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La ultima noche
en Jobba sucedió algo que todavía no sé si adjudicar al
terreno de la sensualidad o al de lo sagrado, o acaso sean lo
mismo. No he sido nunca un hombre atraído por los placeres de
la carne, al menos en lo que casi todo el mundo considera
normales expansiones de su sexualidad.
A veces he pensado
si sería por timidez, aunque no lo creo, pero durante toda mi
vida - y sobre todo en Oxford había incontables tentaciones -
me mantuve apartado de cualquier relación física con nadie.
Ni siquiera
cuando me ha atraído de forma intensísima, y solo me ha
sucedido en dos ocasiones: con la hermosa Janet Laurie, que
era hija de unos vecinos nuestros en Langley Lodge,
cuando yo tenia siete años, y que era de mi edad, y a la que
continué viendo en Oxford, chiquilla muy atractiva, de boca
jugosa y ojos hermosísimos, y con la que en alguna ocasión
estuve a punto de una mayor intimidad; y con mi amado Dahum,
aunque llegamos a dormir juntos y desnudos,
Ni siquiera
en esos dos casos se me pasó por la cabeza - o tuve acaso
voluntad - de forzar ciertos límites. No me repugnaba -
hoy si - la carne: pero creía que esa definitiva verdad de
los cuerpos desnudos y entregados a su satisfacción
modificaba inexorablemente, pervertía el equilibrio
perfecto de una relación donde "sucedían" cosas
para mi mas valiosas, mas perdurables, mas ricas que la fugaz
complacencia sensual.
He sido
siempre alguien que ha reducido la sexualidad a sus sueños, y
estos tampoco muy obsesivos. Ni siquiera me he masturbado con
frecuencia, y cuando lo hago mis fantasías suceden con
mujeres, nunca con hombres. La masturbación me ha bastado, y
me ha evitado eso que quizás es lo que me ha resultado insoportable
siempre: entregar a alguien mi soledad, lo que soy.
Pero aquella
noche en Jobba sucedió algo que abrasó mis sentidos y mi mente. Habíamos
cenado y después de tomar ese café tres
veces hervido de los beduinos y que yo había llegado a
apreciar, sobre todo cuando se perfumaba con granos de cardamomo,
todos se retiraron a descansar.
La noche era
hermosísima, se sentía esa "influencia" de la luna
de que hablaba Shakespeare en Antonio y Cleopatra,
como si de las espesas vigas que sostuvieran el orbe
descendiera sobre aquel lugar el derretirse de esa
"influencia".
Me tumbé
boca arriba en una piedra grande, después de haber
inspeccionado bien que no hubiera serpientes, y me puse a
contemplar el firmamento. Era hechizante. De pronto, del lado
del pozo, escuché unas risas juveniles. Escuche durante un
rato, y a las risas oí añadirse suspiros. Me acerqué con
cuidado, y a la luz de la luna vi a mis dos jovencísimos
criados, Alí y Othman, que, recostados y desnudos parecían
jugar con sus cuerpos con una inefable alegría.
Eran tan jóvenes
y hermosos. Muchas veces a lo largo del tiempo que me
servían, los había contemplado con arroba. Los cuerpos
esbeltos y morenos, las piernas largas, sus miradas mórbidas.
Pero, como antes decía, era una forma vaga y extraña de
deseo, no exactamente sexual.
Pero aquella
noche en Jobba, viéndolos desnudos y acariciándose sus
cuerpos, note que una fuerte sensación ansiosa iba apoderándose de mi. La notaba en el vientre, en mi piel, una
intensidad caliente y avasalladora.
Ellos se
besaban, ajenos a mi, y se masturbaban uno al otro. Sentí una
erección tan potente que casi me dolía. Me di cuenta de que mientras
los miraba estaba yo acariciándome a mi mismo.
Debieron darse cuenta de que alguien los espiaba, y miraron
hacia donde yo estaba. Al verme se echaron a reír y, nada
cohibidos, extendieron sus manos hacia mi, como llamándome a
compartir con ellos el gozo de aquella hora lunar y de
plenitud.
Como atraído
por una fuerza irresistible, avancé hacia ellos, que seguían
riendo y llamándome, y me tumbé entre los dos.
Othman y Ali
empezaron a desnudarme mientras seguían con sus juegos. Sentí
el calor de sus cuerpos contra el mío, la humedad de
sus bocas, la dureza de su virilidad contra mi carne. Olían
intensamente, una mezcla de sudor, esperma y suciedad. Uno me
besaba en la boca, mientras el otro me lamía todo el cuerpo,
mis muslos, mi vientre, mi sexo, mi pecho.
- ¿ Te gusta
así, mi señor ? - decía Alí entre suspiros - ¿ Que quieres
que te hagamos?
Yo no podía
hablar. El corazón me latía con furia, como si fuera a
reventarme el pecho. Un ansia lujuriosa que al mismo tiempo
era luz y plenitud y pérdida de toda razón, un éxtasis que
anulaba el mundo, que abolía cuanto no fuese la fiebre de mi
carne, esa embriaguez para mi desconocida hasta aquella noche,
y que era una mano de fuego que me arrancase el vientre, que
me despellejase y lanzara esos despojos mas allá de la vida.
Ah. ¿Era
eso? ¿Era eso lo que pasaba? Si en aquel instante me hubieran
dicho mata, comete la mayor infamia o esto cesará. Todo
cuanto eres o cinco segundos de este placer: no, mas que
placer, es otra cosa, salvaje, sublime, animal, despiadada...
