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La abuela
Mi abuela se llamaba
O-Kané. ¿Con qué ideograma se escribía su nombre? Lo
ignoro. Murió cuando yo estaba en el primer año de la escuela primaria.
Desconozco la edad que tenía ella en esa época, pero como era cinco o seis años
mayor que mi abuelo, debió morir alrededor de los setenta años.
En mi familia, mi padre, mi madre, mi abuela, mi hermana y mi abuelo murieron
uno tras otro. Como yo no tenía aún siete años en el momento de la muerte de mi
abuela, conservo pocos recuerdos de ella. No obstante, sin que yo sepa el
porqué, me quedan dos bien definidos.
Por una razón cualquiera, hice enojar a mi abuelo y él se puso de pie para
golpearme, algo que hacía muy raramente. Yo quise escapar. Para mí era fácil,
pero me daba lástima mi abuelo ciego que me perseguía golpeándose contra los
pilares y desgarrándose los shojis (naturalmente, el abuelo conocía todos
los rincones de la casa, pero alterado no sabía hacia dónde dirigirse).
Entonces, me acuclillé en una esquina de la habitación. Justo en el momento en
que él me iba a atrapar, la abuela vino a protegerme. El abuelo, ignorando que
se trataba de la abuela, se puso a golpearla. Arrinconada, ella tiró una mesita,
volcó un hervidor y mojó la parte inferior de su kimono. Después, cayó al suelo
lanzando un grito. El abuelo, de pie, quedó petrificado mientras yo continuaba
en cuclillas. Entonces los tres nos pusimos a llorar.
En esa época éramos frágiles y llorones. Pero después de que murió la abuela,
el abuelo ya no tuvo fuerzas para llorar.
Los tres vivíamos en una casa grande bastante apartada del mundo, pero
felices. Mis abuelos, que perdieron a sus hijos, me amaban profundamente. El
abuelo, consciente del amor ciego de la abuela, parecía querer de vez en cuando
liberarse de él, pero siempre se dejaba atrapar también.
Otro de mis recuerdos se refiere a algo que pasó el día en que murió mi
abuela. Muy friolenta, ella estaba postrada, toda acurrucada, delante del altar
de los ancestros. Hacía un año que sufría de escalofríos y de disentería, y al
verla adormecida así, no nos extrañó en lo particular.
Se había levantado para desayunar y no se aguantó las ganas de comerse una
sandía, luego se volvió a acostar. Yo permanecí allí, cerca de su almohada,
cuando me dijo que deseaba ponerse sus calcetas. Tomé un par de color blanco y
se las puse. Veo todavía sus pequeños pies con los dedos arrugados. Después, la
abuela quitó su colchón del lugar donde se encontraba, cerca del altar búdico,
para meterlo al dormitorio y me pidió que le pusiera un cobertor sobre los pies.
Yo, que fui extremadamente mimado, solía atormentar a la abuela, pegarle y
darle de patadas. Inútil es decir que mis abuelos, ni él ni ella, nunca me
pidieron que los cuidara; e incluso, si lo hubieran hecho, por supuesto que no
los habría obedecido. A pesar de todo, cuando le puse sus calcetas a la abuela y
cuando le tendí la cobija sobre sus pies, no me conmoví en realidad; sin
embargo, algo pasó en mí. Lo comprendí después, cuando murió, dos o tres horas
más tarde. Yo, que era tan joven, cambié bruscamente. Más tarde, no hablé con
nadie, y ahora, cuando pienso en ella, me alivia haber conservado este recuerdo.
La abuela se extinguió a las dos de la tarde. El abuelo, enloquecido, salió
de la casa, dio vuelta hacia la derecha y llegó cerca de un gran limón:
``¡O-Mito! ¡O-Mito!...'', gritó de una manera aguda y dolorosa.
O-Mito era una amiga de la casa que venía a vernos con frecuencia. Vivía
frente a la antigua vivienda de una vieja familia del pueblo, a dos cuadras de
nuestra casa. (Del dolor del abuelo por la muerte de la abuela, no me acuerdo
más que de su voz.) O-Mito llegó. Dos veces, la abuela hizo un movimiento
imperceptible del codo. O-Mito no nos dijo una palabra.
El día del entierro llovió muchísimo. Mi hermana, criada en casa de unos
parientes, regresó al pueblo. Fuimos hasta el cementerio. A mí me sostenían
Tanekichi y Nihira (el esposo y el hijo de O-Mito), y a mi hermana algún otro.
Es el único recuerdo que conservé.
Creo que la abuela murió al inicio del otoño, ya que aún no se ponía sus
calcetas y la estufa no estaba encendida, y no puedo olvidar la silueta del
abuelo, parado debajo del limón, aquel árbol tan sombrío y solitario en el que
maduraban los frutos amarillos, semejantes a los ojos humanosÊde mirada
nostálgica.
Al día siguiente de los servicios funerarios, fuimos a recoger los huesos.
Cayeron hechos cenizas porque los quemaron durante mucho tiempo.
Después de la muerte de la abuela, me volví cada vez más caprichoso.
O-Sono,
una de nuestras parientas, vino a encargarse de nosotros. Yo salí sin hacer
ruido al jardín situado al oeste de la casa, me apoyé perezosamente en el muro y
miré largamente al abuelo que cantaba sutras búdicos. Un día, traté tímidamente
de abrir la puerta del altar de los ancestros donde ardía una lamparita. Delante
se encontraban dos pantallas blancas que me recordaron inmediatamente a mi
abuela. Su nombre póstumo estaba allí caligrafiado:
``Koanin Tomyoji Rakuhozenjo ni.''
Para abrir y cerrar las pantallas, se giraba con el dedo una pequeña manija
de metal que estaba allí fijada. Contemplé la lámpara del altar. Me sentí triste
porque las manos habían manchado el contorno de la cerradura, ahora toda
ennegrecida.
Hundido en mis reflexiones, algunos jirones de recuerdos me llegaron a la
memoria.
En nuestra casa había en la planta baja dos retretes. Para hacer uso de uno
de ellos, se debía bajar al jardín, abrir una pequeña puerta a un lado del
cuarto de los condimentos (que ya no se utilizaba) y pasar por un camino sombrío
y húmedo. No sé por qué, pero yo me veía allí mimadoÊpor la abuela y pegado a
sus faldas.
Recientemente, la casa fue vendida a un tal
Iwajiro; mientras ordenaba
algunas cosas en el desván descubrí, en el primer piso, una caja llena de gorras
de gasa negra. Al punto pensé que pertenecían a mi abuela, y me sentí un tanto
nostálgico. He querido evocar su cara, pero se confunde con la del abuelo y no
consigo diferenciarlas. La abuela se puso calva mucho antes que él y llevaba con
frecuencia gorros. Confundía también la cabeza de la abuela con la de mi tía
abuela de Kamimura, aún con vida, pero que no había vuelto a ver desde hacía
mucho tiempo; y vi bajo mis ojos dos gorros flotar en el vacío.
Antes de que yo entrara a la escuela primaria, la abuela me enseñó los
silabarios y dispuso al lado mío de muchos norimaki, lo cual me hacía muy
feliz. De constitución débil, no conseguía comer y me gustaban mucho aquellos
sushis picantes enrollados por una laminilla de pescado macerado en salsa de
soya.
Nacido prematuramente de padres con mala salud, nadie creía que yo pudiera
vivir y crecer. De niño, mi aspecto físico era lamentable. No recuerdo que haya
tomado alimentos con regularidad antes de la edad de ocho años. Fue la voluntad
de la abuela la que consiguió que me apegara un poco a la vida. Con frecuencia
escuché decir que los vecinos criticaban los grandes cuidados que me prodigaba y
que me debilitaron aún más. Con todo, fue gracias a su atención que no estoy
muerto. Cuando entré a la escuela primaria, resfriado como siempre, con los
cabellos largos, todos me veían con expresión de disgusto.
El abuelo y la abuela entonces se preocupaban mucho porque, aparte de ellos,
yo no conocía nada del mundo exterior. Cuando volví a casa después de pasar el
examen de admisión de la escuela, ellos me ofrecieron una buena comida. O-Mito,
quien me acompañó, les dijo que muchos niños se pusieron a llorar, menos yo. Lo
cierto es que lloré en el salón de exámenes.
A menudo me fingía enfermo para faltar a la escuela. El abuelo y la abuela me
acostaban de inmediato y me daban medicamentos. Los niños se iban en filas a la
escuela bajo la dirección de un vigilante. Cuando mi ausencia duraba mucho
tiempo, ellos venían a buscarme a la casa. Terminaban por abrir a la fuerza la
puerta corrediza y nos lanzaban piedras. Permanecíamos en casa hasta muy tarde,
a puerta cerrada. Después de que se iban, podíamos ver las numerosas pintas que
dejaban tras de ellos.
Sin duda, no era necesario dejar por escrito todos estos recuerdos; de ahora
en adelante, no corro el riesgo de olvidarlos, pero ¿son lo suficientemente
importantes como para que quiera olvidarlos?
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