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1845
Nacimiento de Luis II (Ludwig II)
Uno de los monarcas más
idolatrados de
la historia indudablemente ha sido Luis II de Baviera, llamado "Loco Luis" por sus rarezas y pasión
por las artes.
Luis Otón Federico Guillermo de
Baviera, vio la luz el 25 de Agosto de 1845, en Nymphenburg, palacio veraniego cerca de Munich, en el seno de la dinastía de
los Wittelsbach (en la cual ya se habían producido sus cuantos escándalos y lunáticos
de atar como la princesa Alexandra que juraba que se había tragado un
piano entero).
Fue hijo del rey Maximilian II
Joseph von Wittelsbach rey de Baviera y de María de Hohenzollern,
princesa de Preußen (Prusia ) e hija del rey de Prusia Federico Guillermo I de
Hohenzollern.
En su
esmerada educación, como corresponde a un futuro rey, tuvieron una especial
preponderancia las cuestiones artísticas, pues tanto su padre como su abuelo
Luis I, eran profundos amantes del arte y la belleza, grandes mecenas de su
tiempo y aprendices de poeta.
1848
En ese año nace el príncipe
Otto, hermano pequeño de Luis. El abuelo, Luis I de Baviera, abdica en favor de su hijo
Maximiliano pues había salpicado
de lodo el honor familiar al relacionarse como amante con la bailarina Lola
Montez.
La madre de Luis II nunca quiso
atenderlo o mantener el menor contacto directo y el
muchacho fue más apegado a su aya que a sus padres. Luis II era un chico retraído
y soñador, aunque como anécdota se relata que pero en una ocasión pesco una rabieta espantosa que lo
motivo a un intento de ahorcamiento de Otto por medio de un
pañuelo. De lo que no cabe dudas es que la
pasión de Luis II por las artes se manifestó desde muy temprana edad.
1861
En este atento aprendizaje artístico,
el joven príncipe Luis, el 25 de agosto de 1861, presenció por primera vez una
obra wagneriana, precisamente “Lohengrin”, y quedó tan sumamente cautivado por
todo lo que había visto y oído, por lo que había sentido con esta obra y por lo
que de sí mismo y de su espíritu había reconocido en aquel drama, que desde
entonces su pasión wagneriana, su entusiasmo romántico y su ímpetu artístico, no
conocieron límites.
Y
es que ya entonces había formado el carácter plenamente romántico que le haría
presa de insultos y mofas, el carácter que le valdría el apodo de Rey Loco. Era
un joven príncipe dotado de un alma enfermiza y una imaginación asombrosa,
inflamado de un sublime sentimiento, alto, pálido, con un espíritu turbado y
melancólico, volcado en los delirios de su alma como un arquitecto de ilusiones
ó un cazador de sueños.
Un artista en el más profundo sentido de la palabra, con
miras para todo lo hermoso y sublime que encontrase, con un espíritu elevado
sólo preocupado por el sentimiento y la belleza, pero que sin embargo no había
nacido para realizar y plasmar todos sus sueños, no era capaz de una verdadera
actividad creadora; y en la búsqueda de esto, encontró en el Maestro Richard
Wagner la figura que ponía en imágenes artísticas sublimes todos sus anhelos y
sus ensoñaciones.
1863
A los 18 años de edad,
Luis II vio morir a su padre en el mes de marzo y no le quedó más remedio que tomar
las riendas del país. La población de Baviera se enamoró a primera
vista de este joven elegante, hermoso y dulce y cuando pasaba por las calles de
la ciudad en su carruaje, decenas de pobladores le arrojaban flores y piropos.
Lo primero que hace como Rey, es mandar llamar a su lado a aquél al
que se había entregado, a aquel artista que habla sido capaz de plasmar en sus
magistrales obras todo el caudal de sentimientos, sueños e ilusiones que por su
alma corrían y que él era incapaz de sacar a la luz; a aquel espíritu tan afín
al suyo, y poner a su disposición un reino para que trabajase en su portentoso
genio, sin pedir absolutamente nada a cambio, una entrega sublime de un rey
amante del sentimiento, inflamado por completo por el arte y la belleza.
Cuando el 6 de mayo recibe el Rey
Luis II a Wagner en Munich, lo recibe con unas palabras que marcarán toda su
relación, y que ponen de manifiesto tanto esa entrega absoluta como esa afinidad
de almas: «Sin que vos lo supierais, erais la cuenta de todas mis alegrías. Vos
habéis sido mi mejor maestro, mi educador y un amigo que, como ningún otro, ha
sabido hablar a mi corazón. Haré cuanto esté en mi mano para haceros olvidar
vuestros sufrimientos, disiparé todas vuestras preocupaciones, os proporcionaré
el reposo a que aspiráis a fin de que despleguéis sin traba alguna, vuestro
genio maravilloso. Ahora que visto la púrpura, emplearé mi poder en endulzar
vuestra vida».
De Munich se traslada al castillo de
Berg, a orillas del lago Stamberg en la isla de las rosas, donde proporciona a
Wagner una villa cercana a su castillo para que trabaje con la tranquilidad de
un creador, le dona una casa en Munich en la Briennerstrasse, paga las deudas
del artista, todo está al servicio del Maestro para que trabaje y desarrolle su
genio, el teatro, la orquesta, la intendencia..., otorga toda clase de favores y
reconocimientos, proporciona cargos importantes a Hans von Büllow, todos los
días el Rey va a visitar al Maestro o éste va al castillo... Es un período
tranquilo y soñado por Wagner, no ha de preocuparse por su sustento ni por los
medios con que dedicarse a su arte, algo que durante toda su vida le había
rondado como un perro de presa y que al fin había conseguido dejar atrás... por
ahora. «Lo increíble se ha vuelto realidad.
El cielo me ha enviado a este Rey, que es mi felicidad y mi patria... ¡Tan bello
es, tan magnifico, y está tan lleno de Alma, que temo que su vida se desvanezca,
en este mundo grosero, como un fugitivo ensueño de los dioses! Me ama con el
intimo fervor y la fuerza del primer amor. Me conocía y sabe todo lo que se
relaciona conmigo, y me comprende como mi propia alma puede comprenderme. Quiere
que permanezca a su lado, que trabaje, que descanse. Me dará cuanto se necesite
para la representación de mis obras. Soy su dueño absoluto. Ya no volveré a ser
director de orquesta» Esto
escribe Wagner acerca de su nuevo apoyo y mecenas.
Años y obras
wagnerianas
Tras una serie de representaciones de
sus obras, -“El Holandés” a finales de 1864 y el “Tannhäuser” en febrero de
1865- se estrena en Munich, el 10 de junio de 1865 el “Tristán e Isolda” con
Schnorr von Carolsfeld como Tristán y Frau Schnorr como Isolda.
El Rey Luis,
queda profundamente impresionado por esta obra y aún más entregado a Wagner y al
ideal wagneriano si cabe que antes, y la misma noche de la representación, al
acabar ésta, le escribe con profunda emoción pura y sublime, una nota llena de
un exaltado sentimiento: «¡Sublime y divino amigo...! ¿No has perdido valor para nuevas
creaciones? Te ruego que no renuncies a tu arte, en nombre de aquellos a quienes
proporcionas dichas que sólo Dios podría dispensar. ¡Tu y Dios! Hasta la muerte,
hasta el reino de las Tinieblas, sigue admirándote Luis».
Tras la representación del “Tristán"
regresa al castillo de Berg acompañado por Wagner y del tenor Schnorr, donde
tiene lugar una audición de todas las obras de su amigo, cantadas por el tenor y
dirigidas por el Maestro. Es una época de proyectos, en que Wagner trabaja en el
bosquejo de “Parsifal” y el Rey junto al arquitecto Semper y el propio
Wagner,
en la empresa de su abuelo de transformar Munich en una ciudad en la que se
rindiese culto al arte y la belleza; se trazan los planes de un Teatro de los
Nibelungos, de un nuevo Conservatorio, la remodelación de la ciudad, la creación
de un periódico de los artistas...
«Mi joven Rey y yo hemos resuelto crear para
nosotros un mundo aparte...» escribe Wagner, un mundo aparte alejado de la
necedad y la vulgaridad que les rodeaban, de un pequeño reino que no comprendía
el arte del coloso de Bayreuth ni el sentimiento más puro y elevado de su Rey.
Se veían a diario permaneciendo horas enteras en el pequeño salón con vistas al
lago Starnberg charlando, tocando al piano las obras de Wagner o simplemente
“mirándose el uno en los ojos del otro”.
La admiración, la unión y el espíritu
de ambos hombres son perfectos, así se ve en algunas notas que Luis II escribe a
Wagner y que describen perfectamente su apasionado carácter romántico, su
impetuosa admiración wagneriana y su melancólico espíritu atormentado: «¡Uno y
todo! ¡Síntesis de mi felicidad!... ¿Qué soy yo sin él? ¿Por qué no encuentro
reposo? ¿Por qué estoy torturado siempre? ¡Oh! ¿Cómo hacer florecer para él,
sobre la tierra, la tranquilidad, una paz eterna y una inmarcesible alegría?
¿por qué hay siempre tanta tristeza al lado de tanta felicidad?... Amigo mío,
¿necesito volverlo a decir? ¡Te seré fiel hasta la muerte! Eres, fuiste y serás
toda mi vida, hasta el último suspiro... Te amaba antes de haberte visto. Oir
una obra del Amigo es para mí una beatitud tan grande, que no puedo compararla
con ninguna otra...».
Los consejeros de Luis II estaban espeluznados ante la voracidad pecuniaria de
Wagner, quien incluso mandó a su amante Cósima Liszt (por cierto esposa de su
benefactor Hans von Bulow) a pedirle reales a Luis II.
Los pobladores de Baviera, traumatizados por
el feo asunto del abuelo de Luis II con Lola Montez, hervían de indignación al
ver a Wagner aprovechándose de su rey.
1865 Wagner en calidad de exiliado viaja a
Suiza
No todo era un mundo de
rosas. Mientras Richard Wagner y el Rey creaban su mundo aparte, las intrigas
palaciegas contra el Maestro habían nacido y se hablan ido desarrollando, y
aunque en el primer momento la llegada de Wagner a Munich, había sido un hombre
celebrado y agasajado por todos y el wagnerismo se había convertido en el último
snobismo de moda entre las clases altas de Baviera, conforme se fueron dando
cuenta de la inmensa personalidad del Maestro y de todo lo que el wagnerismo
suponía tanto a nivel de ideología como de influencia sobre el Rey, comenzaron
las hostilidades contra él.
Apareció la política de por medio, los elementos más
reaccionarios detestaban profundamente a Wagner por su concepción del mundo tan
enfrentada a la suya, mientras que otros partidos trataban de aprovechar la
influencia que tenía sobre Luis II; se cruzó también la envidia, que siempre
nace en las más altas esferas de la vida, y había incluso quien miraba por el
erario público ante las ayudas del Rey.
La prensa, en manos de la sección
reaccionaria, arremetía con saña contra él, recordando su pasado revolucionario,
como en “El Mensajero del Pueblo”:«Ese musicastro asalariado que hace unos años
era capitán de una cuadrilla de incendiarios y asesinos, y quiso volar el
Palacio Real de Dresde, ahora se propone alejar a nuestro Rey de sus amigos,
aislándolo y fomentando un partido revolucionario que conducirá a la práctica de
sus perversas doctrinas».
Pronto toda Baviera estuvo contra
Wagner, y todas las personas alrededor del Rey Luis comenzaron a presionarle en
su contra: su tío el príncipe Carlos, su madre, el secretario Pfistermeister
-aquél que había ido en busca de Wagner a Stuttgart-, el consejero Luts, el
presidente Von der Pfordten, exponen la situación como de un grave peligro
interno para el país con múltiples amenazas organizadas por un artista, y el 6
de diciembre de 1865, el Gobierno en pleno expone su ultimátum al
Rey: “Debe escoger
entre el amor y la felicidad de su pueblo y la amistad de un hombre despreciado
por todo lo bueno y sano del reino”.
Colocado en tal situación, Luis
II escribe a Wagner de una manera
terriblemente angustiosa y desesperada: «Mi querido amigo: Con gran pesar de mi parte
le ruego que acceda usted a los deseos que le expresó ayer mi secretario. Créame
usted: debía obrar así. Mi afecto por usted durará lo que mi vida y con plena
conciencia de mis palabras me atrevo a decirle que soy digno de usted. Sé que
comprende mi profundo dolor. No dude usted nunca de la fidelidad de su mejor
amigo. Suyo hasta la muerte, Luis».
El mismo Rey, el dia de la partida,
el 10 de
Diciembre, acompaña a Wagner en su salida de Munich hasta la misma frontera de
sus dominios, despidiéndose de él con lágrimas en los ojos, reiterándole que
sería “suyo hasta la muerte”.
Los meses siguientes son de un
profundo dolor y amargura para Luis II, pues aunque se había visto obligado a aceptar la partida de Wagner, de ningún modo
en su alma se había reducido su admiración y su profundo sentimiento mientras
el compositor se encontraba lejos,
viajando por Suiza y Francia a la búsqueda de un lugar de su agrado para
asentarse y continuar su trabajo.
Su fidelidad no se limitó al plano
artístico-ideológico de admiración y entrega de su espíritu, sino que en el
plano puramente material contribuyó al sustento de Wagner y a su vida cómoda,
así cuando éste decide instalarse en Triebschen, un retiro cercano a Lucerna a
la orilla del lago de los Cuatro Cantones en Suiza, el Rey le concedió una
crecida pensión proveniente de su tesoro particular.
En Triebschen Wagner goza de uno de
sus mejores momentos, se dedica a “Los Maestros” durante la mañana y la noche, y
por las tardes da largos paseos acompañado de su fiel perro Russ, comienza su
relación con el que luego sería su enconado enemigo, Nietzsche, y al fin su
situación con Cósima comienza a normalizarse.
Aunque al principio Luis II se
resistió a creerlo -«No puedo ni quiero creer que los lazos existentes entre
Wagner y la señora Bülow sobrepasen los límites de la amistad. ¡Sería
espantoso!»- pronto entendió que a los sentimientos no se le pueden poner
barreras
1867 Compromiso de Luis con Sofía de Baviera
El primero de enero de 1867
Luis II anunció que se casaría con la princesa Sofía, hermana de la célebre Sissy
Emperatriz de Austria. Los súbditos se regocijaron, pero esta boda primero fue
aplazada y luego descartada por completo. «Tu eres la más
amada de todas las mujeres, pero el dios de mi vida es, como sabes, Richard
Wagner»
Tres meses después
de la última fecha fijada para la frustrada boda, Luis II conoció a un prusiano
alto de ojos azules y cabellos rubios llamado Richard Hornig, que era mozo de
cuadra de los establos reales.
Este Richard no fue un mero aprovechado, sino que
se enamoró profundamente del galante rey, compartieron el amor por los caballos,
la naturaleza y el arte y solían pasear tomados de la mano por castillos y lagos
a la luz de la luna. Luis II lo nombró Maestro de caballeriza y Transporte, y
muchas veces Richard actuó de mensajero entre Luis II y sus ministros, cosa que
era muy criticada. Richard Hornig había aplacado con su presencia el dolor de 8
años de separación física entre Wagner y Luis II.
Publicados póstumamente, los diarios del rey
- escritos en una mezcla de alemán, francés y latín- revelan la agonía de
sus infructuosos intentos por reprimir su homosexualidad. La mayoría de
sus relaciones fueron transitorias, pero la que tuvo con Richard Hornig, duró casi 20 años.
Se supone que Luis dijo que la
boda de Hornig le fue más difícil de tolerar que la guerra
francoprusiana.
Organizaba cabalgatas nocturnas, generalmente a la luz de la luna, que
terminaban en fiestas en medio del bosque, donde solo asistían los lacayos
jóvenes y otros sirvientes, que bajo carpas instaladas en claro bebían
hasta la madrugada y entretenían el ocio con juegos de jóvenes, a la
pídola, a las prendas y otros por el estilo.
El personal de las
caballerizas de Schachen era invitado al salón turco del castillo en donde
sentados en alfombras al estilo oriental tomaban sorbetes y fumaban pipas
turcas en la compañía de su majestad.
Pero el monarca no no se dedica
unicamente a sus fantasias y complicaciones mentales. Es un período también
en el que se ve impelido a tomar parte en las labores del estado a favor del
presidente Hohenhole y del profesor Dölinger, contra la opinión de la Cámara del
reino. Organiza representaciones de “Tannhäuser” y de “Lohengrin” y se dedica a
preparar el estreno de “Los Maestros Cantores”; funda el Conservatorio de música
tan ansiado y nombra director al propio Bülow.
Cósima se convierte en su
confidente alentando su espíritu wagneriano, pues como aún no estaba
completamente normalizada la relación con Wagner, ésta pasaba largas temporadas
con su marido y sus hijos en Munich.
De esta época es la carta que Luis II le
dirige:«Necesito
deciros que me es totalmente imposible vivir por más tiempo separado de quien lo
es todo para mí. No lo soporto. El destino nos ha creado al uno para el otro; si
vivo, es por él. Cada día lo veo más claramente. Pero él no puede estar a mi
lado, querida amiga mía. Os aseguro que no me comprenden, ni me comprenderán
nunca. Como Rey, no puedo estar unido a él. Las estrellas no nos son favorables.
Pero esto no puede, de ninguna manera, continuar así, porque me faltarían
fuerzas para vivir. Sin él me siento solo y abandonado. Es preciso que nos
reunamos para siempre. Amiga queridísima, os lo suplico: preparad al Bien Amado
para la resolución que he tomado de renunciar a la corona. Que tenga
misericordia de mí, que no me exija que soporte por más tiempo estos tormentos
infernales. Mi misión divina es estar a su lado, como amigo fiel y amante...
¡Decídselo! Hacedle ver que nuestros proyectos pueden realizarse y que me moriré
si tengo que vivir sin él. El amor hace milagros...»
Sin embargo, las relaciones entre
Wagner y el Rey, son cada vez más delicadas, y quizás por ello no se decidió al
fin a la abdicación de que habla en esa nota, y es que aunque la entrega del Rey
no tiene igual, ya no es el muchacho pleno de pasión que era antes y las
circunstancias de un reino totalmente opuesto a aquél que él había acogido como
guía, se hacían imposibles de obviar.
El punto
culmen de la relación del Rey con Wagner, y a partir del que sus caminos
comenzarán a separarse, es en el estreno de “Los Maestros Cantores de Nuremberg”,
el 21 de junio de 1867, en Munich. Tras el estreno, habrían de pasar algunos
años hasta que se volviesen a encontrar. El Rey Luis escribe a Cósima en la
última carta que le dirige: «Cuento entre las horas más bellas de mi vida, las que he pasado al lado
del Amigo querido, del más grande e inmortal Maestro, durante las
representaciones de su admirable obra. No las olvidaré jamás...»
Durante el año de 1868 y de 1869,
toman forma las obras finales de la que sería inmensa obra de Luis II, el
castillo de Neuschwanstein sobre un picacho que dominaba la población de
Hohenschwangau y los lagos Schwan y Alp.
El castillo había sido proyectado por
los arquitectos Dollman, Riedel y Hoffmann bajo la supervisión y la voluntad del
Rey Luis, de un maravilloso estilo que recuerda a los castillos de los cuentos
románticos e indudablemente creado con el mismo espíritu que Wagner creaba sus
obras.
Fue decorado con pinturas de temática wagneriana, así Aigner pintó en la
sala de trabajo del Rey, la leyenda de Tannhäuser; Hauschild, en otras
estancias, pinturas de Lohengrin; y Spiess en el dormitorio gótico, imágenes del
Tristán, lo que atestigua que su espíritu wagneriano no había decaído en lo más
mínimo. Fue una obra de gran coste de la que el erario público se resintió
hondamente y que le costó serios disgustos con sus ministros de finanzas.
Son estos años el período en que
Cósima y Wagner ya están plenamente unidos, y el rey volvió a intervenir de
soslayo en su relación, cuando nació su hijo Siegfried en Junio de 1869, fecha
que supone el divorcio legal y la renuncia sublime de Bülow a la que fuese su
esposa. Tras eso Hans von Bülow decidió no seguir en Baviera y pidió la renuncia
de su cargo como Director de la Orquesta Nacional de Baviera, la que aceptó Luis
II no de muy buena gana, aunque al fin hubo de acceder a tales peticiones pues
la realidad de la situación se hacia insoslayable.
1870 Guerra francoprusiana
Otro momento en que hubo un gran roce
entre el Maestro y su amante discípulo, y que hizo aún más delicadas las
relaciones entre ambos, fue con motivo de las primeras representaciones de “El
Oro del Rhin” y de “La Walkiria”, en 1869 y 1870 respectivamente.
El Rey Luis
había adquirido los derechos de las obras y se empeñó en la representación de
éstas aún en contra de la voluntad de Wagner, el cual veía tales
representaciones como un perjuicio para “El Anillo” como obra en su conjunto;
además los montajes dejaban bastante que desear pues la preparación de ambos
tuvo grandes dificultades por continuas dimisiones de los directos de orquesta y
con los cantantes, así como eran escenificaciones deficientes, pueriles y hasta
ridículas.
Sin embargo el afán wagneriano estaba
por encima de esas cosas, y la admiración del Rey y la ayuda económica que éste
aportada a Wagner, salvaron esas situaciones de más enfrentamientos.
En el
cincuenta y siete cumpleaños de Wagner, el 22 de mayo de 1870, tuvo un hermoso
gesto Luis II, regalándole un caballo llamado “Grane”.
Durante la guerra Franco Prusiana de
1870, el Rey Luis tuvo un importante papel, y es que cuando ésta se venció y la
unificación alemana como un imperio bajo el poder de Prusia se llevó a cabo, fue
él quien le ofreció a su abuelo Guillermo, en nombre de los demás príncipes y
como un mero acto protocolario pues estaba bastante alejado de toda política, la
corona imperial que ya Bismarck había decidido para él.
Su wagnerismo y su entrega
persistieron, pero ya de una forma plenamente solitaria, haciéndose representar
para él las obras del maestro, en su soledad ya era casi absoluta,
encerrado en Neuschwanstein, su palacio de ensueño, viviendo en un mundo aparte
creado exclusivamente para él al son de los Dramas Wagnerianos.
Su relación con Wagner tampoco acabó
a pesar de que no se veían desde hacía varios años, así tuvo una importantísima
labor contribuyendo a la edificación del Festspielhaus de Bayreuth con la suma
de 75.000 marcos, aunque en un principio desaprobase el proyecto de Bayreuth
pues deseaba que fuese el teatro de Munich el que fue El Teatro de los
Nibelungos, pero cambiando de opinión ante las necesidades del Maestro, algo que
Wagner agradeció de corazón a pesar de los roces y diferencias que había podido
suceder con el paso de los años, hizo su contribución personal. El día de la
puesta de la primera piedra del Festspielhaus, en un brindis Wagner recordó a su
solitario rey:«Es mi
deber agradecer al soberano todo cuando ha hecho por mi. Cuando se me autorizó a
volver a Alemania y nadie en este país, sobre todo las academias oficiales, no
sabían que hacer de mi, su voz generosa me llamó y me dijo: “Cuidaré de ti
porque eres un artista a quien aprecio. Es preciso que tu idea se lleve a cabo.
Quiero emanciparte de toda preocupación material”. Y a esa grandeza de alma se
debe que yo pueda hoy realizar ante vosotros este milagro».
Cuando las aportaciones económicas
fueron decayendo y el proyecto de Bayreuth peligraba, una vez más el Rey Luis
acudió en ayuda de Wagner, prometiéndole en una carta de 15 de enero de 1874 su
ayuda, que se manifestó en un crédito concedido a la administración de Bayreuth
por valor de trescientos mil marcos.
En verano de 1875, en la noche del 5
al 6 de Agosto, volvieron a encontrarse tras 8 años sin verse el Maestro y su
admirador Rey. Luis II recabó su tren a una legua de Bayreuth, para visitar a
Wagner y hacerle saber que deseaba estar presente en las fiestas de
inauguración, como simple espectador, declinando la invitación de permanecer en
Wahnfried y permaneciendo solo en su tren.
En los siguientes días, en el palco
junto a Wagner, presenciaron en solitario los ensayos generales de todo “El
Anillo”, dejándose llenar e invadir una vez más por el espíritu y el sentimiento
de las obras wagnerianas, uniendo una vez más su alma y su sueños, su entrega y
su admiración a la obra de su Maestro. Pero en cuanto la última nota del “Ocaso
de los Dioses” hubo sonado, de nuevo fue a refugiarse en la lejanía de sus
montañas, y en los sueños de su mundo aparte, en el espíritu atormentado de su
soledad romántica.
Luis II
como estadista probó ser más
sagaz y capaz de lo que muchos admiten. Sin su consentimiento, Otto von Bismarck
no hubiera podido unificar Alemania ni hubiera sido posible el triunfo de los
germanos en la Guerra Franco-Prusiana, dado que en este conflicto Baviera apoyó con tropa a
los prusianos. Luis II a nivel personal se sentía un poco asqueado ante el escándalo que
protagonizó su amado Wagner al quitarle la mujer a Hans von Bulow
para luego casarse con ella.
También estaba preocupado por la salud de su
hermano menor Otto, quien podría haber ayudado a Luis II pero que cada día iba
de mal en peor con ataques de locura durante los cuales le daba por morder,
caminar a cuatro patas y ladrar como perro. Para colmo de males Richard Hornig
se casó durante una de las ausencias de Luis II, y el rey se sintió traicionado.
La penúltima vez que se vieron el Rey Luis y Wagner fue en Noviembre de
1880. Wagner regresaba de un viaje por Italia y paró en Munich para pedirle al
rey una vez más su ayuda para el estreno de “Parsifal” en Bayreuth, donde
deberían intervenir la orquesta y coros de Munich.
Luis II aceptó y organizó una
representación especial de “Lohengrin” para esa visita de Wagner. Dos días
después pidió que se interpretara el preludio de “Parsifal”, haciéndolo por dos
veces y después el de “Lohengrin”. Wagner se marchó indignado pues tras escuchar
el Rey la obra cúlmen de su creación, donde su alma por completo estaba
transcrita en un drama, el Rey pedía que se interpretara el preludio de una de
las obras de su primera etapa. A Luis II le pasó inadvertido tal enfado y en su
diario anotó de esa velada: «...el 12 de noviembre, por la tarde, he oído dos veces el admirable y
maravilloso preludio de “Parsifal”, dirigido por su propio autor. Profundamente
significativo... Siempre he oído decir que entre Príncipes y súbditos no es
posible ninguna amistad...»
Fue a visitar de incógnito a Richard Wagner en Haus Wahnfried y en enero de 1881
Wagner y Luis II vieron juntos la ópera Lohengrin. Cenaron juntos y lloraron
mucho.
Un mes antes de la muerte del
compositor, el Rey Luis le escribe un telegrama el dos de enero de 1883, que seria
la última carta que le enviase:«Desde lo más profundo de mi corazón,
correspondo yo a sus deseos de suerte que me hicieron mucha ilusión. Me he
alegrado mucho de su tan atenta carta. En las hojas recibidas hace poco he leído
con el mayor interés los temas escritos y las composiciones anunciadas en
noviembre».
Wagner le
responde con una extensa carta muy interesante el 10 de enero que también sería
la última misiva, y que acababa de esta forma: «Es así como cierro hoy el círculo de mi vida,
penetrado del noble sentimiento de las bonanzas de las que he disfrutado, y en
el cual yo muero, y seguiré a mi Señor y a mi amigo, para la eternidad».
