1844 - 1889

Ahora acaba el verano

 

Ahora acaba el verano; se amontona la mies

con su ruda belleza, anda el viento en la altura.

Esplendor de las nubes en sedosos costales.

 



En verdad eres justo, Señor, si peleo 

En verdad eres justo, Señor, cuando peleo
contigo; pero, Señor, también lo que defiendo es justo.
¿Por qué en tus empresas prosperan los pecadores?
Y ¿por qué debe de terminar en desengaño cuanto emprendo?
Si fueras mi enemigo, ¡oh, Amigo mío!,
¿Cómo harías peor -me pregunto- de lo que haces
La derrota, para desbaratarme? ¡Ay! Los libertinos y los esclavos de la lujuria
avanzan más en sus horas sobrantes que yo entregado,
Señor, toda mi vida a tu causa. ¿Mira qué espesos
son los matorrales! Adornados están otra vez
de recamado perifollo; mira: un fresco viento
los agita; los pájaros construyen, pero yo no construyo, yo me esfuerzo,
eunuco del tiempo, y no creo una obra que despierte.
A mis raíces, Señor de la vida, envía tu lluvia.



El eco plomizo

¿Cómo conservarla..., hay algo, algo, no hay nada
en ningún lugar conocido, lazo o broche, o trenza.
o traba, cuerda, cerrojo o pasador o llave para retener
la belleza, preservarla, belleza, belleza..., de
la disolución?
Oh, ¿no hay un medio de alisar estas arrugas,
              estriadas arrugas profundas
de alejar estos funestísimos mensajeros, callados
              mensajeros,
tristes y furtivos mensajeros del gris?
No, no hay ninguno, no hay ninguno, oh, no hay
              ninguno,
ni por mucho tiempo podrás, como ahora, ser
              llamada bella,
a pesar de cuanto puedas hacer, de que hagas lo que
              puedas,
y es sabiduría desesperarse por anticipado:
comienza, pues, tú; ya que no, nada puede hacerse
para tener a raya
los años y los males de la edad, cabellos blancos,
pliegues y arrugas, la declinación, el morir, el
              detrimento
de la muerte, sudarios, tumbas y gusanos y el
              desplomarse
de la disolución;
de modo que comienza, comienza a desesperar.
Oh, no hay nada; no, no, no, no hay nada:
comienza a desesperar, a desesperar,
desespera, desespera, desespera.

El hábito de la perfección

Predestinado Silencio, canta para mí
y golpea mi acaracolada oreja,
condúceme en tu flauta a calmos pastizales,
sé la música que ansío escuchar.

No plasméis nada, labios; sed suavemente mudos:
es el cierre, el toque de queda
lanzado desde donde llega toda renuncia,
lo que te hace elocuente.

Permaneced velados, ojos, por doble tiniebla,
y hallad la luz increada:
esa masa y carrete que adviertes,
envuelve, detiene, molesta la simple vista.

¡Paladar, cofre del concupiscente gusto,
no quieras ser lavado con vino:
más dulce será el ánfora, más fresca
la corteza que trae el ayuno divino!

¡Nasales formas, el indiferente hálito que arrojáis
sobre la agitación y el obstáculo del orgullo,
qué sabor derramarán los incensarios
a lo largo del santuario!

Oh manos como prímulas, oh pies
que quieren lo blando del afelpado césped,
hollaréis la calle dorada
y expondréis y alojaréis al Señor.

Y tu, Pobreza, sé la esposa,
y comienza ahora la fiesta de bodas,
y ropas blancas como lirios brinda
a tu esposo, no trabajes ni hiles.

 

El puerto del cielo

He deseado ir
donde los manantiales no cesan,
a esos campos donde no cae el agudo y oblicuo
              granizo
y unos pocos lirios brotan.

Y he pedido estar
donde no lleguen tormentas,
donde el verde oleaje calla en los puertos,
alejado del balanceo del mar.
 
 

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO