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Entrevista a
Gilberto Freyre (1974)
Estamos en
Recife, en el barrio de San Antonio de Apipucos. En este barrio de
palmeras y jacarandas se encuentra la bella casa donde el escritor ha
pasado la totalidad de su vida, investigando, meditando y escribiendo.
Recordamos
las palabras de Octavio Paz: "Por lo demás, la actual geografía
política de América Latina es engañosa. La pluralidad de naciones es el
resultado de circunstancias y calamidades ajenas a la realidad profunda de
nuestros pueblos. América Latina es un continente desmembrado
artificialmente por la conjunción de las oligarquías nativas, los
caudillos militares y el imperialismo extranjero. Si desapareciesen esas
fuerzas (y van a desaparecer), otras serían las fronteras. La existencia,
de una literatura hispanoamericana es, precisamente, una de las pruebas de
la unidad histórica de nuestras naciones". ¿ Habrá realmente una
unidad sudamericana? ¿O sucederá lo contrario, siendo América Latina un
continente desmembrado y fatalmente ineficaz?
G.F.
- Soy de los que creen en una creciente unidad hispanoamericana. Empleo la
palabra hispano en su sentido exacto. Dentro de ese sentido - lo ibérico:
pan-ibérico -, Brasil es una nación hispánica. Sobre ese asunto he
escrito más de un ensayo. En uno de ellos indico que Brasil es una
nación de formación doblemente hispánica: portuguesa y española. Y por
su singularidad entre las naciones de formación sólo española, se
encuentra en situación ideal entre ellas - cuando en conflicto
intraespañol - y es el elemento de enlace entre ellas y para con ellas
formar un conjunto plurinacional que se dedique a la defensa y la
programación de los valores y las personas inconfundiblemente comunes a
ese conjunto.
M.C.
- Acabo de leer el ensayo
La novela de la selva hispanoamericana - nacimiento, desarrollo y
transformación (Bogotá, 1971, 228 págs.), de Lydia de León Hazera.
A través de novelas como Cumandá, Green Mansions, De Bogotá al
Atlántico, Infierno verde, The sea and the Jungle, La Vorágine, Toá,
Canaima, La serpiente de oro y Llanura, soledad y viento, a través de
los cuentos de Horacio Quiroga y Ventura García Calderón, uno se queda
con la triste idea de que selva y cultura son incompatibles. La selva
devora a la cultura. Ahora bien, puesto que América Latina se sitúa en
grandes espacios donde predominan selvas y selvas, ¿no pesa sobre ella
una especie de fatalidad que le impide alcanzar verdaderamente la
civilización y lo culto?, ¿no estará la selva devorándola? ¿Es
posible una civilización y una cultura en los trópicos?
G.F.
- Sí, tiempo hubo en que, en Europa, quien dijese "América",
decía como Chateaubriand, "Selva". No sólo da América
tropical significaba selva para el europeo: a la simple mención del
nombre América, el individuo civilizado de Francia o Inglaterra, de
Iberia o Italia, de Alemania o Escandinavia, era en la selva en lo que
pensaba inmediatamente: en una naturaleza bravía, en una vegetación
agreste, en un paisaje abrupto. Hegel llegó en esos días a declarar a
América como un mundo "fuera de la historia". Mundo selvático
o, cuando más, apenas etnográfico en su aspecto cultural, y
antropológico en su aspecto humano. Con el dominio de las regiones
boreales y templadas del continente americano, por el europeo, que a esas
regiones consiguió transferir en poco tiempo casi todos los valores y
estilos civilizados de la vida de Europa - civilizados e históricos,
diría un hegeliano - sin necesidad de alterarlos profundamente, la vida
de la selva, como expresión principal de la vida americana, se fue
volviendo específicamente tropical. Y a esa idea no tardó en juntarse la
de que era imposible una nueva cultura humana en los países tropicales y
casi tropicales de América, inseparable de la proyección, sobre ella, de
la exuberancia de la naturaleza, del desorden de la vegetación, de lo
incivilizado de las formas de vida - vegetal, animal, humana -
desbordantes en la selva tropical. Incluso el tropicalismo, representado
por las propias culturas o subcivilizaciones, en gran parte vegetales,
esto es, directamente dependientes de recursos vegetales, de las razas
nativas de esos espacios de vegetación rebelde a las técnicas europeas
de dominación, exploración y ordenación de la naturaleza. Técnicas de
ordenación de la naturaleza experimentadas, y algunas con buen éxito, en
los espacios boreales o templados, caracterizados por florestas - observó
en cierta ocasión el profesor Konrad Guenther, especialista alemán en
este asunto - "góticas", mientras que las tropicales se
presentan como "barrocas": monumentales en estructura y, al
mismo tiempo, con una distribución de detalles desde la base a la cima,
semejante a la del mosaico: varia, diversa, desigual. Variedad en lugar de
simetría.
Se
explica así - por esa intensificación o especialización de la idea
europea de selva americana como selva barroca e intensamente tropical -
que dentro de la América tropical, Brasil, por su casi escandalosa
extensión de territorio, se haya convertido en la expresión más
ostensible de la imagen de la América Latina - en gran parte tropical -
como selva. Como trópico. Como naturaleza exuberante, desordenadamente
barroca, incivil. Antieuropea. Anticristiana. Extrahistórica. O, tal vez,
para algunos, infrahistórica.
Semejante
situación - la de los países americanotropicales - tiene a los ojos de
algún europeo el significado de una especie de sentencia de muerte
sociológica para una parte considerable de la América llamada Latina,
por contener esta América culturas no sólo hispánicas, sino también
una cultura acentuadamente francesa. Muerte sociológica para todo un
conjunto de pueblos americanos situados a la sombra, que algunos europeos
suponen terriblemente deletérea, de la selva tropical.
De
ese conjunto, casi todo ibérico, es de donde Brasil, predominantemente
lusitano en su cultura, aunque con algo de español y algo de francés en
algunos de sus orígenes de cultura europea, sobresale, repitámoslo, por
el escándalo geográfico de su extensión. Apenas consideran esa
extensión los que, desde el punto de vista del desenvolvimiento de la
civilización humana, niegan el valor de las selvas tropicales como
espacios susceptibles de tal desenvolvimientos en sus formas más nobles.
Para esos negadores de los trópicos, ¿qué gana un pueblo con ocupar
medio mundo, como Brasil ocupa, si en ese medio mundo ni el alma y ni
siquiera el cuerpo de los hombres parecen poder competir con la
exuberancia antiespiritual, antihistórica y hasta antihumana de la
vegetación, de la naturaleza, de la selva? Mejor - han de pensar los más
lógicos de esos negadores - es ser súbdito de una república como
Uruguay, país pequeño, pero situado, cual una nueva Suiza, en un espacio
templado, que serlo de un Brasil inmenso, pero que se extiende casi todo
en tierras de vegetación deletéreamente tropical.
Pero
el criterio, si no de exclusividad, sí de primacía europea en todo lo
que se refiere a civilización y a historia, está siendo superado por la
tendencia, igualmente acentuada entre los modernos antropólogos, y a la
cual desde hace años concurre modesta, pero incesantemente, la de los
antropólogos culturales y sociólogos brasileños, de ser imposible lo
que un catedrático de Harvard, el profesor Murdock, llama "adequate
cultural theory", basada "on data derived only from Western
Civilization"... A lo que otro maestro americano de ciencia social,
el profesor John Gillin, añade en trabajo contra la supuesta
incompatibilidad entre el estudio histórico y el estudio general de las
culturas, que no hay a priori "reason or conceptualized empirical
evidence to indicate that generalizations tested on contemporary cultures
should not apply to those of history".
La
verdad es que en el moderno estudio del hombre, las fronteras entre
"civilizado" y "primitivo", contemporáneo" y
"antiguo"; "histórico" y "antropológico",
"antropológico" y "sociológico",y hasta entre
científico" y "humanístico", ya no se presentan rígidas
inflexibles como hace cuarenta años. Y sobre ese criterio más elástico
del estudio del hombre y sus civilizaciones y culturas, ya no es fácil
para un europeo de hoy repetir simplistamente los conceptos de ayer, y
excluir no sólo no a la América entera, sino ni a la América tropical
en su base física de vida y en su cultura (cultura en mayor o menos
armonía ecológica con esa condición básica de vida o existencia), de
un mundo que para ser histórico debiera ser si no europeo o casi europeo,
pasivamente subeuropeo en su civilización, sobreentendiéndose como su
condición básica de vida civilizada, la boreal o templada.
M.C.
- ¿Le gustaría ver a Brasil transformado en un gran imperio?
G.F.
- Me gustaría ver a Brasil desempeñando más eficazmente que ahora una
misión benéfica para el hombre; en general, sería una misión que
sobrepasando las fronteras nacionales, marcase una presencia brasileña en
varias zonas del mundo, sobre todo en las de poblaciones, culturas,
pasados y probables futuros, siendo todos afines a los brasileños. Esa
misión, Brasil la está desempeñando ya a través de algunos de sus
escritores y artistas - Villa-Lobos, por ejemplo -; pero no por medio de
una política general o siquiera cultural, seguida por sus gobiernos... En
este sentido, México está más avanzado que Brasil, sin tener un mensaje
de sentido humano qué transmitir a otros pueblos, que sea tan amplio como
el que Brasil podría estar transmitiendo de un modo que le diera
prestigio no sólo cultural sino también político.
A
propósito de mi empeño en trazar una política cultural nueva para
Brasil idea esbozada en Nuevo
Mundo en los Trópicos y en otros escritores, recibí la mejor
comprensión por parte de críticos situados dentro del mundo hispánico.
Obsérvese que se trata de comprensión, también, por los aspectos
políticos esbozados, considerados incluso por algunos de esos críticos,
como poseedores de "fundamentos pragmáticos", capaces no sólo
de iluminar los orígenes sino también los propios destinos hispánicos.
A Ignacio Echalar en ABC de Madrid, al pronunciamiento del Centro Europeo de
Documentación, al internacionalista y profesor de derecho Martinho
Nobre de Mello, de Lisboa, y al sociólogo argentino Alberto Calvo, en la
revista Política, entre otros, son algunos ejemplos que puedo
citar. Y disculpe mi abstención en lo personal en relación con su
pregunta; con ella intento compensar, desde luego, el silencio que está
haciendo en Brasil en torno a algunas de mis ideas.
M.C.
- El mexicano Fredo Arias de la Canal escribió que "ningún símbolo
puede representar mejor nuestro mestizaje que la ciudad de México, pues
esta urbe, al ser fundada, no fue reconstruida por solos los indígenas ni
los españoles, sino por entrambos, y lo nahua y lo español se fundieron
así desde hace cuatro siglos y medio, y para siempre jamás".
También en su personalidad de escritor Gilberto Freyre ha vinculado a
Brasil con la grandeza de su mestizaje. Ni vencidos, ni vencedores.
¿Será que a los 74 años de edad cree todavía en su concepto de la
"morenidad" como respuesta brasileña a las
"negritudes", los "arianismos", los
"amarillismos" o los "yanquismos sociológicos" sobre
Brasil?
G.F.
- Creo que se está haciendo más que evidente la validez del concepto.
Validez científica, pues corresponde al creciente mestizaje en Brasil,
inclusive por medio de las migraciones de mestizos norteños - con un
máximo de 65 por ciento blanco - hacia partes del Brasil donde hasta hace
algunos años era todavía tan fuerte la casi desaparecida inmigración de
"arios" pequeños burgueses, y como pequeños burgueses,
inseguros y haciendo de su prejuicio contra las uniones con personas de
color un medio de "seguridad" o "prestigio". Los
negros puros, en Brasil son cada vez más un rareza antropológica. La
morenización crece. Crece biológicamente y con este crecimiento se
acentúa la identificación de los brasileños, en su gran mayoría, con
lo que aquí es nacional: el despertar de la categoría racial. El
brasileño es cada vez más brasileño, como si despertara en su color y
origen. La valoración estética entre nosotros, del tipo moreno o
mestizo, cada vez es mayor. Quien no es moreno, procura ponerse moreno,
dejándose broncear o amorenar al sol, en las playas, al rayo de un sol
abrasileñante o morenizante. Contra esta tendencia tan favorable a una
paz o a una armonía social en Brasil, y la que con todo su primitivismo y
sus imperfecciones no tiene ideológicamente igual en el mundo de hoy,
surgen envidias extranjeras a través de afirmaciones aparentemente
sociológicas. No sólo por parte de extranjeros que tienen su centro de
actividades, notoriamente antibrasileñas, en un movimiento pro minorías
étnicas cuya sede se encuentra en Londres pero cuyo financiamiento parece
tener otros orígenes. También por medio de la infiltración de
yanquismos o extranjerismos de la misma especie en enciclopedias que se
presentan, y son, en parte, brasileñas, y que como artes gráficas honran
a Brasil. Lamento cómo
Abril, organización a la que mucho admiro y con la cual estoy
ligado como colaborador de su excelente revista Examen, haya dejado
infiltrar en sí ese yanquismo sociológico antibrasileño, en la parte
que dedica al "negro brasileño" en su Enciclopedia. Hago aquí
un llamamiento a los "Civita" - que, en mi opinión, más que
cualquiera otro grupo actual, están concurriendo juntos para dinamizar la
cultura brasileña y para darle expresión y divulgación modernas, sin
sacrificio de su brasileñismo esencial - en el sentido de proceder a una
revisión de esas infiltraciones, para substituirlas por una mayor
búsqueda, de su parte, de orientaciones brasileñas que siendo
científicamente idóneas y reconocidas por su validez intelectual fuera
de Brasil, den en una "enciclopedia" brasileña, si no énfasis,
al menos un registro de puntos de vista nacionales, que de ninguna manera
choquen con los honestamente internacionales. Las tesis brasileñas, a
base de realidades brasileñas, de "morenidad" y "ultrarraza"
o "metarraza", no pueden seguir omitiéndose en enciclopedias
que se presenten como brasileñas y sean, como en el caso de la de Abril,
admirables en tantos aspectos.
Todavía
a ese respecto, le diré que una lástima que Roberto Rosselini no
encontrara apoyo brasileño para la película épica que trató de
realizar, basada en Casa Grande
&Senzala y otros de mis libros, la que hubiera sido una especie
de mensaje estético y no propagandístico de Brasil al mundo, sobre los
sentidos positivos del mestizaje brasileño. Hubiera constituido la
revelación del mestizaje brasileño como creador de nuevos tipos de
figuras humanas y de belleza humana. La sugestión de la brasileña de
"variado color" tal vez la esté convirtiendo en la mujer más
bella del mundo. Faltó a los brasileños comprender lo que esa película,
en su caso realizada por un Rossellini y por propia iniciativa,
representaría para Brasil. Quizá pensaron que sólo hubiera beneficiado
a un escritor brasileño, en detrimento de otros, a los cuales, por
cierto, no les han faltado otros apoyos.
M.C.
- Lo veo rodeado de libros, muchos libros. No sólo de los que ha
escribiendo, hoy traducidos a varias lenguas, sino de todos los que
constituyen la riqueza espiritual de la humanidad. Lo veo leyendo libros y
libros. Pero una cosa es leer un libro que luego se hace a un lado para
pasar a otro, y otra cosa es releerlo. También el "caballero de la
triste figura" seleccionó su biblioteca y libró del fuego a unos
pocos, y éstos eran los predilectos (honra le sea hecha por haber salvado
al Amadís de Gaula, tan portugués). No voy a preguntarle, Gilberto
Freyre, sobre los libros que lanzaría al fuego purificador. Lo que le
pregunto es: ¿cuáles salvaría? O mejor todavía, ¿cuáles son los que
guardaría para volver a leerlos?
G.F.
- Tendría que citar a muchos, a muchísimos, empezando por los griegos
que tanto me gustan; después a algunos latinos, franceses como Pascal y
Montaigne; a ingleses como Shakespeare y Defoe y otros más modernos de
esa lengua; a españoles, desde Raimundo Lulio, que es uno de mis
preferidos, hasta Ganivet, Unamuno y algunos de los escritores actuales, y
a Santa Teresa de Jesús. Sobre los preferidos en nuestra lengua, voy a
particularizarlos: Fernao Mendes Pinto, al que considero el más alto
escritor de lengua portuguesa, más alto incluso que Camoens, al que mucho
he leído y del cual soy un gran entusiasta. Camoens, el lírico del amor;
Gil Vicente, Garret, Eca de Queiroz, el autor que más he releído;
Machado de Assis, Euclides da Cucha, Antonio Nobre, Augusto dos Anjos, por
el cual tengo especial predilección. Y uno de mis primeros artículos,
que tal vez pueda llamar de crítica literaria, escrito en lengua inglesa
para una revista de Boston en mis tiempos de estudiante universitario en
Europa, es sobre el poeta Manuel Bandeira, que también era crítico
literario: lo sorprendí. Otros de mis predilectos: Fernando Pessoa, y el
propio Manuel Bandeira.
M.C.
- Frecuentemente vemos a Gilberto Freyre viajando. Congresos. Profesor
visitante de las más diversas universidades del mundo. Conferencias.
Simplemente el viajar. A pesar de todo este remolino de viajes,
considerámoslo al modo que el uruguayo Emir Rodríguez Monegal juzgó a
Pablo Neruda: "el viajero inmóvil". Gilberto Freyre es apenas
Recife y su casa de San Antonio de Apipucos. Los libros, el mundo
brasileño y los amigos. Los amigos, incluso, cuentan mucho más que los
viajes. Después de los libros, esos amigos abstractos, hablemos de los de
carne y hueso. ¿Cuáles son sus grandes amigos, muertos o vivos?
G.F.
- Algunos de los amigos que tuve y tengo ahora y que juntos, en uno solo,
formarían un amigo ideal, son: Ulises Freyre, Alfredo Freyre, José Tasso,
Francis Butler Simkins (Universidade de Columbia), A. Joseph Armstrong
(Universidad de Baylor), Regis de Beaulieu (París), José Lins do Rego,
Manuel Santana (negro nacido en la época de esclavitud), José Olympio
Pereira, Ulysses Pernambucano, Gastao Cruls, Jayme Ovalle, Olivio
Montenegro, Renato Campos, Pedro Paranhos, el Babalorixá Adao, Nelson
Chaves, Nuno Simoes, Fernando Freyre, Ruy Marques, Sarmento Rodrigues,
Paulo Ingles de Sousa, Edson Nery, Aderbal Jurema, Amy Lowell, Henry
Mencken, Esme Howard Junior (Oxford), Cícero Dias, Manuel Bandeira,
Rodrigo Melo Franco, de Andrade, Prudente de Morais Neto, Villa-Lobos,
María do Carmo y José Nabuco, Magdalena Freyre, Sonia Freyre Pimentel,
Lula Cardoso Ayres, Francisco Brennand, Roquete Pinto, Altamiro Cunha,
Silvio Rebelo. Y varios otros. De los actuales, el más completo es Renato
Carneiro Campos.
M.C.
- Una constelación de amigos: "Arbol de la asmitad, ¿cuándo
naciste? Tus hojas están siempre verdes, tu sombra no se seca",
cantó el poeta venezoelano Carlos Augusto León. ¿Será que amamos no a
las personas en sí mismas, sino a las cualidades que vislumbramos en
ellas? Teixeira de Pascoaes dice que sólo amamos a lo que se parece a
nosotros. Unamuno aclaró que si no amamos al prójimo es porque no nos
amamos a nosotros mismos. ¿Piensa como Pascoaes o Unamuno?
G.F.
- No; no creo que las amistades se basen en lo que, en el amigo o la
amiga, sean "cualidad" o conjunto de "cualidades". El
fenómeno "amistad me parece mucho más complejo. Lo veo bajo una
perspectiva existencial, ajeno a abstracciones en torno de valores
consagrados como cualidades o virtudes. Una condición me parece esencial
para la existencia de una amistad, como vivencia y convivencia: la lealtad
de amigo a amigo. Sin ella, no hay amistad. Sucede más, que la amistad
tomada como fenómeno existencial implica casi siempre alguna forma de
simpatía mutua y, en algunos casos, de atracción física que incluso
entre personas del mismo sexo puede contener, sublimado, un elemento
erótico. Eros, también él, ajeno a cualidades puramente abstractas, y
sensible a las que se presentan susceptibles de ser tocadas, sentidas,
percibidas a través de una convivencia que en algunos casos hace de
amigos casi más que amigos, sin ninguna deformación ni perversidad en
ese "casi más que": en este aspecto, hay ejemplos que nos
llevan a admitir algo de sutil y noblemente erótico - además de la
admiración a la que se refería Pascal - en grandes amistades como las
que ligaron a Eca de Queiroz con un Antero, un Ramalho o un Oliveira
Martins, o la de Machado de Assis con Joaquim Nabuco.
M.C.
- Su personalidad de escritor me recuerda mucho la de Unamuno. Ambos
piensan que sólo existe una eternidad, el tiempo presente. Gilberto
Freyre, como Unamuno, no es solamente un escritor de libros. Ambos son
también periodistas de calidad. El periodismo es una forma de captación
del tiempo presente, y su ventaja sobre el libro es la de que llega con
mayor rapidez a ponerse en contacto con el lector.¿Por qué esa pasión
por el periodismo?
G.F.
- Nadie en la lengua portuguesa es más, en el sentido más de la palabra,
que Eca de Queiroz. Sin embargo, y usted lo sabe, Eca se consideró
siempre periodista. El nunca dejó el contacto con el público a través
del periódico. Usted conoce también lo que sobre el tema ha escrito
Ortega y Gasset, uno de los pensadores más serios del mundo ibérico, y
que ha sabido destacar la comunicación de un intelectual con el público
a través del periódico, considerándolo como una de las formas más
importantes de comunicación entre ambos.
Sí
creo que en mí existe alguna intención irreductible de periodista, como
usted muy bien lo acentuó en ese sentido: el deseo, el gusto e incluso la
necesidad de contacto inmediato con aquellos lectores entre los cuales yo
mismo me siento y de los cuales me complace sentir sus reacciones al leer
mis artículos, las que tantos de ellos expresan en las cartas que me
escriben, concordando o discordando conmigo, pero manteniendo un diálogo
inmediato, actual y mucho más vívido que el que mantengo como autor de
libros, más papel de monologuista que de dialoguista. Ese diálogo
periodístico me da la impresión de estar escribiendo para lectores que
me acompañan, día a día, en el desarrollo de mis ideas e incluso en el
análisis de mis posibles contradicciones. De esta forma siento que
continúa esencial en mí la actividad periodística con el público a
través de artículos en diarios y revistas.
M.C.
- Gilberto Freyre sorprende a todo el mundo por su representación de
indistintos aspecto y movimiento entre lo aristocrático y lo popular. El
famoso pernambucano Jordao Emerenciano, al que tuve el placer de conocer,
era otro de los sorprendidos. Emerenciano explicaba: "Porque al mismo
tiempo y del mismo modo Freyre convive con gente tan ilustre y
"bien", sentándose hasta junto a jefes de estado y príncipes,
que se le ve en el Dudu (popular lugar) comiendo sarapatel (guisado de
carne y sangre de puerco), como en las calles, comiendo en los puestos y,
más tarde, "carne de sol de Gregorio". Intimo de notables,
siendo él mismo una celebridad, era amigo de cargadores y otra gente del
pueblo; bailaba en el "Vassourinhas", se agitaba en el carnaval
y adoraba a mulatas y negras".¿No le parece contradictoria esa
dualidad? ¿Existe alguna reconciliación?
G.F.
- Me considero una mezcla de lo que pueda llamarse popular y delo que se
considere como aristocrático. Creo que esa mezcla está en mi
comportamiento, en mi vida, en mi convivencia y también en mi obra
literaria y antropológica, de la antropología científica a la
filosófica, incluyendo la sociología. Obras inseparables de mi
personalidad (lo que puede estar perturbando su pureza o su purismo
científico) y de mi vida. Mi propio estilo de escritor literario es una
mezcla de lo popular - usando hasta términos plebeyos - y lo
aristocrático, con una proyección, sobre él, de valores asimilados de
clásicos y de modernos notables, por lo que en ellos es popular y hasta
por virtudes impopulares. Una contradicción.
Ser
"aristócrata" no es ser alguien que insiste en ser
sobreviviente de una época deshecha. La aristocracia no es un fenómeno
cronológico. El aristócrata no lo es como resultado de una formación
cronológicamente sociológica: lo es por imposición de su personalidad.
Así, el decir de un aristócrata que es "retardatario" por el
hecho de que su personalidad contraste con la de un gran número de sus
contemporáneos o coterráneos, es un error psicológico. El aristócrata
es aristócrata porque lo es. Porque no puede dejar de serlo. He convivido
en España, en aldeas, con españoles rústicos, analfabetos, mal
vestidos, apreciadores de comidas abundantes aunque sin sazón y de
bebidas fuertes, en los cuales es inconfundible el hecho de que son
aristócratas auténticos. Junto a ellos, los rotarios del tipo más
común se revelarían como burgueses completos, por muy bien vestidos,
amanerados y refinados que se presentaran. Es preciso que tengamos cuidado
al usar ciertos calificativos. El adjuntar a un aristócrata de hoy en
día el término de "retardatario", como han apuntado algunos en
mi dirección, es, lo repito, un error psicológico, con una simple
apariencia de verdad, menos sociológica que cronológica.
Lo
que parece haber de contradictorio en mí, al ser ya apolíneo, ya
dionisiaco, ya lírico, ya dramático, ya sensual, ya místico, ya
aristócrata, ya plebeyo - creo que nunca convencionalmente burgués -,
considero que es una de las características de mis modos de ser, de
vivir, de convivir, de escribir, de investigar, de pensar, de pintar, de
ser alegre, de ser triste, de ser solo, de ser gregario, de ser europeo,
de ser extraeuropeo, de lo que me liga a las raíces ibéricas o
hispánicas (de lo cual no me desprendo) y de lo que me aleja de ellas.
Sin embargo, de esas raíces no conseguiría desprenderme, ni aunque
quisiera.
Y entre esos modos de ser está mi constante preocupación por el tiempo y
la muerte. Quien tenga el menos superficial conocimiento de mis escritos y
de lo que en ellos es siempre expresión, nunca composición - expresión
a veces incorrecta, en beneficio de lo que en ella es vida o persona, en
vez de erudición o eruditismo o cientificismo -, verificará lo que aquí
sugiero. Usted no se imagina cómo me siento nativo en Toledo o Salamanca.
No se imagina cómo siento lo que hay de verdad en el poema de Antonio
Sardinha: "Toledo, corazón del tiempo, hermana de la muerte".
Ese "corazón del tiempo" y esa fraternidad con la muerte no
faltan, bajo tantos aspectos más allá del tiempo, en la hermana inquieta
de la vida que en el caso de dicha ciudad es Salamanca. Un tanto de ese
sentimiento se apodera de mí en Oxford.
M.C.
- Ahora, dentro de esa dualidad aristocrática-plebeya, ¿considera que,
como escritor, es a veces necesario el uso de la palabrota?
G.F.
- En el momento exacto, sí, la palabrota es necesaria. Es insustituible.
En términos, por así decir, fisiológicos, es un momento de esos,
equivalente del eructo o el pedo fuerte. No obstante, como el eructo o el
pedo, aliviando a un individuo, ofende al olfato y a los oídos de los
circunstantes que no sientan en el momento igual necesidad de alivio o
desenfado. De ahí la necesidad de que su uso reduzca a lo inevitable.
Esto en la vida real. Esto, también, por analogía, en el teatro y la
literatura. Cuando es insustituible o inevitable, que venga la palabrota.
Inútil cualquier substituto para puta o mierda.
M.C.
- Camilo José Cela, si estuviese aquí, le aplaudiría esa defensa de la
palabrota como recurso estilístico inevitable, en su urgente necesidad. .
. Volviendo a sus amigos. Gilberto Freyre conoció a lo largo de su vida a
innumerables personalidades del mundo de las artes, las ciencias, la
política, etc. Estuvo con Tagore, Franz Boas, John Dos Passos, Aldous
Huxley, Georges Gurvitch, Arnold Toynbee, Robert Lowell, Robert Kennedy,
Roberto Rosellini, Américo Castro, Antonio Sergio, Jaime Cortezao,
Joaquim de Carvalho, etc. Ahora bien, dentro de tan vasto elenco,
seguramente no completo con los relacionados, ¿qué personalidad humana,
en su conjunto de cualidades, fue la que más le impresionó?
G.F.
- Creo que se refiere a las que conocí personalmente, y me inclino a
responder que William Butler Yeats.
M.C.
- Recuerdo de nuevo a nuestro común amigo, el profesor Jordao Emerenciano,
cuando en relación con usted, dijo poco antes de su muerte:
"Gilberto Freyre abrió en este país, sobre todo con su libro Casa Grande & Senzala, nuevos
rumbos para la investigación, la búsqueda, la antropología cultural y
la historia social. Nuevos rumbos para la comprensión y la
interpretación de Brasil. Creó condiciones nuevas para un conocimiento
mayor y mejor de la llamada realidad brasileña. Aparecido poco después
de 1930, Casa Grande
& Senzala significó en su medio un impacto cultural tan profundo
e importante como en el social y político la propia revolución de
octubre del mismo año en Brasil. Revolución cultural aquella por lo que
significó como conocimiento del espíritu y los orígenes de la sociedad
patriarcal, de la historia íntima del hombre brasileño. Revolución en
los métodos de búsqueda, valorizando incluso, valientemente, materiales
considerados poco nobles para el historiador y el hombre de ciencia, como
viejos anuncios de periódicos, recetas de bollos o dulces, citas y
papeles de familia - la revolución, también, en el tratamiento dado a
los asuntos -."
Pues
bien, ¿se siente usted realmente ese escritor revolucionario que Jordao
Emerenciano diagnosticó?
G.F.