La muerte de Wagner se produce el 13
de febrero de 1883 en Venecia y la desesperación de Luis II fue tan profunda que
ni pudo ir al entierro de Wagner.
Cuando se le comunicó la muerte
exclamó:«¡Es
horrible! ¡Espantoso» y ordenó que lo dejasen solo.
Tan sólo en su soledad
encontró algo de respiro, en la soledad que ya no era vida, en la soledad que lo
identificaría para siempre como el Rey Loco. Ordenó que cerrasen y prohibiesen
tocar los pianos de sus castillos, y exclamó lleno de tristeza, recuerdo y
soledad: «El artista del cual hoy llora todo el mundo la pérdida, soy yo quien
le salvó».
En el coche fúnebre de Richard Wagner tan solo se permitieron colgar
de los millares de coronas mortuorias que se enviaron, las dos de Luis II. El 16
de febrero escribe una carta de profundo duelo a Cósima:«Muy distinguida Sra. y apreciada amiga: Me es
imposible plasmar el profundo dolor que llena mi alma acerca de la horrorosa e
insustituible pérdida que hemos padecido. ¡Qué golpe del destino más deplorable
nos ha tocado a usted, a los pobres niños, a todos nosotros, los amigos y
numerosos admiradores del gran e inolvidable amigo y maestro! ¡Qué lástima que
nos fuera arrancado tan pronto, quien hubiera podido pensarlo!».
Fue la última vez que se vieron, pues el 13 de febrero de 1883, Wagner
moría en Venecia de un infarto. Wagner fue sepultado en Bayreuth, donde un
acongojado Luis II visitó secretamente su tumba para llorar una vez más.
Ya para entonces, Luis II
comenzaba a
tener alucinaciones y otros problemas mentales. En su diario se reflejaban estas
anomalías. Se sentía acosado por sus funcionarios, que olvidaban que cuanto
mecenazgo se había hecho en el pasado provenía del dinero personal del rey y no
del erario de Baviera.
Los ministros se volvieron contra Luis II acusándole de derroche y mala
administración, cuestionando su capacidad para reinar y hasta hablando mal de su
vida privada.
1886 Muerte de Luis
II en el lago
Stanberg
El 7 de junio de 1886 se
llevó a cabo el complot contra el rey en
Munich. El gobierno, tras un día de discusiones y misas negras, decidió que
Luis II no podía reinar y que el regente sería el príncipe Luitpoldo.
Aconsejaron Luis II que huyera hacia Austria, pero él se negaba a hacerlo.
Afirmaban que Luis II quería suicidarse y varios doctores montaron guardia,
mientras el monarca protestaba que no era posible que lo declararan loco si no
lo habían examinado.
El dia 10 de junio de 1886, su primo
el Príncipe Luitpoldo tomó la regencia del reino, pues la familia de Luis II y
los políticos de Baviera, juzgaron que el carácter de Luis II era fruto de una
enfermedad mental que le imposibilitaba para las labores de gobierno. Así, lo
sacaron de su castillo de Neuschwanstein y lo recluyeron en el castillo de Berg.
Tres días después, el 13 de junio, murió ahogado en el lago Starnberg, frente al
castillo que había sido su última morada prisión. Junto a su cadáver se encontró
el de su médico personal, el doctor Gudden.
La versión oficial con relación a su muerte,
es la del suicidio, por la que habría puesto fin a su atormentada existencia de
soledad y compañía, a su vida de continua contradicción romántica, llevando
consigo a su guardián y médico.
Otra posible tesis sobre esa muerte, es la que
contempla lo incómodo que en Baviera y en todo el Reich era un príncipe de ese
carácter, incomprendido y extraño para la política y la sociedad vulgar de su
momento, que además cada vez que intervenía en las cuestiones políticas era para
ir en contra de la política oficial o para criticar a la casa imperial, junto
con los profundos gastos que el erario público llevaba a cabo, que pudieron
arrastrarlo a ser asesinado por los poderes de Baviera o de Alemania.
* * * * *
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