Entrada Lawrence

1888 - 1935

 

 

De las memorias de Lawrence 

 

La ultima noche en Jobba sucedió algo que todavía no sé si adjudicar al terreno de la sensualidad o al de lo sagrado, o acaso sean lo mismo. No he sido nunca un hombre atraído por los placeres de la carne, al menos en lo que casi todo el mundo considera normales expansiones de su sexualidad.

A veces he pensado si sería por timidez, aunque no lo creo, pero durante toda mi vida - y sobre todo en Oxford había incontables tentaciones - me mantuve apartado de cualquier relación física con nadie.

Ni siquiera cuando me ha atraído de forma intensísima, y solo me ha sucedido en dos ocasiones: con la hermosa Janet Laurie, que era hija de unos vecinos nuestros en Langley Lodge,  cuando yo tenia siete años, y que era de mi edad, y a la que continué viendo en Oxford, chiquilla muy atractiva, de boca jugosa y ojos hermosísimos, y con la que en alguna ocasión estuve a punto de una mayor intimidad; y con mi amado Dahum, aunque llegamos a dormir juntos y desnudos,

Ni siquiera en esos dos casos se me pasó por la cabeza - o tuve acaso voluntad - de forzar ciertos límites.  No me repugnaba - hoy si - la carne: pero creía que esa definitiva verdad de los cuerpos desnudos y entregados a su satisfacción modificaba  inexorablemente, pervertía el equilibrio perfecto de una relación donde "sucedían" cosas para mi mas valiosas, mas perdurables, mas ricas que la fugaz complacencia sensual.

He sido siempre alguien que ha reducido la sexualidad a sus sueños, y estos tampoco muy obsesivos. Ni siquiera me he masturbado con frecuencia, y cuando lo hago mis fantasías suceden con mujeres, nunca con hombres. La masturbación me ha bastado, y me ha evitado eso que quizás es lo que me ha resultado insoportable siempre: entregar a alguien mi soledad, lo que soy.

Pero aquella noche en Jobba sucedió algo que abrasó mis sentidos y mi mente. Habíamos cenado y después de tomar ese café tres veces hervido  de los beduinos y que yo había llegado a apreciar, sobre todo cuando se perfumaba con granos de cardamomo, todos se retiraron a descansar. 

La noche era hermosísima, se sentía esa "influencia" de la luna de que hablaba Shakespeare en Antonio y Cleopatra, como si de las espesas vigas que sostuvieran el orbe descendiera sobre aquel lugar el derretirse de esa "influencia".

Me tumbé boca arriba en una piedra grande, después de haber inspeccionado bien que no hubiera serpientes, y me puse a contemplar el firmamento. Era hechizante. De pronto, del lado del pozo, escuché unas risas juveniles. Escuche durante un rato, y a las risas oí añadirse suspiros. Me acerqué con cuidado, y a la luz de la luna vi a mis dos jovencísimos criados, Alí y Othman, que, recostados y desnudos parecían jugar con sus cuerpos con una inefable alegría.

Eran tan jóvenes y hermosos. Muchas veces a lo largo del tiempo que me servían, los había contemplado con arroba. Los cuerpos esbeltos y morenos, las piernas largas, sus miradas mórbidas. Pero, como antes decía, era una forma vaga y extraña de deseo, no exactamente sexual.

Pero aquella noche en Jobba, viéndolos desnudos y acariciándose sus cuerpos, note que una fuerte sensación ansiosa iba apoderándose de mi. La notaba en el vientre, en mi piel, una intensidad caliente y avasalladora.

Ellos se besaban, ajenos a mi, y se masturbaban uno al otro. Sentí una erección tan potente que casi me dolía. Me di cuenta de que mientras los miraba estaba yo acariciándome a mi mismo. Debieron darse cuenta de que alguien los espiaba, y miraron hacia donde yo estaba. Al verme se echaron a reír y, nada cohibidos, extendieron sus manos hacia mi, como llamándome a compartir con ellos el gozo de aquella hora lunar y de plenitud.

Como atraído por una fuerza irresistible, avancé hacia ellos, que seguían riendo y llamándome, y me tumbé entre los dos. 

Othman y Ali empezaron a desnudarme mientras seguían con sus juegos. Sentí el calor de sus cuerpos contra el mío, la humedad de sus bocas, la dureza de su virilidad contra mi carne. Olían intensamente, una mezcla de sudor, esperma y suciedad. Uno me besaba en la boca, mientras el otro me lamía todo el cuerpo, mis muslos, mi vientre, mi sexo, mi pecho.

- ¿ Te gusta así, mi señor ? - decía Alí entre suspiros - ¿ Que quieres que te hagamos?

Yo no podía hablar. El corazón me latía con furia, como si fuera a reventarme el pecho. Un ansia lujuriosa que al mismo tiempo era luz y plenitud y pérdida de toda razón, un éxtasis que anulaba el mundo, que abolía cuanto no fuese la fiebre de mi carne, esa embriaguez para mi desconocida hasta aquella noche, y que era una mano de fuego que me arrancase el vientre, que me despellejase y lanzara esos despojos mas allá de la vida.

Ah. ¿Era eso? ¿Era eso lo que pasaba? Si en aquel instante me hubieran dicho mata, comete la mayor infamia o esto cesará. Todo cuanto eres o cinco segundos de este placer: no, mas que placer, es otra cosa, salvaje, sublime, animal, despiadada... Todo era menos que aquel delirio que atravesaba la desolación de la muerte y hacia comulgar a lo que yo fuese con la carne y la sangre del universo.

Cerré los ojos y dejé que me acariciaran a su gusto. Notaba los labios húmedos de aquellos dos muchachos restregarse por mi cuello, por mis brazos; sentí que me besaban el pene mientras unos dedos ávidos pasaban entre mis muslos y se hundían entre mis nalgas acariciando mi ano. El calor de la boca y la suavidad de la lengua de Othman tensaron mi erección hasta casi lo insoportable. No podía resistir mas. Abrí los ojos y me contemplé su belleza rendida entre mis piernas. Eyaculé. Fue un placer tan intenso que aun hoy, después de tantos años me enerva y solo con recordar aquel momento vuelvo a sentir una erección brutal.. 

Alí se dio cuenta y me abrazó con ternura. Pero aquel orgasmo no me aplacó. Era como si la furia desatada en mis entrañas fuese fósforo. Continuaba excitado aun mas que antes. Quería más, más, más.. Alí y Otham se recostaron contra mi. Despedían un calor pringoso. Siguieron acariciándome. - ¿Te ha gustado, mi señor ?. susurraban. Yo los acariciaba. Tomé en mi mano el miembro de Alí y lo masturbé, notaba aquella virilidad extraordinaria y cálida en la palma de mi mano.. No hablamos. Solo nos acariciamos entre suspiros apasionados. Sin que yo se lo pidiera, noté que Alí, suavemente, iba girándose hasta poner sus nalgas contra mi sexo.....

Lo abrace fuertemente y besé su espalda, hundí mi cara en los rizos de su nuca, aspiré su olor penetrante y acre. Sentí la plenitud de un orgasmo que parecía arrancarme la columna vertebral y que se expandía como lava dentro de Alí. Por unos instantes no supe quien era ni donde me encontraba. Me encontré abrazado a aquel cuerpo y mi mente se hundió en una especie de nada blanda, mucilaginosa. Debí de permanecer mucho rato así. 

Sólo percibía - pero era una sensación extraña, y en algunos momentos repulsiva - el contacto de aquellos dos animalillos que se habían quedado dormidos abrazándome.

Cuando la luz empezó a levantarse, regresé apresuradamente al campamento. Me sentí muy mal. Una mezcla viciosa de vergüenza, irrealidad, miedo.

Me daba miedo "eso" que había descubierto en mi, esa excitación que, una vez permitida, desencadenada, iba mas allá de mi control...

Jamás volvió a repetirse una situación parecida. Y es cierto que tampoco Ali ni Otham  volvieron a insinuar invitación alguna ni note en su comportamiento licencia alguna que supusiera el menor trato intimo conmigo. Fue como si aquella noche nunca hubiera pasado. A veces sorprendía un destello de ternura en su mirada, pero no volvieron a dar un paso en ese sentido.


 

NOTA:

En relación a la sexualidad de Lawrence, no hay que dejar de señalar la violación y tortura que le marcó en cuando fue hecho prisionero en Deraa. 

Lo probablemente sucedido es que realizando una misión de reconocimiento en la ciudadela turca fue detenido por una patrulla, entre cuyas actividades estaba el conseguir hombres jóvenes para satisfacer los deseos del comandante del puesto Hajim Bey, y que una vez conducido a la presencia de este, fue requerido sexualmente, a lo que Lawrence se negó tajantemente, provocando la ira del acosador.

Hajin Bey ordenó que la azotasen y posteriormente lo "entregó" a la guardia, siendo el jovencito europeo violado repetidas veces por seis o siete soldados, siendo abandonado en una mazmorra contigua de la que posteriormente logró escapar (presuntamente ayudado por un soldado que sintió pena). Hay - en otro sentido - una carta de Lawrence a Charlote Swan donde se trasluce que la facilidad de la huida pudiera haberse debido a que finalmente había accedido a las pretensiones sexuales de Hajin Bey, pero ningún otro documento del propio Lawrence lo corrobora.

Mas que hablar de una homosexualidad en el caso de Lawrence, debería hablarse de una especie de repugnancia consciente hacia el sexo (exceptuando el onanismo). Sus relaciones con otros hombres en un plano erótico - siempre cortados por similar patrón, es decir, jóvenes, de belleza ambigua, y con los que ni siquiera se llega, a excepción del episodio de Jabba, a la relación física plena - no dejan de ser la expresión de su atracción por lo bello y por el calor de la compañía en un mundo donde no había mujeres. Las relaciones meramente físicas con John Bruce y otros obreros, pertenecen al plano del desahogo sexual mas que a otras profundidades de relaciones humanas.


FUENTE: Lawrence de Arabia . La corona de arena. Editorial Planeta. 1995.  Autor José Maria Álvarez. (Basado en las Memorias escritas por Lawrence durante su traslado vigilado en el Rajputana, donde hizo la travesía Bombay-Plymouth, en navegación por el Mar Arábigo y el Mar Rojo. El manuscrito fue regalado por Lawrence al cronista militar Liddell Hart quien a su vez lo dono al Museo Británico)

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO