1902  -  1952

 


 

Alfonso Teofilo  Brown (Panamá Al Brown)

El Primer Latinoamericano en ganar un Título Mundial

Panamá Al Brown,  nació en Panamá el 5 de julio de 1902.

Alfonso Teófilo Al Brown era hijo de un esclavo liberado de Tennessee que llegó a Panamá para trabajar en las obras de construcción del Canal. Nació en un cuarto de inquilinato entre calle sexta y Avenida Central en Colón, y sorprendió al  mundo con sus 1.74 metros de altura y sus 118 libras de peso (53.900 Kgs) , que estaban en el límite de su categoría. En sus primeros combates empleaba el nombre de "Kit Teófilo" 

Sus brazos -cuentan- casi le llegaban a las rodillas, lo que lo  convirtió en un boxeador de un gran alcance. Con su estatura parecía una varilla de bambú; pero bajo esa aparente fragilidad había un artista del boxeo.  Un negro que además de pegar duro, tenía gran capacidad de asimilación de castigo. Un verdadero milagro de la naturaleza.

Lo llamaron la “maravilla de ébano” porque ese cuerpo de alambre escondía un boxeador de gran técnica que conocía bien sus limitaciones (tenía más contundencia en sus golpes que resistencia), y sus fortalezas (su derecha era su arma, pero sabía que si la usaba más de la cuenta podría estropearla).

Panamá debutó en Colón el 19 de marzo de 1922 en una pelea contra José Moreno, y el 9 de diciembre de ese mismo año ganó el título nacional mosca al vencer, en 15 asaltos, a un soldado estadounidense acantonado en una base panameña, Sailor Pratchett, emigrando después a Nueva York, Estados Unidos, donde tras varias victorias, le disputó la faja mundial gallo al español Vidal Gregorio, derrotándolo por decisión en 15 asaltos, en el Queensboro Club.

Fotografia de Harry E. Winkler

La racista Nueva York

Al Brown llegó a Nueva York en 1923 y lo que encontró no fueron aplausos. Pronto se dio cuenta de que su negrura no lo ayudaba. Quedó viviendo en el área mísera de Harlem, tratando de abrirse camino en el mundo boxístico.

A la sociedad neoyorquina de ese entonces no le agradaba la idea de que un boxeador negro fuera capaz de derrotar a uno blanco; se consideraba insolente, arrogante. Aún así, Al Brown estuvo en Nueva York hasta finales de 1926 moviendo sus puños en más de las 40 peleas que disputó.

Al final del verano de 1926, a un antiguo corredor de motos de nombre Villepontoux -que poseía un restaurante de comida francesa en donde solía ir a comer Eddie Mac Mahon, el hombre de negocios de Al Brown- se le ocurrió la idea de devolverse a Francia, pero no quería irse con las manos vacías. Villepontoux se había dado cuenta de que Al Brown podría convertirse en una estrella en París, mientras que en Nueva York sufría la inactividad que provocaba la apatía hacia su color.

Villepontoux convenció a Mac Mahon de hacerse cargo del hombre de ébano y le escribió a Jeff Dickson, que para ese entonces buscaba hacer resurgir el boxeo en París.

“Puedo enviarle a Francia dos boxeadores negros formidables”, escribió Villepontoux a Dickson. “El primero se llama Jimmy Brown... El otro es un peso gallo alto y flaco, pero que pega como una mula y, a fe mía, no boxea mal”.

Un mes después, Al Brown iba rumbo a París.

 

Entre la gloria y la explotación

Al Brown atravesó el Atlántico con pasaporte y maleta. Pasó su primera noche no en las calles, sino en Montmartre, “En todos los sitios mi gorra de cuadros, mi traje beige claro y mis zapatos de ante causaban sensación”, escribió.

El hijo del esclavo liberado se convirtió en un personaje en la sociedad parisina. Pero se encontró con Dave Lumiansky, el apoderado con el que ganó el título mundial gallo en 1929, pero con el que también se vio obligado a pelear hasta 20 veces en un año (1932).

Al Brown peleó, sin descanso, durante cinco años. Lumiansky firmaba cualquier contrato que le representara ganancias, así fuera que el boxeador tuviera su derecha recién fracturada, estuviera sufriendo los estragos de la sífilis que lo iba desgastando, o de la artritis que le cercenaba los huesos.

A veces con fiebre, a veces con la mano tan lesionada que podía rompérsele en pedazos, Al Brown subía al ring y peleaba, con su bolsa ya empeñada en trajes, autos y toda clase de lujos. Estaba enfermo, pero no por eso se acostaba a las siete o se privaba de tomar alcohol o de consumir drogas.

Lumiansky, por su parte, se llenaba los bolsillos hasta la saciedad.

Al Brown ganó el título mundial gallo el 18 de junio de 1929 ante Vidal Gregorio y lo defendió en 10 peleas... Hasta que llegó el 1 de junio de 1935, cuando lo perdió ante Baltazar Sangchilli en Valencia, España. Hay una turbia historia en torno a esta derrota del panameño.  Aún hoy se recuerda como cierta maquinación del propio manager de Brown, apremiado para arreglar la balanza en que debía pesarse los boxeadores en perjuicio de su pupilo.  A la hora de pesarse “lo pesaron” en un kilo, después lo postergaron la pelea haciéndolo  gastarse en durísimos entrenamientos, y al final perdió fácilmente con Sangchilli”.

 

Fue entonces que apareció Jean Cocteau en su vida.

Decepcionado Al Brown, buscó refugio en el Paris de sus sueños, y allí surgió un insospechado protector: Jean Cocteau.  El hombre múltiple de las letras francesas, poeta, dramaturgo, novelista, ensayista quizás por ser esteta por excelencia, había cautivado por la fina presencia de Brown en el Ring. Al Brown conoció a la ‘cream’ de la sociedad francesa de los años 20 y 30. Bebió champaña a raudales, entre asalto y campanada. Mandaba a lavar sus camisas a Londres, desde París. Subía al ring y boxeaba como un artista, pero murió solo y enfermo en una calle de Nueva York.

 Vuelve a éste a Paris, Cocteau lo tomó a su cargo.  Lo tuvo dos meses curándose, lo hizo entrenar bajo su mirada, y cuando los informes de los técnicos fueron que ya esta recuperado, lo puso de nuevo frente a Sangchilli, y Al Brown, hizo entonces una de las mejores peleas de su vida derrotándolo por decisión, pero ya en América habían sentado en el trono a la “Araña Negra” a Sixto Escobar, y no quisieron reconocer al panameño como campeón, aunque si lo reconocieron en Europa.

 

De boxeador a bailarín

Luego de su derrota con Sangchilli, Al Brown peleó una vez más y perdió de forma catastrófica. Colgó los guantes y comenzó a trabajar como cantante y bailarín, y hasta como animador en salas de fiestas y bares. “Para ganarme la vida, me veo obligado a bailar claqué. Han conseguido que me asqueara el boxeo”, escribió.

Pero dos años después estaba de nuevo en el ring, luego de que apareciera Jean Cocteau y lo animara a moldearse, a fortalecerse. Cocteau se aferró a Al Brown a medida que el boxeador remodelaba su cuerpo para hacerlo bello y ágil otra vez.

La pareja Brown-Cocteau se convirtió en tema de opinión pública. A Cocteau -según cuenta Eduardo Arroyo en su libro Panamá Al Brown, 1902-1951- le favorecía el escándalo, el corrillo, pero no a Brown. “¿Hay derecho a ser campeón del mundo a los treinta y cinco años, estar champanizado, tener indicios de sífilis, ser opiómano, jugador, músico, homosexual y encima negro?”, escribió Arroyo en el libro.

Al Brown fue por la revancha con Sangchilli y recobró su título, el 4 de marzo de 1938. Luego defendió el título una vez más y, en 1939, hizo dos peleas más en Nueva York.

Con Cocteau mantuvo la relación hasta que apareció Jean Marais, a principios de los años cuarenta, quien decidió sacar a Cocteau del humo del opio en el que estaba envuelto.

Panamá Al Brown , realmente fue una celebridad en su época, habiendo ganado lo suficiente para vivir cómodamente siendo dueño de propiedades y una cuadra de caballos de carreras, en Europa, donde alternó con la realeza que lo veneraban con figura deportiva.    

Fue el primer boxeador panameño y el primer latinoamericano en obtener un título mundial. Defendió por cinco años ese título a fuerza de puño y astucia, pero su vida desordenada, sus excentricidades, su gusto por los hombres y hasta el color de su piel no le hicieron ganar la simpatía de todos.

Más tarde durante el holocausto de la guerra, y bombardeada Francia por los Alemanes, Brown quedo en la ruina, teniendo que volver a Panamá, de donde había partido un día en un barco de carga, en busca de fama y fortuna, anhelos que logró dejando para los records, un total de 5 años 11 meses y 16 días con el título, 11 defensas, y la cantidad extraordinaria de 156 combates, de los cuales ganó 58 por nocaut y 62 por decisión, 3 por foul, con 12 empates y 15 derrotas por decisión.  Se señala también que perdió 2 por foul, 2 por nocaut, y que tuvo 2 peleas por fallo.

En su regreso a Panamá e hizo ocho peleas entre 1941 y 1942, pero decidió volver a Nueva York en donde pasó sus últimos años frente a la barra de un bar.

A su regreso a la América, Panamá Al Brown, boxeó en Canadá, y luego en su país natal Panamá, donde disputó varias peleas en la división pluma, venciendo a Leocadio Torres y a Battling Nelson.  Después sufrió dos derrotas por puntos frente a un púgil peruano de apellido Carrasco.

Brown murió en la miseria el 11 de abril de 1951, en el Hospital de Staten Island de New York, por tuberculosis en último grado . Sus restos fueron trasladados más tarde a la ciudad de Panamá. 

Ante el clamor de la prensa deportiva y de la Comisión de Boxeo de Colón, que llevo una campaña por años para hacerles justicia a boxeador, la resolución del INDE, del 6 de julio de 1979,  reconoce los méritos de Panamá Al Brown, como el primer latinoamericano en conquistar un campeonato mundial de boxeo, y resuelve a partir de la fecha de su expedición, que el Coliseo de Colón, llevara el nombre   “Arena Teófilo Panamá Al Brown”.

Su tumba de mármol reposa en el Cementerio Amador, en pleno barrio de El Chorrillo, a donde fue a parar su cuerpo en 1952, tras un año de estadía en el Cementerio de la Resurrección, en Long Island.