- Soy un escritor independiente de instituciones. Soy hombre de formación
universitaria, es cierto. Clérigo, erudito, bachiller, Magister Artum y
Ph. D. Pero no tengo compromisos ni obligaciones con cualquier título de
carácter profesionalmente pedagógico como el mismo Ph. D. Pudiendo
escribir "lo que me diera la gana". Pudiendo inventar, innovar,
desviarme de cánones, violar reglas gramaticales, romper convenciones de
estilo considerado literario, reavivar arcaísmos afeminados por el
tiempo, volviéndolos válidos y viriles; juntar palabras plebeyas y
eruditas, africanismos y helenismos; ser experimental y revolucionario en
tentativas de creación de nuevas de escribir, y también en métodos de
pensar - pensar sintiendo - y de juntar, en los abordajes al
comportamiento humano, la ciencia, el arte, el análisis, la intuición,
el sentido crítico y lo poético.
Revolucionario
por inconformista. Creo que escribo más cuando me entran las intenciones,
que para obedecer a ningún plan rígido de trabajo diario. Eso no quiere
decir que desprecie el método. Doy mucha importancia al método cuando
representa la adaptación de una sistemática: de coordinación del
trabajo, de expresión, incluso acorde al asunto y la personalidad del
autor. Por esa razón, quienes leen con ojos críticos lo que he escrito
hasta hoy, llegan a la misma conclusión de Jean Pouillon, ilustre
crítico existencialista francés que dedicó a mis trabajos uno sus
análisis más penetrantes, diciendo que no hay en mí un método, ni
tampoco fidelidad a un método ortodoxo, pero sí lo que llama él con
expresión muy feliz, "pluralismo metodológico". Eso lo
escribió hace mucho tiempo. Es interesante hacer notar que en libro
reciente sobre Picasso, el interpretador de Picasso en tal publicación
llega a una conclusión semejante: La de que una de las características
de la obra del gran pintor es la de no haber sido hecha con un riguroso
método, sino a través de una pluralidad de métodos. Es prácticamente
la misma observación que ha hecho Jean Pouillon con referencia a mis
trabajos cuando afirma que obedecen a pluralismo metodológico, y que
además lo estima necesario al trato y desarrollo de ciertos asuntos.
M.C.
- Creo que capté la idea: revolución en los métodos. Pero a la par o
sobre esta revolución, ¿no sintió la necesidad de operar una
revolución estilística? ¿Llevó su inconformismo mucho más lejos?
G.F.
- Sí, como escritor doy mucha importancia a la forma de expresión. Y
desde el principio procuré una nueva forma de escribir. Creo que será lo
mismo que le pasó a Eca de Queiroz cuando al empezar a escribir, en
Portugal, intentó liberarse de ciertas fórmulas ya establecidas y
procuró nuevas flexiones e incluso nuevos sabores a las palabras. Pienso
que he logrado hacer de las palabras algo así como CARNE, como si
realmente el Verbo se hiciese CARNE. Sin embargo, no me satisface
completamente lo que he logrado en ese sentido.
M.C.
- Encuentro en su prosa una incidencia de los trópicos, como una carga de
lo que en los trópicos es densamente visual, iluminado, colorido. ¿Es
exacta esta expresión?
G.F.
- Exacto, exacto. Las palabras tienen un cierto sentido musical. Pero más
aun que el sentido musical, tienen un sentido visual, un sentido
pictórico: el gusto por el color y por saborear la palabra. El sentido de
comunicar el gusto material a las palabras. Creo que algunas veces lo he
conseguido, aunque me considere incompleto. Si se me pregunta:
"¿Usted se considera un hombre realizado?" - pregunta trivial,
porque nadie se considera realizado -, respondo: "Ni mucho menos. He
realizado muy poco. Me considero incompleto". Pienso que llego
incompleto al fin de mi vida de escritor, de mi vida de artista, de mi
vida de posible pensador. Sin embargo no creo que eso me disguste, pues me
sentiría muy vulgar si tuviese la sensación de haberme
"completado". Creo que todas las cosas completas, las cosas
totalmente hechas, completamente realizadas, decepcionan: como que dejan
un vacío al desaparecer la oportunidad de la acción para uno ser su
creador o autor. Creo que la gran fuerza del arte, de la vida, del pensar,
del sentir, residen en el hecho de no haberse realizado del todo sus
expresiones, de ser todavía incompletos sus resultados, de surgir más
que lo que dicen o escriben. Desde este punto de vista no me siento
infeliz siendo, como lo soy, un incompleto.
M.C.
- Tengo que recordar nuevamente al profesor Jordao Emerenciano, nuestro
amigo, que tan a fondo supo criticar la obra de Freyre. Emerenciano
escribió: "Revolucionaria y casi chocante era la contribución,
densa y larga, que Gilberto Freyre traía de conocimientos e informaciones
de biología y psicología, higiene y ecología, arquitectura y culinaria,
filosofía y economía, para los estudios sociales. Más que
revolucionaria, chocante y escandalosa, la interpretación freudiana,
psicoanalítica y sexualista de la sociedad patriarcal y rural brasileña.
Era una novedad su preocupación por el papel del niño, de la ama negra,
del negrito, del sexo en esa sociedad."
¿Cuál
es la finalidad de este material heterogéneo? ¿Revolucionario por qué?
G.F.
- Soy un escritor que dentro de sus límites se dedica casi
quijotescamente a una revolución no sólo intelectual, literaria o
estética, dentro de su país y su sistema de civilización - el
hispano-tropical -, sino a una revolución ampliamente cultural. Los dos
métodos generales de los que me he valido, principalmente, para aprender
a comprender del modo más completo posible la realidad brasileña son el
humanístico y el científico, o el psicológico y el sociológico, o bien
el antropológico y el metantropológico. También el conocimiento
poético en el sentido intuitivo e imaginativo, contenido en el
conocimiento científico del hombre integrado en su medio, que en Brasil
es un medio diferente del europeo. De ahí la historia social
intensificada en historia íntima, que he procurado trazar del brasileño,
sin olvidarme, en un intento hecho para reconstituir apenas la figura del
adulto del sexo masculino, de la figura de la mujer y de la del niño; ni
limitar la historia social del hombre brasileño a una historia del hombre
dominante o señorial, despreciando la historia del siervo o dominado. He
tratado de extender el mismo criterio al estudio antropológico, social o
sociológico del hombre actual, a través de una pluralidad de métodos al
servicio de esa unidad o totalidad de interpretación, lo que ha sido
considerado por críticos autorizados europeos o norte-americanos como una
originalidad brasileña. Es digno de observarse que esa obra, aún siendo
eminentemente brasileña, nacional, no deja de tener contenido y sentido
universal, al punto de interesar en simposios y reuniones internacionales,
a pensadores y científicos de diversas naciones e iglesias, colores y
civilizaciones.
M.C.
- ¿Existirá en usted a la par que el científico, un escritor
narcisista, una especie de escritor vuelto hacia la novela de sí mismo,
en cuanto a que pueda decirse que usted es un "yo y mi
circunstancia"?
G.F.
- Gran parte de lo que vengo publicando desde Casa Grande & Senzala es
el resultado de un anhelo de autoanálisis, de autointerpretación y de
autobiografía. Anhelo que remonta a mi juventud, a la época de mis
estudios universitarios en el extranjero, a días en que como ya he dicho
en el prefacio de uno de mis libros, ni incluso un estudiante ruso de
novela rusa se preocupó tanto por el destino de su país ni se inquietó
tanto con los problemas de su patria, como yo en esos mis días de
estudiante universitario en el extranjero.
Me
confieso en cierto modo un narcisista, con ese narcisismo tradicional
entre los escritores ibéricos, y muy particularmente entre los
ensayistas. El escritor es siempre autobiográfico, directamente
autobiográfico, indirecta u oblicuamente autobiográfico. Procuré verme
a mí mismo, comprenderme, interpretarme. Y así me fui extendiendo a mi
familia, a mis antepasados, a mi casa, a mi región, a mi nación, al
complejo cultural, al paniberismo de donde salieron estas unidades, y a la
economía física, telúrica y social donde esas unidades se situaban, e
incluso en relación al tiempo dentro del cual se vienen desarrollando, y
en un sentido de expansión a otros espacios, a otros tiempos, en el
propio universo.
Prácticamente
todo lo que llevo escrito se ha formado en esa estructura, para usar la
palabra en moda. Una estructura asimétrica, más sicológica que lógica,
más curvilínea que linear, como un autor siempre presente en esta
escultura flexible y que se flexiona, por así decir, en su propia
personalidad, siempre dispuesta a intervenir en la estructura de forma
aventurera, de forma siempre experimental, siempre incompleta y, sin duda,
dispuesta siempre a intentar completarse. De modo que la continuidad
cíclica que acaso en ella se encuentre es mucho menos calculada,
dirigida, localizada, que si fuera expresión de una experiencia human de
grupo y de cultura vinculada a la propia experiencia personal de su
creador, que para realizarse decidió interpretarse y completarse tanto
cuanto le fuera posible en sus creaciones. Y contando con lo que aún
siendo singularmente personal es también representativo, plural, de gran
parte de la gente, como la norteña de mi región; pero no solamente
ésta, sino también la hispánica, la hispano-cultural, particularmente
la latina y en gran parte, la eurotropical.
M.C.
- ¿Cuál es la misión de la civilización brasileña?
G.F.
- Toda mi actividad, ya sea de escritor o de antropólogo, está
condicionada por esta constante: la de que la literatura, el arte y la
ciencia en Brasil, para ser auténticas y vivas, necesitan expresar deseos
y corresponder a situaciones de un hombre y una civilización situados o
existenciales, en este caso tropicales. Esto no significa que Brasil se
deba desenvolver como una cultura antieuropea o contra Estados Unidos. Sin
embargo, sí significa que no debemos acomodarnos a una situación pasiva
de cultura subeuropea o subnorteamericana. Nuestra tarea consiste en
asociar valores europeos de civilización y valores de otros orígenes -
asiáticos, africanos e indígenas - y adaptarlos todos a nuestra
situación de civilización en desenvolvimiento en una zona o un ambiente
tropical, y es evidente que esa adaptación implica un drama, en difícil
renuncia a la comodidad de parásitos de Europa o los Estados Unidos, en
un esfuerzo a veces doloroso y, por consiguiente, dramático, como todo
esfuerzo creador o de recreación. Pero sólo así desarrollaremos un
arte, una literatura y una ciencia del hombre y de la tierra que
correspondan a nuestra situación y a nuestra ecología como a nuestro
destino. Esa es la misión de nuestra civilización como la de toda la
América Latina.
M.C.
- ¿Se considera antirracista apenas por actitud intelectual? ¿O qué
significa "morenidad" en relación a Brasil?
G.F.
- Me considero antirracista integral. Lo que estoy identificando como
morenidad es la tendencia creciente de parte del brasileño - hay
excepciones; me he referido al brasileño típico - a no hacer distingos
por diferencias cromáticas en la población brasileña, a olvidar
diferencias étnicas, a ver normalmente como sus iguales a todas las
personas de color, desde el que es sólo blanco moreno hasta el negro
retinto, llamándose todos morenos. El fenómeno semántico se presenta
con significados sociológicos favorables, con la tesis de que en Brasil
crece la tendencia al desarrollo de una democracia racial. Ya ésta
existe, pero con deficiencias; creo que tiende a volverse más amplia y
eficiente.
M.C.
- Precisamente ese antirracismo integral suyo, ¿tiene expresión en su
obra de científico y escritor?
G.F.
- Claro. Otra constante de mi actividad como escritor o antropólogo viene
siendo la tentativa de rehabilitación del africano y del mestizo
blanco-negro o negro-indio americanos, junto al reconocimiento de las
virtudes del ibero - especialmente del hispano-árabe -, del judío y del
indio americano, como elementos decisivos en la formación étnica y
cultural del pueblo brasileño, en particular, y de los pueblos
hispano-tropicales en general. En la demostración de lo que ha habido y
hay de positivo en esos elementos étnicos y culturales, durante muchos
años desprestigiados a los ojos de los brasileños o de los pueblos
hispano-tropicales, creo que reside la mayor importancia de mi obra y la
base de mi mayor influencia dentro y fuera de Brasil: en el mundo de
lengua española, como en el de legua portuguesa. Creo estar contribuyendo
a crear en el brasileño en particular y en el hispano-tropical en
general, la conciencia del valor de elementos vigentes en su formación,
por lo que hasta mis propios conceptos de exaltación y aliento eran, para
muchos, elementos desprestigiados y peyorativos: y también para unir a la
conciencia de ese valor la de que Brasil se viene anticipando a otras
democracias modernas - a las propias repúblicas socialistas - en ser una
democracia étnica, si no perfecta, ya muy avanzada.
M.C.
- ¿La lusotropicología posee un contenido filosófico-político?
G.F.
- En la lusotropicología que se desenvuelva como sistemática de estudio
teórico y aplicable dentro de una posible ciencia general - la
tropicología, en desarrollo especial en Brasil - y teniendo como
sistemática intermedia una hispanotropicología, es evidente que se
encuentra un contenido filosófico-político.
Aceptadas
como científicamente válidas las formas que le dan configuración
antropológica, junto a la ecológica, de esas formas comienza a surgir un
sentimiento filosófico-político que coincide con tradiciones,
aspiraciones, intereses, problemas comunes a los diversos grupos
socioculturales que constituyen el conjunto lusotropical, conjunto del
cual, bajo diversos aspectos, se presente Brasil con condiciones para ser
líder. Una responsabilidad política condicionada por una filosofía
antropoecológica.
M.C.
- Por cuanto he leído y sé de usted, se me figura su personalidad como
la de un intelectual independiente. Aunque muchos discutan la validez de
esa independencia intelectual suya, ¿la considera justa?
G.F.
- Sí. Pero cuando me considero un "intelectual independiente"
no le doy a la palabra "independiente" un sentido absoluto. En
esa acepción, ningún ser humano, intelectual o no, es independiente,
porque todos somos interdependientes. Sin embargo, en un sentido bastante
expresivo, hay intelectuales independientes de gobiernos, instituciones,
partidos e ideas cerradas. Es en el sentido de ser independiente de esos
"compromisos" que me considero como tal, de acuerdo, además,
con mi filosofía de una sociedad ideal a cualquier precio y por cualquier
medio (aunque no sé si es o no posible), que es el camino de la
filosofía anarquista.
M.C.
- Usted ha pronunciado una palabra clave: anarquista. Sin tomarla en su
rigor político específico, ¿la considera como explicativa de su
independencia de tutelas, de métodos prefigurados, delo que vulgarmente
se llama la vida académica, muy académica, pero sin vida?
G.F.
- Un psicólogo interesado en insignificancias explicaría quizá mis
relaciones desde la adolescencia, de itinerante inveterado por las
universidades fijas, como las de un individuo que desde niño tiene un
ánimo realmente anárquico y hasta bohemio de procurar afirmarse libre y
experimentalmente a su modo. Animo que nunca me abandonará. . . Habiendo
huido de casa a los seis años, fue como si en un niño de tan tierna edad
madrugase un eterno inquieto. Un migrator para siempre. Un experimentador
de los riesgos de la vida, a quien no le faltaría más de una "cita
con la muerte": en Recife, más de una vez; en el Atlántico, durante
la Segunda Guerra Mundial; en España, en plena guerra civil. Un nómada
aventurero durante toda su vida. Pero nómada solitario, no de grupo como
todos, no unido a su familia en el nomadismo, pero siempre nostálgico de
los suyos y de su lugar; que nunca dejaría de regresar junto a sus
padres, hermanos, esposas, hijos, a la provincia materna, al suburbio
rústico, sucesivamente dejándolos y volviendo a su convivio. Es difícil
decir si ese nómada por vocación fue más un romántico, aunque pequeño
Quijote siempre arriesgado y, a falta de una fe decisiva, siempre lleno de
esperanza, sin saber bien de qué, que un antirromántico Sancho, preso en
la tierra de su provincia y en su suburbio. Una cosa es cierta de ese
semiquijote: que su gran búsqueda ha sido no la de puras fantasías,
sino, hasta en la seminovela que ya escribió, sensibilizando con la
expresión de aquellas aun al difícil
The New York Times, la de una realidad más real que lo real. De
donde pueden comprenderse las palabras que moderno escritor galo, muy a la
francesa, pone en la boca del Quijote español: "Qué mierda sería
el mundo, si fuera sólo lo que parece ser". Pues la gran realidad
humana es la que siempre niega o desmiente lo apenas real.
M.C.
- Estas últimas consideraciones suyas creo que caben, por derecho propio,
en lo que es una de las mayores contribuciones (Gabriel García Márquez,
Juan Rulfo, Joao Guimaraes Rosa, etc.) de la literatura iberoamericana
moderna: el mundo maravilloso de lo real. Gilberto Freyre viene a ser otro
descubridor de ese fabuloso Eldorado del subconsciente colectivo. Pues
bien, háblenos ahora no de sus libros sociológicos, sino del de ficción - Dona Sinhá e
o Filho Padre - al que dio la clasificación de seminovela. ¿Cómo la
recibió la crítica?
G.F.
- Dona Sinhá e o Filho
Padre tiene ya cuatro ediciones en lengua portuguesa, y al aparecer en
inglés mereció una página entera del suplemento literario de The New
York Times, famoso por sus críticas de libros. El crítico
especializado la consideró como la obra precursora de una metaliteratura
en la que la ficción adquiere una nueva dimensión. Editorialmente, el
mismo Times incluyó ese libro brasileño entre los más
importantes de su género. En París, Roger Bastide lo consideró
"insólito y fascinante". Creo que en ese género la expresión
metanovelesca le permite al autor una libertad artística que no tendría
a través de medios literarios convencionales. Sé que el principal
continuador de Alberto Cavalcanti tiene listo el guión para una película
basada en Dona Sinhá
e o Filho Padre, con la que dicho continuador, que tiene formación
italiana y francesa, como cineasta discípulo del maestro Cavalcanti se
considera capaz de superar, con su película, a la de Muerte en Venecia,
de Thomas Mann. Recuérdese que el crítico Alberto Pescetto, en
Italia, proclamó a Dona Sinhá como "obra prima" en el
género, y luego la tradujo al italiano con el aplauso de quien entonces
era su huésped en Rapalo, Erza Pound, que en esa ocasión me dedicó y
autografió, por petición de Pescetto, una postal preciosa.
M.C.
- Vuelvo a llamarlo como Monegal llamó a Neruda: "el viajero
inmóvil". Vuelve siempre a su Recife y es en Recife donde encuentra
el medio ideal para escribir y meditar. Usted se calificó a sí mismo
como "provinciano endogámico y hasta incestuosamente enamorado de su
tierra". Recuerdo aquel consejo que le dio, en 1923, el historiador y
su amigo y coterráneo Oliveira Lima, cuando usted dejaba sus estudios
universitarios en los Estados Unidos y Europa: "Niño, no vaya a
Recife. Lo prevengo. El medio es muy estrecho espiritualmente, con
presunciones de lo contrario, y la envidia es mucha, constituyendo, por
desgracia, característica de la raza". La verdad es que usted no le
dio importancia al consejo y se instaló en Recife, ¿Cómo explicar su
apego intelectual a Recife?
G.F.
- Tal vez como masoquismo. Es en Recife donde soy más atacado, incluso en
la actualidad, sobre todo por no pernambucanos que vienen a hacer aquí
carreras periodísticas, policíacas, beletrísticas. Es aquí donde menos
se me quiere. Donde menos me aplauden. Nunca tuve aquí una apoteosis como
la reciente con que me conmovió São Paulo. No recibí explosiones de
entusiasmo juvenil como en la Sorbona, en Harvard, en Salamanca, en
Coimbra, en Zurich, en Münster, en San Marcos. En más, cuanto más me
hiere Recife, tanto más es mi amor por Recife. Por lo tanto, es
masoquismo. El número de posiciones, cargos y honras - en Río, en
Brasilia y en el extranjero - que he rechazado para no alejarme de Recife,
saben algunos que es enorme. La verdad es que Recife tiene el pudor de su
ternura. En lo más íntimo, el Recife o la Recife me ama muy
femeninamente; pero quiere que se sepa. Sin embargo, nosotros, Recife y
yo, nos comprendemos secretamente.
M.C.
