1846 - 1870

 

Algunos fragmentos de "Los Cantos"

 


Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente feroz como lo que lee,  encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas paginas sombrías y rebosantes de veneno...
Pues a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de estas paginas  impregnaran su alma igual que el azúcar impregna el agua...
 No es aconsejable para todos leer las paginas que seguirán; solamente a algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo...
Por lo tanto alma tímida,  antes de penetrar en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia delante.....
Escucha bien lo que te digo: dirige tus pasos hacia atrás y no hacia delante,
Del mismo modo que los ojos de un niño se apartan respetuosamente de la augusta contemplación del rostro maternal....
Del mismo modo que se aparta el verdugo después de cortar la cabeza de su víctima...
Del mismo modo que el tiburón se aparta después de dar un mordisco a la pierna de un desafortunado bañista...
 
Apartad y dejadme en paz.... y que la paz siga en paz...
.

Me propongo, sin estar emocionado, declamar con voz potente la estrofa seria y fría que vais a oír. Prestad atención a su contenido y no os dejéis llevar por la impresión penosa que al modo de una contusión ha de producir seguramente en vuestras imaginaciones alteradas. No creáis que yo esté a punto de morir, pues todavía no me he vuelto esquelético ni la vejez está marcada en mi frente. Descartemos, por lo tanto, toda idea de comparación con el cisne en el momento en que su existencia lo abandona, y no veáis ante vosotros sino un monstruo cuyo semblante me hace feliz que no podáis contemplar: si bien es menos horrible que su alma. Con todo, no soy un criminal? Pero dejemos esto. No hace mucho tiempo que he vuelto a ver el mar y que he puesto los pies sobre los puentes de los barcos, y mis recuerdos son tan vivos como si lo hubiera dejado ayer. Tratad, con todo, de mantener la misma calma que yo en esta lectura que ya estoy arrepentido de ofreceros, y de no enrojecer ante la idea de lo que es el corazón humano. ¡Oh pulpo de mirada de seda!, tú, cuya alma es inseparable de la mía, tú, el más bello de los habitantes del globo terráqueo, que mandas sobre un serrallo de cuatrocientas ventosas, tú, en quien residen noblemente como en su morada natural, en perfecto acuerdo y unidas por lazos indestructibles, la dulce virtud comunicativa y las divinas gracias, ¿por qué razón no estás junto a mí, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio, ambos sentados sobre alguna roca de la costa, para contemplar ese espectáculo que idolatro?

Viejo océano de ondas de cristal, te pareces, guardadas las proporciones, a esas marcas azuladas que se ven en el dorso magullado de los grumetes, eres una inmensa equimosis que se muestra sobre el cuerpo de la tierra: me encanta esta comparación. Así, al primer golpe de vista, un soplo prolongado de tristeza, que se tomaría por el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando rastros inefables sobre el alma profundamente sacudida, y recuerdas a la memoria de tus amantes, sin que ellos lo adviertan, los duros comienzos del hombre en los que inicia sus relaciones con el dolor, que no ha de abandonarlo nunca más. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que regocija la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojillos del hombre, parecidos por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves nocturnas por la perfección circular del contorno. Sin embargo, en el transcurso de los siglos, el hombre no ha dejado nunca de creerse bello. Pero pienso que más bien cree en su belleza por amor propio, aunque en realidad no es bello y lo sospecha; si no, ¿por qué contempla el rostro de sus semejantes con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo. No presentas cambios fundamentales, y si tus olas en alguna parte están encrespadas, más lejos, en otra zona, se encuentran en la más completa calma. No eres como el hombre que se detiene en la calle para ver cómo se toman por el cuello dos bull-dogs, pero que no se detiene cuando pasa un entierro; que por la mañana está afable y por la tarde malhumorado, que hoy ríe y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, no sería del todo imposible que escondieras en tu seno futuros beneficios para el hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secretos de tu íntima estructura: eres modesto. El hombre se jacta continuamente, y sólo de minucias. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, las especies diversas de peces que alimentas, no se han jurado fraternidad entre sí. Cada especie vive apartada. Los temperamentos y las conformaciones variables de una a otra, explican, de manera satisfactoria, lo que al comienzo sólo parece una anomalía. Lo mismo pasa con el hombre, que no tiene los mismos motivos de disculpa. Si un trozo de tierra está ocupado por treinta millones de seres humanos, éstos se creen obligados a no mezclarse en la existencia de sus vecinos, que han echado raíces en el trozo de tierra contiguo. Grande o pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su guarida, y sale de ella muy poco para visitar a sus congéneres, acurrucados igualmente en otra guarida. La gran familia universal de los seres humanos es una utopía digna de la lógica más mediocre. Además, del espectáculo de tus Mamas fecundas se deduce la noción de ingratitud: pues se piensa inmediatamente en la multitud de padres tan ingratos hacia el Creador como para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu grandeza material sólo puede medirse con la magnitud que uno se representa de la potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede abarcar de una ojeada. Para contemplarte es imprescindible que la vista haga girar su telescopio con movimiento continuo hacia los cuatro puntos del horizonte, del mismo modo que un matemático está obligado, para resolver una ecuación algebraica, a examinar por separado los distintos casos posibles, antes de superar la dificultad. El hombre ingiere sustancias nutritivas y realiza otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar idea de que es corpulento.. Que se hinche todo lo que quiera esa rana adorable. Quédate tranquilo, nunca igualará tu volumen; por lo menos ésa es mi opinión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el mismo gusto que la hiel destilada por la crítica sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se lo hace pasar por idiota, si algún otro es corporalmente bello, resulta un horrible contrahecho. No hay duda de que el hombre debe sentir intensamente su imperfección, cuyas tres cuartas partes son, por lo demás, obra suya, para criticarla de tal modo. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos, todavía no han logrado, con ayuda de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, algunos de los cuales hasta las sondas más largas y pesadas han reconocido inaccesibles. A los peces? le está permitido; no a los hombres. Muchas veces me he preguntado si será más fácil de reconocer la profundidad del océano que la profundidad del corazón humano. A menudo, con la mano apoyada en la frente, de pie sobre los barcos, en tanto que la luna se balanceaba entre los mástiles en forma irregular, me he sorprendido mientras hacía a un lado todo aquello que no era el fin que yo perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema. Sí, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos: el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia de la vida pueden, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u otra solución, me estará permitido decir que, pese a lo profundo del océano, no podrá igualarse, en lo que respecta a dicha propiedad, con lo profundo del corazón humano. Estuve en contacto con hombres que fueron virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de exclamar: "Han practicado el bien en este mundo, lo que quiere decir que han sido caritativos: eso es todo; no hay en ello picardía alguna y cualquiera puede hacer otro tanto." ¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, se separan por una palabra mal interpretada, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de la venganza, del amor y de los remordimientos, y no se vuelven a ver nunca más, embozado cada uno en su altanería solitaria? Es un milagro que, aunque se renueva diariamente, no deja por eso de ser menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las particulares de los amigos más queridos, aunque al mismo tiempo se sufra la aflicción? Un ejemplo irrebatible para cerrar la serie: el hombre dice hipócritamente sí y piensa no. Por esta razón los jabatos de la humanidad confían tanto los unos en los otros, y no son egoístas. Todavía le queda a la psicología mucho camino por andar. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu poder es extraordinario y los hombres han aprendido a conocerlo a sus expensas. Por más que empleen todos los recursos de su genio, son incapaces de dominarte. Han encontrado a su maestro. Debo agregar que han encontrado algo más fuerte que ellos. Ese algo tiene un nombre. Ese nombre es: ¡océano! El miedo que les inspiras ha hecho que te respeten. Con todo, haces danzar sus máquinas más pesadas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces ejecutar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables zambullidas hasta el fondo de tus dominios que despertarían la envidia de un saltimbanqui. Bienaventurados aquellos que no llegas a envolver definitivamente con tus pliegues burbujeantes, para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas acuosas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre dice: "Yo soy más inteligente que el océano." Es posible; quizás hasta sea cierto; pero más miedo le tiene el hombre al océano, que el que éste le tiene al hombre: lo cual no necesita demostración. Ese patriarca observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, sonríe compasivo cuando asiste a los combates navales de las naciones. Ahí tenéis un centenar de leviatanes salidos de las manos de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los gritos de los heridos, el estruendo de los cañones, constituyen una barahúnda apropiada para aniquilar a unos pocos segundos. Pareciera que el drama ha concluido y que el océano lo ha tragado todo en su vientre. Las fauces son formidables. ¡Qué inmenso debe de ser hacia abajo, en la dirección de lo desconocido! Como remate de la estúpida comedia, que ni siquiera despierta interés, se ve en medio de los aires alguna cigüeña retrasada por la fatiga, que se pone a gritar sin disminuir el empuje de su vuelo: "¡Vaya!? ¡no me gusta nada! Había allá abajo unos puntos negros; cerré los ojos y ya no están más." ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, oh gran célibe; cuando recorres la solemne soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulleces con justicia de tu magnificencia natural y de la merecida alabanza que me apresuro a dedicarte. Voluptuosamente mecida por los tiernos efluvios de tu lentitud majestuosa ?atributo, el más grandioso entre aquellos con que el soberano te ha favorecido?, tú haces rodar, en medio de un sombrío misterio, por toda tu superficie sublime, las olas incomparables, con el sentimiento sereno de tu eterno poder. Ellas desfilan paralelamente, separadas por cortos intervalos. Apenas una disminuye, otra que crece va a su encuentro, acompañada del rumor melancólico de la espuma que se deshace para advertimos que todo es sólo espuma. (Así los seres humanos, esas olas vivientes, perecen uno tras otro, de un modo monótono, sin producir siquiera un rumor espumoso.) El ave de paso reposa sobre ellas confiada, dejándose llevar por sus movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que el armazón de sus alas haya recobrado el vigor normal para continuar su aérea peregrinación. Quisiera que la majestad humana fuera por lo menos la encarnación del reflejo de la tuya. Pido demasiado, y este deseo sincero te glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Contéstame, océano: ¿quieres ser mi hermano? Muévete impetuosamente? más? todavía más, si aspiras a que te compare con la venganza de Dios; alarga tus garras lívidas fraguándote un camino en tu propio seno? está bien. Haz rodar tus olas espantosas, océano horrible que sólo yo comprendo, y ante el cual caigo prosternado. La majestad del hombre es prestada; no se me impone; tú, sí. Oh, cuando avanzas con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un séquito, magnético y salvaje, haciendo rodar tus ondas unas sobre otras, con la conciencia de lo que eres, en tanto que lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un intenso remordimiento que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que tanto atemoriza a los hombres, hasta cuando te contemplan trémulos desde la seguridad de la costa; entonces comprendo que no poseo el insigne derecho de proclamarme tu igual. Por eso, frente a tu superioridad, te entregaría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor contenida en mis aspiraciones hacia lo bello) si no me recordaras dolorosamente a mis semejantes, que forman contigo el más irónico contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no puedo amarte, te aborrezco. ¿Por qué entonces vuelvo a ti, por milésima vez, hacia tus manos amigas que se disponen a acariciar mi frente ardorosa, cuya fiebre desaparece a tu contacto? No conozco tu destino secreto, todo lo que te concierne me interesa. Dime, entonces, si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo? dímelo, océano (solamente a mí para no entristecer a aquellos que hasta ahora sólo han conocido ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que ésta sea la última estrofa de mi invocación. Por lo tanto, quiero saludarte una vez más y presentarte mi adiós. Viejo océano de ondas de cristal? abundantes lágrimas humedecen mis ojos, y me faltan fuerzas para proseguir, pues siento que ha llegado el momento de retornar con los hombres de aspecto brutal; pero? ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, viejo océano!

Selección del Canto Primero

 

 

6. ¡Qué niño encantador está sentado en un banco del jardín de las Tullerías! Sus ojos audaces miran fijamente algún objeto invisible, allá lejos en el espacio. No debe tener más de ocho años, y, sin embargo, no se divierte como sería lógico. Por lo menos debería reír y pasear con algún camarada, en lugar de apartarse; pero no está en su temperamento.

¡Qué niño encantador está sentado en un banco del jardín de las Tullerías! Un hombre, movido por un oculto designio, va a sentarse a su lado en el mismo banco, con actitudes equívocas. ¿Quién es? No necesito decíroslo, pues lo reconoceréis por su conversación tortuosa. Escuchemos sin molestarlos:

- ¿En qué pensabas, niño?

- Pensaba en el cielo.

- No es necesario que pienses en el cielo; nos sobra con pensar en la tierra. ¿Estás cansado de vivir, tú, que apenas acabas de nacer?

- No, pero todo el mundo prefiere el cielo a la tierra.

- Oye bien, yo no. Pues como el cielo ha sido hecho por Dios, lo mismo que la tierra, ten por seguro que encontrarás los mismos males que acá abajo. Después de la muerte no obtendrás una recompensa de acuerdo con tus méritos, pues si cometen injusticias contigo en este mundo (como lo comprobarás por experiencia más tarde), no hay razón para que en la otra vida ya no las cometan más. Lo mejor que puedes hacer es no pensar en Dios, y hacerte justicia por ti mismo, ya que te la rehúsan. Si uno de tus camaradas te ofendiera, ¿acaso no te haría feliz matarlo?

- Pero está prohibido.

- No está tan prohibido como crees. Se trata simplemente de no dejarse atrapar. La justicia que suministran las leyes no vale nada; es la jurisprudencia del ofendido la que cuenta. Si detestaras a uno de tus camaradas, ¿no serías desdichado al saber que en todo instante lo tienes en la mente?

- Es cierto.

- Tenemos, pues, uno de tus camaradas que te hará desdichado toda la vida; porque al comprender que tu odio es sólo pasivo, no dejará de burlarse de ti, y de hacerte daño impunemente. No hay más que un medio de poner fin a la situación: desembarazarte del enemigo. He ahí adonde quería llegar para hacerte comprender sobre qué bases está fundada la sociedad actual. Cada uno debe hacerse justicia por sí mismo, salvo que sea un imbécil. Obtiene la victoria sobre sus semejantes sólo el más astuto y el más fuerte. ¿Acaso no querrás algún día dominar a tus semejantes?

- Sí, sí.

- Sé entonces el más fuerte y el más astuto. Todavía eres demasiado joven para ser el más fuerte; pero desde hoy puedes emplear la astucia, el más precioso instrumento de los hombres de genio. Cuando el pastor David alcanzó en la frente al gigante Goliath con una piedra lanzada con su honda, ¿no resulta admirable comprobar que solamente por la astucia David venció a su rival, y que, por el contrario, si hubiesen luchado a brazo partido, el gigante lo habría aplastado como a una mosca? Lo mismo pasa contigo. En lucha abierta, no podrás jamás vencer a los hombres, sobre quienes ansias extender el imperio de tu voluntad; pero con la astucia, tú podrás luchar solo contra todos. ¿Deseas riquezas, hermosos palacios y gloria?, ¿o me engañaste cuando afirmabas tan nobles pretensiones?

- No, no, no os engañaba. Pero quisiera adquirir lo que deseo por otros medios.

- Entonces no lograrás nada. Los medios virtuosos y bonachones no conducen a nada. Es preciso poner en acción palancas más enérgicas y maquinaciones más inteligentes. Antes de que llegues a ser célebre por tu virtud y que alcances la meta, centenas de otros tendrán tiempo de realizar cabriolas por encima de tu lomo, y llegar al final de la carrera antes que tú, de modo que ya no habrá allí lugar para tus ideas limitadas. Hay que saber abarcar con más grandeza el horizonte del tiempo presente. ¿No has oído hablar nunca, por ejemplo, de la gloria inmensa que aportan las victorias? Y, sin embargo, las victorias no se producen solas. Es necesario derramar sangre, mucha sangre, para engendrarlas y depositarlas a los pies de los conquistadores. Sin los cadáveres y miembros esparcidos que se observan en la llanura donde se ha realizado la juiciosa carnicería, no habría guerra, y sin guerra no habría victoria. Así, ves, que cuando se pretende alcanzar la celebridad, es imprescindible sumergirse con elegancia en ríos de sangre alimentados por la carne de cañón. El fin justifica los medios. La primera condición para llegar a ser célebre es tener dinero. Ahora bien, como no lo tienes, tendrías que asesinar para adquirirlo pero como no eres bastante fuerte para manejar el puñal, hazte ladrón, en espera de que tus miembros se desarrollen. Y para que se desarrollen más rápido, te recomiendo hacer gimnasia dos veces por día, una hora por la mañana y una hora por la noche. De esta manera tu podrás intentar el crimen, con ciertas probabilidades, desde la edad de quince años, en lugar de esperar hasta los veinte. El amor por la gloria todo lo justifica, y quizás más tarde, dueño y señor de tus semejantes, les puedas hacer casi tanto bien como mal les has hecho en un comienzo?

Maldoror nota que la sangre hierve en la cabeza de su joven interlocutor; tiene las ventanas de la nariz hinchadas, y de sus labios brota una leve espuma blanca. Le palpa el pulso: las pulsaciones están aceleradas. La fiebre domina su cuerpo frágil. Teme las consecuencias de sus palabras; el infeliz se aparta contrariado por no haber podido conversar más tiempo con ese niño. Si en la edad madura es tan difícil dominar las pasiones, oscilando entre el bien y el mal, ¿qué no ha de suceder en un espíritu todavía colmado de inexperiencia?, y, ¿qué cantidad proporcionalmente mayor de energía no ha de necesitar? Tres días de cama bastarán para que el niño se ponga bien. ¡Quiera el cielo que el contacto materno lleve la paz a esa flor sensible, frágil envoltura de un alma encantadora!

Selección del Canto Dos

 


Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor... La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos, sino como la alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba desde hacia largo tiempo. No quedaba en mi la menor partícula de divinidad: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de esta voluptuosidad inefable

"Lector, acaso es el odio el que quieres que invoque al comienzo de esta obra! ¿Quién te dice que no husmearás lenta y majestuosamente, sumido en innúmeras voluptuosidades y todo lo que quieras con tus narices orgullosas, anchas y flacas, tumbándote de bruces, parecido a un tiburón, en el aire negro y hermoso, como si comprendieses la importancia de este acto y la importancia no menor de tu apetito legítimo, las rojas emanaciones? ¡Te aseguro que alegrarán los dos agujeros informes de tu hocico horroroso, ¡oh monstruo!, con tal que te ejercites en respirar tres mil veces seguidas conciencia maldita del Eterno! Tus narices que se dilatarán desmesuradamente de contento inefable, de éxtasis inmóvil, no pedirán cosa mejor al espacio, que se tornará embalsamado como de perfumes y de incienso; porque se habrán saciado de felicidad completa, como los ángeles que moran en la magnificiencia y en la paz de los cielos agradables. 

Selección del Canto Primero

"Debe uno dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh, qué dulce es arrancar brutalmente de su camita a un niño que no tiene aún nada sobre el labio superior y, con los ojos muy abiertos, hacer que se pase suavemente la mano sobre su frente, echando hacia atrás sus hermosos cabellos! Luego, de pronto, cuando menos se lo espera él, hundir las uñas largas en su blando pecho, de modo que no muera; porque si muriera, no tendría uno más tarde la perspectiva de sus miserias. Luego, se bebe la sangre lamiendo las heridas; y durante este tiempo que deberia durar lo que dura la eternidad, el niño llora. Nada es tan bueno como su sangre, extraída de la manera que acabo de decir, y caliente aún, a no ser sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿no has probado nunca tu sangre cuando por casualidad te has cortado un dedo? ¡Qué buena está!, ¡verdad? Porque no tiene sabor alguno. Además, ¿no recuerdas haber llevado un día, en medio de tus reflexiones lúgubres, tu mano, con la palma ahuecada, a tu cara enfermiza humedecida por lo que caía de tus ojos, mano que después se dirigía fatalmente a la boca que bebía a grandes sorbos las lágrimas en aquella copa, temblorosa como los dientes del colegial que mira oblicuamente al que ha nacido para oprimirle? ¡Qué buenas son, verdad? Porque saben a vinagre. Diríanse lágrimas de la que se ama más; pero las lágrimas del niño saben mejor al paladar. Los Cantos de Maldoror, Canto Primero

"Una horca se levantaba sobre el suelo; a un metro de éste un hombre estaba colgado por los cabellos, con los brazos atados a la espalda. Para acrecentar sus sufrimientos y hacerle desear aún más cualquier cosa que fuese lo contrario a la inmovilidad de sus brazos, habían dejado libres sus piernas. La piel de su frente estaba tan tensa, por el peso de su cuerpo, que su cara privada por las circunstancias de su expresividad natural recordaba la concreción pétrea de una estalactita. Durante tres días aguantaba aquel tormento. Exclamaba: '¿Quién desatará mis brazos? ¿Quién desatará mis cabellos? Me retuerzo en movimientos que sólo consiguen separar cada vez más de mi cabeza la raíz de los cabellos; la sed y al hambre no son los motivos esenciales que me impiden el sueño. Es imposible que mi existencia se prolongue más allá de los límites de una hora. ¡Ojalá alguien me abriera la garganta con una afilada piedra!' Cada palabra iba precedida y seguida de intensos alaridos.

Selección del Canto Cuarto

"Estoy sucio. Me comen los piojos. Los cerdos vomitan cuando me miran. Las costras y las escaras de la lepra han escamado mi piel, cubierta de pus amarillante. No conozco el agua de los ríos ni el rocío de las nubes. Sobre mi nuca crece como sobre estercolero un enorme hongo de pedúnculos umbelíferos. Mis pies han arraigado en el suelo y forman, hasta mi vientre, una especie de vegetación viva, llena de innobles parásitos, que no pertenece aún a las plantas y que ha dejado de ser carne. Sin embargo mi corazón late. Pero, ¿cómo latiría si la podredumbre y las exhalaciones de mi cadáver (no me atrevo a escribir cuerpo) no le nutriesen en abundancia? Bajo mi axila izquierda ha fijado su residencia una familia de sapos, y cuando alguno de ellos se mueve me hace cosquillas. Tened cuidado de que no se escape alguno y vaya a rascar con su boca el interior de vuestra oreja: sería después capaz de entrar en vuestro cerebro. Bajo mi axila derecha hay un camaleón que les persigue perpetuamente para no morirse de hambre: es necesario que todos vivan. Pero cuando un bando desbarata por completo los lazos del otro, no encuentran cosa mejor que no molestarse y chupan la grasa delicada que recubre mis costillas; estoy acostumbrado a ello. Una víbora maligna ha devorado mi verga, suplantándola; me ha hecho eunuco esa infame. ¡Oh!, si hubiese podido defenderme con mis brazos paralizados; pero me parece que se han convertido en dos leños. Sea lo que fuere, conviene hacer constar que la sangre no pasea ya por ellos su rojez. Dos pequeños erizos, que no crecen más, han echado a un perro, que no lo ha rechazado, el interior de mis testículos una vez la epidermis cuidadosamente lavada, se han alojado ahí dentro. ¡El ano ha quedado interceptado por un cangrejo, envalentonado ante mi inercia, defiende la entrada con sus pinzas, haciéndome mucho daño! 

Selección del Canto Cuarto



Soy como una víbora....
Como una puta víbora.....
Soy de las que se muerden la cola, creyendo que todo el mundo le pertenece ... 

Cara recargada contra el espejo, mirada fija,
 estúpida,
 oyendo sin escuchar...
se han olvidado de mi...
me han dejado solo...
aparte...
como se deja a quien tiene piojos o lepra en la cabeza...
y yo ya no se quien soy...
¿¿¿PORQUE NADIE A PRONUNCIADO MI NOMBRE????

Entre mis cosas busco un recuerdo y no lo encuentro,
Nunca encuentro...
¿DÓNDE ESTAS???
¿por qué separas tu rostro de mi rostro?
Demasiado oscuro para ver......
¿ERES ACASO LA PUERTA QUE ESCONDE LA LOCURA? 

No lo creo...
¡NO!
No te creo...
Hace mucho tiempo me escondo en el rincón donde teje sus redes la locura...
En este rinconcito que estoy arrodillado se deshace poco a poco...
Este muro me devuelve lamento por lamento
Me intranquiliza el murmuro.....  sordo....

¿Por que nadie ha dicho mi nombre?
Dentro de mi se pudre un niño..... el único que conozco como mi hijo...
  Y con el cual puedo cumplir como padre.....
basta para ello un par de manos inútiles como las mías...
para hacer nada .....

yo solo quiero un cuerpo....
yo quisiera nacer en un abrazo honesto, sincero,
 en la muerte compartida...
no busco que se me ame.....
no busco que se me quiera.....
ni siquiera que me vean en mi enfermedad o mi cárcel...
no espero nada de nadie...
 

ni siquiera de los perros hambrientos
no espero una mordida
 no espero la piedra en la cara...

y yo sigo aquí
golpeo la pared
golpeo una pared que no cede....
¿quién me ha encerrado aquí?

¿a dónde se fueron todos?
¿qué se hace a la hora de morir?
¿vuelvo la cara contra el muro?

¿quién demonios me estira la sabana?

NO QUIERO CONSUELO, NI OLVIDO, NI ESPERAZA, NI NADA.......
HACE FRIO,
TENGO MIEDO Y YA CASI NO PUEDO VER DE TANTA OSCURIDAD Y LAGRIMAS....

 


Noche tras noche
En la oscuridad de mi cuarto,
Sueño contigo.
Sueño que estás en un mundo muy lejano al existente,
 Sueño que estás conmigo.

 Pero no es un sueño…
Porque no eh dormido
Con mis ojos cansados
 Creyendo en esta oscuridad
Me confundo fácilmente
Pensé que al cerrar los ojos yo dormía.

Noche tras noche
Busco tu cuerpo al lado mío
Y me pierdo en el mar de sabanas vacías
 Que me hace luego temblar,
 Aterroriza todo mi ser el no poderte hallarte...

Tengo miedo

Miedo al los perros que me esperan afuera de mi cuarto
Miedo que coman de mis carnes
Miedo que se olviden de mí
Y se coman a otro y se sacien…

 Ante la inminente melancolía -rezo-
Noche tras noche
Rezo a Dioses en los que no creo.
 Dioses perdidos en la inocencia de mi sueño roto,

Todo por ti y por mis perros

mi niña.

Esta vida no es de verdad.
 Siento pena de mi mismo...
Sólo porque no he sabido donde buscar,
 Donde encontrarte,
La tristeza no mata...
es cierto…
Pero cada día
un pedazo de mi alma
huye buscándote a ti…

Cuando estemos juntos
haré que olvides el camino de regreso...
No tengas miedo
Haz como que no ves
Todas las penas y memorias de alguien que ya ha muerto...
Unos ojos que a veces te miran fríos como la hiel

Qué triste es vivir así
Yo se lo que pierdes,
y no es mucho

Ser inmortal ya no es un halago
 Mi vacía realidad interna
Y tu que pensabas que mis poesías eran bellas
Y yo que me pintaba los labios de negro antes de irme a acostar.
No soy nada de lo que crees.

Solo sigo siendo comida…
Ahora estoy aqui
Adentro de mi cuarto oscuro

Voy  hacer tiempo…
A que mueran los perros que me esperan
Y poder ir contigo
amen

 


No....no me iré!!
¡que aquí se cumpla la catástrofe!

¡que dios clave en mi espalda el ojo mas tremendo, que el peor anatema me pudra las entrañas!

Mi corazón empieza a comprender la crueldad, a ejercitarla......
¡yo no me moveré!
¡Desencadenare la destrucción mayor de las que todos me han pedido!

¡¡¡Me tambaleo aquí, ebrio de asesinatos....!!!!
sobre un coro de niños degollados, de mujeres partidas en dos
yo me salvo.....
de los que sobrevivan alguno a de escupir mi nombre en una saliva espesa y rencorosa
y yo caminare entre maldiciones, como entre un resplandor de violentas antorchas,
agruparan su odio sobre mi, de una a otra generación, mi nombre ira creciendo y aunque yo me quede aquí,
estaré olvidado.....
como una tierra llena de sepulcros.....

 

 



 



 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO