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Augusto D’Halmar (1880-1950) comienza a escribir en un imaginario
desplazamiento: emprende sus primeros viajes a través de las lecturas de
Andersen Tolstoi, Gorki, Visen, Dickens,
Poe, Bret, Harte, Zola, Daudet, Maupassant, Loti, Wilde,
Kipling, Conrad. Como precursor de la generación literaria del 1900, su
obra se extiende desde comienzos del siglo veinte, en diferentes revistas
y periódicos nacionales (“Instantáneas de luz y sombra”, “El Mercurio” de
Santiago, “Zig Zag”).
Es la época en que aparece su primera novela, “Juana Lucero” (1902).
Diametralmente opuesta a la reacción positiva que había provocado en Chile
la novela social “Naná” (1880), de Emile Zola, la obra de D’Halmar,
partiendo de este modelo, genera serios debates en la sociedad.
El joven
autor crea ya en aquel momento una explícita relación intertextual cuando
en medio de la novela la protagonista adopta el sobrenombre de Naná y ahí
se le explica que “es una novela en que sale una tipa que hace mil
locuras". Más adelante el narrador describe la sociedad como una
patología: “es la mosca Zolaniana, abandonando su podredumbre, subiendo a
posarse en los palacios, sobre las damas, los señores y los niños para
envenenarlos con la muerte que de abajo recogiera".
El autor capta con
esta novela naturalistacostumbrista imágenes de una sociedad en
transición, en la cual el poder se desprende de la aristocracia a un mundo
de nuevos ricos sin intereses éticos.
“Juana Lucero” debía iniciar una trilogía titulada “Los vicios de
Chile”, que quedó inconclusa.
Influido por el pensamiento de
Tolstoi, funda, junto a Fernando
Santiván y Julio Ortiz de Zárate, la Colonia Tolstoyana en San Bernardo.
Como comunidad agrícola, debían autosustentarse con la explotación de la
tierra, a la vez que organizar su entorno, vivienda y ropaje, con los
medios que estaban a su alcance. Aunque fue por algunos meses un
importante foco de creación estética, fracasó desde el punto de vista
agrario.
Recién a partir de 1907, año en que se desplaza al extranjero con un
cargo diplomático, comienzan a surgir apuntes de sus travesías (por el
Oriente, India, Perú, Francia, España), que más adelante transforma en
crónicas y novelas de una realidad gradualmente transfigurada:
“Gatita” (1917), “Nirvana” (1918), “Mi otro yo (De la doble vida en la
India)”, “La sombra del humo en el espejo”, “Pasión y muerte del cura
Deusto” (1924), “La Mancha de Don Quijote” (1934).
Pese a su continua colaboración desde el extranjero en la prensa
nacional (“Los Diez”, “Letras”, etc.), es elogiado discretamente por
la crítica, y sin ser descartado del medio cultural, su obra es
someramente tratada en descripciones que lindan en perfiles
biográfico-anecdóticos.
Aunque parezca contradictorio, Editorial Ercilla proyecta la
publicación de su obra en veinticinco tomos y en 1942 recibe el primer
Premio Nacional de Literatura.
La crítica cumple en la medida que lo
mantiene distante; de D'Halmar se habla como de alguien que no fuera de
aquí ni del otro lado. De esta manera se prolonga su vida de un
desplazamiento a otro. Su extrema sensibilidad lo lleva a salas y al
Ateneo de Santiago, y estos espacios no sólo se llenan de intelectuales,
sino que también de escolares que arriesgan más que una cimarra para
escucharlo en vivo,
En nuestros días, la obra de D'Halmar zigzaguea entre la lectura
escolar y la antología de lo desconocido. Una amplia gama de sus crónicas,
cuentos y novelas se remiten a situaciones y épocas arquetípicas de la
cultura nacional. Sus lectores están habituados a la prolijidad y riqueza
de un lenguaje que deja entrever la lectura de autores extranjeros. Poco a
poco su estilo se encauza en la singularidad que lo distingue dentro de un
marco estético literario.
De su obra dispersa (e inédita) se pueden destacar series de artículos,
crónicas, ensayos, memorias y críticas semanales en un voluminoso material
que descansa en diarios craquelados, que han sido rescatados, en parte,
desde los archivos de la Biblioteca Nacional por Alfonso
Calderón (“Recuerdos olvidados”, 1975) y por él mismo en un
palimpsesto titulado “La cadena de los días”.
Una biografía literaria
En D'halmar, vida y obra forman parte de la misma búsqueda de
identidad. Su madre, Manuela Thomson Cross, es chilena descendiente de
suecos y escoceses. Antes de nacer Augusto Goemine Thomson (el
verdadero nombre del autor), su padre, el ex marino y comerciante bretón
Augusto George Goemine, había desaparecido y diez años tenía el joven
Augusto cuando fallece su madre. De un bisabuelo de origen sueco adopta su
seudónimo: D'Halmar. Esta alteración onomástica anticipa viajes e
indagaciones en búsqueda de legendarios antepasados.
En el grupo artístico “Los Diez” recibió el apodo del Hermano Errante,
aunque este fraseónimo era compartido por todos los miembros que estaban
ausentes o aquellos que deseaban escribir de anónimos en la revista.
Su labor literaria tematiza una nostalgia en que se configura una
estética que tiene la emigración y el destierro como representación. O,
como dice su poema “La danza inmóvil”: "Todo lo errante que soy, siéntome
retenido por mil raíces, no a la tierra, sino a diversas tierras de la
Tierra, donde alentaron y yacen otros antepasados".
Algunas obras se basan en el “cuaderno de bitácora”. Por la lógica de
su naturaleza, que proviene del desplazamiento, distinto al “diario”, la
escritura del cuaderno de navegación se efectúa en movimiento, más allá de
un punto geográfico, o sea, en un doble destierro.
Atraído por lejanas culturas y diversas corrientes religiosas, D'Halmar
traslada al lector a un lugar distante, transformándolo en un viajero,
mostrándole lo exótico en boga según la Europa de su época. En su obra el
protagonista se desplaza desde América latina al Extremo Oriente y este
viaje literario no se realiza desde el Océano Pacífico, sino
que por un camino indirecto, vía Europa, donde aquél hace un trasbordo
conceptual en que recoge ideas y sensaciones de la moda literaria europea.
No obstante, se desembarca de conceptos nacionalistas, a la vez que
rechaza el pensamiento hegemónico eurocentrista:
"El Nuevo Mundo de Colón tiene ya todos los vicios y, sobre todo, los
escepticismos del mundo antiguo. Porque acaso el verdadero Mundo Antiguo
haya sido la Atlántida y la verdadera Atlántida sea la América, y, además,
porque en los injertos (...), la más fresca da su savia y la más sabia da
su flor. Así, Hispanoamérica, tan joven, piensa como la viejísima Europa"
(“Capitanes sin barco”).
Con esta deconstrucción, a través de un diálogo que transcurre en
París, escrito el año 1932 en Madrid, D'Halmar invierte los antiguos
conceptos referentes a las culturas de los centros en relación a las de la
periferia. Aquí surge el tema muy discutido en la Europa de preguerra,
cuando se inician las persecuciones étnicas masivas. Prefigurando a
Octavio Paz, D'Halmar argumenta sobre la diferencia del latinoamericano,
reconociendo aquello que lo distingue, la heterogeneidad y pluralidad
étnica y cultural de nuestros pueblos: el "Otro" en la aparente
occidentalidad; la excentricidad de la herencia; el carácter particular de
nuestra historia, y se sirve de la cultura del Oriente para
aprehenderla.
En “La sombra del humo en el espejo”, Chandria
Gosh, el viejo curandero
en la India, le sugiere al protagonista chileno: "¿Tu América, desde los
dominios aztecas hasta los dominios incásicos, no fue tal vez según
algunos arqueólogos la cuna de Egipto?”.
Distinto a sus inspiradores exotistas (Pierre Loti, Rudyard Kipling y
otros) el extrañamiento en la obra de D’Halmar es la experiencia del
latinoamericano que comienza a extrañarse de sus propias huellas empezando
a vivir para un futuro imprevisible desde su morada en la urbe
metropolitana. Este fenómeno es el efecto de la modernización: sinónimo de
movilidad y tráfago, de sucesivas construcciones y demoliciones que le
imprimen a la ciudad su ritmo acelerado, así como de las mutaciones
que introducen las nuevas costumbres. Y, sobre todo, la crisis de valores
espirituales.
Augusto D'Halmar se aproxima hacia el continente europeo, del cual se
ha de sentir espiritualmente cerca y distante a la vez, al compartir
modelos de la literatura exótica, procediendo simultáneamente de un lugar
de una geografía incorporada ya al canon de dicha literatura, en que se
puede apreciar la relegación de lo "autóctono" a lo exótico, como
posibilidad de integración de América en el mundo, al seguir la corriente
del progreso.
El escritor chileno vendría a ser entonces un autor
"euroexcentrista"
que en Europa sentía la nostalgia de aquella época inicial en Chile cuando
había sentido la nostalgia de Europa.
El destierro en sus cuentos y esbozos literarios se desarrolla en la
búsqueda de un lugar de origen. Ahí la exploración geográfica se torna en
un proceso de transformación interior. Casi en el mismo tono de Cioran,
argumenta en “La sombra del humo en el espejo”, a propósito del viaje: "es
el destierro descorazonador de esa cosa inútil y cautivadora que se llama
recorrer la tierra".
D'Halmar dirige a sus protagonistas a través de cuitas existenciales,
desde el dolor del desarraigo humano, pasando por la enfermedad
fisiológica, hasta sufrir la angustia de la muerte. Un cáncer fue su
último destierro, el de su cuerpo; lo debió haber presentido en “La sombra
del humo en el espejo”: "habrá que partir para no
llegar".

Fuente: Publicado en
el suplemento "Revista de Libros", de "El Mercurio" de Santiago, 29
enero del 2000)
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