1844 - 1889

 

 

APUNTES  BIOGRÁFICOS  

 

 


Hopkins está considerado como uno de los más originales poeta ingleses de la época victoriana, precursor de la moderna poesía anglo-americana, genio de la lengua inglesa. Su vida y obra son expresión de la peculiar belleza que brota del choque entre la vocación ideal y los condicionamientos ordinarios de la contingencia humana.
     
Gerard Manley Hopkins nació en Stratford, Essex, el 28 julio de 1844, de una familia particularmente sensible a los problemas artísticos y religiosos. 

Ya en sus años escolares ganó un premio de poesía. Por esta época, escribía Hopkins un tipo de poesía sensitiva y brillante, bajo la influencia de J. Keats. 

En 1863 fue a la Universidad de Oxford, donde estudió griego, con tal merecimiento que el famoso profesor de Balliol, Jowett, previó para él una brillante carrera como académico de griego. Sin embargo, durante su estancia en Oxford, otras dos corrientes espirituales ejercieron una indeleble influencia sobre él: la primera, a través de su tutor Walter Pater, fue la del grupo prerrafaelista, propugnador del arte como valor supremo; esta doctrina estética le marcó con el sello de un puro, ideal, amor a la belleza, que difícilmente sufre la zafiedad de las costumbres, la monotonía de los cotidianos quehaceres. La otra fundamental influencia vino del movimiento de Oxford, reacción de renovación religiosa dentro de la Iglesia de Inglaterra, que comenzó hacia 1833 con J. H. Newman (después cardenal Newman), J. Keble, H. Fronde y otros, varios de los cuales se convirtieron a la Iglesia católica. 

Bajo esta influencia, Hopkins, en 1866, deja la Iglesia anglicana de sus padres, para seguir a Newman hacia la Iglesia de Roma. Este perfil creyente fue la base de sus conflictos internos entre la doctrina y sus propia orientacion erotica, cosntantemente aplastada por la religiosidad catolica de la epoca.

Al terminar su graduación en Oxford, con las mejores calificaciones, marchó a Birmingham, a enseñar en la escuela del Oratorio, dirigida por Newman. 

En 1868 ingresó en la Compañía de Jesús, donde, después de nueve años de formación espiritual e intelectual, fue ordenado sacerdote en 1877. 

Durante cuatro años ejerció el ministerio sacerdotal en Londres, Chesterfield, Oxford y Liverpool; durante dos años enseñó latín y griego en Stonyhurst, y en 1884 fue nombrado profesor de griego de la Universidad de Dublín, fundada bajo la inspiración de Newman. 

Después de cinco años «difíciles, cansadores, cansinos años... en los que he hecho la voluntad de Dios (en general) y corregido muchos, muchos ejercicios de exámenes» (carta a R. Bridges, 17 febrero de 1887), tras mucha desolación, sin haber alcanzado éxito como predicador, párroco, ni profesor, sin haber publicado sus poemas, ni haber terminado ninguno de sus grandes proyectos literarios, murió en Dublín de un ataque de fiebre tifoidea, el 8 de junio de 1889.
     
Al entrar en la Compañía de Jesús, dice Hopkins, «quemé todo lo que había escrito y resolví no escribir más, por ser algo no perteneciente a mi profesión, a no ser que mis superiores deseasen lo contrario. Así, durante siete años no escribí nada, excepto dos o tres pequeñas piezas de circunstancias» (carta a R. W. Dixon, 5 de octubre de 1878). Aunque después escribió poemas con alguna regularidad, sentía, sin embargo, que, en conciencia, no debería dedicar su tiempo a escribirlos.
     
Sólo unos pocos amigos, R. Bridges (1844-1930), R. W. Dixon (1833-1900) y C. Patmore (1823-96), conocían sus poemas, cuyos manuscritos quedaron en posesión de Bridges. Éste fue un poeta laureado que desaprobaba la conversión de Hopkins y su entrada en la Compañía, pero a quien apreciaba como amigo y poeta, manteniendo ambos una amplia correspondencia epistolar, sobre materias de arte, crítica, técnica poética, y problemas personales. 

En 1893, Bridges comenzó a publicar algunos poemas de Hopkins en diversas antologías, y en 1918, 29 años después de la muerte del poeta., publicó por primera vez una bastante completa edición de sus poemas, para la que escribió un prefacio con comentarios de poco gusto y falta de comprensión poética. 

Pero, a pesar de esta falta de visión, gracias a su amistad conocemos la producción poética de Hopkins. De la primera edición se vendió un promedio de 70 ejemplares por año, durante diez años; en 1930 se publicó una segunda edición. La influencia de los poemas, desde entonces, ha sido mayor que la de ningún otro poeta posromántico. De 1935 a 1938 se publicaron las cartas de Hopkins a Bridges, Dixon y Patmore, y un cuarto tomo con las notas y escritos. En 1959, los diarios, los sermones y otros escritos devocionales.
     

La originalidad de Hopkins como poeta es la de un descubridor, si no «inventor» de un nuevo lenguaje poético. Toma las palabras arcaicas, las palabras regionales, las palabras comunes, y se podría decir que las «muele, machaca, amontona, combina, empalma y cabalga». El inventó el sprung rhythm, que se ha traducido como «ritmo brusco»; y es la música de la lengua hablada y de la prosa, cuando en ellas se percibe el ritmo. El principio fundamental de este disciplinado verso libre consiste en percatarse de que el ritmo depende de la importancia del acento significante y no del número de sílabas. Las complicaciones del sprung rhythm, tal como las explica en su correspondencia, son extraordinarias. Para el oído moderno, acostumbrado 1874al verso libre, esas complicaciones son más bien innecesarias, pero la riqueza de combinaciones y sonidos simbólicamente emocionales es tal, que cada nueva lectura de Hopkins es una sorpresa, como si se asistiese al nacimiento de un idioma.
     
Pero no es un preciosista, un consumado técnico o un orfebre virtuoso de la palabra. Es, sobre todo, un poeta de la belleza de Dios en el mundo (poemas escritos en 1877) y de la tragedia del hombre que se siente en noche oscura, dejado de Dios, «llorando cartas muertas, enviadas al amado aquél, que vive, ay Dios, tan lejos» (I Wake and Feel the Fell of Dark, segundo de los siete «sonetos terribles», mortales, «escritos con sangre», en 1885).
     
Mucho se ha discutido sobre si el pertenecer a la Compañía de Jesús fue para Hopkins la causa de sus tragedias espirituales, su aislamiento y oscuridad como poeta, o si fue la fuente de su inspiración y grandeza. Algunos sostienen que fue genio de la poesía porque fue jesuita, y otros, que a pesar de serlo. 

Al margen de ello, se le considera un genio por su acusada personalidad. Él, individualmente, supo madurar en belleza la vida tal como la vivió. Fue un admirador de la teoría de la individuación de Duns Escoto. El cantó la individualidad de los seres en los que la forma de Dios se revela, y también la sequedad de los «seres desiertos de Dios, muertos en olor de arena, secos y solos». Fue un gran poeta porque supo ser él mismo en las decisiones que tomó contra las tradiciones y el ambiente, y expresar su individualismo con las grandezas y dolores de su propia alma. Supo admirar las obras maestras y no imitarlas, buscar «toda cosa contraria, original, de sobra extraña»; amó cosas y personas por ser lo que son, en su mismidad, por la luz divina que desde su enjundia les brota.
     
Su credo poético divino y humano se patentiza en el poema "Pied Beauty", del que ofrecemos la siguiente versión: «Gloria a Dios por los tantos seres lunar-punteados,/ por berrendos bi-cielos, nubes en piel de vaca,/por salpicadas rosas de trucha en río a nado,/leña-fresca-castaña-arde, vuela en el pinzón, tierra arada, rasgada -zamarra, zarza, azada-,/y oficios todos, jarcia, taller, tajo, timón./ Toda cosa contraria, original, de sobra, extraña, lo que sea, temblante, incierto ( ¡cosas quién sa cuántas! ),/ moviéndose, lentas; mota, chispa, peca; noche mañana,/Él padreándolas amén, cuya belleza no cambia, no, ¡alábalo! ».
     


FUENTES: Poems of Gerard Manley Hopkins, ed. por W. H. GARDNER y N. H. MACKENZtE, 4 ed. Londres 1967 / D. ALONSO, Seis poemas de Hopkins, en Poetas españoles contemporáneos, Madrid 1952, 403-422 /  W. H. GARDNER, A Study of Poetic ldiosyncrasy in Relation to Poetic Tradition, Londres 1944 /  1. PICK, Gerard Manley Hopkins. Priest and Poet, Londres 1942.

 

Hechicero Hopkins


Como Garcilaso, Fray Luis de León o San Juan de la Cruz, como otros que no escribieron para el brillo o la fama, Gerard Manley Hopkins murió sin ver su poesía en un libro. Igual que los dos últimos fue miembro de una orden religiosa; la suya fue la Compañía de Jesús. 

Solo en 1918, treinta años después de morir, aparecieron sus poemas. Recién entonces pudo apreciarse la voz de este hombre nacido en 1844 y que apenas vivió 45 años, como una de las más intensas de la lírica universal.

Enrique Verástegui lo descubrió en 1970, en la Antología de poetas ingleses modernos, traducido por Dámaso Alonso. «Todavía recuerdo ese día como uno de los más hermosos de mi vida», dice en un ensayo sobre un poema de Hopkins, aparecido en Hueso húmero en 1991 (No. 28).  «Hopkins me había hechizado para siempre», afirma allí.

La poesía, pues, la gran poesía, sobrevive a la traducción. Hopkins  dice Dámaso Alonso es una suma de la ardua pericia técnica de Góngora y el poder espiritual, exquisito, de Juan de la Cruz. 

Cambiar de lengua a Hopkins implica sacrificar la riqueza de sus aliteraciones, menguar su complejidad rítmica, demudar su libertad verbal. Lo que resta basta sin embargo para deslumbrar a un lector competente como el joven Verástegui de 1970.

A Hopkins no le han faltado buenos introductores al castellano; Dámaso Alonso, por ejemplo, quien dijo que lo traducible de él era la enorme fuerza de su espíritu. O José  Ángel Valente, quien lo juzga «uno de los grandes puntos de arranque de la moderna poesía de lengua inglesa». 

No resulta fácil competir con ellos; pero Carlos Pujol se ha atrevido, y ofrece una nueva versión de poemas ya traducidos (el famoso «The Wreck of the Deutschland» entre otros 39 de lo mejor de la obra del jesuita). 

Pujol, hombre versado no solo en este ramo de las letras, ha optado por una sabia sencillez que lo distingue de sus predecesores. Así, donde Alonso traduce «Ahora acaba el verano; con bárbara hermosura las hacinas se elevan / alrededor; arriba qué andanzas de los vientos y qué bello ese porte / de los sedeños sacos de las nubes», Pujol pone: «Ahora acaba el verano; se amontona la mies / con su ruda belleza, anda el viento en la altura. / Esplendor de las nubes en sedosos costales».

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO