
1846. Isidore-Lucien Ducasse fue mejor conocido por su
seudónimo, "Conde de Lautréamont". Fue el más importante de
los poetas malditos, dueño de una narrativa llena de
surrealismo con tintes de crueldad y maldad. El 4 de
abril de 1846 nace Isidore Lucien Ducasse en Montevideo , hijo de François Ducasse
(secretario del Consulado general de Francia en Uruguay). En ese año
nacen asimismo Paul Lespes, Georges Minvielle y Henri Maxim Mue, que
serian sus condiscípulos y también a quienes les dedicaría años después
su "Poesies" (su libro de poemas).
El acta de nacimiento
dice : ”Año 1846, 4 de abril, hora del
mediodía: ante nosotros, administrador del Consulado General
de Francia en Montevideo, ha comparecido el Sr. François
Ducasse , canciller delegado de este Consulado, de 36 años; el
cual nos ha declarado el nacimiento de un niño que nos ha
presentado y que hemos reconocido ser sexo masculino, nacido
hoy, a las nueve de la mañana, de él, declarante, y de la
señora Célestine-Jacquette Davezac, su esposa, de 24 años, y
niño al que, según declaró, quería dar el nombre de
Isidore-Lucien. Las declaraciones y presentaciones nos fueron
hechas por él en presencia de los señores Eugène Baudry, de 32
años, y Pierre Lafargue, de 41 años, comerciantes franceses
ambos, residentes en Montevideo, que han firmado junto con el
compareciente y nosotros, después de leída el acta”.
1847. El 16 de
noviembre Isidore es bautizado en la Catedral de Montevideo. El 9 de
diciembre muere su madre. Se supone que se suicidó.
Hay que señalar por la
influencia que tuvo sobre el niño, la situación de bloqueo y sitio que
sobre la ciudad ocurría por la guerra entre Argentina y Uruguay. No es
hasta octubre de 1851 que se firma el fin del conflicto. Se levanta el
sitio. Un año después nace Georges Dazet, que seria uno de sus grandes
e íntimos amigos y el primer dedicatorio del libro "Poesies"
1856. El 28 de
junio, François Ducasse es nombrado canciller de primera clase en el
Consulado. Según Philippe Soupault, antes
de los diez años Isidore inicia su correrías fuera del hogar. Concurre
a reñideros de gallos; provisto de un trabuco naranjero, caza
en los alrededores de Montevideo; se trata con gauchos; se
distancia de su padre, quien procura impedir esas escapadas,
por considerarlas indignas de su hijo, pero las perdona,
halagado por el éxito escolar, sobre todo en matemáticas, de
Isidore-Lucien, cuya educación ha de proseguir en Francia.
1857.
Entre los meses de marzo abril, se da una epidemia de fiebre amarilla en
la ciudad que casi provoca la muerte del padre de Isidore. La familia
prepara su regreso a Francia.
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| Alexis Edouard Georges Dazet,
nació y falleció en Tarbes (1852-1920). Su padre era abogado en
esa ciudad junto a Francoise Ducasse, fue el tutor del adolescente
Ducasse. Ambos niños se encontraron en el curso de 1860-1861 en
el liceo de Tarbes. Ducasse escribió el nombre de Dazet en la dedicatoria
de la primera versión de "Los Cantos". En
la segunda versión, impresa en Burdeos aparecerá como
"D". También aparece Dazet en la lista de dedicatarios
del "Poesies" (« A Georges DAZET, Henri
MUE, Pedro ZUMARAN, Louis DURCOUR, Joseph BLEUMSTEIM, Joseph DURAND ; » (Poésies
I)). Dazet seria con
el tiempo un abogado y político relacionado con el socialismo
radical, aunque su nombre sería vinculado posteriormente a algunos escándalos
.
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1860. A
los 14 años, Isidore-Lucien parte hacia Francia. A juzgar por
pasajes del Canto Primero, el viaje por el mar le deja una
impresión imborrable. Ese mismo año se inscribe en el Liceo
Imperial de Tarbes, donde se distingue en cálculo, dibujo y
latín. En octubre
Isidore entre como interno en el sexto curso del Liceo Imperial de
Tarbes. Jean Dazet, el padre de Georges es uno de sus tutores. Isidore
cumple 14 años y se destaca por su timidez e introversión, que le hace
hosco a la gran generalidad de los demás alumnos. Establece amistades
con los que luego serian amigos íntimos y escasos.
1863. Se pierde la
pista curricular de Isidore Ducasse en este año. Se supone que siguió
estudios en un colegio privado o con un tutor exclusivo para remontar su
atraso escolar. En ese año data un ejemplar de la Ilíada con este
texto: "Propiedad del señor Isidoro Ducasse nacido en
Montevideo (Uruguay) - Tengo también "Arte de hablar"
del mismo autor" El 17 de abril ingresa como interno en el
Liceo de Pau, en el Curso de Retórica. En octubre Isidore comienza el
curso de Filosofía.
1867. El 21 de mayo la
prefectura de Tarbes emite un pasaporte para viajar a Montevideo a
nombre de Ducasse con la referencia "sans profession". Se
embarca el 25 de ese mas en el trasatlántico "Harrick". A fin
de año encontramos a Isidore nuevamente instalado en Paris, en una pensión
situada en el 23, rue Notre Dame des Victoires. En 1867 Ducasse llega a París, a donde ha viajado para
inscribirse en la Escuela Politécnica, o en la de Minería.
Vive en un hotel situado en el número 23 de la calle Notre-Dame-des-Victoires.
En 1868 publica, pagando la edición,
el Canto Primero de Maldoror, como plaqueta. De acuerdo con el
prefacio Louis Genonceaux escribió para su edición de Los
Cantos de Maldoror de 1980: "Ducasse vivía solo, Frecuentaba
poco los cafés y hacía largas caminatas a orillas del Sena.
Durante el día leía mucho, y libros de toda clase. Sólo
escribía de noche, sentado ante su piano, que, junto con una
cama y dos valijas llenas de libros, constituía el mobiliario.
Bebiendo grandes cantidades de café, Ducasse declamaba sus
frases acompañándolas de grandes acordes de piano, método de
trabajo que solía despertar, sobresaltados, a los otros
habitantes del hotel. (Estos detalles
fueron transmitidos a Genonceaux por Alber Lacroix, anterior
editor de Ducasse.)"
Se supone que,
trabajando vertiginosamente, completa en meses Los Cantos de
Maldoror. Al parecer, el Canto Primero no es objeto de crítica
literaria alguna. Ducasse ofrece el manuscrito de Los Cantos
de Maldoror a varios editores (entre ellos
Alphonse Lemerre), que lo rechazan. En 1869, Albert Lacroix, editor que se arriesga a pubicar autores, por
entonces, de poca notoriedad (los
Goncourt, Zola), imprime
Los Cantos de Maldoror.
Después, considerando que ciertas
violencias de estilo tornan peligrosa su aparición, Lacroix
decide retenerlo. Por pedido del autor, se limita a
encuadernar diez ejemplares. Ducasse, sin embargo, ya no
parece muy interesado por los Cantos . Cambia varias veces de
domicilio, hasta instalarse en el Nº 7 del Faubourg-Montmartre.
Ya trabaja en las Poesías.
1868. En agosto se
imprime la primera versión de "Los cantos de Maldoror". La
obra no es comercializada hasta noviembre. Isidore reparte algunos
ejemplares personalmente a ciertas amistades y críticos.
1869. El manuscrito de
"Los cantos de Maldoror" son enviados a Bruselas para ser
compuestos e impresos. En octubre el joven se muda al 32, rue de
Faubourg, en Montmartre.
La personalidad y una
interesante descripción viene de la letra de uno de sus investigadores
y condiscipulos, Soupault:
:
“Conocí a Ducasse en el liceo de Pau, en
el año 1864. Estaba, conmigo y Minvielle, en la clase de
retórica y en los mismos estudios. Veo todavía a ese joven
alto y delgado, de espalda algo encorvada, tez pálida, largos
cabellos que le caían sobre la frente, voz un tanto agria. Su
fisonomía no tenía nada de atractivo. Estaba de costumbre
triste y silencioso, y como replegado sobre sí mismo. Dos o
tres veces me habló con cierta animación de países de ultramar
donde llevaba una vida libre y feliz. Con frecuencia, en la
sala de estudios, pasaba horas enteras con los codos apoyados
en su pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos en
un libro clásico que no leía; se advertía que estaba sumido en
un ensueño.
Con mi amigo
Minvielle, pensábamos que sentía
nostalgia y que sus padres no hubieran podido hacer nada mejor
que llamarlo de vuelta a Montevideo. En clase, a veces parecía
interesarse vivamente por las lecciones de Gustave Hinstin,
brillante profesor de retórica, antiguo alumno de la Escuel de
Atenas. Le gustaban mucho Racine y Corneille y sobre todo
Edipo Rey, de Sófocles. La escena en que Edipo, conocedor por
fin de la terrible verdad, profiere gritos de dolor y,
arrancados los ojos, maldice su destino, le parecía muy
hermosa. ¡Sólo lamentaba que Yocasta no hubiese llevado al
colmo el horror trágico dándose muerte a la vista de los
espectadores!
Admiraba a Edgar
Allan Poe, cuyos cuentos había leído ya antes de entrar al
liceo. También vi en sus manos un volumen de poesías,
Albertus, de Théophile Gautier, que, según creo, le había
pasado Georges Minvielle. En el liceo lo considerábamos un
espíritu fantástico y Soñador, pero, en el fondo, buen
muchacho, que no supe- raba entonces el nivel medio de
instrucción, probablemente por causa de un atraso en sus
estudios. Me mostró un día algunos versos compuestos a su
modo. El ritmo, por lo que pude juzgar en mi inexperiencia me
pareció un poco extraño, y el pensamiento, oscuro.
Ducasse
sentía una aversión particular por los versos latinos. Un día,
Hinstin nos dio a traducir en hexámetros el pasaje de Rolla,
de Musset, sobre el pelícano. Ducasse, sentado detrás de mí en el
banco más alto de la aula, murmuró a mi oído contra la
elección de semejante tema. Al día siguiente, Hinstin comparó
dos composiciones, clasificadas en primer término, con las de
los alumnos del liceo de Lille, donde había dictado antes
retórica. Ducasse manifestó vivamente su irritación: ¿Por qué
eso? – me dijo -. Es a propósito para disgustar con el latín.
Había cosas, creo, que no quería comprender para no perder
nada de sus antipatías y sus desprecios.
A menudo se me quejó
de dolorosas jaquecas que, según el mismo reconocía, no
dejaban de influir sobre su espíritu y carácter. En los días
de gran calor, los alumnos iban a bañarse en el curso de agua
del Bois-Louis. Era una fiesta para Ducasse, excelente
nadador. Me sería muy necesario – me dijo un día – refrescar
más a menudo en esa agua de fuente mi cerebro enfermo. Todos
esos detalles no tienen mayor interés, pero existe un episodio
que considero mi deber recordar. En 1864, hacia fines del año
escolar, Hinstin, que ya con frecuencia había reprochado a
Ducasse lo que denominaba sus exageraciones de pensamiento y
estilo, leyó una composición de mi condiscípulo.
Las primeras
frases, muy solemnes, al principio lo hicieron reír, pero de
pronto se enojó. Ducasse no había cambiado de manera, sino que
la había agravado singularmente. Nunca hasta entonces había
dado tanta rienda suelta a su desenfrenada imaginación. No
había una sola frase cuyo pensamiento, hecho en cierto modo de
imágenes acumuladas, de metáforas incomprensibles, no fuese
por añadidura oscurecido por invenciones verbales y formas de
estilo que no siempre respetaban la sintaxis.
Hinstin, clásico
puro, cuya fina crítica no dejaba pasar error de gusto alguno,
creyó que se trataba de una especie de desafío lanzado a la
enseñanza clásica, una broma maligna al profesor.
Contrariamente a sus hábitos de indulgencia, lo castigó
privándolo de salida.
El castigo hirió profundamente a
nuestro condiscípulo; se quejó con amar- gura, por este
motivo, a mí y a mi amigo Georges Minvielle. Intentamos
hacerle comprender que se había excedido por mucho la medida.
En el liceo, tanto en retórica como en filosofía, Ducasse no
reveló, que yo sepa, ninguna aptitud particular para las
matemáticas y la geometría, cuya encantadora belleza celebra
con entusiasmo en Los Cantos de Maldoror. Pero le gustaba
mucho la historia natural.
El mundo animal excitaba vivamente
su curiosidad. Lo vi admirar largo tiempo una cetoina de color
rojo vivo que había encontrado en el parque del liceo durante
el recreo de mediodía. Sabiendo que Minvielle y yo éramos
cazadores desde niños, a veces nos interrogaba sobre las
costumbres y mora- das de varios pájaros de la región
pirenaica y las particularidades de su vuelo. Tenía atento
espíritu de observación. Así, no me sorprendió leer, al
principio de los cantos primero y quinto de Maldoror, notables
descripciones de los vuelos de las grullas y, sobre todo, de
los estorninos, que había estudiado bien.
No volví a ver a
Ducasse desde que salí del liceo, en 1865. Pero algunos años
después recibí, en Bayona, Los Cantos De Maldoror. Era sin
duda un ejemplar de la primera edición, la de 1868. Ninguna
dedicatoria, pero el estilo, las extrañas ideas que a veces
entrechocaban como en confusión, me hicieron suponer que el
autor no era otro que mi antiguo condiscípulo. Minvielle dijo
que también él había recibido un ejemplar, enviado sin duda
por Ducasse.” F. Alicot preguntó a Lespès si Los Cantos de
Maldoror no eran una mistificación. ”No lo creo”, contestó.
”En el liceo, Ducasse tenía más relación conmigo y con Georges
Minvielle que con los otros alumnos. Pero su actitud distante,
si puedo emplear esa expresión, una suerte de gravedad
desdeñosa y una tendencia a considerarse como un ser aparte,
las oscuras preguntas que nos planteaba a quemarropa y nos
resultaba embarazoso contestar, sus ideas, las formas de su
estilo, cuya exageración señalaba nuestro excelente profesor
Hinstin y, en fin, la irritación que manifestaba a veces sin
motivo serio, todas esas rarezas nos inclinaron a creer que su
cerebro carecía de equilibrio.
La imaginación desenfrenada se
reveló por completo en un discurso en francés donde aprovechó
la oportunidad para acumular, con escalofriante lujo de
epítetos, las imágenes más atroces en relación a la muerte.
Allí no había más que huesos rotos, entrañas colgantes, carnes
sanguinolentas o deshechas. Fue el recuerdo de ese discurso lo
que, años después, me hizo reconocer la mano del autor de Los
Cantos de Maldoror, por más que Ducasse nunca me hubiese hecho
alusión a sus proyectos poéticos. Minvielle y yo, así como
otros condiscípulos, nos convencimos de que Hinstin había
cometido un error al castigar a Ducasse, por su discurso,
privándolo de salida. No se trataba de una broma maligna al
profesor.
Ducasse se sintió profundamente herido por sus
reproches y castigo. Estaba convencido, me parece, de haber
compuesto un excelente discurso, lleno de ideas nuevas y
bellas formas de estilo. Sin duda, si se comparan Los Cantos
de Maldoror con las Poesías, se puede suponer que Ducasse no
fuese sincero. Pero si lo fue en el liceo, como creo, ¿por qué
no lo habría sido más adelante, cuando se esforzó por ser
poeta en prosa y, en una suerte de deli- rio de la
imaginación, se convenció tal vez e que devol- vería al bien,
mediante la imagen de la delectación en lo horrible, a las
almas desesperanzadas de la virtud y la esperanza? En el liceo
considerábamos a Ducasse como un buen Muchacho, pero algo,
cómo decirlo, chiflado. No carecía de moral; no tenía nada de
sádico...”
1870 : En abril,
se hace el deposito legal del Poesies I. En junio se
realiza el Deposito de Poesies II. El 24 de noviembre,
Ducasse muere - según algunos investigadores de las secuelas de la sífilis. Dice
el acta: ”El jueves 24 de noviembre de 1870,
a las dos de la tarde, acta de fallecimiento de Isidore-Lucien
Ducasse, escritor de 24 años, nacido en Montevideo
(América Meridional), fallecido esta mañana a las 8 horas, en su
domicilio, calle Faubourg-Montmartre, Nº7, sin que haya otras
informaciones. El acta ha sido levantada en presencia del Sr.
Jule François Dupuis, hotelero, calle Faubourg-Mont- martre,
Nº7, y Antoine Milleret, mozo de hotel, misma casa, testigos
que firmaron con nosotros, Louis-Gustave Nast, adjunto del
intendente, hecha la lectura y comprobado el fallecimiento
según lo prescribe la ley.” .Es enterrado en el Cementerio del Norte, tras un servicio religioso en
Notre Dame de Lorette.
1874 : Lacroix
vende todos los ejemplares de la edición original de "Los
Cantos" al librero Jean-Baptiste Rozez de Bruselas, que
la comercializa después de hacer un cambio de la cubierta. El libro es
atosigado por muchos escritores y críticos que son incapaces de
asimilar las andanzas del monstruo gótico, especie de vampiro asesino,
del que únicamente ven la superficie. No es hasta muchos años después
que Ducasse comienza a ser reconocido como un pionero y que se empiezan
a realizar estudios y ensayos en profundidad.
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Los males y las crueldades, la
enfermedad y la miseria, la opresión y la codicia, los secretos sucios y los
horrores que se pueden encontrar cerca y a mano en la realidad detrás de las
fachadas de lo convencional, se hizo tema literario que nunca murió y que
renació en el siglo XX, tipificado mas que nadie por escritores de la talla de
Frank Kafka, Gunter Grass y Patrick Sunkind. En efecto, muchos de los mas
insanos eventos del siglo XX aparecen vaticinados en muchos de las peores profecías
de la licuefacción social y del surgir de ejércitos terroríficos, grupos e
individuos locos que envenenan y hacen añicos las frágiles sociedades de la
vieja Europa. Entre
esos escritores el nombre de Isidore Ducasse raramente se encuentra, a pesar
puede ser visto como la apoteosis virtual de las visiones grotescas y enfermizas
que esos autores a menudo plantean. Ducasse es uno de esos escritores (no traducido
a día de hoy al ingles) que con el Marques de Sade resulta incomodo para los
censores. En una época en que la basura de los "Psico-Killer" o las
novelas de vampiros como "Hannibal", "American Psycho", The
vampyrre lestat" y otros innumerables "libros de bolsillo" o
"ediciones de penique" muestran el verdadero crimen, un maestro como
Ducasse permanece aislado y desconocido. "Los cantos de Maldoror" es
un trabajo de literatura soberbia, escrita como un genuino intento de explorar
la oscuridad de la profundidades humanas y sus capacidades para el mal, no como
un fenómeno de cínico mercado de masas engatusadas por un vouyerismo morboso. Agobiado
durante toda su vida por una extrema vulnerabilidad y sensibilidad por la
malevolencia humana, maldecido por una incapacidad para comprender la sociedad
esencialmente corrupta en que le tocó vivir, Ducasse escribió una novela
acerca de la maldad en estado puro: "Los cantos de Maldoror" bajo en seudónimo
de "Conde Lautremont". Maldoror,
un joven educado de buena familia es un inteligente y malévolo trotamundos que
asesina con tranquilidad y hasta cierto humor, sin ningún motivo discernible.
Es la primera aparición de un verdadero asesino en serie como un tipo de
personaje en la literatura europea. Maldoror es motivado en sus terroríficos crímenes
por una potente y macabra visión en la cual ve a Dios: no como una
entidad benévola sino como un terrorífico e insaciable devorador de la
humanidad y las muchas fuerzas que dan forma al mundo. En
una sobriedad plena de comprensión por la verdadera naturaleza de la realidad,
Marldoror se embarca en una carrera de actos despiadados y bárbaros cuya
demencia es aun mas espantosa por la manera fria, implacable y casi bufonesca
con la que comete esos crímenes sin sentido y sin duda condenables. Casi
todas las clases de crímenes o comportamientos depravados que los medios contemporáneos
adoran celebrar y adoctrinar entre nosotros ocurren en Maldoror: una literal pornografía
de la violencia que tiene en el siglo XX una escalofriante relevancia.
Costumbres sexuales y crueldad, juego de imitación de marcado sadismo, fantasías
bizarras, torturas sicológicas, desprecio despiadado, duplicidad Jeckyll &
Hyde, homicidio aleatorio y el frenético caos lunático de las circunstancias
mas impropias, como la misma vida de Maldoror. Sus suelos, obsesiones perversas,
odios y figuraciones malignas se intercalan con su realidad hasta el punto en
que resulta difícilmente distinguir la realidad en su interior. Aun con
todo esto no existe una duplicación de la personalidad; no hay ruptura de la
continuidad en el retorcido conocimiento de Maldoror. Esta cuerdo y loco al
mismo tiempo, pero para él no hay paradoja cuando camina en esa senda conspiratoria
y oportunista.
Cada amigo, encuentro casual y amante se hacen víctima; incluso niñas embarazadas. Un amigo a quien encierra en un saco y
golpea hasta la muerte alegremente suspendiendo y aplastándolo repetidamente contra la columna de un puente, fingiendo que es un saco de
patatas ante los transeúntes. Es la cara mas opuesta del romanticismo, y no tiene ningún complejo psiquiátrico o teoría de conductismo para dar incluso una lógica vaga a las acciones de Maldoror. El mal
en estado puro es irrazonable y sin límite o la causalidad obvia, como una fuerza elemental. Su disfrute de sus crímenes es tan sincero como la inocencia pura. Esta fuerza lleva
a Maldoror hacia adelante, de horror a horror en su propio capricho,
siguiendo su propia ley de la entropía total en las reacciones para todo de lo
que Maldoror experimenta. Es la personificación del Infierno: desdeñoso, desocupado, frío, alocado y fríamente perverso, imbuida de un intelecto
luciférico cuyos únicos propósitos o expresión son producir actos malos y dolor.
Finalmente, por supuesto, Maldoror
es destruido. Al igual que un satanista impenitente no siente empatía o piedad
o compasión o pesar por lo que ha hecho. Pero este no es el final de la
historia, por lo menos en lo que a Ducasse concierne. Posteriormente, en
parte para compensar la conmoción y el horror causado en los círculos
literarios, Ducasse escribió un libro en el cual un personaje puro, enfrentándose
a las tentaciones a cada paso, de una forma casi increíble, sacrifica sus
propios intereses y finalmente su libertad en defensa de los principios
judeo-cristianos. El libro era diametralmente opuesto a las terroríficas
aventuras de Maldoror y dejo a los críticos de Ducasse estupefactos.
Tal profundo conocimiento de la
esencia del bien y del mal no tiene ningún paralelismo en la literatura, pero
al igual que Poe, Ducasse tuvo una trágica muerte prematura. Contrajo una infección
generalizara, posiblemente sífilis terciaria y falleció en un miserable desván
cuando las armas alemanas amenazaban Paris en 1875 y la Republica de Napoleón
III caía. Al igual
que Poe, parecía mas un escritor del siglo XX que uno de su propio tiempo;
formó parte de una tradición literaria atendiendo a las fobias y las
enfermedades mentales, dentro de una realidad interior, mas allá de Swift o
Rabelais, buceando en los mitos atávicos mas oscuros de la prehistoria. COn la
suficiente tormenta en su alma como para haber generado el primer asesino en
serie identificable y arquetipo literario, como Poe aporto el detective y la
novela de terror, Ducasse esta en el podio de los mas influyentes y significados
escritores de los tiempos modernos.
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Lo
llaman "el poeta sitiado" porque su vida transcurrió entre
dos ciudades en estado de sitio. El primero durante su nacimiento, en
Montevideo, el último, a su muerte, en París. Isidore Ducasse, murió
a los veinticuatro años, abandonado, solo, enfermo, tras recorrer el
periplo que va desde la poesía maldita, en "Los Cantos de Maldoror",
a la redención por la intrascendencia de su libro "Poesías".
Lautréamot / Duccase, fue de una vez y para siempre Maldoror. El poeta
maldito no salvó al adolescente, se salvó a sí mismo.
/
Torres García. MONTEVIDEO. 1928
Cuando
Isidore Ducasse llegó a París en 1869 tenía apenas catorce años,
llevaba consigo el rechazo paterno, su inseguridad de epiléptico y la
nostalgia de su ciudad natal –Montevideo- donde había nacido en 1846
en medio de una violenta ciudad sitiada. Hijo de un diplomático francés,
que tras la temprana muerte de su alienada esposa, se retiró de la
cancillería y dedicó toda su atención de diletante maestro de francés
y filosofía, a cuidar su apariencia y olvidar a su hijo. Catorce años
después de llegar a París, Isidore muere, víctima de escarlatina
(otros señalan que de una enfermedad venérea y otros que fue
envenenado por sus filias hacia la izquierda radical), en una solitaria
habitación de hotel, mientras la capital francesa ardía en la
violencia del "año terrible" en que fue sitiada en un
ambiente de oposición al régimen de Napoleón III.
"Vivió
desventurado y murió loco. Escribió un libro que es único si no
existiera la prosa de Rimbaud: un libro diabólico y extraño, burlón y
aullante, cruel y penoso, un libro en que se oyen a un mismo tiempo los
gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura" escribió
Rubén Darío, para referirse a este minúsculo poeta, de un solo libro
a quienes André Bretón y los surrealistas llamaron "figura
resplandeciente de luz negra".
LOS
CANTOS DE MALDOROR aullante precedente del automatismo psíquico de
1924, significa el triple enmascaramiento de quien fuera –como Poe o
Baudelaire- un poeta maldito: Isidore Ducasse se encubre tras el Conde
de Lautréamot, quien a su vez lo hace en el narrador-personaje Maldoror.
Máscaras construidas por el adolescente que no quiere ser visto, que
esconde su miserable condición llamándose por oposición al Conde de
Montecristo, el Conde de "l ´autre mont", que tanto puede ser
el del Anticristo, como el otro monte de Monte-video.
Mudó
de ciudad, de centro de estudios, de habitación en hoteles baratos. En
su cortísima vida hay hiatos indescifrables, durante dos años no pudo
ser rastreado por sus biógrafos (entre 1865 y 1867) y el único retrato
de que él conservaban lejanos parientes, se fue incautado durante un
allanamiento policial por motivos políticos en la casa de sus biógrafos,
los hermanos Guillot-Muñoz. Enrique Pichón Riviére descubre lo
siniestro en la persona de Lautréamont, ya que a pesar de sus
ocultamientos constantes, también permanentemente pugna por
manifestarse. Lo despertó el surrealismo y lo reeditan las nuevas
generaciones, que hoy, lo leen con fruición: "el movimiento
surrealista, que descartando primero a Baudelaire y luego a Rimbaud,
prefirió el gusto al escándalo y, para decepcionar las admiraciones
burguesas, prefirió a un Lautréamont genial y mitológico del cual
hizo un arcángel enfurecido que lanzaba blasfemias en la noche apocalíptica",
dirá Marcel Raymond en su "De Baudelaire au Surrealisme".
El
jovencito alto, delgado, algo encorvado, pálido, con los cabellos
largos cayéndole sobre la frente, que habitualmente estaba triste y
silencioso, como retraído en sí mismo, publicó a los veintidós años,
en 1868, el primero de Los Cantos de Maldoror, que firma solamente con
tres asteriscos, y lo reedita en 1869 en una edición que no pasó jamás
a la venta: solo diez ejemplares salieron de la imprenta de la mano de
su autor. Era la obra de un casi-escritor, de un liceal casi,
impresionado por el romanticismo e impregnado del satánico perfume de
Las Flores del Mal baudelaireano.
Detrás
de Lautréamont estaba Isidore Ducasse, pero detrás de Lautréamont,
estará Maldoror, monstruo perverso en el que se concentran todas las míseras
maldades de la bestia humana. "Mi poesía sólo consistirá en
atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador,
que no hubiera debido engendrar semejante basura", dice el
poeta-adolescente enmascarado. Demoledor del antropocentrismo
occidental, sigue los senderos de la novela negra y de todos
desconocedores de límites y fronteras sociales o morales. Su satanismo
es una reafirmación del individuo frente al establishment religioso,
político, social y ético. Los Cantos... no son sino la tangente por la
que el adolescente, logra escaparse de la violenta locura que le mordió
los talones, durante sus veinticuatro años de malvivir.
(Cúneo.
LUNA NUEVA.1933)
Después
de esta poesía perversa, tal vez arrepentido de la promiscua
convivencia con lo prohibido, trató de redimirse con un inocuo libro de
poemas, que desde su anomia pasó al olvido: POESÍAS. Sesenta páginas
al servicio del bien público, anuncio de una "vida nueva",
con coraje, certezas, esperanza, el bien, el deber, la fe... firmadas
ahora por Isidore Ducasse, tal vez seudónimo de un ex–Lautréamont
que se lava las manos para desaparecer.
Murió
de una enfermedad infecciosa, su acta de defunción fue descubierta por
André Bretón, y da cuenta de su aislamiento en el Hotel de Faubourg -
Montmartre
7, cuando son testigos de la misma el dueño y un mozo.
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