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Erudito,
arqueólogo, soldado, diplomático y coronador de reyes. T.E. Lawrence
fue un hombre de aptitudes múltiples. Sus fabulosas aventuras en los
desiertos de Arabia hicieron su nombre legendario y contribuyeron a
moldear el destino del Oriente Medio. Treinta libros, una
obra de teatro intitulada Ross y la película Lawrence de
Arabia se inspiraron en la vida extraordinaria de este hombre. Para Lowell Thomas, que lo
conoció en el desierto y que
mostró al mundo sus andanzas por primera vez, fue un compañero
seductor y genial. He aquí el vívido relato que nos pinta Thomas del
gran aventurero.
Lo vi por
primera vez en una populosa calle de Jerusalén durante la Primera
Guerra Mundial. Por la polvorienta avenida transitaban mercaderes
árabes con sus chilabas y sus vistosos turbante, sacerdotes griegos
con sus altísimos gorros negros, turcos barbados con sus pantalones
bombachos como globos. Entre el gentío había un hombre de talla
menos que mediana que contrastaba violentamente con los demás.
Vestía el flotante albornoz de los jeques beduinos y llevaba al
cinto el alfanje de los príncipes de la Meca. No obstante, su tez
era clara, limpia su barba y azules sus ojos.
Me intrigó tanto su extraña apariencia que quise
saber quién era. Nadie parecía conocerlo. Más tarde pregunté por él
a Sir Ronald Storrs, gobernador británico de Jerusalén. El
gobernador abrió la puerta de un despacho contiguo y ... allí estaba
sentado el misterioso extranjero, absorto en un libro de
arqueología.
-Tengo el gusto de presentarle al coronel T. E.
Lawrence, rey sin corona de Arabia- me dijo entre burla y veras,
pues supe que eran amigos desde su época de estudiantes en la
Universidad de Oxford. El legendario Lawrence de Arabia me estrecho
la mano ensimismada.
Hacía ya varias semanas que oía hablar de este
misterioso personaje; desde que crucé en avión el desierto del Sinaí
para informar acerca de la campaña británica contra los turcos en
Palestina. Corría el año de 1917 y los turcos se habían aliado con
los alemanes para robustecer su vasto imperio, que entonces abarcaba
todos los territorios que hoy constituyen a Siria, Líbano, Iraq,
Yemen, Jordania, Israel y Arabia Saudita. Pero los árabes, heridos
en carne viva por la dominación turca, habíanse rebelado, y corrían
rumores de que un joven oficial inglés (a quien los árabes llamaban
El Aurens ) era quién los dirigía contra sus opresores en los
desolados desiertos de Arabia.
Parecía extraño que este hombre tímido, casi
endeble, pudiera ser el misterioso jefe de los guerrilleros.
Solamente después, cuando lo vi galopando audazmente sobre su
camello, rodeado de su fiera e impetuosa escolta, pude creer al
fin.
EN BUSCA DE UN
LÍDER ÁRABE
A poco de nuestra entrevista, me uní a él en el
desierto para ver algo de la revolución árabe. Allá, y después en
Londres, llegué a conocer a este extraño joven. Aunque era hijo
ilegítimo de un barón irlandés, en su campamento del desierto
parecía tan árabe como cualquier jeque: vestía como loa árabes,
hablaba árabe y montaba y tiraba las armas como un
beduino.
Había llegado al Oriente Medio cuando era todavía estudiante de
Oxford, y vagó a pie por el desierto investigando la arquitectura de
la época de las cruzadas. Después de graduarse formó parte de una
expedición que excavó las ruinas hititas en el Eufrates.
Cuando estalló la Primera Guerra, Lawrence quiso
alistarse en él ejercito inglés, pero lo rechazaron por su escasa
estatura. Más tarde, cuando entró Turquía en la guerra al lado de
Alemania, ingresó en el servicio secreto británico con el grado de
subteniente. Lawrence había hecho un estudio de la península del
Sinaí antes de la guerra, y además entendía los problemas del pueblo
árabe y sentía simpatía por él; por lo tanto lo enviaron al cuartel
general en El Cairo. Allí irritó a muchos de sus superiores con su
actitud de indiferencia hacia la disciplina militar. Saludaba al
desaire y mostraba poco respeto por la autoridad. También
contrariaba la opinión de ciertos oficiales arguyendo que era
posible formar con los árabes indisciplinados una fuerte combativa
útil, si se les inflamaba con la idea de la
independencia.
