1919 - 1999

 

DÍAS Y VIAJES

Extracto del diario de P. B. en 1988

 

 

24 de abril

Tengo una araña cuya conducta me deja perplejo. Es una de esas arañas de cuerpo pequeñito y patas muy largas, y no teje. Se pasa el día colgada de un hilo debajo de un estante de mármol que hay detrás de la puerta. Durante las tres semanas últimas, todas las noches, va a colgarse a un metro de allí, cerca del lavabo. Por la mañana, vuelve a su rincón. Ni en un sitio ni en el otro hay insectos que cazar, pero la araña hace el mismo recorrido todas las noches. Si hablo a alguien de su existencia, seguro que la matan. Las arañas no son bien recibidas en casa. De todos modos, Rahma es un ama de llaves tan incompetente que, probablemente, la araña puede contar con varios meses de paz. Si Mrabet o Abdelouahaid la ven, seguro que la aplastan sin contemplaciones. No sé por qué imagino que es enteramente inofensiva, como no sea porque no se parece en nada a las arañas que atacan. Éstas tienen el cuerpo más robusto, las patas más gruesas y un negro intenso y militante.

25 de abril

El viernes fui a Mraierh. La subida fue mala entonces, pero ahora, al cabo de tres días, el dolor es aún peor, y en el muslo. Esto, unido al habitual fuego del mollet, dificulta mucho el andar. Tengo que suponer que ya mejorará.

27 de abril

Después de una semana poco más o menos de tiempo primaveral, ha vuelto enero, con cielo cubierto, cherqi y algún que otro chaparrón. He observado que es casi imposible que en Tánger se alcance una temperatura cálida sin la llegada del condenado viento del Este que en seguida da la impresión de que ha habido un descenso de veinte grados. Por eso, a veces, julio parece más glacial que un día sin viento de pleno invierno. Otra vez he tenido que hacer encender la chimenea. Todavía me duele mucho la pierna, pero menos que ayer, que estuve casi todo el día en la cama. Uso una combinación de Adalgur y Alpha-Kadol. Mi desconfianza de los «específicos» data de mi primera infancia, en que sólo oía denuncias de productos farmacéuticos de marca. Todos tenían fama de venenosos. Ahora parece que las farmacias no venden nada más que estos productos (por lo menos, en este país tercermundista y, probablemente, en la mayoría de los demás). Es imposible conseguir que un farmacéutico se meta en la trastienda y te prepare una medicina con sus propias manos. Aquí tal vez esto sea una ventaja: sabe Dios la cantidad de errores fatales que se evitan con ello.

3 de mayo

En el mercado de Casabarata, episodio de violencia típico de la época del Ramadán. Un hombre preparaba chibaqia sentado en el suelo, con la esperanza de atraer a compradores. (Antes, la chibaq¡a se hacía con miel; ahora, a falta de miel, se hace con arrope y no es muy buena.) Otro hombre, con una bandeja de peines,. espejitos, dentífricos y mercancías similares, se sentó cerca del primero, que inmediatamente le ordenó que se fuera a otro sitio. El segundo hombre dijo que sólo se quedaría un minuto, porque estaba cansado. Que después se iría. El vendedor de chibaq¡a rugió: «Safi!», sacó un cuchillo y se lo clavó al otro de arriba abajo seccionándole la yugular. El herido se levantó, dio unos pasos y cayó. Su hijo de cuatro años vio cómo se desangraba. Es la segunda muerte que se produce en Casabarata desde que empezó el Ramadán, hace dos semanas. Ha habido otras en la ciudad, pero no me las han contado testigos presenciales.

4 de mayo

Jerez se ha ido hoy a Nueva York. Por desgracia, ayer vino con un gran ramo de rosas y azucenas. El viernes, Mrabet había traído una brazada de rosas blancas compradas a Kif Kunti que puso en un jarrón grande. Jerez tuvo la fatal idea de poner las rosas de Mrabet en un recipiente más pequeño, a fin de acomodar mejor su más espectacular ramo. Yo ya me figuraba que esto no haría gracia a Mrabet, pero no estaba preparado para su tremenda reacción. Un torrente de gruesos insultos. Si ella trataba de hablar, él gritaba más. Una persona acostumbrada a vivir aquí durante el Ramadán hubiera callado, renunciando a razonar con el adversario, pero Jerez parecía pensar que las condiciones eran normales y le preguntaba si le había hecho algún daño. Él gritaba cada vez más, insultando en árabe, en español y en inglés. Luego, empezó a arrojarle almohadones y, finalmente, le dio una bofetada. Jerez estaba inclinada sobre él y por eso no cayó al suelo. Pero Mrabet se levantó de un salto, agarró un leño de la chimenea y trató de golpearla en la cabeza. Mis gritos ordenándole que se sentara y se callara no surtían efecto, pero Abdelwahab, que también estaba aquí, al igual que Abdelouahaid, se interpuso y calmó a Mrbet un momento. (Abdelwahab es rifeño, por lo que Mrabet le hace más caso). Pero luego Mrabet debió de pensar que se había dejado apaciguar muy fácilmente y empezó a gritar que estaba en una habitación llena de judíos, que habría que matarlos, para que no ensuciaran el aire que respiraba un musulmán. Con estas palabras, salió de la habitación Y oímos que seguía profiriendo insultos y palabras obscenas mientras golpeaba los cacharros de la cocina. Para entonces Jerez lloraba y Abdelwahab se despidió tan aprisa que se olvidó el paraguas. Abdelouahaid se quedó sentado meneando la cabeza. Me susurró: «Es un hombre espantoso. Tiene el corazón negro como la pez.» Creo que estaba escandalizado por la conducta de Mrabet. Yo no estaba escandalizado, porque había presenciado otras muestras de su furor irracional, pero me avergonzaba que esto hubiera sucedido en mi casa, a una invitada mía. Cuando Jerez se marchó, sin dejar de llorar, él gritó: « ¡Si vuelves de Nueva York, te mataré! » Cinco minutos antes, ella me había susurrado: «¿Crees que me matará?» y yo le había contestado con una sonrisa: «Claro que no. » De manera que esta última andanada no debió de tranquilizarla. Siempre es un consuelo pensar que cuando ella regrese ya habrá pasado el Ramadán.

Antes de irse a su casa, Mrabet se excusó por su arrebato diciendo: «Esa mujer quiere volverme loco. Ha estado diciendo que soy un ladrón. ¿Puede demostrarlo? ¿Tiene algún testigo?» Todo esto es absurdo, si se considera que, aparentemente, la causa fue la colocación de un ramo de rosas en un recipiente que no era el suyo, o así le parecería a un espectador. En realidad, Mrabet tiene remordimientos de conciencia y, cuando un marroquí se siente culpable, ataca.

5 de mayo

La araña, después de estar ausente durante casi una semana, inesperadamente, ha decidido regresar a su habitual rincón nocturno, en el que ahora está de modo permanente, noche y día. Esto me parece sospechoso. Es el mismo sitio, pero no estoy seguro de que sea la misma araña. Parece más pequeña y más débil. Si es otro individuo, ¿qué ha sido del primero y por qué éste se cuelga del mismo sitio exactamente? Es posible que un entomólogo pudiera dar una explicación completamente inesperada y satisfactoria.

6 de mayo

Rodrigo se fue anoche a hacer un viaje de una semana por el Sur. Como no ha estado en Tinerhir, le sugerí que lo visitara desde Marrakech, que siguiera hacia el Este hasta Er Rachidia y, después, torciera hacia el Norte, hasta Midelt. Él parecía decidido a ir por Tizi N'Test hasta Taroudant, que ya conoce. En tal caso, probablemente, no irá a Tinerhir.

La casete del concierto de Niza del mes pasado no se había extraviado porque la hubieran sacado del sobre, como yo creía, sino que la habían confiscado los censores por no haber sido declarada. Abdelouahaid me la trajo esta tarde. Las obras para dos pianos eran execrables, peor de lo que yo esperaba. Algunas de las canciones no están mal. El solista de piano, arrasando como un ciclón, consiguió dar más notas falsas que buenas. ¿Por qué los pianistas no se fijan en las indicaciones del tempo? Sospecho que imaginan que impresionan más tocando tan aprisa como pueden, sin hacer caso del metrónomo, como mecanógrafas deseosas de demostrar cuántas palabras escriben por minuto.

7 de mayo

A veces, cuando vamos en coche por el campo, Abdelouahaid cuenta algo que ha sucedido o se dice que ha sucedido en el pueblo que cruzamos. Algunas de las historias son de una especie que nunca se me ocurriría inventar. Otras son banales, como ésta. Un matrimonio sufre una gran penuria en su tchar. Las pocas gallinas que les quedaban, mueren de una epidemia. Si queremos seguir viviendo, tenemos que marchar ahora, mientras aún podemos andar. Con la mujer encinta, salen al camino y llegan a Bab Taza por la noche. Un hombre, que se da cuenta de que son gente del campo, les pregunta si puede ayudarles. La mujer dice: «Buscamos un sitio.» «¿Una casa?» «Sí.» «Venid conmigo. Os enseñaré una buena casa.» Los lleva a una casa que acaba de comprar con la intención de venderla. Antes de entrar, el marido pregunta el precio. (No tiene ni un guirch.) La casa está completamente vacía. Después de recorrerla, preguntan si pueden pasar en ella la noche y dar una respuesta a la mañana siguiente. El dueño accede. Se dan las buenas noches y el dueño los deja en la casa. El marido, al sacar agua del pozo para lavarse y hacer la cena, ve un cofrecito de madera flotando en la sombra. Lo sube y ve que está cerrado. Él y su mujer suponen que el dueño no sabe nada del cofre. Lo abren. Lleno de billetes. Por la mañana, cuando llega el dueño, le dicen que le compran la casa y así lo hacen, con la mitad del dinero de la caja. A Abdelouahaid le gustan los cuentos que tratan de tesoros escondidos, que, invariablemente, carecen de interés.

16 de mayo

La única amenidad del Ramadán era el solo de rharta que se tocaba en el minarete de las mezquitas a la hora de la llamada a la oración. Este año han suprimido la música. A alguien se le habrá ocurrido que era anacrónica o contraria a la ortodoxia. «De todos modos, la gente no tiene ganas de oír tocar la rhaila -dice Abdelouahaid-. Ya tienen música en la televisión.» En 1977, todas las noches del mes del Ramadán, grabé los conciertos de oboe. Inconscientemente, debía de sospechar que, antes o después, prescindirían de ellos. Las cosas buenas no perduran.

20 de junio

Muy poco sobre lo que escribir. He recibido recortes de prensa en varios idiomas en los que se anuncia la intención de Bertolucci de rodar El cielo protector. De todos modos, como en el mundo del cine cualquier declaración puede interpretarse como propaganda, no tengo idea de si se hará la película. A la gente le cuesta creer que cuando, allá por los años cincuenta, Relen Strauss vendió los derechos cinematográficos, no especificara en el contrato un plazo límite. De manera que no sé a quién se los habrá adquirido Bertolucci, si es que los tiene.

Junio 26

La hernia ya está molestándome mucho como para seguir aguantándola. El doctor Rawa dice que me la operará si le dejo hacerlo con anestesia local y me voy a casa inmediatamente después de la operación. Me parece el plan ideal. El Hópital Kortobi tiene una reputación muy poco halagüeña. Cuanto menos tiempo estés allí, mejor para ti.

23 de junio

A veces pienso en que ahora nunca me acerco a la playa. Hace cincuenta años, en verano, me pasaba allí todo el día. El día en que, por lo que fuera, no iba a la playa, me parecía vacío, perdido. Los marroquíes decían que estaba loco. En aquel tiempo, los hombres no tomaban el sol. Creían que era perjudicial. Después de la guerra, los jóvenes jugaban al fútbol en la arena y, de vez en cuando, veías a una mujer adentrarse en las olas, vestida de pies a cabeza, desde luego. La muchacha marroquí que era vecina nuestra en la calle Maimouni, tomó por costumbre llevar a las mujeres del barrio a la playa por la tarde. Regresaban antes de la puesta del sol, eufóricas. Jane decía de aquella muchacha: «Es una revolucionaria. Tiene el único par de aletas de goma de todo Tánger. » 

7 de agosto

Es una delicia poder andar por el paseo marítimo todo lo que quiera sin el dolor de la hernia. En virtud de una disposición oficial inexplicable han aparecido en la playa dos docenas de guardias cuya tarea consiste en impedir que pise la arena todo el que no vista bañador. Los que llevan ropa de calle tienen que quedarse en la acera. Esta nueva ordenanza, aparentemente irracional, no beneficia a nadie más que a los dueños de los cafés y restaurantes que alquilan casetas para cambiarse. Estos comerciantes tienen que disuadir a la gente de la tradicional práctica de desnudarse en la playa y dejar la ropa en la arena mientras se bañan. Hay muchos hurtos, ya que una pandilla de mozalbetes que rondan entre los montones de ropa se llevan relojes, carteras, jerseys y todo lo que les parece fácil de transportar. Naturalmente, la presencia de los guardias no disuade a los rateros. Todos actúan con un fin común, y uno se pregunta si tal vez los dueños de los restaurantes no contratarán a estas pandillas, lo mismo que a los guardias, para hacer cumplir el nuevo dahir.

 

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APUNTES BIOGRÁFICOS DE PAUL BOWLES

 

 

ISLA  TERNURA PLAYA NO ERES EL ÚNICO