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Hopkins
está considerado como uno de los más originales poeta ingleses de la
époc a victoriana, precursor de la moderna poesía
anglo-americana, genio de la lengua inglesa. Su vida y obra son
expresión de la peculiar belleza que brota del choque entre la
vocación ideal y los condicionamientos ordinarios de la contingencia
humana.
Gerard Manley Hopkins nació en Stratford, Essex, el 28 julio de
1844, de una familia particularmente sensible a
los problemas artísticos y religiosos.
Ya en sus años escolares ganó
un premio de poesía. Por esta época, escribía Hopkins un tipo de poesía
sensitiva y brillante, bajo la influencia de J. Keats.
En 1863
fue a la Universidad de Oxford, donde estudió griego, con tal merecimiento
que el famoso profesor de Balliol, Jowett, previó para él una
brillante carrera como académico de griego. Sin embargo, durante su
estancia en Oxford, otras dos corrientes espirituales ejercieron una
indeleble influencia sobre él: la primera, a través de su tutor
Walter Pater, fue la del grupo prerrafaelista, propugnador del
arte como valor supremo; esta doctrina estética le marcó con el
sello de un puro, ideal, amor a la
belleza, que difícilmente sufre la zafiedad de las costumbres, la
monotonía de los cotidianos quehaceres. La otra fundamental
influencia vino del movimiento de Oxford, reacción de
renovación religiosa dentro de la Iglesia de Inglaterra, que comenzó
hacia 1833 con J. H. Newman (después cardenal Newman), J. Keble, H.
Fronde y otros, varios de los cuales se convirtieron a la Iglesia
católica.
Bajo esta influencia,
Hopkins, en 1866, deja la Iglesia
anglicana de sus padres, para seguir a Newman hacia la Iglesia de
Roma. Este perfil creyente fue la base de sus conflictos
internos entre la doctrina y sus propia orientacion erotica,
cosntantemente aplastada por la religiosidad catolica de la epoca.
Al terminar
su graduación en Oxford, con las mejores
calificaciones, marchó a Birmingham, a enseñar en la escuela del
Oratorio, dirigida por Newman.
En 1868 ingresó en la Compañía de
Jesús, donde, después de nueve años de formación espiritual e
intelectual, fue ordenado sacerdote en 1877.
Durante cuatro años
ejerció el ministerio sacerdotal en Londres, Chesterfield, Oxford y
Liverpool; durante dos años enseñó latín y griego en Stonyhurst, y
en 1884 fue nombrado profesor de griego de la Universidad de Dublín,
fundada bajo la inspiración de Newman.
Después de cinco años
«difíciles, cansadores, cansinos años... en los que he hecho la
voluntad de Dios (en general) y corregido muchos, muchos ejercicios
de exámenes» (carta a R. Bridges, 17 febrero de 1887), tras mucha
desolación, sin haber alcanzado éxito como predicador, párroco, ni
profesor, sin haber publicado sus poemas, ni haber terminado ninguno
de sus grandes proyectos literarios, murió en Dublín de un ataque de
fiebre tifoidea, el 8 de junio de 1889.
Al entrar
en la Compañía de Jesús, dice Hopkins, «quemé todo lo que había escrito y
resolví no escribir más, por ser algo no perteneciente a mi
profesión, a no ser que mis superiores deseasen lo contrario. Así,
durante siete años no escribí nada, excepto dos o tres pequeñas
piezas de circunstancias» (carta a R. W. Dixon, 5 de octubre de 1878). Aunque
después escribió poemas con alguna regularidad, sentía, sin embargo,
que, en conciencia, no debería dedicar su tiempo a
escribirlos.
Sólo unos pocos amigos, R.
Bridges (1844-1930), R. W. Dixon (1833-1900) y C. Patmore (1823-96),
conocían sus poemas, cuyos manuscritos quedaron en posesión de
Bridges. Éste fue un poeta laureado que desaprobaba la conversión de
Hopkins y su entrada en la Compañía, pero a quien apreciaba como amigo y
poeta, manteniendo ambos una amplia correspondencia epistolar, sobre
materias de arte, crítica, técnica poética, y problemas personales. 
En 1893, Bridges comenzó a publicar algunos poemas de Hopkins en diversas
antologías, y en 1918, 29 años después de la muerte del poeta., publicó
por primera vez una bastante completa edición de sus poemas, para la
que escribió un prefacio con comentarios de poco gusto y falta de
comprensión poética.