En el verano de 1916 los árabes, capitaneados
por el jerife Hussein, se levantaron contra sus opresores turcos. Se
apoderaron de la cuidad santa de la Meca, pero muy pronto se estancó
su embestida. En este punto el cuartel general de El Cairo permitió
a su irreverente subalterno que se les uniera. Lawrence encontró a
los árabes desmoralizados tras una serie de derrotas. Al cabo de
varios días penosos por el desierto llegó a la tienda del Emir
Feisal, uno de los hijos de Hussein.
-¿Le gusta nuestro puesto, aquí en Wadi
Safra?- le
preguntó el moreno y barbado Emir.
-Sí- le respondió Lawrence- pero esta muy lejos de
Damasco.
Al oír nombrar a Damasco, la ciudad que
una vez fuera centro del poderío árabe, el Emir miró de reojo a sus
mal equipadas huestes.
-Me temo que las puertas de Damasco están más lejos que
las puertas del Paraíso.
A pesar del aspecto melancólico de
Feisal,
Lawrence comprendió que era un caudillo astuto en torno al cual se
podía reunir mucha gente, y con su asentimiento anduvo de aduar en
aduar exhortando a los nómadas a que se unieran en la lucha. A la
luz indecisa de las fogatas, el joven subteniente de 28 años les
habló de la independencia árabe, y recordó a sus anfitriones
beduinos el gloriosos pasado árabe y los incitó a atacar a los
turcos mientras peleaban contra Inglaterra y sus aliados.
Poco a poco, las tribus fueron dejando sus
viejas rencillas hasta que se unieron bajo las banderas de Feisal.
Un renombrado adalid del desierto se llamaba Auda Abú Tayi, bravo
guerrero de perfil aguileño, casado con 28 mujeres; trece veces
había sido herido en otros tantos combates en los que dio muerte a
75 árabes. Los turcos que había matado no se cuidaba de contarlos.
Entre todos los moros que conocí por intermedio de Lawrence, este
fue mi favorito. Parecía un personaje de Las mil y una
noches.
VICTORIA EN EL
PUERTO DEL REY SALOMÓN
Después de varios meses de adiestramiento,
Lawrence estaba listo para dar un golpe de consideración con su
abigarrado ejército de beduinos. En junio de 1917 los árabes
encontraron un destacamento de más de 500 turcos en un valle cercano
al puerto de Akaba (la antigua Ezion Gueber, gran base de la armada
del rey Salomón ). Con una furiosa carga de camellos arrollaron a
los turcos y Lawrence entró en Akaba al frente de sus tropas
victoriosas.
El puerto que acababan de tomar estaba en
ruinas. No había alimento para los Árabes ni para sus cautivos, a no
ser camellos muertos. Lawrence mismo estaba exhausto. En cuatro
meses había recorrido cerca de dos mil kilómetros sin comer otra
cosa que no fueran dátiles y carne de camello. Pesaba 44 kilos. No
obstante, emprendió la marcha a través de la árida península del
Sinaí con varios compañeros, y por ella anduvieron 250 kilómetros en
49 horas hasta llegar al canal de Suez.
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| Las imágenes de la metamorfosis: izquierda,
el "árabe" Lawrence; a la derecha, el mismo Lawrence, ya concluidas
sus aventuras, con moto y una vestimenta militar que manifiestan su
verdadera identidad cultural. |
En El Cairo, se presento Lawrence al general
Allenby, que acababa de encargarse del puesto de comandante en jefe
británico en Egipto. Allenby decidió al instante apoyar la
sublevación árabe con todo empeño y ordenó a Lawrence que regresara
con la promesa de enviarle armas, dinero y víveres.
UN HOMBRE DE LETRAS DIRIGIENDO ASESINOS
Varios meses después logré darle alcance en
campaña y llegué a admirarlo inmensamente. Aunque se decía que era
hombre huraño, yo encontré en él un compañero genial y encantador
cuando franqueé las puertas de su reserva. Hablaba media docena de
idiomas modernos, tan bien como el latín y el griego, y conversaba
con asombrosa propiedad sobre cualquier tema...menos uno: siempre
que se le preguntaba algo sobre su persona cambiaba de conversación
y hablaba de arqueología, religiones, literatura griega, política de
Oriente Medio, o de los hombres que lo acompañaban. Siempre atribuía
los triunfos alcanzados a los jefes árabes, o a otros oficiales
británicos.
Gustaba de la soledad y con frecuencia, mientras
el campamento bullía con el ajetreo de los preparativos para alguna
acción, lo encontré en su tienda leyendo o escribiendo. Siempre
llevaba tres libros consigo: "La antología oxoniense de la poesía inglesa", "Morte d’Arthur", de Malory, y un tomo de comedias de
Artistófanes, que leía en el original griego.
Aunque erudito y visionario, Lawrence era
también un hombre de acción. Recorría descalzo la tierra cubierta de
guijarros y las arenas ardientes a fin de endurecerse para las
incursiones por el desierto. Sentía el apremio de hacer su endeble
organismo más resistente que el de cualquier beduino, y lo
logró.
Cierta vez, en una penosa jornada por un
desolado trecho del desierto, noto que uno de los camellos andaba
sin jinete. Pasó una breve revista y comprobó que un beduino llamado
Gasim había caído sin que lo advirtieran sus compañeros. Lawrence
les informó que iba a volver a buscarlo. Los árabes protestaron,
pero Lawrence fue inflexible; al cabo de poco tiempo encontró al
hombre perdido, enloquecido de sed. Lo subió en su camello y lo
volvió a reunir con los demás. Aquel acto de heroísmo los dejo muy
impresionados.
No obstante, sabía ser duro como un pedernal.
Vivía atento siempre para cortar a tiempo los brotes de celos entre
las tribus, antes de que corriera la sangre. Una tarde alcanzó a oír
un disparo de fusil. Un árabe había matado a otro de una tribu
rival. Ante la amenaza de sangrientas represalias, Lawrence se vio
en el caso de obrar con rapidez. Condujo al asesino hasta el fondo
de una cañada y allí lo ejecutó con su propio revólver.
Lawrence se guiaba siempre por su sutil
comprensión de la psicología árabe. Invariablemente actuaba en
nombre de Feisal.
Verlo salir de correría era todo un espectáculo.
Al frente cabalgaba nuestro joven inglés, figura pintoresca con su
tez blanca y sus arreos morunos; tras él desfilaba su guardia de
honor: unos 80 jinetes, la flor y nata del bandidaje de las
distintas tribus, pero decididamente fieles a su caudillo
inglés.
GOLPES MAESTROS DE ESTRATEGIA
Lawrence pronto comprendió que, en una lucha a
pie firme contra los turcos, mejor disciplinados, los árabes
llevaban las de perder; pero confiaba en que, si sus hombres se
limitaban a lanzar cargas por sorpresa con sus ligeros camellos,
podrían no solo igualar, sino aventajar al enemigo.
Su método favorito de ataque era
volar trenes de ferrocarril. El mismo solía colocar las minas y
luego, agazapado con sus beduinos detrás de las dunas, aguardaba a
que apareciera el tren turco. Cuando empujaba el pistón disparador,
retumbaba la explosión como bramido en el silencio del desierto, el
tren descarrilaba y los beduinos se precipitaban sobre los despojos
humeantes, ávidos de matanza y botín. Durante los 18 meses de
campaña dinamitaron 79, entre trenes y puentes.
En una ocasión cerca del Mar muerto, no lejos
del sitio donde estaban las ciudades de Sodoma y Gomorra;
encontraron unos barcos turcos, sus hombres se lanzaron sobre ellos
como piratas y tomaron 60 prisioneros. Probablemente la única vez en
la historia que se gana una batalla naval con caballería.
La antigua ciudad de Petra, que en otros tiempos
se resistió a Alejandro fue usada por Lawrence, como escenario de
una cruenta batalla. Sus conocimientos de arqueología hicieron que
dominara el terreno palmo a palmo. Desde sus gargantas de lava,
emboscaron a 7000 turcos. Desde los templos y mausoleos dirigieron
su mortífero fuego sobre los turcos acorralados en el
desfiladero.
TORTURA Y VENGANZA
Tras una serie de triunfos, el joven
subteniente fue llamado al el Cairo y ascendido a teniente coronel.
Le ofrecieron honores y trato de eludirlos. Una vez en El Cairo, al
saber que iban a condecorarle, apresuradamente tomó un avión y se
volvió al desierto. El capitán Pisani, comandante de una unidad
francesa que lo asistía, quería otorgarle la Croix de Guerra, pero
Lawrence se le escurría. Por fin Pisani hizo rodear la tienda donde
Lawrence estaba desayunándose una mañana y, por la fuerza, le impuso
la condecoración en el pecho.
Una vez, andando solo por Deraa, una plaza otomana,
fue detenido. Los turcos ni sospechaban que aquel hombre pequeño era
el líder de la revolución. Y fue salvajemente torturado, y arrojado
a las calles. Los sufrimientos y humillaciones le produjeron un
notable cambio en su espíritu. Se tornó taciturno y áspero, y de una
temeridad casi suicida en el combate. Pero ya tomaría terrible
venganza de sus verdugos en Derra. A fines de 1918, mientras Allenby
arremetía desde Palestina, Lawrence, con un millar de árabes y 200
soldados ingleses y franceses, lanzaba una serie de ataques contra
Deraa. Ya tenía armas suficientes,
carros blindados y hasta aviones británicos a su disposición. Los
turcos abandonaron finalmente la ciudad sitiada y Lawrence avanzó
con los suyos persiguiendo la guarnición que se batía en retirada
hacia Damasco, al norte.
Exhausto por las heridas y el cansancio,
Lawrence perecía el genio de la venganza, casi no durmió hasta que
destrozo a las columnas turcas que huían.
ENTRADA TRIUNFAL EN
DAMASCO
En un claro amanecer del desierto entró
Lawrence en Damasco. La antigua ciudad se hallaba repleta de Árabes
ebrios de entusiasmo. La población delirante arrojaba sobre Lawrence
y sus jefes pañuelos de seda y flores. Fue aquel un momento
embriagador para el joven inglés que acababa de cumplir 30 años. Había
acabado con la enemistad entre las tribus nómadas para unirlas en
lucha contra los opresores turcos... cosa que no habían logrado
califas y sultanes en un esfuerzo de muchos siglos.
Pero su regocijo fue fugaz. Como delegado de
Feisal emprendió la formación del gobierno de la ciudad, mas los
árabes volvieron a dividirse en belicosas facciones; Damasco se
convirtió en un hervidero de intrigas; tramaban botines y asesinaban
a mansalva a civiles turcos.
Lawrence no pudo hacer nada. Había llegado al
borde de su ruina física y espiritual. Estaba agotado por dos años
de increíbles padecimientos, hastiado del desierto, asqueado de ver
tanta sangre. Al fin estalló la crisis.
Allenby, se hizo cargo de la situación y
Lawrence salió para Londres. "Esta vieja guerra se está acabando, ya
no me necesitan"
EN BUSCA DE UN
RINCONCITO APARTADO
Pero sus servicios la causa árabe no habían
terminado. El armisticio se declaró apenas llegó él a Londres y la
Conferencia de Paz se inauguró en París en enero de 1919. En la
guerra del desierto Lawrence había prometido a los árabes completa
independencia; mas los británicos y los franceses deseaban
establecer zonas de influencia en las tierras recién liberadas.
Cuando el Emir Feisal llegó a París, Lawrence se unió a él como su
consejero e interprete.
Cierta vez le pidieron a Feisal en un banquete que
respondiera un brindis muy florido y, no sabiendo que responder, se
volvió a Lawrence y le susurró al oido: "No se me ocurre nada, así
que voy a recitar un pasaje del Corán. Como nadie sabe árabe aquí.
Puede decirles cualquier cosa".
El auditorio quedó muy impresionado con el aire
convincente de Feisal, y con la traducción de Lawrence, que fue una
erudita disquisición sobre la unidad de los árabes y sus
aspiraciones de libertad.
Con todo, los diplomáticos británicos y
franceses no abandonaron sus pretensiones, y Lawrence salió para
Inglaterra preocupado por lo que él consideraba una traición a los
árabes. Cuando el rey Jorge V lo quiso nombrar caballero, declinó el
honor. Volvió a su casa de Oxford. Después de años de lucha e
inquietudes sólo quería paz y sosiego, un rincón apartado. Desde
donde perderse silenciosamente.
LA IRRITANTE
PUBLICIDAD
Sin quererlo, fui yo la causa de que volviera
de su retiro. Después de la guerra volví a los Estados Unidos e
inicié una serie de conferencias sobre Lawrence, ilustradas con
películas que había tomado de sus campañas en el desierto. Después
me invitaron a presentarlas en Londres. Con gran sorpresa descubrí
que Lawrence era casi desconocido en su propia tierra. El público
inglés sabía poco de lo sucedido en la guerra de Palestina, y mucho
menos de las campañas del desierto y del papel que representó en
ellas el erudito y joven coronel. Cuando los ingleses oyeron la
historia, Lawrence adquirió renombre nacional de la noche a la
mañana.
Una de las primeras cosas que hice al llegara
Inglaterra fue buscar a Lawrence. Nadie tenia idea donde estaba.
Hasta que él mismo se contactó conmigo.
Pocos días después vino a visitarme. Vivía solo
en Oxford, en una modesta habitación de alquiler, pues había
conseguido una pensión de la Universidad. Pero me di cuenta que ni
siquiera la relativa tranquilidad de Oxford la iba a poder
conservar.
Hacia el año 1921 los resultados de la
conferencia de Paz de París de dejaron trágicamente. Furiosos los
árabes por la presencia inglesa en su tierra, amenazaron a todo
Oriente con tumultos y levantamientos. Winston Churchill, entonces
ministro de Colonias, llamó a Lawrence y lo persuadió a que
asistiera a una conferencia en El Cairo en la cual se esperaba llegar
a un arreglo.
En Egipto, Lawrence y Churchill devolvieron la
Paz al mundo árabe. Las tropas británicas regresaron a París; y el
Feisal fue coronado rey de Iraq, y su hermano empuño las riendas de
Transjordania.
LOS SIETE PILARES DE
LA SABIDURÍA
De vuelta a Inglaterra, Lawrence inició la
última parte de su obra sobre la revolución árabe. En casa de un
amigo suyo, se encerró en un desván helado a trabajar sin
descanso.
Corría el
invierno y el cuarto no tenía calefacción. Se ponía el traje de
aviador forrado de piel y así solía trabajar hasta las primeras
horas de la madrugada, cuando salía a comer. Los únicos restoranes
abiertos a esa hora eran los de la estación del
ferrocarril.
El libro Los siete pilares de la sabiduría le
costó inauditas angustias y zozobras. Le dedicó todos sus días y
noches, "hasta quedar casi loco y ciego", dijo. Quedó al borde de la
desesperación y el agotamiento, mas de una vez pensó en quitarse la
vida. Al mismo tiempo me ayudaba a componer el libro que yo escribía
"Con Lawrence en Arabia", respondiendo a mis preguntas con muchos
detalles... pero rara vez decía una palabra sobre sí
mismo.
En agosto de 1922 trató de eclipsarse
alistándose en la Real Fuerza Aérea bajo el nombre de Ross. Como
aviador pensó encontrar la paz. Poco después termino su obra. Se
imprimieron solo ocho ejemplares reservadamente. Envió uno a George
Shaw quien alabo su magna obra.
Un día un periódico de Londres reveló su identidad y
el aviador Ross de nuevo comenzó el ciclo de notoriedad. Esto obligó
a la Fuerza Aérea a licenciarlo. Se alisto ahora en la R.A.F. como
simple soldado y compró una motocicleta para dar solitarios viajes
alrededor de la campiña. Finalmente editó su libro con 212
ejemplares. Después de siete años de constante escribir y corregir.
Su libro fue aclamado por los críticos como una obra maestra. H. G.
Wells lo llamó "un gran documento humano".
SU NOMBRE VIVIRÁ EN LA LEYENDA
Mientras estuvo de servicio en la India,
Lawrence encontró al parecer, la tranquilidad que buscaba. Lo
destinaron a una humilde guarnición cerca de Afganistán. Allí se
ocupaba haciendo trabajos de oficina y emprendió una traducción de
la Odisea de Homero.
Sin embargo, pronto todo cambió. Estallo una
rebelión en Afganistán y los soviéticos acusaron a Lawrence de
haberla fomentado. La R.A.F., lo hizo volver a Inglaterra y dado de baja. Se retiro a Clouds
Hill, su cabaña. A dos meses escasos, yendo a gran velocidad por la
campiña en una motocicleta, tuvo que virar rápidamente para evitar
atropellar a dos niños que iban en bicicleta. Al frenar de repente,
la motocicleta patinó, Lawrence salió disparado y murió
instantáneamente.
Un día gris y brumoso de mayo lo enterraron en
un pequeño cementerio de los alrededores de Dorset. Iban al lado del
féretro famosas figuras que habían hecho con él la campaña al
desierto, y los soldados rasos que lo conocieron
personalmente.
Rindiéndole homenaje los grandes y desconocidos. Una
niña de lilas con una tarjeta que decía": A T.E.L., que debería
reposar entre los reyes". Churchill dijo: "Con el coronel Lawrence
hemos perdido uno de los seres más grandes de nuestro tiempo. Su
nombre vivirá en las letras de Inglaterra; vivirá en los anales de
la guerra; vivirá en las leyendas de Arabia". (*)
(*) Fuente:
Artículo publicado en la Revista Selecciones del Reader’s Digest, en
Octubre de 1964.
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