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Enrique
III fue el último Valois, el último Rey de Francia de la Casa de Valois
(l55l-l589). Sus padres fueron Enrique II y Catalina de Médicis. Era rey
electo de Polonia hacía un año cuando falleció su hermano Carlos IX sin
sucesión el 30 de mayo de 1574. Antes de un año (l3 febrero l575)
Enrique era consagrado en Reims como Rey de Francia, contrayendo
matrimonio con Luisa de Lorena.
Durante
su reinado, Francia se vio asolada por las luchas entre católicos y
hugonotes. Como consecuencia de estas discordias, se crea en l576 la Santa
Unión Católica llamada SANTA LIGA y se emite el edicto de Beaulieu que
concedía a los reformados el derecho a ser admitidos en los empleos públicos,
el practicar su culto públicamente excepto en Paris, tener representación
en los Parlamentos y otros beneficios. Su jefe fue Enrique de Guisa,
llamado "El Acuchillado", que aspiraba a la corona de Francia.
En 1576
convoca los Estados Generales en Blois promulgando la ordenanza de Blois
seguidamente. Al morir el Duque de Alençon en 1584, el hugonote Enrique
de Navarra se convierte en presunto heredero del trono y se inicia la
llamada "guerra de los tres Enriques", porque en ella tomaron
parte Enrique III y Enrique de Navarra, aliados contra Enrique de Guisa.
En 1588,
a pesar de la defensa del rey, el de Guisa entró en Paris, al tiempo que
tras el toque de rebato se empiezan a levantar barricadas en las calles
(Jornada de las Barricadas). Abandonado por todos, Enrique III se refugia
en Chartres, donde hace asesinar a Enrique de Guisa y a su hermano el
Cardenal de Guisa (23 y 24 de diciembre de 1588).
Seguidamente, ayudado
por Enrique de Navarra pone cerco a Paris y será durante este tiempo
cuando es asesinado por el monje Jacques Clement, partidario de la Liga.
Antes de morir hizo reconocer como rey a Enrique de Navarra.
Los
Estados generales de Blois
En enero
de l577, los primeros Estados Generales de Blois se habían declarado a
favor de la unidad religiosa y por consecuencia de la guerra contra los
hugonotes.
Carlos IX
muere en medio de una terrible enfermedad, caracterizada por convulsiones
y accesos de delirio furioso durante los cuales sangraba por todos los
poros, la nariz y los oídos. Consumido y estremecido por visiones
sangrientas, escuchando los lamentos y gritos de aquellos que había hecho
degollar, se extinguió su vida a los 24 años rodeado de aquellas
espantosas visiones, abandonado por todos excepto por su nodriza hugonote.
Le sucedió
en el trono el Duque de Anjou que se encontraba en Polonia como rey de
aquel país, aunque descontento con su cargo. Por eso, en cuanto supo de
la muerte de Carlos IX, huyó de Polonia, de noche, como un malhechor.
Pasando por Viena donde hizo un alto, llegó a París dos meses después.
Su débil carácter no era el más adecuado para dominar la situación que
le había dejado su predecesor y sus costumbres depravadas que cantaron
pronto las coplas populares, le granjearon muy pocas simpatías. Para
disimular muchas de estas costumbres, participaba ostentosamente en
procesiones de flagelantes y practicaba ayunos, pero no engañaba a nadie.
Sólo preocupado de su persona y de verse rodeado de jóvenes efebos con
reacciones más propias de una mujer que de un varón firme como el que
necesitaba Francia en el trono en aquellos tiempos, lo primero que hizo al
entrar en Francia fue ordenar a los protestantes hacerse católicos o
salir del reino.
Se cuenta
de él que cuando fue coronado, se quejó de que le hacía daño en la
cabeza aquella pesada corona que por dos veces estuvo a punto de resbalar
de su cabeza, lo que fue tomado por mal augurio entre los supersticiosos
franceses.
Más de
un millón de personas habían muerto con motivo de las guerras civiles de
los últimos años. Catalina de Médicis, la madre de Carlos y Enrique, no
había podido impedir aquel caos. Los católicos exaltados y los hugonotes
fanáticos habían formado sus respectivos partidos políticos. Los
hermanos Guisa estaban a la cabeza de los católicos y los Borbones a la
cabeza de los protestantes. Los jefes más connotados de estos últimos
habían muerto durante la tristemente famosa noche de San Bartolomé. Los
calvinistas sólo disponían como jefe del rey de Navarra, a quien
preocupaban más sus intereses que la religión. Enrique, aislado, leía y
releía a Maquiavelo.
Después
de múltiples guerras y escaramuzas entre las diversas facciones que
componían el reino, se estableció una aparente paz que perjudicaba a los
católicos y Henri de Guisa hizo expedir a toda Francia el acta
constitutiva de la Santa Liga por la cual "los príncipes, señores,
gentilhombres y todos los asociados juraron retener el santo servicio de
Dios según la forma de la Santa Madre Iglesia Católica, conservar al Rey
Enrique III con el máximo esplendor y autoridad y proceder contra quienes
persiguiesen esta unión sin excepción"
fue designado Jefe de la Liga Enrique de Guisa, que en realidad pretendía
llegar al trono. A pesar de los juramentos, comenzó una sorda campaña
para desacreditar al Rey, cosa nada difícil, acusándole entre muchas
otras cosas de ser cómplice encubierto de los hugonotes y poniendo de
relieve sus depravadas costumbres.
Los
Estados Generales de Blois (1576) presentaron ante Enrique III la gravedad
del peligro que se cernía sobre él. Estos mismos Estados Generales,
elegidos bajo la influencia de los Guisa atentaron contra la libertad de
los protestantes y contra la autoridad del Rey, pidiendo el
restablecimiento de la unidad religiosa.
Enrique
III para contrarrestar a la Liga, rechazó las ideas políticas de los
Estados Generales y se lanzó a un catolicismo violento, firmando la Liga
y declarándose su jefe creyendo dar así un golpe maestro suplantando a
los Guisa. Con esta acción descendía del papel de rey al de jefe de
partido, declarando la guerra a los calvinistas. Se decidió la supresión
del culto reformado. Esto suponía la guerra y la guerra requiere dinero y
el rey carecía del necesario para llevarla a cabo.
La corte
pervertida de Enrique III no era el ambiente más apropiado para
enfrentarse con los serios problemas que padecía el país. Los asesinatos
se cometían alternativamente por unos y por otros. Cada príncipe tenía
sus asesinos a sueldo.
Muere el
Duque de Anjou, hermano de Enrique III en su expedición a los Países
Bajos y Enrique no tiene descendencia, así que si él moría
necesariamente se extinguía la dinastía de los Valois heredando de esta
forma los Borbones el reino de Francia.
Enrique
de Guisa copmprende que ha llegado el momento de dar su golpe político y
el 3l de diciembre de 1534 firma con Felipe II de España el Tratado de
Joinville por el que se comprometen ambos a extirpar las sectas y las
herejías, excluyendo del trono de Francia a los herejes y asegurando la
sucesión de los Valois a Carlos de Borbón.
Guisa
prepara un manifiesto de la Liga que levanta al país en armas. La posición
de Enrique III es cada vez más difícil. Ahora se encuentra entre dos
serios enemigos: los Guisa y los Borbones, católicos y hugonotes. París
se declara por los Guisa y el Rey es rechazado de la capital.
Surge
entonces la figura de Enrique de Navarra, con sus montañeses de los
Pirineos. Era un excelente soldado que había conseguido todo a punta de
su espada y su fortaleza física. En materia religiosa era variable,
habiendo abjurado varias veces de una religión a otra según su
conveniencia política. Era tolerante por naturaleza y nada fanático.
Decidió tomar partido por Enrique III y sus aliados contra los Jefes de
la Liga a los que consideraba responsables de los males que sufría
Francia.
Ante las
peculiares circunstancias renacieron el feudalismo y la comunas. Según
los predicadores, el Rey era un tirano y no cesaban de azuzar a las masas
contra él. La Sorbona declaró que "se podía quitar el gobierno a
los príncipes que no se portasen como era su deber, así como la
administración a los tutores que se tuvieran por sospechosos. Enrique III
prohibió al Duque de Guisa entrar en París y acantonó en los barrios de
Saint Denis y Saint Martin a 4.000 suizos con varias compañías de
guardias. El Rey se fortificó en el Louvre y el Jefe de la Liga en el
Palacio de Guise. Los Guisa exigían al Rey que restableciese el Tribunal
de la Inquisición y que intensificase la guerra contra los herejes. París
se erizó de barricadas. Guisa exigió el poder, ser nombrado Teniente
General del Reino, convocar los Estados en París, la deposición de los
Borbones, los gobiernos de las provincias para sus amigos y todos los
cargos importantes. Enrique III huyó del Louvre que se había convertido
en una trampa. Así el Duque de Guisa tenía a París pero no tenía al
Rey. Había un Rey de París y un Rey de Francia.
Y sin
embargo, el Rey una vez a salvo, accedió a todas las peticiones de Guisa, convocando
los Estados en Blois. Tenía sus razones para ello. Los
Estados de Blois estaban compuestos por los partidarios de la Liga más
furibundos enemigos del Rey.
Los
amigos decían a Guisa que no fuese a Blois, que no se fiase del Rey. El
Rey citó al Consejo a las 6 de la mañana, pero al mismo tiempo reunió a
sus famosos CUARENTA Y CINCO, que eran su guardia personal muy
seleccionada, de su total confianza, diciéndoles: "El Duque de Guisa
viene dispuesto a realizar un último esfuerzo por apoderarse de mi
persona y del reino y para ello quitarme la vida. Hemos llegado a un
extremo que es preciso que muera uno de los dos y que sea esta mañana. ¿Queréis
servirme y vengarme?". Como un solo hombre aquellos 45 dijeron que
estaban dispuestos a matar al rebelde. El propio Rey distribuyó puñales
entre ellos, situándolos estratégicamente en su gabinete, su habitación
y en la escalera.
Llegó el
Duque, entrando en la Sala del Consejo. Le hicieron pasar a la habitación
donde se suponía que estaba el Rey. En el momento de abrir la puerta, uno
de los 45 le sujetó el brazo y le hundió su puñal en el pecho. Luchó
sin embargo el de Guisa, pero aparecieron otros de los hombres de la
guardia armados de puñales, acribillándole con ellos a puñaladas. En la
lucha iban de un lado al otro. Guisa llegó en el curso de la pelea hasta
el pie del lecho del Rey, donde cayó. Una nube de puñales le atravesó
por todas partes. Al escuchar el ruido de la lucha, el hermano del Duque,
el Cardenal de Guisa entró gritando: "¡Habéis matado a mi
hermano!". No le valió su condición de Cardenal. fue detenido por
la Guardia personal del Rey y al día siguiente muerto a golpes de
alabarda. Luego ambos cadáveres fueron quemados en una pira para que no
se pudiesen hacer reliquias con sus restos. Estos hechos tuvieron lugar
los día 23 y 24 de diciembre de 1588. Se dice de Enrique III que cuando vio
el cadáver del de Guisa exclamó: "¡Ya no somos dos! ¡Ahora sí
que soy el Rey!" y luego añadió sin poder contener la admiración
que sentía por su enemigo: "¡Dios mío, qué grande era!¡Parece más
grande muerto que vivo!".
Enrique
III después de contemplar el cadáver de su enemigo y fue a ver a la
Reina Catalina que estaba moribunda en su lecho de enferma. "He
vuelto a ser Rey de Francia, pues hice matar al Rey de París", dijo
a su madre. A lo que débilmente respondió Catalina de Médicis: "No
consiste todo en cortar, hijo mío, es preciso también recoser". Con
ello quería significar que matar al Duque de Guisa no era eliminar la
Liga. "Muerto el perro se acabó la rabia" exclamaba Enrique
III, pero se engañaba. Los Guisa sacaban su fuerza de la Liga y no la
Liga de los Guisa.
La
noticia del doble crimen llegó a París. El pueblo entero se levantó
indignado declarando a los dos hermanos "mártires de
Jesucristo". Los predicadores hicieron jurar a todos los parisinos
que derramarían hasta la última gota de su sangre hasta vengar a los
Guisa. Una procesión de más de 100.000 personas recorrió las calles de
París llevando cirios encendidos y a una señal convenida fueron apagados
todos al mismo tiempo a la vez que todos gritaban a la vez la frase mágica:
"Dios extingue de esta misma forma la raza de los Valois".
Muchos
otros parisinos hacían figuras de cera que representaban al odiado Rey y
atravesaban con agujas el corazón al mismo tiempo que pronunciaban las
palabras mágicas con lo que esperaban que el Rey moriría por este acto
de magia negra. La gente decía que el Rey tenía comercio con el diablo.
Catalina
de Médicis moría en aquellos momentos. El Papa lanzaba la excomunión
por el asesinato del Cardenal de Guisa. El Rey tuvo que ponerse en manos
del Rey de Navarra a quien convino la muerte de los Guisa cuyo triunfo
hubiese ocasionado su ruina. El bearnés como llamaban al navarro exclamó
según se dice esta frase: "El diablo anda suelto. Si yo no fuese
hugonote, me haría turco. Este año es definitivo para mí".
Enrique
III recibió al Rey de Navarra y le dio como fortaleza el castillo y
villa de Saumur. El bearnés se postró ante el Rey que le levantó
inmediatamente llamándole "hermano". El ejército protestante
se unió al ejército real bajo la misma bandera, con lo cual el panorama
había dado un giro copernicano. Ahora era la Liga democrática la que
amenazaba la realeza. La monarquía podía entrar en lucha contra las
masas católicas alzadas contra ella. En poco tiempo, el ejército real se
apoderó de zonas estratégicas llegando a las puertas de París extendiéndose
por toda la "rive gauche" del Sena. Saint Cloud y Meudon fueron
el cuartel general de Enrique III de Francia y de Enrique de Navarra. Ante
la vista del Paris del que tuvo que salir huyendo exclamó Enrique III:
"Paris, eres una cabeza demasiado grande para el cuerpo; necesitas
una sangría para curarte. Es precisa otra noche de San Bartolomé, pero
ahora al revés".