- Gilberto Freyre ha sido considerado por algunos críticos de su
sociología como un pensador vuelto apenas hacia el pasado. Una especie de
Marcel Proust "a la recherche du temps perdu". Una especie de
sociólogo nostálgico sin dimensión o proyección para lo futuro; o
mejor, lo futuro no lo convierte él en materia de su pensamiento.
Verdaderamente, ¿cuál es su concepto existencial del tiempo?
G.F.
- No hace mucho, en un curso que di en Brasilia, tomé en consideración
ese tema. Expuse entonces mi concepto del tiempo como "tribio",
es decir, simultáneamente
presente, pasado y futuro. El curso se refería a Futurología, el
primero del género que se celebraba en América Latina.
"Tribio".
. . ¿Qué es tribio? "Tribio" es un neologismo que he lanzando
a la lengua portuguesa. Viene del griego, lengua que estudié en mi
juventud y que me ha defendido de una excesiva influencia latina en mi
portugués. Aplicado al tiempo, "tribio"quiere decir un tiempo
que tiene tres vidas dentro de una. Así es como concibo el tiempo. Cuando
me acusan de estar afincado al pasado es porque desconocen cómo lo
considero: un tiempo complejo y no un tiempo dividido convencionalmente.
Decir que un tiempo es pasado o es futuro o presente, es convencionalismo.
El tiempo es el tiempo. . . En Casa
Grande & Senzala, libro con que inicié mis trabajos en lengua
portuguesa, trato el pasado bajo la forma de presente e incluso de
proyecciones sobre el futuro. Esa es mi forma de conciliar el tiempo, lo
que me ha ocasionado críticas hasta de historiadores ortodoxos, los
cuales me recriminan por el hecho de no conservarme, en mis libros, fiel
al pasado que procuro evocar, comprender, interpretar. Para esos
historiadores, ellos están en lo cierto. Yo no me aferro a ese pasado,
porque para mí tiene siempre implicaciones sobre el presente y el futuro,
implicaciones que estoy siempre sugiriendo al tratar de lo que los
convencionalistas acostumbran llamar, con sus divisiones, pasado.
Esa
forma mía de tratar el tema ha sido apuntada ya por el que considero el
mayor crítico de ideas y de letras de hoy Rolland Barthes, que ha hecho
una crítica extremadamente lúcida y generosa sobre mis ideas y métodos.
En esa crítica, Rolland Barthes dijo que yo lanzaba una nueva concepción
del tiempo. En esto ha sido acompañado por nuestro querido Roger Bastide.
Digo nuestro querido porque es un francés, hoy profesor de la Sorbona,
que sigue muy ligado a Brasil, donde pasó algún tiempo, y que es uno de
los más notables sociólogos franceses e incluso europeos. Por su parte
Bastide, al tomar en consideración mi actitud para con el tiempo, sobre
todo en mi libro
Ordem e Progesso, escribió que yo desarrollaba las bases para lo
que él llama - y es él quien así lo llama - una "sociología del
tiempo", en la cual entra esta mi concepción del tiempo "tribio",
que él considera bajo una forma sistemática, enteramente nueva y
original.
M.C.
- Sabemos que con su libro Alem do Apenas Moderno (Río de Janeiro,
José Olympio, 1973), Gilberto Freyre inicia su carrera de futurólogo.
¿Puede decirnos algo más sobre su último libro publicado, tanto más
cuanto que el futuro se compone precisamente de lo que es imprevisible?
G.F.
- Este es mi primer libro sistemático sobre futurología global en legua
neolatina. En él se tornan en consideración, en algunos de sus aspectos,
posibles futuros del hombre, en general, y del hombre brasileño, en
particular. Creo que abre nuevas perspectivas al tiempo como tiempo "tribio".
En él considero, en ocho o nueve ensayos, esta cuestión del tiempo
"tribio" aplicado al tiempo y a varias situaciones. Es un libro
en el que además se aclara el hecho, olvidado por muchos, de que lo
moderno de que tanto se alardea como si fuera una cosa definida, un dios
al cual debiéramos sacrificarlo todo, es algo extremadamente efímero y
transitorio. Apenas iniciado el presente, ya es lo que los
convencionalistas llaman pasado, y al adelantarse ya es lo que los
convencionalistas llaman futuro. Así, en lo moderno debemos ser
apenas una parte mínima y fugaz del tiempo "tribio", que es un
tiempo de fluir continuo y en el cual la novela moderna (al decir moderna
me refiero a la novela desde Proust y Joyce hasta nuestros días) empezó
a tener una concepción mucho más clara que la que presentaba
antiguamente este género de literatura. Nuevo género literario es el del
tiempo que fluye, el del tiempo dentro del cual se modifican situaciones y
personajes, del que hace ver claramente que el personaje de la novela
larga, que se proyecta a través de una época enteramente de novela, no
es el mismo personaje, pues está siempre cambiando de acuerdo con el
tiempo - el tiempo social, el tiempo histórico, el tiempo sociológico -
dentro del cual vive.
M.C
- Hablamos ya de futurología. Hablemos ahora de las fuerzas
sobrenaturales y ocultas. ¿Cree en estas fuerzas de lo imponderable?
G.F.
- Creo en lo sobrenatural: - inclusive, como está fuera de moda decir, en
Dios - cuando las llamadas fuerzas ocultas son antes fenómenos
susceptibles de estudio científico que manifestaciones sobrenaturales,
rebeldes a ese estudio.
M.C.
- ¿Cree en el regreso de la magia? ¿Y en el diablo?, ¿no está éste
descontinuado?
G.F.
- En cuanto el hombre sea hombre, habrá lugar para lo mágico en su vida
y su cultura. No creo que el diablo, o sea lo demoniaco, esté
desapareciendo. Desmoronándose están ciertas representaciones o ciertas
imágenes convencionales del diablo; pero no lo demoniaco, no el demonio.
Se sabe que ahora mismo hay en París un revivir de la magia, inclusive de
la llamada magia negra. Sólo falta un nuevo Huysmans con el valor de dar
expresión literaria al fenómeno. Un nuevo Huysmans, o un nuevo Milton.
M.C.
- Seamos más íntimos. Hace un año leí un extraordinario ensayo del
filósofo catalán, radicado en los Estados Unidos, José Ferrater Mota.
El libro se llama El Ser y la
Muerte. Nunca un español meditó tanto sobre la muerte (esto sin
menospreciar a Quevedo, Santa Teresa o Unamuno). ¿Será verdad que el
sentido de muerte se encuentre ausente en su obra científica y literaria?
¿Es que el esplendor de los trópicos lo sustrajo del esplendor de la
muerte?
G.F.
- Si bien me interpreto, el sentido o la idea de la muerte no está
ausente de mis escritos sobre la condición humana, en lo general, ni a la
del hombre del trópico o a la del brasileño en particular, sino, al
contrario, bastante presente. No es que llegue a ser extremado o
absorbente; sin embargo, presente, sí. . . Está ligado ese sentido de la
muerte a mi concepto del tiempo "tribio" (tres tiempos: pasado,
presente y futuro, simultáneos y que constituyen un solo tiempo, complejo
y susceptible de alargarse más allá del tiempo). Está ligado a mi
concepción del tiempo y hasta del tiempo-esperanza. En varios de mis
libros y también en varia de mis pinturas se considera la frustración
representada en el tiempo en algunas sociedades, inclusive durante una
época considerable en la brasileña, por la muerte a veces idealizada o
sublimada del niño, de la mujer joven o del joven en general o en la
sugerida o representada por despedidas, partidas, hombres descendiendo
laderas, mujeres desapareciendo en la obscuridad, mujeres y a veces hasta
carruajes que van nadie sabe hacia dónde. La idea de la muerte también
está ligada en mí a una especie de filosofía personal, muy mística, de
la vida, que vengo siguiendo: a una como substitución de la fe, que es
tan escasa en mi caso, por la esperanza, como se ve en el pequeño poema En Salamanca, destacado
por el crítico y poeta César Leal como significativo, estética y
filosóficamente. El hecho de que planeo concluir mis estudios de
introducción a la historia (antropológica y sociológica) de la sociedad
patriarcal de Brasil, con un libro entero con el título de Jazigos y Covas Rasas -
y sobre el tema hay varias páginas mías en libros publicados - indica
que el sentido o la idea de la muerte no están ausentes de lo que
constituye realmente mi análisis, desdoblado en interpretación, de la
condición humana en general y de la del hombre del trópico - sobre todo
del brasileño - en particular. Ni podría ser de otro modo, dado lo mucho
que hay de ibérico en las bases de la concepción, supongo que un tanto
original, de la vida y de las condiciones humanas que de algún modo estoy
desarrollando. Y en la música, en la filosofía y en la antropología
ibéricas, la preocupación por la muerte es una constante que en sus
formas estáticas más extremadas se expresa en su superación por el eros
sublimado, como en Santa Teresa, o por el eros en danza entre la vida y la
muerte, como en las corridas de los mejores toreros. Personalmente tuve
encuentros que pudiera haber evitando, con la muerte, pero los que
contrariamente casi busqué, o a los que me entregué sin conseguir
explicarme tales actitudes, puesto que le tengo miedo a la muerte. De esos
encuentros recordaré los de casi una tarde entera, para en la noche del 3
de marzo de 1945 poder entrar de regreso en Brasil; el de 1939, ya
iniciada la guerra, en un vapor inglés que estaba en la mira de peleador
comandante alemán de submarinos ya en operación en el Atlántico; y mi
presencia casi desafiando a la muerte en España, en el período más
agudo e mortal de la guerra civil, en 1937. Recordando esos - y podría
citar otros - peligros de muerte a los que me enfrenté, sólo me parece
que el posible héroe fue otro y no mi propio yo. Pues repito que le tengo
miedo a la muerte, posiblemente porque a los veinte y pocos años más
sufrí terriblemente en la nada que puede significar la muerte. Como
Unamuno, soy de los que le exigen a Dios un más allá. Pero sigo
ignorando la decisión de Dios a ese respecto. Mi refugio es esperar. Algo
más: es la esperanza.
M.C.
- A pesar de su fondo anárquico, ¿se considera un conservador o un
progresista?
G.F.
- Me considero mixto, con una tendencia que surge ahora y luego otra. La
tendencia a la renovación o a la innovación, el ánimo experimental, el
gusto por la aventura y el riesgo han sido en mí, según creo,
predominantes; predominantes sin exclusividad. De mis excesos me
resguardó el gusto por la tradición, por la continuidad, por la propia
rutina. Es otra de mis contradicciones.
A
veces no puedo dejar de sonreír, con cierta malicia, de los reaccionarios
o de los adeptos de sistemas totalitarios en vigor, o a costa de las
policías políticas, por ejemplo la de la Unión Soviética, bajo varios
aspectos admirable, pero que me clasifica sin más ni más como
"reaccionario", o de la misma u otras que me tildan de
"superado".
M.C.
- ¿Está totalmente muerto el liberalismo o, por el contrario, podrá
resurgir en el mundo moderno, dándole forma?
G.F.
- Liberalismo o liberalismo: el económico, el político, el ideológico,
en sus sentidos específicos, sistemáticos, sectarios, convencionales,
no. En el sentido lato, más poético que lógico, sí. Es este
liberalismo el que se está produciendo en los países llamados
comunistas, pero en verdad totalitarios, por medio de insurrecciones,
sobre todo de los jóvenes, contra místicas o contra poderes
totalitarios. Es un liberalismo saludable.
M.C.
- ¿Cómo observa la revolución sexual, a la que asiste nuestro tiempo?
G.F.
- Lo que tiene lugar hoy es una nueva expresión en la serie de
revoluciones sexuales - revoluciones seguidas casi siempre de
contrarrevoluciones - que tienen verificación en la historia social del
hombre. La tendencia a lo unisexual se ha manifestado, a veces, contra la
tendencia a lo bisexual, sin triunfo definitivo de una tendencia sobre la
otra. La moderna aceptación en varios medios, del amor homosexual como
normal, no es una novedad sociológica; la hubo entre los griegos. Me
parece saludable la extensión que ahora se verifica, del concepto de
normalidades en el comportamiento sexual del hombre, reduciéndose el
campo de la anormalidad a insignificancias o rarezas.
M.C.
- Después de que hemos hablado del sexo, hagámoslo ahora de la mujer, a
mi modo de ver rebajada durante tantos siglos. ¿Considera el pasado de la
mujer como algo sin gloria para la historia de la humanidad?
G.F.
- Son raras las épocas en las que la mujer ha tenido en sociedades
históricas, oportunidades iguales a las del hombre. Aún así, piense en
una Santa Teresa de Jesús, rival de Cervantes en las letras en lengua
española. Piense en Sor Juana Inés de la Cruz. Piense en las novelistas
inglesas superiores a los novelistas de cualquier legua, en varios
aspectos. Piense en Elizabeth Barrett Browning, en la Reina Isabel I, en
Mme. Curie. Piense en las maestras norteamericanas de antropología
moderna, como Ruth Benedict y Margaret Mead. Y piense también en los
hombres, más mujeres que hombres en su modo de ser artistas, escritores,
creadores. El sexo femenino tiene ciertos derechos y los reclama para sí.
M.C.
- ¿Es posible la supervivencia de la mujer del tipo clásico de dechado
de prendas domésticas, en nuestra época cibernética, de computadoras
electrónicas?
G.F.
- La mujer sólo de su hogar difícilmente podrá sobrevivir entre
computadoras: será un arcaísmo. Una mujer socialmente arcaica. Pero no
creo que las llamadas "prendas domésticas" dejen de tener valor
en un mundo como el que comienza a definirse como posmoderno, en el cual
la automatización, el tiempo libre, el láser, permitan a la mujer y al
hombre dedicarse a artes como las de la cocina, la dulcería, la costura,
el bordado y la preparación de vinos y licores particulares, que
coinciden con las aptitudes y los gustos clasificados de ordinario entre
las muy aprovechadas, hipócritamente respetadas o injustamente
menospreciada "prendas domésticas". No pensemos en el futuro en
términos inmediatamente modernos, sino posmodernos. Es un asunto que
traté en mi libro Alem
do Apenas Moderno.
M.C.
- ¿Está a favor o en contra del divorcio en Brasil?
G.F.
- En el Brasil actual, necesitado de la máxima estabilidad para hacer
frente a los peligros de la necesaria tendencia al desarrollo,
decididamente en contra. En Brasil más que en varios otros países la
familia es base de estabilidad de la convivencia. Se trata de una
interpretación más sociológica que ética del asunto.
M.C.
- ¿Cuáles son los efectos del cine y la televisión en la literatura?
G.F.
- El cine, la televisión y también - no olvidarla -, la radio, están
afectando a la literatura en el sentido de valorizar en ella la expresión
oral. Pero sin que esa valorización haya causado hasta ahora ninguna
desvalorización substancial de la literatura gráfica. Desde luego, se
está verificando una mayor interpretación de la literatura en lo oral y
lo gráfico, ligada a posibilidades o intenciones de dramatización en el
teatro vivo, en la radio, en la televisión, en el cine, de creaciones de
escritores de tipo gráfico, pero también, es cierto, de poetas
modernísimos que en vez de especializarse en lo oral, se están esmerando
en dar formas estéticas o psicológicamente gráficas a sus poemas.
M.C.
- ¿Le gusta asistir a la representación de novelas por televisión?
G.F.
- Sí. Me acuerdo de "Cara Suja" como una de las telenovelas
brasileñas que más atrajo mi atención. Soy admirador de Sergio Cardoso,
así como también de Chico Anisio. Me repugnan, en algunas de esas
novelas, las situaciones cómicas en que se sitúa a personas de color
negro, por influencias, evidentemente, de los antiguos vodeviles
estadounidenses es los que siempre aparecía un negro ridiculizado.
¿Dónde se deja ver la censura a televisión en Brasil, que no se da
cuenta de esos antibrasileñismos, quizás intencionales o calculados? Y
aún hay quienes en revistas y periódicos están procurando introducir
entre nosotros el mito de la negritud, con intenciones sectariamente
ideológicas.
M.C
- ¿Qué es lo que lleva a Gilberto Freyre a hablar mucho de él mismo en
sus escritos?
G.F.
- Fundamentalmente no es por vanidad ni por anticipado esclarecer futuros
mal entendidos. Y sí por ser de acuerdo con mis raíces ibéricas y
principalmente españolas - tan agudamente observadas en mí por el
profesor Fernando Braudel, de la Sorbona -, un individuo esencial y
existencialmente autobiográfico. Acordémonos de Velázquez,
introduciéndose él mismo en el grupo de retratados en "Las
meninas", y del Greco, identificándose con los españoles e
identificando a los españoles con él, hasta formar una figura grecoide
del español.
M.C.
- Siendo usted un escritor de tantos libros y de tanto periodismo ¿será
posible que todos los días, sin fallas, consiga escribir?,¿no hay
pausas?
G.F.
- Trabajo más cuando me llega la voluntad de hacerlo, que por seguir una
disciplina regular, diaria. Diré que a veces amanezco sintiéndome
completamente incapaz de escribir. ¿Qué hago entonces? Paseo distraído
por la finca de la casa donde vivo, que es una casa con su tierra, como
las de antiguamente. . . Ando por la finca tocando las plantas viejas y
nuevas, mirando los árboles, amigos míos, y a veces hablando con los
nietos cuando me vienen a ver, hablando con niños, analfabetos y viejos.
Me gusta mucho hablar con estos tres tipos de personas: niños,
analfabetos y viejos, y cuando hablo de viejos me refiero a los mayores
que yo. A veces me entrego al arreglo de los libros acumulados. Es este un
trabajo, por así decir, de bracero, con muy poco de intelectual.
M.C.
- ¿Será una forma de buscar inspiración?
G.F.
- Sí, se puede decir en busca de inspiración. También en esos momentos
me gusta oír música. Música popular, que me atrae mucho. Música
brasileña y otras también populares. Tengo varios discos africanos. Por
lo que se refiere a música clásica, soy entusiasta de Bach. Me gusta
mucho oír a Bach y a ese Bach brasileño de quien he sido amigo, a
Villa-Lobos. Lo esencial en esas ocasiones, es evitar escribir, pero sí
releer. Digo releer porque una de las mayores alegrías de la vida del
escritor y de todos es releer. Y existen autores a quienes he releído
muchas veces. Uno de ellos es Eca, en Os Maias,
quizá el libro que más he leído en mi vida.
M.C.
- Siendo Eca de Queiroz un autor tan visitado por usted, ¿existe alguna
afinidad entre los dos?
G.F.
- Claro, claro, reconozco esa afinidad, mucha afinidad. Creo incluso que
es autor muy actual, muy de hoy. Lamento mucho no haber conocido a Eca de
Queiroz personalmente. Creo que nos hubiéramos comprendido muy bien. Pero
he conocido a su hijo, que hace poco falleció. Eramos amigos y hemos
charlado mucho sobre su padre. En su opinión, había algo en común entre
su padre y yo.
M.C.
- De todos sus libros, ¿cuál es el que más aprecia?
G.F.
- Debo decir que de mis libros el que más me gusta es Aventura y Rutina. Es
una especie de diario de viaje que empieza en Europa, va al Oriente y
Africa y es como un registro de mis impresiones. Es mi libro que considero
más expresionista que impresionista, y en cuanto a como está escrito es
el que más me complace.
M.C.
- Gilberto Freyre sorprendió a mucha gente con sus recientes exposiciones
de pintura realizadas en Recife, en Río de Janeiro y Sao Paulo. Pocas
personas saben que de niño, antes comenzó a pintar y a dibujar que a
hablar. Raros eran los que sabían que existía ese pintor secreto,
privado, confidencial. Pero, verdaderamente, el caso de usted nos recuerda
los de Unamuno y Federico García Lorca. ¿Afilia su pintura a alguna
escuela brasileña moderna?
G.F.
- Creo que no hay afiliación. Creo ser tan personal en lo que pinto como
en lo que escribo, y por consiguiente no seguir determinado estilo. Un
estilo, en pintura, es el en que a lo lírico, sensual, imaginativo,
realista, romántico e introspectivo, se une casi siempre algo de
irónico, crítico, dionisiaco o caricaturesco, incluso. Lo irónico
vuelto a veces más hacia el artista que sobre el objeto de su arte. Lo
caricatural es siempre apenas caricatural, nunca caricaturesco. "Sense
of humour".
M.C.
- ¿Por qué es que hasta hoy no ha ingresado en ninguna Academia?,
¿será que no se olvidó de aquel verso famoso de Rubén Darío, "De
las academias, líbranos, Señor"?
G.F.
- Por falta de vocación académica y no por ánimo antiacadémico. Temo
también que la convivencia académica perjudique a mi independencia de
anárquico.
M.C.
- Y verdaderamente, ¿por qué no enseñó nunca en universidades, de una
manera sistemática?
G.F
- Creo que la rutina es necesaria en las universidades y los gobiernos.
Entiéndase, sin embargo, que no empleo el término "rutina" en
sentido peyorativo. Reconozcamos que hay funciones que son verdaderamente
positivas en la rutina, que es estabilizadora, conservadora y
organizadora. Por otra parte, creo que toda la sociedad humana necesita de
alguien que niegue los valores de esa misma rutina y sea, por lo tanto,
innovador y renovador. Como me incluyo entre el número de individuos que
suponen tener esta última misión, me traicionaría a mí mismo si me
adhiriese a instituciones que provechosamente desempeñaran funciones de
rutina.
M.C.
- Miguel Asturias creía que la palabra escrita estaba amenazada de
muerte. ¿Cree lo mismo?
G.F.
- No veo que la palabra escrita esté amenazada de muerte. Que una palabra
mixta, medio oral, medio escrita, con los adelantamientos técnicos de los
medios orales y visuales de imágenes, tienda a tomar el relevo para la
difusión de obras intelectuales - varias de estas obras primas escritas
antes de volverse expresión oral, gesto, imagen o color - es un futuro ya
proyectado en el presente. Sin embargo, no me parece que ese fenómeno
traiga la muerte de la "palabra escrita" con sentido literario,
sobre todo en forma de "libro", indestructibles como lo son
evidentemente ciertos enlaces psicológicos y estéticos de ciertos
valores literarios, con sus expresiones gráficas y no apenas escritas.
Los perfeccionamientos de las artes gráficas y de presentación de la
palabra literaria en libros - inclusive en varias ediciones del
"libro de bolsillo" - que están teniendo lugar en los últimos
años, es evidente que no son acontecimientos en el vacío: corresponden a
una demanda, a una receptividad, a un gusto vivo y no en decadencia por
esa parte, o por lo que significa de asociación con la palabra literaria
y escrita.
M.C.
- ¿Cuáles son los motivos del creciente desprestigio político del
Estado de Pernambuco en el panorama nacional brasileño?
G.F.
- No me parece cierto que ese desprestigio venga todo de la transferencia
del poder político del norte al sur, cuando el café superó al azúcar.
Pues incluso en las últimas décadas del Imperio y durante la llamada
Primera República, Pernambuco siguió teniendo prestigio nacional en los
sectores políticos y culturales. Rosa e Silva, pernambucano, durante
muchos años y hasta 1911 fue líder político no sólo regional sino de
importancia nacional. Estacio Coimbra tuvo en sus manos en la crisis de la
sucesión de 1930, la presidencia de la República, y la rechazó para ser
leal al entonces presidente Washington Luis, erradamente empeñado en
hacer su sucesor a un político apenas de su confianza personal y sin la
resonancia nacional de Estacio Coimbra, a favor de cuyo nombre de
pernambucano prestigioso estaban dispuestos a renunciar a sus pretensiones
el gaucho Getulio Vargas y el minero Antonio Carlos. El desprestigio de
Pernambuco es un fenómeno que viene ocurriendo desde la "Revolución
del 30", cuando la élite política ligada a la cultural del Estado
fue desbaratada y sustituida por grupos mal preparados para el liderato.
Esa crisis de literato se fue acentuando y con ella el desprestigio de
Pernambuco.
M.C.
- El Estado de Pernambuco es cuna de grandes hombres: Joaquim Nabuco,
Manuel Bandeira, José Lins do Rego, Gilberto Freyre. De todos sus valores
pasados ¿cuál es el más fuerte, significativo y carismático?
G.F.
- Joaquim Nabuco. En los días difíciles que atravesaba el prestigio
nacional de Pernambuco, otrora esplendoroso, no hay ninguna figura de
pernambucano que nos inspire más a reafirmar aquellos valores nuestros,
hoy mal reconocidos por muchos, que la del pernambucanísimo Nabuco. El
amó a Pernambuco como debemos amarlo nosotros, procurando retribuir como
hijo y al ser grande y fuerte la protección recibida de la tierra
materna, protegiéndola a su vez contra las debilidades de su condición
de estado hoy pobre y cada vez más reducido a vivir de las últimas
alegrías de su hidalguía de provincia medio arruinada. Ruina de la que
ha de recuperarse en breve, volviendo a erguirse.
Nadie
más que Nabuco dio en Brasil y como brasileño en congresos
internacionales, dignidad a la voz parlamentaria. La engrandeció. Le dio
valor. . . la embelleció tanto con belleza literaria como moral. La
enriqueció tanto con saber sociológico como con sabiduría política.
Fue voz de erudito, eximio tanto en el expresarse en el más puro francés
de academia y en el mejor inglés de Harvard y de Columbia, como en el
tratar sencillo desde Massangana con los esclavos y otros rústicos de los
ingenios de esta su tierra, y en Recife con artesanos, obreros y demás
hombres rudos del pueblo.
M.C.
- ¿Está a favor de una urgente y necesaria reforma agraria brasileña?
G.F.
- Sí. Ya me he manifestado mucho sobre el asunto. Sin embargo, no diría
"reforma agraria brasileña", en singular, y sí reformas
agrarias brasileñas, en plural. En esta materia, como en varias otras,
necesitamos ser pluralistas o regionalistas, en vez de uniformistas. La
reforma agraria reclamada para el noroeste brasileño o el extremo norte
no son, evidentemente, las mismas que es preciso realizar en zonas como la
paulista y la paranaense que, mientras tanto, necesitan también sus
reformas agrarias. Ninguna región brasileña necesita más una reforma
agraria inteligente, evitándose el simplismo o la demagogia ideológica,
que el noreste.
M.C.
- Portugal vive su gran hora de descolonización que la política del
Estado Nuevo (1926-1974) impidió, usando sólo argumentos semánticos. Y
los territorios exportugueses de Africa - Guinea, Angola y Mozambique -
viven su propia hora de nacionalización. Usted que tanto investigó sobre
el comportamiento de los portugueses en Africa, como comportamiento
también registrado en su Brasil colonial; que tanto conoce sobre esos
territorios africanos de lengua portuguesa, ¿qué mensaje quiere dejar a
los presentes y los futuros habitantes de esos territorios?
G.F.
- No tenemos derecho, como brasileños, a desear en el plano sociológico
otro futuro para los angolanos, los mozambiqueños, las gentes de Guinea,
de Macao, de Timor, de Goa, que éste: que pasen de la colonización, no a
una descolonización antiportuguesa, antieuropea, anticristiana, sino a
una fase para ellos más creadora y responsable: de autocolonización. Que
se autocolonialicen, afirmándose autónomos. Es el proceso brasileño:
continuamos la colonización portuguesa iniciada en las vastas tierras que
forman actualmente a Brasil, a través de un esfuerzo de autocolonización
que aquí precedió a la independencia. Esfuerzo que actualmente es
exclusivo nuestro, sin que nos haya faltando ni nos falte ahora; a
participación portuguesa, y sin que repudiemos cuanta colaboración de
otros orígenes se integre en ese esfuerzo y dentro de la constante
lusotropical que caracteriza nuestra forma de civilización en el trópico
y nuestro tipo de convivencia humana. Es un tipo de convivencia en el que
al paralelismo en la convivencia de razas y culturas, con el peligro de
segregaciones y racismos, se prefieren el mestizaje y la interpenetración
de culturas, sin, a pesar de eso, oprimir a las supervivencias de razas y
culturas, en tanto no se constituyan los llamados quistes raciales o
culturales. Estos tenemos que considerarlos en Brasil como antinacionales.
A
los lusotropicales de las Africas y los Orientes portugueses les deseamos,
los brasileños, que en el plano sociológico extiendan las primeras
oportunidades a través de una sensata autocolonización, semejante a la
nuestra, a los elementos todavía no asimilados a la convivencia nacional.
Los lazos culturales con Portugal seguirán siendo necesarios para la
defensa de núcleos prenacionales o paranacionales, de lusotropicales, en
Africa y el Oriente - como lo fueron en Brasil -, contra imperialismos
voraces, para que no se realicen descolonizaciones repentinas y violentas.
Pues en los vacíos que se formaran podrían desarrollarse diversas formas
de neocolonialismo: comunistas y totalitarias, unas, y ortodoxamente
capitalistas otras.
Esta
es la situación del problema en su realidad sociológica, a la que no
pueden ser extrañas ni la acción cultural, desvinculada de la política,
del Portugal europeo, en Africa y el Oriente, ni la política cultural
brasileña con relación a Portugal y a los grupos fraternos de
lusotropicales que en parte de Africa y en costa del Oriente se vuelven
hacia Brasil, como hacia un coparticipante en los esfuerzos de resolución
de algunos de sus problemas apolíticos: socioculturales.
M.C.
- ¿Cómo se siente a los 74 años de edad?
G.F.
- Inquieto, agónico, lleno de preocupaciones y hasta de angustias. No
creo que me haya serenado. Sigo siendo introspectivo; pero también
observador, a veces voluptuoso, de los exteriores de la vida y el mundo.
Observador y hasta participante. Siendo místico, soy también sensual.
Algunos dicen que soy libidinoso. No contesto. Pero la libido en mí no
está tan suelta. Parte de ella está reprimida y en lenguaje freudiano,
"sublimada". Algún malicioso dirá que después de los 70
años, poco habrá que reprimir; pero contra esa malicia se levantan, para
otros que no son el mío, por supuesto, ejemplos de Goethes y, en algunos
de esos casos, completando a los Goethes, ejemplos de "Lolitas".
Lourenco
Marques, Mozambique. / Recife, Brasil (septiembre de
1974).
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