Todo era menos que aquel delirio que atravesaba la desolación
de la muerte y hacia comulgar a lo que yo fuese con la carne y
la sangre del universo.
Cerré los
ojos y dejé que me acariciaran a su gusto. Notaba los labios
húmedos de aquellos dos muchachos restregarse por mi cuello,
por mis brazos; sentí que me besaban el pene mientras unos
dedos ávidos pasaban entre mis muslos y se hundían entre mis
nalgas acariciando mi ano. El calor de la boca y la suavidad
de la lengua de Othman tensaron mi erección hasta casi lo insoportable. No podía resistir mas.
Abrí los ojos y me
contemplé su belleza rendida entre mis piernas. Eyaculé. Fue
un placer tan intenso que aun hoy, después de tantos años me
enerva y solo con recordar aquel momento vuelvo a sentir una
erección brutal..
Alí se dio
cuenta y me abrazó con ternura. Pero aquel orgasmo no me
aplacó. Era como si la furia desatada en mis entrañas fuese fósforo.
Continuaba excitado aun mas que antes. Quería más,
más, más.. Alí y Otham se recostaron contra mi. Despedían un calor pringoso. Siguieron
acariciándome. - ¿Te ha gustado,
mi señor ?. susurraban. Yo los acariciaba. Tomé en mi mano
el miembro de Alí y lo masturbé, notaba aquella virilidad
extraordinaria y cálida en la palma de mi mano.. No hablamos.
Solo nos acariciamos entre suspiros apasionados. Sin que yo se
lo pidiera, noté que Alí, suavemente, iba girándose hasta
poner sus nalgas contra mi sexo.....
Lo abrace
fuertemente y besé su espalda, hundí mi cara en los rizos
de su nuca, aspiré su olor penetrante y acre. Sentí la
plenitud de un orgasmo que parecía arrancarme la columna
vertebral y que se expandía como lava dentro de Alí. Por
unos instantes no supe quien era ni donde me encontraba. Me
encontré abrazado a aquel cuerpo y mi mente se hundió en una
especie de nada blanda, mucilaginosa. Debí de permanecer mucho
rato así.
Sólo
percibía - pero era una sensación extraña, y en algunos
momentos repulsiva - el contacto de aquellos dos animalillos
que se habían quedado dormidos abrazándome.
Cuando la luz
empezó a levantarse, regresé apresuradamente al campamento.
Me sentí muy mal. Una mezcla viciosa de vergüenza,
irrealidad, miedo.
Me daba miedo
"eso" que había descubierto en mi, esa excitación
que, una vez permitida, desencadenada, iba mas allá de mi
control...
Jamás volvió
a repetirse una situación parecida. Y es cierto que tampoco
Ali ni Otham volvieron a insinuar invitación alguna ni
note en su comportamiento licencia alguna que supusiera el
menor trato intimo conmigo. Fue como si aquella noche nunca
hubiera pasado. A veces sorprendía un destello de ternura en
su mirada, pero no volvieron a dar un paso en ese sentido.
NOTA:
En relación a
la sexualidad de Lawrence, no hay que dejar de señalar la violación
y tortura que le marcó en cuando fue hecho
prisionero en Deraa.
Lo probablemente
sucedido es que realizando una misión de
reconocimiento en la ciudadela turca fue detenido por una
patrulla, entre cuyas actividades estaba el conseguir hombres
jóvenes para satisfacer los deseos del comandante del puesto
Hajim Bey, y que una vez conducido a la presencia de este, fue
requerido sexualmente, a lo que Lawrence se negó tajantemente,
provocando la ira del acosador.
Hajin Bey
ordenó que la azotasen y posteriormente lo
"entregó" a la guardia, siendo el jovencito europeo
violado repetidas veces por seis o siete soldados, siendo
abandonado en una mazmorra contigua de la que posteriormente
logró escapar (presuntamente ayudado por un soldado que sintió
pena). Hay - en otro sentido - una carta de Lawrence a
Charlote Swan donde se trasluce que la facilidad de la huida
pudiera haberse debido a que finalmente había accedido a las
pretensiones sexuales de Hajin Bey, pero ningún otro documento
del propio Lawrence lo corrobora.
Mas que
hablar de una homosexualidad en el caso de Lawrence, debería hablarse de una especie de
repugnancia consciente hacia el sexo
(exceptuando el onanismo). Sus relaciones con otros hombres en
un plano erótico - siempre cortados por similar patrón, es
decir, jóvenes, de belleza ambigua, y con los que ni siquiera
se llega, a excepción del episodio de Jabba, a la relación física
plena - no dejan de ser la expresión de su atracción por lo bello y por el calor de la compañía en un mundo donde
no había mujeres. Las relaciones meramente físicas con John
Bruce y otros obreros, pertenecen al plano del desahogo sexual
mas que a otras profundidades de relaciones humanas.
FUENTE:
Lawrence de Arabia . La corona de arena. Editorial Planeta.
1995. Autor José Maria Álvarez. (Basado en las
Memorias escritas por Lawrence durante su traslado vigilado en
el Rajputana, donde hizo la travesía Bombay-Plymouth, en navegación
por el Mar Arábigo y el Mar Rojo. El manuscrito fue regalado
por Lawrence al cronista militar Liddell Hart quien a su vez
lo dono al Museo Británico)
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