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Se cumplen veinticinco años de la muerte del
compositor cuya obra supo ser reflejo de su época y de la
realidad de su país |
Imposible separar a Benjamin Britten, que
murió el 4 de diciembre de 1976, hace exactamente un cuarto de
siglo, del medio y de la época en que le tocó vivir. Porque de
no haber nacido en el este de Inglaterra (frente al mar, en
Lowestoft, en la región de Suffolk), de no haber llegado al
mundo el 22 de noviembre (día de Santa Cecilia, la patrona de
la música) de 1913 y de no haber estado signada su vida por el
drama colectivo de la guerra, otro hubiera sido el sentido de
su obra, de cada obra, de cada fragmento de partitura. "Soy
antes que nada un artista -dijo- y como artista quiero servir
a la comunidad y no escribir en el vacío. Como compositor
considero muy valioso saber cómo los oyentes van a reaccionar
frente a una creación mía."
Percy M. Young, autor de una biografía
publicada en 1966, vale decir, en vida del músico, inicia su
estudio con estas palabras, que sugieren mucho más de lo que
dicen: "Britten is an Englishman". Y en esa condición residen
justamente el sentido de toda su obra y el éxito entre sus
compatriotas, no comparable con la de ningún otro compositor
de música clásica de su país, pero también se asientan ahí la
fama y la admiración que lo acompañan en el extranjero. Es que
habiendo vivido entre creadores que alteraron el pulso del
siglo XX, como Stravinsky o Schoenberg, Britten se mantuvo
espontáneamente lejos de los influjos, y aun reconociendo que
Mahler dejó huellas en su espíritu siguió siendo inglés hasta
la médula. Refractario a todos los sistemas, genio libre y
solitario.
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| Britten, navegando con el novelista
Edward Morgan Forster (a la izquierda), en
Aldeburgh, en 1949 |
Sus estudios tuvieron la regularidad del
estudiante modelo, sin que su condición de "niño prodigio" lo
haya desviado de un aprendizaje sistemático. Comenzó a
estudiar piano y composición con maestros privados, hasta que,
entre 1930 y 1934, se convirtió en discípulo de Arthur
Benjamin y John Ireland en el prestigioso Colegio Real de
Música de Londres. Siendo ya autor de decenas de obras, sintió
que había llegado el momento de ganarse la vida con su
profesión, razón que lo condujo a vincularse
-providencialmente- con el cine documental, el teatro y la
radio. El camino hacia la ópera quedaba abierto.
Fue en ese medio, además, donde anudó los
primeros contactos con un núcleo de jóvenes poetas
vanguardistas, influidos por el fermento político de la época,
el del drama colectivo de la guerra civil española. El mayor
influjo provino de Wystan Hugh Auden, que jugaría un
importante papel en el desarrollo intelectual del compositor.
En el verano de 1939, tras el estallido de la
guerra, Britten abandona Inglaterra y, siguiendo los pasos de
Auden, parte rumbo a Estados Unidos, donde músico y escritor
creían poder encontrar las condiciones propicias para la
creación. Allí compone obras tan decisivas como la "Sinfonía
da réquiem" y "Las iluminaciones", mientras comienza la
creación de "Peter Grimes". Pero, castigada Inglaterra por las
incursiones aéreas de los nazis, vuelve a su patria. Acababa
de leer un artículo de una revista inglesa en el que se decía:
"Pensar en Crabbe es pensar en Inglaterra". El solo nombre del
poeta nacido dos siglos antes en Aldeburgh, a corta distancia
de su pueblo natal, colmó a Britten de nostalgias, y su
decisión quedó sellada de inmediato.
A partir de entonces -corría el año 1942- se
afirma más que nunca en su sentimiento de nacionalidad.
Exceptuado del servicio activo bélico a causa de sus
declaradas convicciones pacifistas, colaboró con sus propios
medios, presentándose como pianista por toda Inglaterra. En
1947 se radicó en Aldeburgh, en una casa frente al mar. De tal
manera, la aldea del personaje de "Peter Grimes", que Britten
habría de inmortalizar extrayéndolo del largo poema "The
Borough", de George Crabbe, se convertía en su centro de
operaciones. Allí creó con el cantante Peter Pears y con su
libretista Eric Crozier el primer festival anual de la música
inglesa y la English Opera Group, compañía dirigida por él
mismo, donde se estrenaron, entre otras, varias de sus óperas.
Cuando, en 1951, fue designado ciudadano honorario del pueblo
de Lowestoft, Britten expresó con entusiasmo su entrañable
cariño por la región de Suffolk y por Inglaterra entera.
"Suffolk -dijo-, lugar natal e inspiración de Constable y
Gainsborough, el más admirable de los pintores ingleses;
patria de Crabbe, el más inglés de los poetas; Suffolk, con
sus quebradas e íntimas campiñas, sus iglesias celestialmente
góticas, grandes y pequeñas; sus pantanos, con esos salvajes
pájaros marinos; sus grandes puertos y pequeñas aldeas
pesqueras... Estoy firmemente enraizado en este glorioso país.
Y me lo he demostrado a mí mismo, en una ocasión en que
intenté vivir en otra parte."
Con todo, los efectos de la guerra seguían
agobiándolo y Britten, comprometido de por vida con el dolor
de sus semejantes, escribe uno de sus alegatos más profundos y
conmovedores a través de "War réquiem" ("Réquiem de guerra"),
estrenado en 1962.
Por muchas razones, "Peter Grimes" se ha
convertido en la más significativa de las diecisiete óperas de
Britten. Una de aquellas razones reside en la fascinante
manera de describir el mar de Aldeburgh, un tema recurrente en
la totalidad de su obra. Esto se advierte en el preludio a los
diversos actos de la ópera y en los interludios que unen las
diferentes escenas. Entonces la orquesta se agiganta para
crear atmósferas e impresiones subjetivas: los momentos de
clima calmo, el sol que juega sobre las olas, la tempestad que
se desata sobre el mar y sobre los espíritus de los seres que
habitan ese pueblo de pescadores, una calle desierta bajo un
claro de luna o la niebla que arriba lentamente desde el mar y
penetra en el alma de Peter Grimes, atrayéndolo funestamente
hacia el suicidio.
Pero la temprana "Peter Grimes", estrenada en
1945 (su ultima ópera, "Muerte en Venecia", es de 1973),
anticipa ya todo aquello que hace a la personalidad musical de
este englishman : el excepcional manejo de la lengua,
con lo que confirma que el inglés puede ser tan bellamente
cantado como cualquiera de los habituales idiomas de la
lírica; el profundo amor por las tradiciones literarias,
teatrales y musicales inglesas; el carácter de sus melodías,
pero también la fuerza sugestiva de las que se infiltran en su
música, como las de tradición popular, o las creadas por la
inspiración de sus predecesores, desde Purcell, en el siglo
XVII , a las de Arne, Elgar o Vaughan Williams. Esto explica
que Britten aparezca en el siglo XX como la suma de las
mejores virtudes del alma y la creación musical inglesas, a
las que añade, ya desde "Peter Grimes", una fastuosa y
refinada orquestación. El timbre se le presenta como vehículo
ideal para describir paisajes o para definir el patético
destino de su protagonista, ese ser marginal que encarna, en
el pensamiento del músico, la condena por las ideas
preconcebidas, por los prejuicios, por la injusticia social.
También sugiere aquí lo que será dicho con
mayor valentía seis años después, en "Billy Budd". Para esta
ópera, inspirada en una novela del escritor estadounidense
Herman Melville, Britten recurre exclusivamente a personajes
masculinos. No hay mujeres en esta historia en la que el
compositor clarifica las alusiones del escritor y lleva, lo
más lejos posible dentro de su producción, la temática
homosexual, que es la de su propia existencia. Porque, además,
el personaje coprotagónico de la obra, el del capitán Vere, es
creado para su amigo íntimo en la vida real, el tenor Peter
Pears. Con un arte consumado, Britten logra crear el clima de
ese drama ambiguo, donde las cosas no son dichas de frente,
sino a través de las rupturas del ritmo y los contrastes del
estilo. Suprimiendo a las mujeres, Britten viene a ofrecer la
primera imagen en el mundo de la ópera, del ghetto masculino.
Golpe de audacia, pero también de genio.
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