus diminutos címbalos, sus últimas llamas
ante la invasión de la lluvia tenaz. El patio en el centro del palacio, y en
el patio, esquinado, el loro. La humedad era imborrable: el que por allí
pasaba después recordaba aquella frialdad en el calambre que ocupaba la punta
de un dedo o que rociaba un buen fragmento de su espalda. Las paredes de aquel
patio parecían intentar asimilar cada una de las lagartijas que manchaban su
epidermis; gigantescos sumandos de colas de lagartijas habían depositado un
blando tegumento parecido al sudor del caballo. Todo lo contrario sucedía en
las plumas del loro: la humedad picada en uno de sus puntos por la tangente
del rayo de luz producía un vicioso deslumbramiento. [...] Aquel día
los muchachos jugaban con un pequeño anillo de hierro donde habían engastado
un pedazo de vidrio morado que la tarde anterior había saltado de una ventana,
cuando ésta había recibido la visita intempestiva de una pelota en cuyo
interior sonreía una tripita de pato. Ya el portero estaba acostumbrado a
verlos entrar en el patio, al principio muy despaciosos, como si siguiensen
con el oído los pasos de una codorniz atravesada en su garganta por la
tangente de un rayo de sol, viéndose al fondo las tubas del órgano del
obispado. A esa hora la luz luchando con la humedad lograba una matización
violeta, morado marino, sumando por partes desiguales una figuración plástica
que le provocaría un sueño glorioso a un primitivo. Aunque el portero
permaneció inmóvil, permanecer inmóvil era su ocupación predilecta, -gimnasia
difícil a la que únicamente había llegado después de haber vigilado durante
más de veinte años el patio del obispado. Se había dado cuenta de que algo
raro se hinchaba ante sus ojos, por lo menos su cara reflejó la extraña
sensación que se apoderaría de ella el día que leído el testamento del Obispo
otorgándole un chapín, o aquellas flores de oro, que él sabía que no eran de
oro, pero que colocadas en las paredes de su alcoba vinieran a ser como la
pelusilla suave de una mano que nunca le había envuelto en las pesadillas ni
en las más comúnicas venturas.
[...] Los dos muchachos ya no miraban hacia atrás, empezaba una labor
donde la punta de los dedos estaba impulsada por la rapidez de las miradas.
Junto con el anillo de hierro enarbolaban una finísima tira de lino. Rápidos
los dedos paresaban las paticas del loro que estaba en su trono de mediodía
-las dos maderas cruzadas eran suficientes para construirle un albergue
señorial-, ostentando una siesta impenetrable, único momento en que no miraba
la jaula de las alondras, para poner allí después de todo un poco de necesaria
confusión. Mientras uno de los muchachos procuraba estirar la fina pata del
loro, el otro lograba hacer un lazo con la tira de lino de donde pendía el
anillo de hierro. Miraban al portero no para ser impedidos, sino para
comprender qué haría después que ellos se hubieran retirado. Permanecía el
portero inmóvil, sin asentir ni reaccionar. No se sonreía, pero tampoco se
levantaría para sujetar entre sus manos aquella bruñida pata de loro y
deshacer con una grasosa decisión, toda la labor breve pero conducida por una
graciosa indecisión. Unos golpes leves, una mano que convierte en escala las
paticas apresadas, cae el anillo de hierro y la tira de lino lo retiene.
Significaba ese pequeño lazo en la vida del loro una perspectiva ilimitada. La
tira de lino del loro se había enroscado en el palo que lo sostenía,
adquiriendo una nueva feria de diversión. Daba un pequeño salto aventurero, y
caía en tal forma que el anillo de hierro se le introducía en una de las
patas, mientras que con un golpe de ala lograba asirse totalmente de la tira.
Era un movimiento violento, no lo podía prolongar mucho tiempo, pero se podía
observar que tenía el loro un regusto en aventurarse, en acometer aquella
pequeña travesura. [...] Uno de sus atrevimientos más vistosos,
mostrado casi siempre antes de irse volando a la jaula de las alondras,
consistía en dejar repentinamente el tosco trapecio en que se apoyaba,
buscando alcanzar el anillo que colgaba de la tira de lino. Cuando lo
realizaba lo apretaba entre sus dedos y prorrumpía en un grito mate. A causa
de la sacudida nerviosa perdía aislados grupos de plumas, pero lucía con
obstinación furiosa el anillo apretado, y después desentumecía, lo soltaba
como si sus dedos se hubiesen rodeado de un fango blanco, y esbozaba,
desinflando sus plumas, un gesto de entonada satisfacción. [...]
[...] El mismo sol al lanzarse sobre unos rastrojos que crecen en las
paredes del patio, produce un círculo donde predominan paradojalmente los
colores de la humedad, acentuando los islotes violetas, pequeños pinares y
florecillas de alambre pascual. Así continuaba aquel juego y así también todos
los días visitaba el café de la esquina, a una hora especial alejada de las
vulgares del desayuno o de la merienda. El hombre que sin ser leproso se
tapaba la cara con un periódico; el que realizaba el milagro extraordinario,
pero cotidiano y humilde de ingerir el líquido posando sus labios sobre un
cristal; el que intentaba leer el periódico por encima del hombro de su
vecino, sacudiendo indolentemente la ceniza de su cigarro sobre una consumida
taza de café; el que cuenta mentalmente los pasos de un balcón cerrado y
pregunta la hora con sílabas largas. Todos juntos en una hora especial
convirtiendo el vulgar café de la esquina en el barco fantasma o en el
trirreme, que con la proa incendiada, hace más de cien años que continúa su
travesía. [...]
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