Envió un
recado a la Duquesa de Montpensier, su gran enemiga, diciéndole que el día
que entrase en París la haría quemar viva, a lo que ella respondió que
por su parte ella haría todo cuanto estuviese en sus manos para que no
fuese así y que en cuanto al fuego estaba reservado a los sodomitas como
era el propio rey.
Catalina
María de Lorena, Duquesa de Montpensier era hija del Duque Francisco de
Guisa, nacida en 1552, hermana del Duque Enrique de Guisa, que por su
matrimonio en 1570 con el Duque de Montpensier, Luis II de Borbón, se
convirtió en Duquesa de Montpensier. El Rey la llamaba "la
coja" por el defecto que padecía. La Montpensier, enemiga acérrima
de Enrique III y ávida de venganza, enseñaba a todos sus amigos unas
tijeras con las que se proponía tonsurar al Rey, una vez fuera declarado
indigno del trono.
La
Montpensier comenzó por agitar a los predicadores, y se buscó un brazo
lo suficientemente fanático para que pusiera en práctica la doctrina del
tiranicidio. Se esperaba el asalto a París el 2 de agosto. La víspera
por la mañana, un joven fraile del Convento de los Jacobinos, Jacques
Clement, salió de París con pasaportes falsos y se dirigió a Saint
Cloud para llevar a cabo el proyecto fraguado por la Duquesa de
Montpensier ayudada por el Duque Mayenne, su otro hermano, que se puso al
frente de la Liga. Veamos cómo se sucedieron los hechos a partir de aquel
momento.
EL
ASESINATO
LUNES 31
DE JULIO DE 1589. El Rey Enrique III se encontraba alojado en la Casa de
Gondi, antiguo servidor de su madre, en Saint Cloud, rodeado de sus tropas
que ponían cerco a París, esperando el ataque a la ciudad donde ya se
decía que no habría bastantes vigas para fabricar horcas donde colgar a
tanta gente.
Por el
camino de Paris a Saint Cloud marcha el fraile jacobino Jacques Clement
escoltado por dos soldados del Regimiento del Rey. Era un hombrecillo al
parecer de poca fortaleza y débil constitución, con barba corta, los
cabellos recortados dejando una corona como acostumbran los de su Orden,
los ojos muy grandes, vistiendo el sayo propio de la orden jacobina. Había
salido de París y se había presentado a los soldados del Rey que hacían
guardia en el camino declarándoles que tenía algo muy importante que
comunicar a Su Majestad. Llevaba cartas de personas muy allegadas al Rey
como M. de Harlay que se encontraba prisionero en La Bastilla y de otras
personas que además le habían proporcionado un pasaporte para poder
salir de París.
Los
soldados, al llegar a la cercanías de Saint Cloud, se presentaron al
Procurador General M. de La Guesle, entregándole al fraile y sus papeles.
El Procurador estudió los documentos y como conocía al fraile
personalmente por haberle visto acompañar a uno de los predicadores de su
Orden, le hizo montar a la grupa del caballo de su hermano que le acompañaba.
Los documentos del fraile eran una carta del Presidente Harlay y un
pasaporte en regla librado por el Conde de Brienne, que se encontraba en
el Louvre prisionero de la Liga.
Este
pasaporte, firmado por Carlos de Luxemburgo, Conde de Brienne, existe
todavía y se encuentra en el folio 1 del manuscrito francés nº 14.054
de la Biblioteca Nacional de París incluido en el proceso criminal póstumo
que se hizo a Fray Jacques Clement por el Cardenal de Richelieu. Pueden
verse sobre él aún restos de manchas de sangre del propio fraile
procedentes de las heridas que le ocasionaron la muerte.
Aunque el
Procurador General De Guesle quiso averiguar el motivo por el cual tenía
tanto interés en ver al Rey, Fr. Clement no se lo quiso confiar, diciendo
que sólo el Rey podía oír aquel mensaje.
¿Quién
era el Hermano Jacques Clement?
Mucho se
ha escrito en Francia sobre este individuo y muy contradictorias opiniones
han sido vertidas por unos y por otros autores. De todo cuanto hemos leído,
lo que se ajusta más a la realidad es que nació en la villa de
Serbonnes, cerca de Sens en la Baja Borgoña, de familia humilde. Según
unos autores, en la fecha que le encontramos dispuesto a hablar con el
Rey, tenía 23 años. Otros señalan que tenía 28. Según parece, primero
fue soldado y luego ingresó en el Convento de Jacobinos de Sens, pasando
más tarde a París al Colegio de la Orden para continuar sus estudios un
año o dos antes de que le encontremos en el camino de Saint Cloud. Hacía
seis meses que había recibido las órdenes.
Algunos
de los autores de la época que hemos consultado le tachan de "pobre
tonto", otros aseguran que vivía "en el libertinaje y la
ociosidad" y que había sido reprendido y castigado en varias
ocasiones por hurtos y otras graves faltas. En cambio otros autores le
tienen por religioso de gran probidad y buena conciencia. La opinión del
P. Bourgoing, prior del Convento, es que era el más tonto, el más idiota
y el más torpe de todos sus monjes. Ya veremos que estas opiniones no
encajan con la serie de astucias, decisiones y pasos que tuvo que dar para
llegar hasta su víctima, a menos que se piense que existía un complot
muy bien planificado para asesinar al Rey, del cual fue el brazo ejecutor
Fray Clement precisamente por ser el más fácil de manipular, sugestionar
y fanatizar.
Otro de
los frailes que fue procesado posteriormente, el Hermano Mergey, dijo
durante el proceso que los religiosos del Convento se reían mucho de Fray
Clement cuando hablaba por lo loco y atolondrado que era.
A través
de todo lo escrito puede llegarse a la conclusión de que era una
mentalidad fácil de sugestionar, manipular, fanatizar y convencer de que
estaba destinado a realizar una gran tarea como era eliminar al tirano
hereje que iba a ser responsable de muchos crímenes de católicos.
Mas, ¿por
qué elegir precisamente a un fraile de estas condiciones para asesinar al
Rey?
Los
enemigos del Monarca, especialmente la Duquesa de Montpensier, conocían
muy bien una de las debilidades del Rey, que era su atracción por los
eclesiásticos y especialmente por los frailes. Enrique III había llegado
a manifestar que "la presencia de un monje, le producía siempre un
gran placer y un efecto sobre su alma semejante al más delicado
cosquilleo sobre el cuerpo". Estas palabras son textuales del Rey,
quien en varias ocasiones lo había manifestado así.
Aquella
noche, el Hermano Clement fue dejado por el Procurador M. de La Guesle en
su propia casa, esperando que el próximo día pudiese conseguir la
deseada audiencia con el Rey. Comió el fraile alegremente con las gentes
de la casa del Procurador, utilizando para cortar la carne, su propio
cuchillo afilado que sacaba de la manga de su hábito. ¿Cómo iban a
sospechar que aquel cuchillo y aquel fraile iban a cambiar los destinos de
Francia?
Martes 1
de julio de 1589 . El Hermano Clement durmió profundamente aquella noche
y a las seis de la mañana siguiente fue despertado por el Procurador
General. Según algunos autores como el Embajador español Bernardino de
Mendoza, el Hermano Clement dijo misa tranquilamente, asistiendo a ella el
Sr. de La Guesle, pero otros niegan tal hecho.
Seguidamente,
serían las 7 de la mañana cuando el Procurador acompañó a Fr. Clement
hacia la vivienda del Rey en el Palacio de Gondi. Por el camino se les
reunió el cirujano del Monarca Antoine Portail que iba también a verle.
Fr. Clement le dio noticias de su esposa y de su hija que estaban en París
muy afligidas por la separación y de su hijo que estaba en la Bastilla.
En la
antesala del Monarca había varios cortesanos. El Procurador preguntó al
primer Ayuda de Cámara del monarca si el Rey podría recibir al fraile
que tenía algo muy urgente que decirle. El Ayuda de Cámara salió al
cabo de poco rato diciendo que Su Majestad les recibiría en su recámara.
Esperaron
un poco y por fin entraron en la habitación. El Rey estaba acompañado
por el Sr. de Bellegarde, vestido con su ropa de cámara leyendo en un
libro. Podemos imaginarnos la escena. El Rey, sentado en un sillón. Cerca
de él M. de Bellegarde y ahora el Procurador De la Guesle y el fraile que
entran. La Guesle mantiene al fraile a distancia y dice que le hable desde
allí al Monarca. Le pide sus documentos y se los muestra al Rey quien
mira el pasaporte del Conde de Brienne y la carta del Presidente de
Harlay. Lee atentamente los documentos y los tiene por buenos. Hace un
gesto a Fr. Clement para que se aproxime y le dijese a qué venía. Este
se aproxima unos pasos, siempre acompañado por el Procurador. M. de
Bellegarde está al lado opuesto. Pasaporte y carta son devueltos a Fr.
Clement que los guarda sin inmutarse, al mismo tiempo que dice:
"Sire, el Sr. Presidente se encuentra bien y os besa las manos".
Seguidamente manifiesta que debía hablar aparte a Su Majestad. La Guesle
le dice que puede hacerlo en voz alta pues las dos personas tienen toda la
confianza del Rey. Pero Enrique III, sin desconfiar, hace un gesto de que
se aproxime Fr. Clement. Entonces La Guesle y Bellegarde retroceden
dejando avanzar al fraile. El Rey se inclina como para que le hable en voz
baja al oído. El fraile se aproxima como para hablarle y entregarle una
carta que parece sacar de su manga, pero en lugar de la supuesta carta,
saca el filoso cuchillo que velozmente hunde en el bajo vientre del
descuidado Monarca.
"¡Oh,
Dios mío!" exclama éste. "¡Maldito monje, me habéis
matado!". El Rey, incorporándose, se arranca él mismo el cuchillo
de la herida por la que asoman los intestinos y golpea al fraile en la
cara.
Al mismo
tiempo La Guesle y Bellegarde, sacando sus espadas caen sobre el monje
sujetándole por el cuello sin querer acabar con él ya que vivo les sería
más útil para que revelase quién estaba detrás de él en aquel crimen.
Pero al ruido de la pelea, entraron los hombres de la guardia real que
estaban de guardia en la galería y cayendo sobre el jacobino le cosieron
a estocadas dándole muerte en el acto y tirando su cadáver al patio.
Mientras
tanto, el Rey cae en su sillón sujetándose los intestinos con las manos.
Sus ayudantes le llevan cuidadosamente a la cama avisando de inmediato a
sus médicos.
L a H e r
i d a
El Rey
había recibido la violenta cuchillada en el lado derecho del bajo
vientre, por debajo del ombligo, de arriba abajo. Al principio no se creyó
que la herida fuese tan grave. Entraron los cirujanos Antoine Portail y
Pierre Piqué con el médico Pierre de Lefèvre.
Dejaron
expuesta la herida, comprobando, según refieren los documentos de la época
que "tenía la longitud de un dedo y estaba situada a cuatro dedos
por debajo del ombligo, hacia el lado derecho, a un dedo de longitud de la
parte media del vientre, habiendo sangrado mucho y habiéndose agrandado
por la forma en que extrajo el cuchillo el propio herido".
El
cirujano Portail sondó la herida y de inmediato comprendió que no había
esperanzas de salvación para el Rey y así dijo en latín a sus colegas:
"Creo que los intestinos están seccionados". Aparte dijo a los
servidores del Rey: "Creo que no se puede salvar al Rey". Pero a
éste le dijo para animarle: "En un par de días Su Majestad podrá
montar a caballo". Seguidamente limpiaron la herida. Portail la cosió
y puso un apósito comprimiendo la parte.
El Rey
hablaba normalmente contando a los presentes cómo había sucedido todo.
Llegó el capellán del Monarca y preparó todo diciendo seguidamente una
misa que el Rey escuchó con toda la calma que pudo. Al final exclamó:
"¡Señor, si crees que mi vida puede aún aprovechar a mi pueblo,
consérvamela, y si no es así, toma mi cuerpo y salva mi alma y llévala
contigo. Que se cumpla tu voluntad!".
No sentía
apenas dolor el herido y por ello se pensó que la herida no era tan grave
como se creyó al principio. El Rey después de oír misa, confesó y su
capellán le dio la absolución con la promesa expresa de que se sometería
a la decisión del Papa respecto a la excomunión lanzada sobre él por lo
que había ocurrido en Blois.
Después
de su reconciliación con Dios, dictó una carta para la Reina Luisa su
mujer, que estaba en Chenonceaux, en la que le explicaba la tentativa de
asesinato. Al final y de su puño y letra, escribió unos cuantos
renglones: "Querida mía, espero que todo irá bien. Ruega a Dios por
mí y no te muevas de allí"
Poco
después comenzó a sentirse mal, apareciendo náuseas y vómitos. Los médicos
le administraron un enema, pero no expulsó más que la mitad ya que el
resto se extendió por el vientre a través de las soluciones de
continuidad que debía haber en el intestino grueso. Los médicos
comprendieron que no había salvación.
A pesar
del estado del enfermo, la puerta permaneció abierta, entrando en la real
cámara algunos de los más íntimos del Rey y entre ellos, el Rey de
Navarra quien llegó después de haber lanzado un ataque contra el
Faubourg Saint Germain a las ll horas de la mañana. Enrique III le tendió
la mano y el de Navarra se la besó. "Hermano mío, dijo el Rey, ya veis
cómo vuestros enemigos y los míos me han tratado; tened cuidado que no
os hagan lo mismo...Parece que Dios ha dispuesto que me sucedáis en este
reino donde tendréis muchos problemas si no cambiáis de religión".
El Rey de
Navarra escuchaba con gran respeto y muestras de dolor profundo. Trató de
tranquilizar al herido diciéndole que la cosa no parecía tan grave.
Entonces el moribundo pidió que se aproximaran todos y entre otras
razones que le dio para explicar la causa del crimen, le dijo: "Como
amigo y como Rey os ruego a todos que reconozcáis después de mi muerte a
mi hermano el Rey de Navarra como Rey de Francia y que le tengáis el
mismo afecto y fidelidad que a mí me habéis tenido. Para mi tranquilidad
os pido que le prestéis juramento en mi presencia".
Con lágrimas
en los ojos todos juraron obediencia y fidelidad a quien acababa de ser nombrado sucesor.
Después
de aquel esfuerzo, el Rey se sintió muy fatigado y reposó cerca de una
hora. Al despertar, pidió le dieran un caldo. Sentía frío, el frío de
la muerte. El abatimiento se acentuó a media noche. Sentía que la sangre
le sofocaba. Llegó su capellán que le dio el viático. Con voz débil
el Rey exclamó: "Muero en la creencia de la Iglesia Católica, apostólica
y romana. ¡Dios mío, ten piedad de mí y perdona mis pecados. Yo perdono
también a mis enemigos, al que me ha herido y a los que le han empujado a
hacerlo". Poco después, entregaba su alma a Dios. Eran las tres de
la mañana.
E L P R O
C E S O
François
du Plessis, señor de Richelieu, Gran Preboste de Francia, que tenía a su
cargo la instrucción de los casos criminales, abrió un proceso póstumo
contra el primer regicida de la Historia de Francia.
El
Hermano Clement, al ser abatido por las espadas de los fieles del Rey,
tuvo una muerte dulce y rápida, escapando así al descuartizamiento
en vida que hubiese sido el castigo a su crimen. Pero Richelieu estaba
dispuesto a seguir adelante y abrió el proceso verbal, declarando los
testigos que fueron contando sus versiones del suceso.
El 2 de
agosto se cumplía la sentencia sobre el cadáver de Jacques Clement que fue
descuartizado por cuatro caballos y luego incinerados sus fragmentos,
no sin que antes fuese reconocido el cadáver e identificado por el propio
superior del Convento de los Jacobinos, el prior Bourgoing, sabia medida
tomada para que nadie pudiese dudar de que no se trataba de otra persona
disfrazada de fraile como ya algunos habían insinuado.
Del
proceso póstumo seguido al asesino Jacques Clement y al superior del
Convento P. Bourgoing como instigador, se deduce que el Hermano Clement
repitió en varias ocasiones después de la muerte de los hermanos Guisa
que "él podría hacer un bien a la religión y a la Liga si mataba
al Rey, enemigo de los católicos". Por su pasado de soldado y a
manera de burla, sus compañeros le apodaban "el capitán
Clement".
Otro de
los testigos, encartado también en el proceso, fue el Hermano Michel
Mergey, quien confirmó que Clement repetía que "el Rey moriría de
su mano", por lo que sus compañeros que le tenían por loco y
atolondrado, se reían de él. Al parecer, la noticia de la excomunión
del Rey le decidió a dar el paso final.
En
repetidas ocasiones había preguntado a sus superiores si sería un pecado
mortal para un sacerdote matar a un tirano, a lo que le contestaron que
no, pero quien tal hiciera quedaría en situación irregular. Contaba
Clement que había oído una voz mientras rezaba que le decía: "¡Ve
y mátale!". Se decía que los inductores habían sido el prior
Bourgoing y el Hermano Nicolás de Monte, y el teólogo y gran predicador
Chantebien. Este último había utilizado el viejo truco de los brujos
americanos de hablarle a través de un canuto o cerbatana colocada detrás
de una imagen, lo que Clement consideró como voces angélicas que le
incitaban a la ejecución de su crimen.
El
Hermano Mergey declaró ante los jueces que él estaba con el Hermano
Clement cuando compró el cuchillo que le costó "deux sous et six
deniers" y que era muy puntiagudo y filoso, de un pie de longitud,
con mango negro. fue comprado en una de las tiendas que había en el
Palacio de Justicia de París. Alguno de los historiadores de aquellos
hechos aseguran que el arma estaba envenenada, pero recordemos que se
comprobó que durante las cenas en que participó Clement, una en el
Louvre con el Conde de Brienne y otra con los criados de M. de la Guesle,
utilizó este cuchillo para cortar sus propios alimentos.
Es
preciso reconocer que un tonto como se dice que era Clement, no planifica
tan cuidadosamente un crimen de tal envergadura, ni obtiene los pasaportes
y documentos, ni tiene la serenidad que tuvo él para pasar de unas líneas
defensivas al campo enemigo y acercarse hasta el Rey para apuñalarle sin
que nadie se lo pudiese impedir. Ni era tan tonto como decían ni estaba sólo,
sino que era el brazo armado de un complot muy bien premeditado.
El
superior de los Jacobinos, el P. Bourgoing, fue condenado como inductor
al suplicio de descuartizamiento por cuatro caballos en la plaza del
mercado de la ciudad de París y sus cuatro miembros, quemados y aventadas
las cenizas. El P. Bourgoing fue al suplicio con serenidad. Había sido
detenido junto a los muros de París con las armas en la mano, cosa que
habían hecho la inmensa mayoría de los clérigos en defensa de la Santa
Unión y de París, en total unos 5.000 eclesiásticos. Al subir al trono
Enrique de Navarra como Enrique IV a la muerte de su predecesor, había
realizado un ataque contra París y capturado más de 400 prisioneros
entre los cuales estaba el P. Bourgoing armado como un soldado. La Reina
viuda Isabel de Lorena, había exigido a Enrique IV que vengase la muerte
de su esposo.
La vida
del P. Bourgoing había sido extraordinaria, primero como estudiante
procedente de las capas más modestas del pueblo doctorándose en Teología,
realizando conversiones con sus predicaciones y atendiendo a enfermos
durante las epidemias y pestes que hubo en París en los últimos tiempos.
Ayudaba a los desvalidos, viviendo él mismo muy frugalmente. Se le
consideraba un hombre incorruptible. Era un religioso "convencido,
sincero y de calidad" como dicen la mayoría de los historiadores de
aquel tiempo. Había publicado varios libros, siendo muy apreciado por
todo el mundo. fue tan ardiente partidario de la Liga que tomó las armas
para defender París de quienes creía, convencido, que iban a realizar
una matanza de católicos. Al ser hecho prisionero fue reconocido y esto
sirvió para que se le tomase como chivo expiatorio, siendo juzgado y
condenado como "autor, consejero y promotor del asesinato y
parricidio cometido en la persona del difunto Rey" por el Parlamento
de Tours. El 23 de febrero era ejecutado públicamente el P. Edme
Bourgoing, superior de los Jacobinos de París.
La
principal base de la acusación era que Bourgoing había llamado públicamente
a Enrique III "tirano" en diversas ocasiones y que cuando se
supo la muerte del Hermano Clement, dijo que tenía que ser considerado
como mártir y que después de la muerte del Rey, en lugar de rogar a Dios
por él, había celebrado un canto de alegría.
El
Hermano Mergey fue también juzgado y condenado, aunque solamente a ser
ahorcado y su cuerpo reducido a cenizas.
En cuanto
a la Duquesa de Montpensier, tenía más motivos para ser detenida y
juzgada, pues al saberse la noticia de la muerte del Rey, en la mañana
del 2 de agosto de 1589, se vistió de color verde que era la librea de
los locos e hizo distribuir entre los conjurados bandas y pañuelos de
color verde en señal de alegría, exclamando jubilosa que sólo sentía
que el Rey hubiera muerto sin saber que era ella quien lo había preparado
todo. "El tirano ha muerto" no cesaba de repetir.
Los
partidarios de la Liga hicieron venir a París a la madre del Hermano
Clement, que se alojó en la propia casa de la Duquesa de Montpensier,
llevándola en procesión rodeada por 40 monjes. Se reunió una fuerte
suma de dinero para compensarla por la muerte de su hijo. La llevaban de
casa en casa como si fuese la madre de un santo. Comparaban el acto del
jacobino con el caso de la bíblica Judith. Otros comparaban a Clement con
Sansón y algunos con David.
El Rey de
Navarra fue coronado como Enrique IV de Francia. La dinastía de los
Valois se había extinguido con Enrique III y comenzaba la de los
Borbones. Para satisfacer a la Reina viuda, dejó que el proceso siguiese
su curso y fueran sacrificados el P. Bourgoing y el Hermano Mergey, pero
al darse cuenta de las grandes implicaciones de orden político que tendría
el seguir con aquellas ejecuciones, decidió el 24 de enero de 1596, poner
fin a las investigaciones sobre el asesinato del difunto Rey. Hizo grandes
concesiones a los jefes de la Liga y estableció así la paz entre los
franceses. Además, aceptó la religión católica. París fue entregado
al nuevo Rey. El 6 de mayo de 1596 moría Mme. de Montpensier en su casa
de la calle de los Borbonnais de París de un gran flujo de sangre que le
salía por todas las partes del cuerpo.
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