Pero, a pesar de esta falta de visión, gracias
a su amistad conocemos la producción poética de Hopkins. De la primera
edición se vendió un promedio de 70 ejemplares por año, durante diez
años; en 1930 se publicó una segunda edición. La influencia de los
poemas, desde entonces, ha sido mayor que la de ningún otro
poeta posromántico. De 1935 a 1938 se publicaron las cartas de Hopkins a
Bridges, Dixon y Patmore, y un cuarto tomo con las notas y escritos. En 1959, los diarios, los sermones y otros escritos
devocionales.
La
originalidad de Hopkins como poeta es la de un descubridor, si no
«inventor» de un nuevo lenguaje poético. Toma las palabras
arcaicas, las palabras regionales, las palabras comunes, y se podría
decir que las «muele, machaca, amontona, combina, empalma y
cabalga». El inventó el sprung rhythm, que se ha traducido como
«ritmo brusco»; y es la música de la lengua hablada y de la prosa,
cuando en ellas se percibe el ritmo. El principio fundamental de
este disciplinado verso libre consiste en percatarse de que el ritmo
depende de la importancia del acento significante y no del número de
sílabas. Las complicaciones del sprung rhythm, tal como las
explica en su correspondencia, son extraordinarias. Para el oído
moderno, acostumbrado al verso libre, esas complicaciones son más
bien innecesarias, pero la riqueza de combinaciones y sonidos
simbólicamente emocionales es tal, que cada nueva lectura de Hopkins es
una sorpresa, como si se asistiese al nacimiento de un
idioma.
Pero no es un preciosista, un
consumado técnico o un orfebre virtuoso de la palabra. Es, sobre
todo, un poeta de la belleza de Dios en el mundo (poemas escritos en
1877) y de la tragedia del hombre que se siente en noche oscura,
dejado de Dios, «llorando cartas muertas, enviadas al amado aquél,
que vive, ay Dios, tan lejos» (I Wake and Feel the Fell of Dark,
segundo de los siete «sonetos terribles», mortales, «escritos con
sangre», en 1885).
Mucho se ha discutido sobre si el
pertenecer a la Compañía de Jesús fue para Hopkins la causa de sus
tragedias espirituales, su aislamiento y oscuridad como poeta, o si
fue la fuente de su inspiración y grandeza. Algunos sostienen que fue genio de la poesía porque fue jesuita, y otros, que a pesar de
serlo.
Al margen de ello, se le considera un genio por su
acusada personalidad. Él, individualmente, supo madurar en belleza
la vida tal como la vivió. Fue un admirador de la teoría de la
individuación de Duns Escoto. El cantó la individualidad de los
seres en los que la forma de Dios se revela, y también la sequedad
de los «seres desiertos de Dios, muertos en olor de arena, secos y
solos». Fue un gran poeta porque supo ser él mismo en las
decisiones que tomó contra las tradiciones y el ambiente, y expresar
su individualismo con las grandezas y dolores de su propia alma.
Supo admirar las obras maestras y no imitarlas, buscar «toda cosa
contraria, original, de sobra extraña»; amó cosas y personas por ser
lo que son, en su mismidad, por la luz divina que desde su enjundia
les brota.
Su credo poético divino y humano
se patentiza en el poema "Pied Beauty", del que ofrecemos la siguiente
versión: «Gloria a Dios por los tantos seres lunar-punteados,/ por
berrendos bi-cielos, nubes en piel de vaca,/por salpicadas rosas de
trucha en río a nado,/leña-fresca-castaña-arde, vuela en el pinzón,
tierra arada, rasgada -zamarra, zarza, azada-,/y oficios todos,
jarcia, taller, tajo, timón./ Toda cosa contraria, original, de
sobra, extraña, lo que sea, temblante, incierto ( ¡cosas quién sa
cuántas! ),/ moviéndose, lentas; mota, chispa, peca; noche
mañana,/Él padreándolas amén, cuya belleza no cambia, no, ¡alábalo!
».
FUENTES: Poems of Gerard Manley
Hopkins, ed. por W. H. GARDNER y N. H. MACKENZtE, 4 ed. Londres 1967 / D. ALONSO, Seis poemas de
Hopkins, en Poetas españoles
contemporáneos, Madrid 1952, 403-422 / W. H. GARDNER, A Study of
Poetic ldiosyncrasy in Relation to Poetic Tradition, Londres 1944
/ 1. PICK, Gerard Manley Hopkins. Priest and Poet, Londres 1942.
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