1872 - 1936

 

A Italia

Veo, oh Patria, los muros, las arcadas 
y las columnas y los simulacros,
las torres yermas de nuestros abuelos, 
mas no veo la gloria,
ni el hierro ni el laurel que recubrían
a nuestros viejos padres. Ahora inerme, 
pecho y frente desnudos nos enseñas. 
¡Cuántas heridas, ay,
qué lividez, qué sangre! ¡Oh, mal te veo, 
bellísima mujer! Pregunto al mundo
y al cielo: respondedme;
¿quién a tal os redujo? y aún más grave 
es que oprimen sus brazos las cadenas;
tal que sin velo y sueltos los cabellos 
yace en tierra olvidada y sin consuelo,
y escondiendo su rostro
en las rodillas, llora.
Lloras, no sin motivo, Italia mía,
nacida a vencer pueblos,
en la fausta fortuna y en la infausta.

Si fueran tus dos ojos fuentes 
vivas, el llanto no podría
adecuarse a tu daño y tu deshonra;
pues que fuiste señora, y eres sierva.
¿Quién de ti escribe o habla,
que, recordando tu esplendor pasado,
no diga: "antes fue grande y no es ya aquella"? 
¿Por qué, por qué? ¿dónde la fuerza antigua? 
¿dónde el valor, las armas, la constancia?
¿quién desciñó tu acero?
¿quién te vendió? ¿qué astucia y qué fatigas, 
qué tan gran poderío despojarte
pudo del manto y la dorada toca?
¿cómo caíste o cuándo
de tanta altura a sitio tan mezquino?
¿nadie por ti luchó?
¿de entre los tuyos
ninguno te defiende? ¡Aquí las armas!: 
combatiré, sucumbiré yo solo.
Haz tú que sea fuego
mi sangre, oh cielo, a los ítalos pechos.

¿Tus hijos dónde están? Oigo el sonido 
de carros y armas, voces y timbales:
en regiones extrañas *
combaten hoy tus hijos.
Espera, Italia. Veo, o creo verlo,
un fluctuar de infantes y caballos,
y polvo y humo, y un brillar de espadas 
cual rayos en la niebla. ¿Te consuela 
eso? ¿o tu vista trémula no quieres 
volver al hecho incierto?
¿por qué lucha en tal campo
la ítala juventud? ¡Oh dioses, dioses: 
lucha por otra tierra el hierro ítalo. 
Miserable de aquel que en guerra muere, 
no por las patrias playas, por la pía 
mujer y amados hijos, sino ajeno 
enemigo de otros,
sin que pueda decir en su agonía:
"Fértil tierra natal,
la vida que me diste te devuelvo."

Oh amados, venturosos y benditos 
antiguos tiempos, por los que corrían
a morir por la patria las escuadras;
y vosotros, honrados y gloriosos 
siempre, desfiladeros de Tesalia, 
donde Persia y el hado menos fuertes 
fueron que pocas almas generosas. 
Pienso que vuestros árboles y peñas
y vuestros montes y olas al viajero 
con su voz indistinta
narran cómo cubrieron esas playas 
las invictas hileras
de los cuerpos que a Grecia veneraban. 
Vil y feroz, entonces
huía Jerjes por el Helesponto,
de sus últimos vástagos vergüenza;
y al collado de Antela, en que muriendo 
se libró de morir la hueste santa, 
Simónides subía,
éter, marina y tierra contemplando.
y de llanto cubiertas las mejillas,
y vacilante el pie, y el pecho exhausto,
la lira sujetaba:
"Venturosos vosotros,
que a la enemiga lanza el pecho disteis 
por amor hacia las que os alumbraron; 
honor de Grecia, admiración del mundo.
En las armas y cuitas
¿cuán grande amor las mentes juveniles, 
cuán grande amor al hado amargo os trajo? 
¿Cómo tan dulce, oh hijos,
os pareció el final, pues que corristeis 
riendo al paso duro y lagrimoso ?
Cual si a una danza y no a la muerte fueseis, 
o a espléndido festín, todos vosotros:
y os aguardaba el Tártaro
oscuro, y la onda muerta;
sin hijos, sin esposa a vuestro lado 
cuando en la áspera orilla
sin un beso moristeis, y sin lágrimas.

Mas no sin de los persas pena horrenda 
y sempiterna angustia.
Como león en medio de los toros 
salta sobre una grupa y talle clava
la espalda con las garras,
ya muerde este costado, ya aquel muslo; 
así arreciaba entre las turbas persas
la ira y el valor del pecho griego.
Ved caballos supinos y jinetes;
trabada a los vencidos
la fuga, derribados carros, tiendas, 
y huir de los primeros, desgreñado
y pálido el mismísimo tirano;
ved teñidos, bañados
de la bárbara sangre a los heroicos 
griegos, daño infinito de los persas,
a los que van venciendo sus heridas, 
yacer uno sobre otro. Oh, viva, viva:
¡oh bienaventurados
mientras se hable o escriba en este mundo!

Antes, al mar cayendo, desprendidos
en lo hondo extintos chirriarán los astros, 
que la memoria y vuestro
amor pase o decrezca.
Altar es vuestra tumba; al que a sus hijos 
vendrán las madres a enseñar las bellas 
huellas de vuestra sangre. Vedme echado 
en el suelo, oh benditos,
y que beso estas peñas y esta gleba, 
que han de ser aclamados y alabados
de un polo al otro polo eternamente.
¡Ay! fuera yo enterrado con vosotros
y empapara mi sangre esta alma tierra. 
Que si es distinto el hado, y no permite 
que por Grecia mis ojos moribundos 
cierre, en guerra caído,
así la humilde fama
de vuestro vate para los futuros 
pueda, merced al cielo,
tanto durar cuanto la vuestra dure.


A si mismo

Descansarás ya siempre, 
cansado corazón. Murió el engaño
que creyera inmortal. Murió. En nosotros 
de los dulces engaños, consumido 
siento el deseo, aún más que la esperanza. 
Reposa para siempre. Ya bastante
has latido. Ninguna cosa vale
tu pálpito, ni es digna de suspiros
la tierra. Es tedio sólo
y amargura la vida; y fango el mundo. 
Cálmate, desespera
la última vez. A nuestra estirpe el hado 
sólo el morir le dio. Desprecia ahora
a la naturaleza, y a ti mismo,
y a ese poder brutal
que, escondido, en el mal común impera, 
y la infinita vanidad de Todo.


 

«Los secretos del corazón humano
son a veces tan profundos
que no se pueden penetrar fácilmente;
por esta razón,
los mejores momentos de un amor
son aquellos en que te asalta
una serena y dulce melancolía;
cuando lloras
y no sabes por qué;
cuando reposadamente te resignas
ante una desventura sin saber cuál es;
cuando gozas con una nadería
y sonríes con menos todavía...»

 

 

A su dama


Cara beldad que, ausente,
amor me inspiras, o escondiendo el rostro
salvo que el alma ardiente
en el sueño tu sombra no sorprenda,
o en el campo en que esplenda
mas claro el día y la creación más pura,
¿acaso el inocente Siglo de Oro
colmaste ventura,
y eres en esta vida alado espíritu,
u ocultándote ahora suerte avara
para futuras horas te prepara?

Poder mirarte viva
mi corazón no espera,
sino en el día en que desnuda y sola
por nueva ruta a peregrina esfera b
marche mi alma. En el albor primero
de mi jornada incierta y tenebrosa,
te imaginé viajera,
por el árido mundo. Mas no hay cosa
que aquí se te asemeje, y aunque alguna
recordase tu rostro, nunca fuera
en actos y en palabras tan hermosa.

Entre tantos dolores
como a la vida humana ofrece el hado,
si verdadera y cual te pinta el alma
te amase algún mortal, para él sería
el vivir más preciado.
Bien claro veo que tu amor me haría,
cual en los verdes años, todavía
ansiar gloria y virtud. En vano el cielo
esquivo se mostrara a mis afanes;
que al lado tuyo este mortal camino
fuera un sueño divino.

Por los valles, que escuchan
del laborioso agricultor el canto,
y donde me lamento mientras huye,
el ilusorio y juvenil encanto,
y por las cumbres, en que evoco y lloro
los deseos sin fruto y de mi vida
la perdida esperanza, en ti pensando
comienzo a palpitar. ¡Ah si pudiera,
en el ambiente tétrico y nefando
del siglo, conservar tu imagen pura!
¡Ella sola endulzara mi amargura!

Si tú de las ideas eternales,
eres una, de aquellas que de formas
sensibles no vistió la eterna ciencia
ni entre caducos restos
soportan el dolor, de la existencia,
o si acaso en el cielo donde giras
otra tierra te acoge entre sus mundos,
y más bella que el sol próxima estrella
te alumbra, y más benigno éter aspiras,
desde aquí, donde llora aquel que vive,
de ignoto amante la canción recibe.

 

 

Amor y muerte

Hermanos a la vez creó la suerte
al amor y a la muerte.
Otras cosas tan bellas
en el mundo no habrá ni en las estrellas.
Nacen de aquél los bienes,
los placeres mayores
que en el mar de la vida el hombre halla;
y todos los colores,
todo mal borra ella.
Bellísima doncella,
de dulce ver, no como
se la imagina la cobarde gente,
al tierno Amor le hace
compañía frecuente,
y el camino mortal juntos recorren
y a todo corazón más sabio
que el herido de amor, ni que la vida
infausta más desprecie,
ni que por otro dueño
como por éste los peligros busque;
donde tu llama prende,
amor, nace el aliento
o se despierta; y su saber en obras,
no, como suele, en pensamiento vano,
muestra el linaje humano.

Cuando encendidamente
nace dentro del alma
un afecto amoroso,
juntamente con él un misterioso
lánguido anhelo de morir se siente;
cómo, no sé; mas ésta es la primera
señal del verdadero amor potente.
Quizás a la vista entonces
espanta este desierto; acaso espera
el mortal que ha de hallar inhabitable
la tierra sin aquella
nueva, sola, infinita
felicidad que su pensar figura;
mas presintiendo el corazón por ella
terrible tempestad, quietud ansía
y refugio apetece,
ante el fiero deseo
que en torno ruge y todo lo oscurece.

Cuando lo envuelve todo
la formidable fuerza
y fulmina en el alma afán constante,
¡cuántas veces te implora
con intenso deseo,
oh dulce muerte, el dolorido amante!
¡Cuántas veces, oh, cuántas a la noche
o al alba abandonándose rendido
juzgó gran dicha que jamás pudiera
despertar de su sueño
ni ver la luz amarga nuevamente!
Y al son a veces de la triste esquila,
del canto que conduce
a los que mueren al eterno olvido,
con suspiros ardientes
de lo íntimo del pecho envidia tuvo
de aquel que bajo tierra a habitar iba.
Hasta la tosca plebe,
el labriego, que ignora
toda virtud que del saber deriva,
hasta la joven tímida y esquiva,
que de la muerte al nombre
sentía sus cabellos erizarse,
contemplan ya la tumba y el sudario
con un mirar de fortaleza lleno,
y en hierro y en veneno
meditan largamente,
y aun en su indocta mente
la gentileza del morir comprenden.
Tanto a la muerte inclina
de amor la disciplina. Y es frecuente
que la interna pasión llegue a tal punto
que la fuerza vital no se sostenga,
y ceda el cuerpo frágil
a la terrible lucha, y de esta suerte
por fraterno poder triunfe la muerte,
o tanto instigue amor en lo profundo
del corazón que el tosco campesino
y la tierna doncella
con mano violenta
su carne juvenil den a la tierra.
Ríe entonces el mundo,
al que el cielo vejez y paz consienta.

Al ferviente, al dichoso,
al animoso ingenio
conceda el hado alguno de vosotros,
dulces dueños, amigos
del humano linaje,
cuyo poder no hay quien aventaje
en el mundo, pues sólo la potencia
del hado es superior a vuestra esencia.
y tú, a quien ya desde mis verdes años
honrando siempre invoco,
bella muerte, piadosa
tan sólo tú de la aflicción terrena,
si celebrada fuiste
alguna vez por mí, si del mezquino
vulgo la ofensa a tu esplendor divino
enmendar un día quise,
no tardes más, mis ruegos
vehementes escucha,
¡cierra mis ojos tristes
para siempre a la luz, reina del tiempo!
Me hallarás ciertamente, a cualquier hora
en que tus alas hacia mí despliegues,
levantada la frente, apercibido,
resistiendo al destino;
la mano que al herirme se colora
con mi sangre inocente
no he de colmar de elogios
ni bendecir, cual hace
por antigua ruindad la humana gente;
toda vana esperanza en que se engañan
como niños los hombres,
todo necio consuelo
desecharé, y a nadie en tiempo alguno,
¡oh muerte!, he de aguardar sino a ti sola;
tan sólo el día esperaré sereno
en que decline adormecido el rostro
en tu virgíneo seno.

 

 

El sábado en la aldea

A la puesta del sol, la alegre niña
torna de la campiña
con su haz de yerba y el florido ramo
en que lucen al par violeta y rosa,
y que, inocente, apresta
para adornar gozosa
pecho y cabellos al llegar la fiesta.
A par con la vecina
siéntase a hilar en el umbral la anciana
volviendo el rostro al astro que declina,
y se transporta a la estación lejana
cuando, aún fresca doncella,
danzaba al terminarse la semana,
con sus amigas de la edad más bella.
El aire se obscurece,
se matizan de azul los horizontes,
y descienden las sombras de los montes
cuando la luna cándida aparece.
La torre de la villa
la fiesta anuncia, y sus alegres sones
bajan a confortar los corazones.
Sobre la plaza la vivaz cuadrilla
de rapaces gritando
y aquí y allí saltando,
alza rumor que anima y alboroza;
mientras silbando el labrador regresa
y sentado a su mesa
con el descanso que prevé, se goza.

Cuando el silencio con la sombra crece
y toda luz fenece,
oigo el martillo que tenaz golpea
en el taller, do el oficial se afana
por dejar terminada la tarea
antes de que despunte la mañana.

Este es de la semana
el más hermoso y el postrero día.
Mañana tornarán fastidio y pena,
y a la habitual faena
cada cual volverá como solía.

¡Jovencillo gracioso!
Tu dulce edad florida
es como un día de alborozo lleno,
día claro y sereno,
que precede a la fiesta de tu vida.
¡Goza, gózalo pues! Edad de flores,
suave estación es esta:
nada más te diré; pero no llores
si se retarda tu anhelada fiesta.

 

Giacomo Leopardi

   

 

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO